martes, 31 de enero de 2017

San Juan Bosco – 31 de enero

«El fundador de los salesianos fue un sembrador de alegría. Derrochó generosidad entre la infancia y juventud abandonada a la que proporcionó toda clase de recursos. Con una pedagogía excepcional condujo a muchos a la conversión»


Este gran maestro de santos que hoy ofrece ZENIT nació en I Becchi, Castelnuovo d’Asti, Italia, el 16 de agosto de 1815.. Un sentimiento alentó su santa vida: «¡Señor, dame almas!… Almas, almas, sobre todo de niños y de jóvenes, para llevarlas a Ti». Muy pequeño orientó toda su capacidad creativa organizando juegos con otros niños, que interrumpía al repique de campanas para conducirlos a la iglesia; entonces comenzaba a hacerse manifiesto su innegable carisma con este colectivo. A los 9 años vio en sueños los rasgos inequívocos del abandono. Una infancia duramente castigada por la distancia afectiva convertía la pradera en escenario de hiriente conducta: robos, blasfemias y otras fechorías, ante las cuales el santo reaccionaba con violencia, golpeando a los muchachos. En el mismo estado de vigilia se sintió amonestado y exhortado a ponerse en medio de ellos; se le daba a entender que debía mostrarles la fealdad del pecado y la belleza de la virtud: «No con golpes, sino con la mansedumbre y con la caridad deberás ganarte a estos tus amigos.. Yo te daré la Maestra bajo cuya disciplina llegarás a ser sabio; y sin la cual, toda sabiduría se convierte en necedad». A su vez, en una aparición, María, que sería esa Maestra anunciada, le mostró una manada de animales extraños y feroces, que pronto se trocaron en mansos corderillos. «¡Mira lo que te espera!», dijo la Virgen, añadiendo: «Hazte humilde, fuerte, bueno, y verás lo que vas a hacer». Juan se echó a llorar, y Ella le aseguró que un día lo comprendería todo. Así fue. En su momento entendió el significado de la visión a través de la cual se le encomendó la recuperación de niños y jóvenes maleantes. María siempre sería para él la «Auxiliadora de los cristianos».
Se había quedado huérfano de padre cuando tenía 2 años, y su madre hizo lo posible para que pudiera estudiar, algo que consiguió en medio de no pocas privaciones y sacrificios. Eran tan pobres que tuvo que mendigar para costear su formación. Almas caritativas le dieron ora la chaqueta, ora el abrigo, y hasta los zapatos. Él aunaba inteligencia y esfuerzo que, junto a su piedad, pronto hicieron maravillas. Cursados los primeros estudios en Chieri, prosiguió realizándolos en el seminario mayor de Turín. Por entonces sus dotes teatrales ya eran conocidas. Los niños quedaban fascinados y estupefactos ante las acrobacias y números de magia que realizaba ante ellos. Eran algunas de sus tácticas para mantenerlos alejados del mal. Con la misma fórmula en Turín se rodeó de chavales que vagaban sin rumbo y se atrajo su amistad sin esfuerzo.
Fue ordenado sacerdote en 1841. Tuvo como guía a san José Cafasso, que corroboró la vocación a la que se sentía llamado: «Prosigue tu trabajo con los chicos abandonados. Eso y no otra cosa es lo que Dios quiere de ti». Y le aconsejó: «Camina y observa a tu alrededor». Su entorno le devolvía estampas desoladoras, miseria asomada en las pupilas de la infancia y la juventud de las zonas marginales que bien conocía. «Hasta el último aliento por los jóvenes», se dijo. Con ellos, en particular los pobres y abandonados, compartía rezos, juegos, y los invitaba a comer de vez en cuando. Contaba para todo con la inestimable ayuda de su madre Margarita Occhiena, que ejerció gran influencia sobre él, y junto a ella hizo frente a las críticas y habladurías. En diciembre de 1841 un muchacho fue acogido por el santo y tras él llegaron otros. Pronto el cobertizo Pinardi se llenó de jóvenes que fueron la semilla del Oratorio de San Francisco de Sales. Cuando en una ocasión una bienhechora le dio a elegir entre el grupo de niños y jóvenes ruidosos, faltos de educación y buenos modales, que no habían recibido cariño, y destinar el lugar que tenía para las muchachas, Juan no los abandonó, sino que se los llevó consigo.
Pudo perder la vida a causa de una pulmonía, pero se recuperó y siguió luchando por los chicos. Logró rescatarlos de las influencias ajenas y de los peligros que les acechaban lejos del hogar que había creado para ellos. La clave de todo era el amor que sembraba a su alrededor: «Con la bondad y el amor trato de ganar para el Señor a estos mis amigos». Un amor derrochado de forma personalizada, de un modo que cada uno podía pensar que era único para él. Su creatividad, que parecía no tener fronteras, dio lugar a talleres diversos donde, al tiempo que los mantenía a cobijo, les proporcionaba formación.
El «método preventivo» consistente en la práctica de la caridad, con el sentido paulino, fue dando sus frutos, materializándose en una sólida educación cristiana y humana. La continuidad de esta obra se produjo a través de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (los Salesianos) y de las Hijas de María Auxiliadora (las Salesianas), fundadas con santa María Dominica Mazzarello. La pedagogía salesiana, conocida y estimada por doquier, incluye los recursos que le proporcionó su fundador: escuelas tipográficas, revistas y editoriales, entre otras. De la pluma del santo surgieron libros didácticos encaminados siempre a poner de manifiesto los más altos ideales. Las obras que emprendió tuvieron como finalidad enseñar que el amor y la confianza en los jóvenes disuelve todos los males.
Uno de sus alumnos, el mejor, fue santo Domingo Savio, elevado a los altares a los 15 años. Éste, antes de morir, glosó el espíritu que les había inculcado su fundador, afirmando: «Nosotros aquí hacemos consistir la santidad en mucha alegría». En un momento en el que todos sus colaboradores, menos uno, abandonaron a Don Bosco, él pensó formar a Domingo para que le acompañase en su delicada misión. Entre sus muchas acciones también mandó erigir varias iglesias. Al final de su vida pudo decir con toda propiedad: «… Lo que he hecho, lo he hecho por el Señor… Se habría podido hacer más… Pero lo harán mis hijos… Nuestra Congregación es conducida por Dios y protegida por María Auxiliadora». Murió en Valdocco el 31 de enero de 1888. Fue beatificado por Pío XI el 2 de junio de 1929, y este mismo pontífice lo canonizó el 1 de abril de 1934.
ZENIT

Comedor Ave María: 25 años de pan y cariño



Abrir la puerta de tu casa y de tu corazón para dar pan y cariño a aquellas personas necesitadas que llaman cada día llena de satisfacción y alegría, y ayuda a comprender que «servir es la mejor manera de amar». Esto es lo que hemos hecho estos últimos 25 años en el comedor Ave María. Mañana tras mañana hombres y mujeres han encontrado no solo un desayuno caliente y un bocadillo, sino también un poco de calor humano. Gracias a la colaboración de los voluntarios hemos servido 2.100.124 desayunos.
María Teresa nos cuenta lo que han supuesto para ella el servicio a los necesitados durante estos años: «Para mí el comedor ha sido un gran regalo de Dios a nivel de fe, pero también humana y socialmente. Me ha dado la posibilidad de reencontrarme con Dios a través del hombre; sobre todo he entendido cómo Dios ama al hombre, cómo sigue paso a paso nuestra trayectoria y cómo con su amor misericordioso nos invita a levantarnos con confianza. A nivel humano me ha dado la posibilidad de conocer al hombre y acercarme a él, a su ser más profundo, a no quedarme solo en lo exterior. He podido descubrir que detrás de cada rostro hay una persona que sufre, que busca comprensión y sobre todo ser amado. Un rostro detrás del cual está el mismo Cristo. Y mirándolos a ellos he aprendido a no juzgar nunca si no es desde el amor. A nivel social, me ha hecho entender cómo no puedo pasar de largo ante una realidad como la que se esta viviendo hoy de marginación y de desamor.
El comedor es motivo de agradecimiento a Dios porque he descubierto que ir a servir el desayuno no es motivo de vanagloria. Sentarme a la mesa con ellos y tender la mano me ha ayudado a comprender que ser discípulo de Jesús es “estar siempre en camino”, como María, que sale “a toda prisa” al encuentro de aquellos que necesitan un poco de pan y de calor humano.
Amigos, nuestro mundo necesita menos palabras y más obras. Que entre todos sigamos haciendo posible que el Ave María sea una puerta de amor abierta a la esperanza y a la justicia».
Paulino Alonso
Responsable del comedor Ave María. Madrid
Alfa y Omga

La historia y Dios


«La concepción cristiana de Dios hace necesaria también su presencia en la historia, en la general y en la particular, en la de los pueblos y en la de los individuos. Ello ha encontrado respuesta en la idea de providencia, la cual ha tenido que hacerse compatible con la libertad humana»
El cristianismo, religión que desdeña el mito y lo proclama abolido para dar cuenta de lo sagrado, es una fe que ha asumido la condición de relato histórico y ha experimentado desde muy pronto la necesidad de realizar en la historia el Reino de Dios que es su esperanza y su promesa. Esto es hasta tal punto así que, como escribió James Hitchcock, «el mayor reto a la credibilidad de la fe no procede de las ciencias físicas, sino de las disciplinas históricas, capaces de desacreditar al cristianismo precisamente por ser una fe basada en unos hechos históricos».
La concepción cristiana de Dios hace necesaria también su presencia en la historia, en la general y en la particular, en la de los pueblos y en la de los individuos. Ello ha encontrado respuesta en la idea de providencia, la cual ha tenido que hacerse compatible con la libertad humana. La historia, pues, tendría un sentido, pero si lo tiene es porque los cristianos sabemos que Dios quiso revelarse a través de la historia y que su providencia actúa en ella.
La esencia de la visión cristiana de la historia es preguntarse por la finalidad y no solo por los procesos. Todavía Hegel pudo construir una historia del cumplimiento finalista de un sentido porque aún se basaba en la luz del cristianismo como religión verdadera. Sin embargo, la historiografía actual, al prescindir mayoritariamente de ese e incluso de cualquier otro principio unificador, pese a resultar tan convincente en sus explicaciones de hechos y estructuras, adolece de la carencia de un orden racional que la haga inteligible. Esa ausencia de finalidad nos conduce al sinsentido, mas posee la ventaja de eludir arduos problemas que han fecundado, pero también perturbado el pensamiento histórico. Y es que, aceptada una finalidad en la historia y entendida la providencia divina como el modo en que se avanza hacia ese fin, la cuestión gira hacia la actuación concreta de Dios en un determinado hecho histórico. Una gran tentación cristiana ha sido deducir, a partir de una creencia general en la divina pro videncia, sus manifestaciones específicas en la historia. Si esta dependiera de un sentido evidente que la totaliza y termina, ocurriría entonces que esa misma historia se haría inane en cada uno de sus capítulos. Pero esos son precisamente los que interesan al historiador.
Por otra parte, los sistemas inmanentisºtas, de los que el marxismo ha sido el más ambicioso e influyente, no han resuelto la necesidad racional de encontrar una idea organizadora del devenir. La desilusión ante su fracaso se expresa en el convencimiento actual de que resulta vano buscar una atalaya teórica desde la que contemplar la entera historia. Eso estaría bien si, al precio de esa renuncia, obtuviéramos el sentido que, de una forma u otra, nuestra cultura ha anhelado siempre encontrar. Puesto que ese sentido no puede deducirse sin más de los puros acontecimientos, es evidente que la abstención actual tiene que ver no con el desinterés, sino con el vértigo de preguntarse por el significado último de la historia. Así, muchos historiadores que no dudan de la acción de Dios en las vidas humanas, entendidas individualmente, prefieren no plantearse esa acción en la historia. Pero si Dios es providente con cada hombre, ha de serlo con la humanidad en su conjunto. La dificultad para admitirlo quizá no proceda tanto de nuestra fe o piedad persona- les cuanto de nuestro concepto de historia, el cual podría tener el efecto de velarnos la acción de Dios sobre ella.
Son dos las cuestiones principales: primera, el sentido del tiempo; segunda, la selección de los hechos que consideramos históricos. Sobre la primera, de enorme complejidad, baste decir ahora que el eterno presente de Dios no tiene por qué acomodarse en su acción al tiempo limitado del hombre, de cada hombre y generación. Ahora bien, es preciso confesar que, aun cuando intentemos contemplar los hechos históricos bajo un prisma más acorde con ese tiempo de Dios, muchos de ellos siguen pareciendo contrarios al designio divino sobre la humanidad, cuando no carentes de todo sentido.
En cuanto al segundo problema, cabe pensar que, si para Dios no hay ningún hombre despreciable, para Él no habría tampoco ningún acontecimiento superfluo o irrelevante. Pero eso no es así para nosotros, y por ello la historia se configura, según la conocida definición de Jacob Burckhardt, como «el registro de los hechos que una edad encuentra notables en otra». Quizá por ello, la frustración nos aguarda cuando esperamos captar el sentido de la historia y escrutar la intención divina sobre un conjunto en el fondo pequeño y sesgado de acontecimientos «notables». Es forzoso suponer que innumerables momentos en los que Dios actúa no son preservados por la historia.
Esas dos cuestiones laten en un viejo y pertinaz tercer problema: ¿cómo vincular a un Dios de bondad y justicia con hechos en los que tan a menudo contemplamos el triunfo de la maldad y el pecado? Pero, en realidad, solo es una determinada idea de progreso la que nos impide aceptar que el sufrimiento y el mal tengan un papel constructivo en la historia. Frente al progreso de matriz iluminista, que no puede asumir la realidad del mal y del dolor sino como absurdo irracional que lo frena o impide, la historia más bien sería, según la imagen creada por Isaiah Berlin a partir de la concepción de Herder, como una sinfonía, cada uno de cuyos movimientos tiene significado por sí mismo. Así, cada parte o momento de la historia la contiene entera de algún modo, no como peldaños de una escalera cuyo sentido solo conoceremos al final. Cada sufrimiento, fracaso o logro tienen un valor absoluto fuera de la secuencia.
No habría tanto un progreso cuanto una maduración de la humanidad en la que pesan todos y cada uno de los destinos humanos. En esa figura no hay sucesos que impulsan la marcha y otros que la retardan o la contrarían. Porque todo, tanto lo bueno como lo malo, contribuye a ese proceso de maduración de los hombres y de la humanidad. Y así, sufrimiento y dolor encuentran su sitio, como todo lo que acontece, la lluvia, el sol, la noche y el viento, conforma misteriosamente al fruto en el árbol.
Rafael Sánchez Saus
Catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Cádiz
Fue rector de la USP-CEU
Alfa y Omega

El diplomático vaticano que intentó parar el genocidio armenio


Un libro recopila documentos del Archivo Secreto Vaticano que demuestran los esfuerzos de la Santa Sede por detener la matanza de 1915
Aunque sea el estado más pequeño del mundo, la Santa Sede cuenta con una poderosa maquinaria al servicio de la paz, heredera de grandes figuras históricas como la de Angelo Maria Dolci, delegado diplomático en la Constantinopla del genocidio armenio. «Fue un diplomático honesto, una persona extraordinaria. Si tuviera que definirlo usaría la cita evangélica en la que Jesús recomienda a sus discípulos ser “astutos como serpientes y sencillos como palomas”». Quien lo describe así es Valentina Karakhanian, investigadora en el Archivo Secreto Vaticano, que ha rastreado los esfuerzos de este diplomático para salvar a los armenios del llamado Gran Mal. Es la coautora de La Santa Sede y el extermino de los armenios en el Imperio otomano, y aunque mucho se ha escrito sobre el genocidio armenio, su libro es una de las pocas obras que sacan a la luz, mediante documentos escritos, los esfuerzos del Vaticano –del Papa Benedicto XV–, por detener la carnicería contra los armenios y después asirios, melquitas, maronitas, caldeos… y, en definitiva, cualquier pueblo cristiano que habitara en el Imperio Otomano a partir de 1915. «La particularidad de nuestro libro es que hablan los documentos», señala Karakhanian. La propia autora es también una víctima colateral del exterminio. Sus bisabuelos se libraron de una muerte segura porque pudieron huir a tiempo a Georgia junto a otras 29 familias gracias a un sacerdote. En el país vecino dieron lugar a 17 pueblos de armenios católicos. Valentina nació allí, en la diáspora. «Jamás habría escrito este libro si creyera que solo va a servir para aumentar la biblioteca», explica. Espera que el volumen pueda mostrar, sobre todo a los armenios, que la Santa Sede se movilizó para detener la tragedia. Quiere además que una figura como la de Dolci no pase desapercibida y pueda ser reconocido como «una persona justa que no escatimó esfuerzos».
Sacerdotes y religiosas, los informantes
El futuro cardenal Dolci asumió casi como propio el destino de los cristianos de Anatolia. Tres días después de la fecha que se considera el comienzo del genocidio, el 24 de abril, Angelo Maria Dolci escribe su primer informe en el que expresa sus temores de que «la autoridad turca ordene una masacre general de los armenios». En dos meses llegaron hasta la Secretaría de Estado Vaticana 20 informes que recogían datos sobre el dramático devenir de los acontecimientos. No obstante, Dolci era meticuloso recopilando y procesando la información, consciente de que la Santa Sede tenía que caminar con pies de plomo en un territorio que era más hostil que favorable a su presencia. «Ha sido muy interesante ver los despachos de otras embajadas que informan de la versión oficial. Por esto es tan extraordinario el papel de monseñor Dolci, porque él no distorsiona nada. El Vaticano recibe noticias de primera mano porque tenía informantes en todas las ciudades que eran los sacerdotes y religiosas», aclara la investigadora.
El diplomático es claro en sus despachos y expone asesinatos masivos y torturas. Habla de madres que incluso venden a sus hijos para salvarlos. A su vez, las cartas que le llegan relatan asesinatos, deportaciones masivas y una violencia que no solo se ceba contra los armenios. Dolci escribe: «Parece que la persecución del Gobierno contra los cristianos no se limita a los armenios, sino que se extiende a las demás comunidades sin distinguir entre católicos y no católicos». En Siria, el delegado apostólico coincide: «En muchos lugares del interior, no queda ni un cristiano». La propia Custodia de Tierra Santa envía un largo dosier a Dolci sobre las deportaciones al desierto de miles de armenios, sobre todo a las inmediaciones de Deir-El-Zor. Allí, recuerda Valentina, el Daesh destruyó las iglesias y los osarios que contenían los restos de estos cristianos asesinados durante el genocidio. 100 años después, el exterminio se repite sin cambiar de víctimas.
«Dolci no hacía esto porque se lo pidiera el Vaticano sino porque, en primer lugar, era un buen religioso y un buen hombre», explica la autora. Por su mediación, Benedicto XV escribió hasta tres cartas al sultán que el diplomático se empeñó en llevarle en persona. El 15 de enero de 1916 el Papa obtiene la respuesta: «Las noticias que han llegado a la Santa Sede sobre la suerte de los armenios de nuestro país no se ajustan a la realidad de los hechos». Aunque sin reconocer la masacre, cada carta del Papa hacía que el imperio atenuara la persecución. Era en ese impás cuando Dolci aprovechaba para maniobrar. El delegado apostólico movilizó a la diplomacia vaticana en la intrincada Europa de la I Guerra Mundial. Eugenio Pacelli, entonces nuncio en Múnich, coopera estrechamente con Dolci para prestar ayuda a través de Alemania, Austria y Hungría. A él le escribe un franciscano en 1917 sobre la suerte de 200 familias de Ankara: «Se oponen al cambio de nombre. No quieren saber nada de la apostasía al cristianismo que pide el Gobierno».
El odio que aplastó la diplomacia

Dolci es como la gota que horada la roca y persiste en la denuncia y el salvamento. Jugó como nadie en el tablero de la diplomacia. Así ganó una importante mano al salvar a 60 cristianos de Alepo de una condena a muerte acusados de robar unos dátiles. Dolci escribe al ministro de la guerra turco haciéndole notar que esa ejecución daría muy mala prensa al imperio. Si bien asegura a sus interlocutores que la condena es justa, también les recuerda que una amnistía mostraría la magnanimidad del imperio y agradaría al Papa. Semanas después el diplomático escribe a Benedicto XV con el anuncio del perdón a los 60 de Alepo.
Incluso Dolci –inspirado en el episodio en el monte Musa Dagh cuando un barco francés evacuó a miles de armenios atrincherados contra los turcos–, quiso enviar barcos a Siria y Líbano con bandera vaticana para socorrer a los cristianos. Una idea que parece que bloqueó Inglaterra. Pero el genocidio era imparable y el odio aplastó cualquier negociado diplomático.
Benedicto XV solicitó en el reparto territorial de París que, al menos, se considerase una Armenia independiente fuera de la URSS o de la influencia turca, una intercesión que incluso agradeció al Pontífice la propia Iglesia apostólica armenia. Benedicto XV también se lo pidió al presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, en calidad de «presidente de la mayor democracia del mundo». La Armenia libre duró poco. En 1920 fue subsumida a la URSS. La carta de Benedicto XