domingo, 5 de abril de 2015

"Es un error buscar a Jesús en el mundo de los muertos" Id a Galilea, allí lo veréis

El relato evangélico que se lee en la noche pascual es de una importancia excepcional. No solo se anuncia la gran noticia de que el crucificado ha sido resucitado por Dios. Se nos indica, además, el camino que hemos de recorrer para verlo y encontrarnos con él. Marcos habla de tres mujeres admirables que no pueden olvidar a Jesús. Son María de Magdala, María la de Santiago y Salomé. En sus corazones se ha despertado un proyecto absurdo que solo puede nacer de su amor apasionado: «comprar aromas para ir al sepulcro a embalsamar su cadáver».

Lo sorprendente es que, al llegar al sepulcro, observan que está abierto. Cuando se acercan más, ven a un «joven vestido de blanco» que las tranquiliza de su sobresalto y les anuncia algo que jamás hubieran sospechado.
Pero, si no está en el sepulcro, ¿dónde se le puede ver?, ¿dónde nos podemos encontrar con él? El joven les recuerda a las mujeres algo que ya les había dicho Jesús: «Él va delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis». Para «ver» al resucitado hay que volver a Galilea. ¿Por qué? ¿Para qué?
Al resucitado no se le puede «ver» sin hacer su propio recorrido. Para experimentarlo lleno de vida en medio de nosotros, hay que volver al punto de partida y hacer la experiencia de lo que ha sido esa vida que ha llevado a Jesús a la crucifixión y resurrección. Si no es así, la «Resurrección» será para nosotros una doctrina sublime, un dogma sagrado, pero no experimentaremos a Jesús vivo en nosotros.

Galilea ha sido el escenario principal de su actuación. Allí le han visto sus discípulos curar, perdonar, liberar, acoger, despertar en todos una esperanza nueva. Ahora sus seguidores hemos de hacer lo mismo. No estamos solos. El resucitado va delante de nosotros. Lo iremos viendo si caminamos tras sus pasos. Lo más decisivo para experimentar al «resucitado» no es el estudio de la teología ni la celebración litúrgica sino el seguimiento fiel a Jesús.
José Antonio Pasgola


VIGILIA PASCUAL

La injusticia y el sufrimiento no tienen la última palabra sobre la historia. Hay formas de vivir  que revelan que el amor es más poderoso que la muerte y que la Palabra encarnada de Dios actúa fecundamente en la historia, de modo que nunca retorna a Él vacía, aunque tenga que atravesar la densidad del sufrimiento. 

La palabra de Dios es creadora y apuesta siempre por la vida frente a toda forma de violencia, opresión o muerte. Así se nos ha ido revelando a lo largo de la historia de la salvación como los textos de la Vigilia Pascual ponen de manifiesto. Ni siquiera el pecado puede romper esta opción amorosa de Dios por la humanidad y la creación.Pese a nuestras dificultades, esclavitudes e infidelidades Dios sigue apostando por nosotros, incluso en los momentos de absoluta oscuridad, cuando no vemos ninguna salida, cuando nos asalta la certeza de que todo está perdido. Dios se nos ofrece “de balde” sin imponerse, sino mas bien exponiéndose a nuestra libertad y acogida. Como dice el papa Francisco su amor inquebrantable “nos permite levantar la cabeza y volver a empezar con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría “(EG 3). Su gratuidad tiene capacidad de  transformar el corazón de piedra en un corazón de carne y sellar una nueva alianza que en Jesucristo alcanza su plenitud.

Por eso la vida cristiana no termina en la cruz, sino que nace en la noche de Pascua. En la tradición mística de la Iglesia existe una corriente dentro de la espiritualidad femenina que identifica la cruz con la imagen de un parto en el que a Dios se les rasgan las entrañas y da a luz una nueva humanidad. La Resurrección de Jesús lo renueva todo nos abre a la novedad de su Espíritu vivificante y reciclador. Pero a la vez la Resurrección se nos da en primicia (1 Cor 15,20) y como toda primicia tiene algo de seminal, porque lo nuevo siempre nace pequeño. Quizás por eso necesitamos liberar nuestra concepción de la Resurrección de todo tipo de triunfalismo ya que la experiencia de la Resurrección  es siempre humilde y un tanto opaca porque la  realidad no deja de perder su densidad y dureza y sólo   podemos captar su huella con los ojos de la fe. La Resurrección nos cambia la mirada, la libera del daltonismo espiritual que a veces nos invade, que consiste en detectar sólo el rojo del sufrimiento que nos rodea y a tener una especie de incapacidad para detectar el verde esperanza que también está junto a nosotros.


También nosotros y nosotras, como las mujeres que acudieron aquella mañana de Pascua al sepulcro, podemos estar empeñados en buscar a Cristo en un lugar equivocado. Es en el corazón de la vida, en nuestra Galilea cotidiana donde podemos hallarle y reconocerle en la hondura de lo ordinario dotándolo de sentido y fuerza regeneradora. Como el ángel a las mujeres son muchos los mensajeros que pone nuestro camino para señalarnos que su lugar no es la muerte si no la vida, no es el llanto ni el duelo, sino la alegría. El Resucitado nos “primerea” en el amor y nos invita a involucrarnos con Él en la tarea de acompañar a las personas y hacer de la vida una fiesta permanente y no una pesadilla, a ser una iglesia “en salida” presente en los periferias que necesitan la luz del Evangelio (EG24, 20).
Artículo escrito por Pepa Torres en REVISTA HOMILÉTICA 2015

“No se puede vivir la Pascua sin entrar en el misterio”, homilía en noche de Vigilia

Esta noche es noche de vigilia.
El Señor no duerme, vela el guardián de su pueblo (cf. Sal 121,4), para sacarlo de la esclavitud y para abrirle el camino de la libertad.
El Señor vela y, con la fuerza de su amor, hace pasar al pueblo a través del Mar Rojo; y hace pasar a Jesús a través del abismo de la muerte y de los infiernos.
Esta fue una noche de vela para los discípulos y las discípulas de Jesús. Noche de dolor y de temor. Los hombres permanecieron cerrados en el Cenáculo. Las mujeres, sin embargo, al alba del día siguiente, fueron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús. Sus corazones estaban llenos de emoción y se preguntaban: «¿Cómo haremos para entrar?, ¿quién nos removerá la piedra de la tumba?...». Pero he aquí el primer signo del Acontecimiento: la gran piedra ya había sido removida, y la tumba estaba abierta.
«Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco» (Mc 16,5). Las mujeres fueron las primeras que vieron este gran signo: el sepulcro vacío; y fueron las primeras en entrar.
«Entraron en el sepulcro». En esta noche de vigilia, nos viene bien detenernos en reflexionar sobre la experiencia de las discípulas de Jesús, que también nos interpela a nosotros. Efectivamente, para eso estamos aquí: para entrar, para entrar en el misterio que Dios ha realizado con su vigilia de amor.
No se puede vivir la Pascua sin entrar en el misterio. No es un hecho intelectual, no es sólo conocer, leer... Es más, es mucho más.
«Entrar en el misterio» significa capacidad de asombro, de contemplación; capacidad de escuchar el silencio y sentir el susurro de ese hilo de silencio sonoro en el que Dios nos habla (cf. 1 Re 19,12).
Entrar en el misterio nos exige no tener miedo de la realidad: no cerrarse en sí mismos, no huir ante lo que no entendemos, no cerrar los ojos frente a los problemas, no negarlos, no eliminar los interrogantes...
Entrar en el misterio significa ir más allá de las cómodas certezas, más allá de la pereza y la indiferencia que nos frenan, y ponerse en busca de la verdad, la belleza y el amor, buscar un sentido no ya descontado, una respuesta no trivial a las cuestiones que ponen en crisis nuestra fe, nuestra fidelidad y nuestra razón.
Para entrar en el misterio se necesita humildad, la humildad de abajarse, de apearse del pedestal de nuestro yo, tan orgulloso, de nuestra presunción; la humildad para redimensionar la propia estima, reconociendo lo que realmente somos: criaturas con virtudes y defectos, pecadores necesitados de perdón. Para entrar en el misterio hace falta este abajamiento, que es impotencia, vaciándonos  de las propias idolatrías... adoración. Sin adorar no se puede entrar en el misterio.
Todo esto nos enseñan las mujeres discípulas de Jesús. Velaron aquella noche, junto la Madre. Y ella, la Virgen Madre, las ayudó a no perder la fe y la esperanza. Así, no permanecieron prisioneras del miedo y del dolor, sino que salieron con las primeras luces del alba, llevando en las manos sus ungüentos y con el corazón ungido de amor. Salieron y encontraron la tumba abierta. Y entraron. Velaron, salieron y entraron en el misterio. Aprendamos de ellas a velar con Dios y con María, nuestra Madre, para entrar en el misterio que nos hace pasar de la muerte a la vida.


sábado, 4 de abril de 2015

Sábado Santo: Silencio, nada y vacío

Descenso al infierno: primera victoria

El sábado Santo es un día aciago porque el silencio, el vacío y la oscuridad lo presiden todo, mostrando su potencia y consistencia.

Pero según el credo cristiano, es, además, la jornada en la que Jesús "desciende a los infiernos", es decir, en la que la nada (y la derrota existencial que comporta) se constituye en la única y definitiva respuesta a su grito de abandono en la cruz. "Descender a los infiernos" equivale a experimentar hasta el fondo el poder de la muerte y, por tanto, la fuerza del silencio, de la oscuridad y del vacío. Y, por extensión, la potencia de la injusticia y del sufrimiento que comportan.

Es cierto que no faltan quienes entienden este "descenso a los infiernos" como un adentramiento en el "Sheol" judío (el reino de la oscuridad y del alejamiento de Dios) para sacar de allí a los justos que también moran en este lugar de tinieblas, pero, dejando al margen la procedencia o no de esta representación, el descenso a los infiernos es, primera y fundamentalmente, la victoria de la muerte, así como la experimentación de su potencia "en propia carne". Se "desciende a los infiernos" cuando nos adentramos en el lado más oscuro de la existencia y cuando la última y definitiva palabra la tienen la injustica, el silencio, el olvido y la nada.

Quizá, por ello, no extraña que el sábado santo sea (¿intencionadamente?) tan irrelevante cultural e, incluso, litúrgicamente. Asomarse a lo simbolizado por este día es recordar la fragilidad de nuestra finitud y la posibilidad de experimentar la vida como inevitable adentramiento en el imperio del horror y de la injusticia como nuestra morada definitiva.
Eso es algo que siempre ha dado vértigo. También en nuestros días, por más que se apele al coraje para afrontar el perecer.
Y, sin embargo, también es posible vivir esta jornada como un tiempo en el que es posible vivir la ausencia, el silencio o el vacío (cuando, por ejemplo, es provocado por la pérdida del amante o del amado) como la manera de relacionarse con ellos y como una estimulante provocación a movilizarse para poner sordina al triunfo (aparente) de la injusticia que inevitablemente lo acompaña.

Quizá, por eso, no siempre hay que tener prisa en ahogar dicho silencio con ruidos, llenar ese vacío de cosas o atenuar dicha oscuridad con urgencias: pueden ser experiencias y situaciones a través de las que relacionarse con lo que se ha ido y ha sido silenciado, quedando alojado, al parecer, solo en el recuerdo.
 Jesús Martínez Gordo. Religión dogital

ORACIÓN DEL PAPA FRANCISCO A JESÚS CRUCIFICADO

La jornada del Viernes Santo concluyó con la celebración del Vía Crucis en el Coliseo de Roma. Al término, el Papa Francisco pronunció esta oración: 

«Oh Cristo crucificado y victorioso, tu Vía Crucis es la síntesis de tu vida y el icono de tu obediencia a la voluntad del Padre y la realización de tu infinito amor por nosotros, pecadores, y la prueba de tu misión y el cumplimiento definitivo de la revelación y de la historia de la salvación. 

El peso de tu cruz nos libra de todos nuestros pesos. En tu obediencia a la voluntad del Padre nosotros nos percatamos de nuestra rebelión y desobediencia.

En Ti, vendido, traicionado, y crucificado por tu gente y por tus seres queridos, vemos nuestras traiciones cotidianas y nuestras habituales infidelidades. En tu inocencia, Cordero inmaculado, veamos nuestra culpabilidad. 

En tu Rostro abofeteado, escupido, desfigurado, vemos la brutalidad de nuestros pecados. En la crueldad de tu Pasión vemos la crueldad de nuestro corazón y de nuestras acciones.

En tu sentirte abandonado vemos a todos los abandonados por sus familiares, por la sociedad, de la atención y de la solidaridad. 

En tu cuerpo sacrificado, desgarrado y lacerado vemos los cuerpos de nuestros hermanos abandonados a lo largo de las calles, desfigurados por nuestra negligencia y por nuestra indiferencia. 

En tu sed, Señor, vemos la sed de tu Padre misericordioso que en ti ha querido abrazar, perdonar y salvar a toda la humanidad.

En Ti, Divino Amor, vemos aún hoy a nuestros hermanos perseguidos, decapitados y crucificados por su fe en Ti, bajo nuestros ojos o con frecuencia con nuestro silencio cómplice. 

Imprime, Señor, en nuestros corazones sentimientos de fe, esperanza, caridad, dolor por nuestros pecados y llévanos a arrepentirnos de nuestros pecados que te han crucificado. 

Condúcenos a transformar nuestra conversión hecha de palabras, en conversión de vida y de obras. Llévanos a custodiar en nosotros un recuerdo vivo de tu rostro desfigurado para no olvidar jamás el enorme precio que pagaste para liberarnos.

Jesús crucificado, refuerza en nosotros la fe que para que no se derrumbe frente a las tentaciones. Reaviva en nosotros la esperanza para que no se pierda siguiendo las seducciones del mundo. Custodia en nosotros la caridad que no se deja engañar por la corrupción y la mundanidad. 

Enséñanos que la Cruz es camino a la Resurrección. Enséñanos que el Viernes Santo es el camino hacia la Pascua de la luz. 

Enséñanos que Dios jamás se olvida de ninguno de sus hijos y que no se cansa nunca de perdonarnos y de abrazarnos con su infinita misericordia, pero enséñanos también a no cansarnos jamás de pedir perdón y de creer en la misericordia sin límites del Padre”».

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.

¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame
y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos. Amén.



ESPERANDO CON MARÍA LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Queridos amigos, hoy acompañamos a la Virgen María tras la muerte de Jesús. Como Cristo es el "hombre de dolores" (Is 53,3), por medio del cual Dios "reconcilia consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz" (Col 1,20), así María es la "mujer del dolor", que Dios ha querido asociar a su Hijo, como madre y partícipe de su Pasión. 

San Juan Pablo II escribió: “El Sábado santo, la Iglesia se identifica, una vez más, con María: toda su fe se recoge en ella, la primera creyente. En la oscuridad que envuelve la creación, es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección. 

La comunidad cristiana, recordando a la Madre del Señor en este día, está invitada a dedicarse al silencio y a la meditación, alimentando en la espera la dichosa esperanza del renovado encuentro con su Señor” (catequesis del 3-4-1996).

“La espera que vive la Madre del Señor el Sábado santo constituye uno de los momentos más altos de su fe: en la oscuridad que envuelve el universo, ella confía plenamente en el Dios de la vida y, recordando las palabras de su Hijo, espera la realización plena de las promesas divinas” (catequesis del 21-5-1997).

Pidamos a la Virgen de los Dolores que alimente en nosotros la firmeza de la fe y el ardor de la caridad, de forma que llevemos con valor nuestra cruz cada día (cf. Lc 9, 23) y así participemos eficazmente en la obra de la redención:

María, Madre de Misericordia, 
cuida de todos para que no se haga inútil la Cruz de Cristo, 
para que el hombre no pierda el camino del bien, 
no pierda la conciencia del pecado 
y crezca en la esperanza en Dios, 
«rico en Misericordia» (Ef 2, 4), 
para que haga libremente las buenas obras 
que Él le asignó (cf. Ef 2, 10) 
y, de esta manera, toda su vida 
sea «un himno a su gloria» (Ef 1, 12).

(S. Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 120)
News.va

VIERNES SANTO


La vida no es una improvisación. Nuestras decisiones más importantes tampoco son espontáneas sino que van precedidas de muchas otras pequeñas y cotidianas decisiones que van configurando el momento de la definitividad. Así le sucedió también a Jesús. Su modo de estar en la vida y relacionarse con la gente de forma compasiva y solidaria se le hizo “intolerable” a los poderosos de este mundo. Hay vidas y palabras que molestan, porque la fuerza transformadora del amor en ellas denuncia el desamor, la injusticia y la violencia y revela complicidades que no queremos ver.

Hoy también, como proclama el papa Francisco, resultan “molestos” los reclamos por la solidaridad universal, la distribución justa de los bienes, la preservación de las fuentes de  trabajo, el reconocimiento de la dignidad de los débiles y la dignidad de la tierra, en  definitiva las exigencias de un Dios que se compromete con la justicia (EG 203, 215). Por eso celebrar la pasión de Cristo es tomar conciencia que Jesús “no murió”, sino que a Jesús “le arrancaron de la tierra de los vivos “( Is 53,8). Su muerte, como la de tantas personas hoy en nuestro mundo: tráfico de seres humanos, talleres clandestinos,  accidentes laborales, violencia doméstica, rutas migratorias (EG 211) no fue  “accidental”, sino que  son “crónicas de una muerte  anunciada “. La imagen del Siervo de Yahveh “despreciado y evitado por los hombres”, “desestimando” “maltratado”, juzgado injustamente se reproduce cotidianamente en nuestros ambientes. En nombre de Jesús se nos pide posicionarnos ante ellos con las entrañas compasivas y solidarias del Dios que es Padre y Madre de todos. 

Pero no toda cruz es redentora ni el sufrimiento en sí mismo es un valor ni algo deseable. A la cruz hay que mirarla siempre por dos lados: el de los crucificadores y el de las víctimas. Por el lado de los crucificadores hay que maldecir la cruz. Quizás nos hemos acostumbrado demasiado a aquello de “Salve Cruz, única esperanza”, y hemos olvidado que hay cruces que no son cristianas, sino legitimadoras del dolor y la injusticia que recae sobre las vidas de los inocentes. Nada más contrario al Dios todo compasivo de Jesús que la exaltación del sufrimiento por el sufrimiento. Dios no ama la  Cruz, sino a los crucificados, por eso se pone en su lugar y no la rehúye, por eso el amor cristiano se concreta en la faena de bajar de la cruz a los crucificados y por eso paga el precio de la cruz, cruenta o incruenta.


Amar compasivamente al modo de Jesús hoy nos hace participes de su pasión en el mundo y nos impide caer en espiritualidades evasivas que no soportan la prueba del fracaso, la oscuridad ni el silencio. En la cruz Dio nos muestra la densidad más honda de su misterio. Un Dios que no sólo está a favor de las víctimas, sino “a merced de sus verdugos”. En la Cruz Dios expresa su máxima solidaridad y cercanía con las víctimas generando una esperanza que no está reñida con la oscuridad y las preguntas sin respuesta, una esperanza que no pasa por encima del desgarro humano. En la Cruz Dios sostiene a su Hijo y a toda la humanidad sufriente desde dentro de su corazón dolorido y despojado, ayudando a resistir y a encarar el sufrimiento, capacitando para que ni siquiera el propio dolor y abandono se conviertan  en medida del mundo, sino que sea pro-existencia, entrega y donación amorosa hasta el fin. Es posible morir y vivir amando hasta el  extremo. 
Artículo escrito por Pepa Torres en REVISTA HOMILÉTICA 2015

Algunos de los fragmentos del Vía Crucis


Acabo de celebrar la Pascua con mis discípulos. Era algo que había deseado ardientemente: la última Pascua, antes de la pasión, antes de volver a ti. Pero, de pronto, se ha visto alterada. El diablo había metido en la cabeza de un discípulo mío que me traicionara. En el huerto de Getsemaní ha venido hacia mí. Con un gesto que es expresión de amor, me ha saludado diciéndome: «Salve, Maestro». Y me ha besado. ¡Qué amargura en aquel momento!

Durante la cena, te he suplicado, Padre, que guardes a mis discípulos en tu nombre, para que sean uno, como nosotros.

Me rodean los soldados del gobernador. Para ellos, ya no soy una persona, sino un objeto. Quieren divertirse conmigo, burlarse de mí. Por eso me visten de rey. Han preparado incluso una corona, pero de espinas. Me golpean en la cabeza con una caña. Me escupen. Me sacan afuera.

Me tambaleo al dar los primeros pasos hacia el Calvario. He perdido ya mucha sangre. Me resulta difícil sostener el peso del madero que he de llevar. Y caigo a tierra.


Mi Madre está entre la gente. Mi corazón late con fuerza. No consigo verla bien. La sangre me cubre la cara.

Oigo gritos a mi alrededor. Toman a la fuerza a un campesino que pasaba por allí, seguramente por casualidad. Sin muchas explicaciones, lo obligan a llevar mi peso. Me siento aliviado. Le mandan que vaya detrás de mí. Iremos juntos hasta el lugar de mi suplicio... Sin embargo, ahora este hombre carga incluso con la mía. Quizás ni siquiera sabe quién soy, pero igualmente me ayuda y me sigue.

Entre la multitud hay muchas mujeres. Su delicadeza impulsa a una de ellas a acercarse para secarme el rostro. Este gesto me hace recordar otros encuentros.

No es sólo cansancio físico. Es algo más profundo lo que me pasa. Ayer tarde estuve un buen rato postrado en oración al Padre. Mi sudor era como gotas de sangre. Estaba ya en agonía. Estoy viviendo la experiencia extrema y difícil de todo ser humano que se acerca a la muerte. Gracias, Padre, por haberme enviado en ese momento un ángel del cielo a consolarme.

Hace pocos días que llegué a Jerusalén. Una comitiva de discípulos me acogió haciendo fiesta con regocijo. Incluso me aclamaban diciendo: «Bendito el que viene en el nombre del Señor»... Ahora que voy exhausto al Gólgota, oigo voces de mujeres que se lloran por mí y se dan golpes de pecho.

Mi camino terreno llega a su fin. Cuando nací, mi madre me puso en un pesebre. He pasado casi toda mi vida en Nazaret. He formado parte de la historia del pueblo elegido.


Muchos escucharon mi palabra y me siguieron, convirtiéndose en discípulos míos; otros no me comprendieron. Algunos me rechazaron y, al final, me condenaron. Pero, en este momento, más que nunca, me siento llamado a revelar el amor de Dios por los hombres.

Me quedo en silencio. Me siento humillado por un gesto aparentemente banal. Hace horas que me quitaron la ropa. Pienso en mi Madre, aquí presente. Mi humillación es también la suya. También de esta manera una espada traspasó su alma. A ella le debía la túnica que me arrebataron. Era un símbolo de su amor por mí.

Me están taladrando los pies y las manos. Los brazos estirados... Miro a los que me crucifican. Pienso en los que se lo han mandado: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Jesús dijo a voz en grito: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Después, dirigiéndose a su Madre, dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»; y al discípulo Juan: «Ahí tienes a tu madre».

viernes, 3 de abril de 2015

El Papa presidió un emotivo y plástico Via Crucis nocturno desde el Palatino

El Coliseo acogió esta noche a los perseguidos hoy: en Siria, Irak, Egipto, Nigeria o China

Via Crucis en el Coliseo romano. Hace dos mil años, muchos fueron pasados a los leones a causa de su fe. Hoy, en esos mismos adoquinos, portaron la Cruz seguidores de Jesús provenientes de Siria, Nigeria, Egipto, Irak o China. Perseguidos hasta la huida, como los inocentes en tiempos del Nazareno, o hasta la muerte, como el propio Cristo.
A todos ellos quiso rendir homenaje la misma Iglesia sufriente y, como un símbolo profético, el Papa Francisco, quien denunció cómo "vemos a nuestros hermanos perseguidos, decapitados, crucificados, por su fe en ti. Bajo nuestros ojos y con nuestro silencio cómplice".
El Vía Crucis romano es, seguramente, la ceremonia más bella desde el punto de vista plástico de las que se celebran en la Semana Santa del Vaticano. Desde la columna del Palatino, en cuyas ruinas se reflejaban, una a una, las catorce estaciones, Francisco asistió, en silencio, profundamente concentrado. Los sufrimientos de Cristo son los nuestros, los que el Dios que se hizo hombre asume muriendo como el más pobre de todos los seres humanos.
El maltrato, la violencia, la pena de muerte, el papel de las minorías, la humillación, el abandono, la violencia contra los menores... fueron algunos de los temas del Via Crucis. Al término de las catorce estaciones, Bergoglio ncidió en el Via Crucis como la "síntesis" de la vida de Jesús y la realización de su amor. "Es la prueba de tu misión, el cumplimiento de la Revelación y de las promesas. El peso de tu cruz nos libera de nuestras cargas, de tu obediencia al Padre nos damos cuenta de nuestra rebelión y desobediencia".
"Tú has sido vendido, crucificado por tu gente", prosiguió el Papa. "En tu inocencia, corazón inmaculado, vemos nuestra culpa. En tu rostro abofeteado, escupido, vemos la brutalidad de nuestros pecados". En la crueldad de la Pasión de Jesús "vemos la crueldad de nuestro corazón y nuestras acciones. En el sentirte abandonado, vemos a todos los abandonados por sus familias, por la sociedad"
"En tu cuerpo sacrificado, destruido, vemos el cuerpo de nuestros hermanos abandonados en las calles, desfigurados por nuestra negligencia y por nuestra indiferencia. En tu sed, Señor, vemos la sed del padre misericordioso, que ha querido salvar y perdonar a la Humanidad", prosiguió el Pontífice, pidió imprimir en el corazón de los creyentes "sentimientos de fe, esperanza y caridad", y que el dolor por la Pasión y la Muerte se transforme en "conversión de obras, para no olvidar jamás el inmenso precio que has pagado para liberarnos".
"Jesús crucificado, refuerza en nosotros la fe. Que no acabe la fe ante las tentaciones y reviva en nosotros la esperanza", añadió Bergoglio. "Que no nos dejemos engañar por la corrupción y la mundanidad. Enséñanos que la cruz lleva a la Resurrección, enséñanos que el Viernes Santo camina hacia la pascua y la luz".
"Enséñanos que Dios nunca olvida a ninguno de sus hijos, que no se cansa nunca de perdonar y de abrazarnos con su infinita misericordia. Enséñanos a no cansarnos jamás en conceder el perdón y creer en la misericordia sin límites", concluyó el Papa, antes de invitar a los presentes a descansar y meditar en esta noche en que el Via Crucis romano volvió a convertirse en un lugar de dolor, pero también de recuerdo. Y de esperanza. De la Pasión, a la muerte. De ésta a la Resurrección. Acaba el Viernes Santo, comienza la confianza en la luz, en el sepulcro vacío. En el Dios que llega.
 Los textos de las meditaciones de este año fueron escritas por el obispo emérito italiano, monseñor Renato Corti de 79 años.
Durante las catorce estaciones del Vía Crucis se reza por aquellos que padecen diferentes sufrimientos, entre ellos, las víctimas de persecuciones religiosas o a causa de la justicia, las familias en dificultad y la explotación de menores. También se proponen los sentimientos y pensamientos de Jesús durante su pasión.
 (Jesús Bastante).-Religión digital

CONTEMPLACIÓN ANTE LA CRUZ DE CRISTO

No comprendo, Señor, tu Cruz, y la mía me duele demasiado como para entretenerme en ella complacido. Pero ante ti crucificado no puedo entregarme a discursos mentales, y decido adorarte, rindo mi pensamiento, agradecido y sin sentir humillación.
Ante tu Cruz, como ante la cruz de quienes sufren de muchas maneras, no sirve la evasión ni la ideología sobre el mal o sobre la posible injusticia que lo provoca. Me envuelve el silencio, me sobrecoge el dolor, hasta siento que me paralizo, un tanto escandalizado, porque vivo con recursos abundantes, lejos de quienes no tienen más que la enfermedad, la pobreza y la marginación.
Tú me enseñas a compadecer, más que escandalizarme de mí mismo o a justificarme en mi suerte.
Señor Jesucristo, el arte te ha representado de muchas formas crucificado, queriendo expresar lo inabarcable de tu amor. Hay quienes te imaginan y presentan con la belleza de un cuerpo perfecto, coronado como rey; otros, en cambio, te muestran deshecho, maltratado, sangrante. Es muy difícil plasmar cuanto quieres decirnos con el signo más elocuente del amor, que es dar la vida.
Prefiero, dentro de la admiración que me produce toda iconografía de tu cuerpo entregado, y la contemplación de las formas estéticas, atravesar la puerta de tu costado e introducirme en lo más hondo del misterio, que no sé describir, pero sé que es tu amor el que me abraza y responde a toda mi necesidad de relación.
Jesucristo, sé que no vale mirarte a ti, por dramática que sea la representación, y rehuír la mirada ante los que sufren. La contemplación de tu Cruz me ayuda a la hora de seguirte con la mía, y de prestar mis manos en socorro del peso que otros llevan.
Tienes razón al decir que quien desee ser discípulo tuyo que tome su cruz y te siga. He comprendido que Tú acompañas a cada uno, que no vamos solos por el camino del seguimiento, que Tú nos precedes, haces de guía y nos estimulas al mostrarnos la posibilidad de avanzar por el camino de la entrega.
Tú nos acompañas con la cruz a cuestas, y nos invitas a ir detrás de ti sin refugiarnos en nuestro dolor, ni evadirnos de ayudar en lo posible a quienes soportan una carga mayor sobre sus hombros.
He comprendido que tanto ante la Cruz como ante ti en ella, solo es posible detenerse de manera positiva si se mantiene una relación íntima contigo. Ante tu cuerpo desnudo en la Cruz no sirve la estética, sino solo el silencio, la adoración, el sobrecogimiento.
Solo en la intimidad cabe besarte, amarte sin pudor, y sentir en tu entrega el mejor gesto, la palabra cumplida, la ternura sin dominio.
Cómo acompaña en la intimidad saberme en tu Cruz, y comprender que por ella, has hecho de la mía título de amor y profecía de bendición.
Tu adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa Cruz redimiste el mundo.

Angel Moreno de Buenafuente

Viernes Santo. Cuando amar es morir en Cruz.

«No os pido ahora que penséis en El … no os pido más de que le miréis».
Teresa de Jesús, C 26, 3
Sus palabras y sus gestos de misericordia con los pobres y pecadores, llevaron a Jesús a enfrentarse con los poderosos, que no dudaron en quitarlo de en medio. Escandalizó por su cercanía a la mujer, a los leprosos, a los niños. Conmocionó a los dirigentes del pueblo anunciando a un Dios que no busca ser servido, sino que se goza en servir, un Dios que no necesita nuestros sacrificios rituales, ni pide otra ofrenda que la de la propia vida, entregada gratuitamente y sin descanso, a los demás…
Contemplo ahora su cuerpo muerto, machacado, y dejo que su inerte blancura me revele silenciosamente su secreto. Todo Él me habla de un amor incomprensible. Amor que disculpa siempre, se fía siempre, aguanta siempre, espera siempre. Un amor, el suyo, que no se antepone jamás a sí mismo, sino que se alegra con el gozo del otro, que prefiere el bien y la vida del otro a su propio bien, a su misma vida. Un amor que no disminuye aunque no encuentre eco ni respuesta en el otro, sino que, por el contrario, esa misma indiferencia le lleva a incrementar el fuego con el que ama, ansiando que prenda en la frialdad que le rodea.
Su morir es una escuela de amor.
Porque cuando AMO, muero.
Muero a mi egoísmo, para que tú poseas.
Muero a mi comodidad, para que tú descanses
Muero a mis gustos, para que tú goces.
Muero a mi seguridad, y me arriesgo por ti.
Muero a mi prestigio, y me rebajo por ti.
Muero a mi autosuficiencia, y cuento contigo
Muero a mi aislamiento, y me comunico contigo.
Muero a mis prisas, y me adapto a tu ritmo.
Muero a mi protagonismo,  para que destaques tú.
Jesús muere por amor y fidelidad a Dios. Un Dios que no se cansa de dar, de darse, de entregar su ser y su Vida a sus criaturas, para que crezcan en dignidad y alegría.
A este hombre, lo matamos. El mundo no soportó su misericordia.
Él, Palabra salida del corazón de Dios, ha sido arrancado de la tierra de los vivos y el mundo se sumerge ahora en un escalofriante silencio.
Su boca había pronunciado las palabras más hermosas que jamás se han escuchado en esta tierra: Bendecid a los que os persiguendichosos los pobresvenid a mí los que estáis cansados…Ahora, la muerte, sella sus labios irremediablemente.

Las últimas horas de Jesús son también para Él una experiencia de silencio. Silencio por parte de los suyos, que evitan incluso admitir que le conocen. Silencio por parte de tantos que en otro momento lo aclamaron, y ahora lo dejan solo. Silencio por parte del mismo Padre Dios… ¿No le había dicho un día: Tú eres mi Hijo, amado, en quien me complazco? Y sin embargo, en ese instante parece que lo abandona en manos de la crueldad humana, y en soledad, ha de enfrentarse a la tortura, a la muerte.
Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Es el grito desgarrador de Jesús en la cruz, cuando hasta la fe parece tambalearse.  Y su voz se pierde en el silencio de la tarde.

Jesús salta en el vacío, y cree contra toda evidencia que el mal que le atenaza no forma parte del plan de su Padre, que no puede hacer nada para evitarlo…
Creer en un Dios impotente es la única forma de ser creyente de verdad.
Un Dios que no puede actuar en la historia, si no es desde el interior del ser humano, a través su Espíritu, presente en cada corazón que escucha y sigue su voz, tenue como la brisa.
Un Dios que no interviene milagrosamente para anular la libertad humana. Porque matar la libertad es matar para siempre el amor…destruir su propia obra.
Dios calla, sufre y muere en su Hijo.  Dios, en Jesús, está siendo la única condición de posibilidad de su vivir amorosamente, de su morir indefensamente.
El centurión, que estaba enfrente de él, al contemplar la manera en que había muerto, dijo: -Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios (Mc 15,39).
Porque Dios es presencia amorosa en el Hijo, puede Jesús dar el paso valientemente hacia la muerte, en plenitud de vida y de sendero.
Acompaña así todos los dolores, todos los sufrimientos, todas las muertes injustas de la historia. Como solo se puede acompañar el dolor, callando, abrazando con la mirada, impulsando la entrega y el perdón. Por eso, la muerte en cruz de Jesús nos libera de la imagen de un falso Dios omnipotente, exterior al ser humano, que moviera los hilos de la historia a su antojo.
El Padre nos muestra sus entrañas de misericordia, su capacidad de servir y perdonar a través de la vida y de la muerte de Jesús de Nazaret.
Después, se puede afirmar que Dios “ha quedado como mudo y no tiene más que hablar” (Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II22, 4).
 Fuente: PARA VOS NACÍ

HORA SANTA DE JUEVES SANTO. LA AGONÍA DE JESÚS

Escuchamos la Palabra  ( Marcos 14, 32-36)

Fueron a una finca, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos: «Sentaos aquí mientras voy a orar». Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo: «Me muero de tristeza: quedaos aquí velando». Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y dijo: «¡Abbá! (Padre): tú lo puedes todo, aparta de mí ese cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».

Sentimientos de Jesús

La fatiga no es sólo física. Es algo mucho más profundo. Aquí estoy, postrado en tierra, orando al Padre. Mi sudor es similar a gotas de sangre. Estoy entrando en la agonía. Estoy compartiendo la experiencia suprema y difícil de todo ser humano próximo a la muerte.

Se acerca la hora de la tiniebla y del silencio. Y sientes, Jesús, el vacío desgarrador, la hondura de la angustia, no existe más que el abandono lacerante: tus amigos están dormidos, la traición se acerca. Y hay una soledad más trágica: hasta tu Padre parece abandonarte. Y en el silencio de Dios, la tremenda soledad de tu corazón se convierte en súplica desgarrada y ardiente: " Padre, tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz." Pero esta plegaria de lamento y abandono, es también oración de aceptación y esperanza: "Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres."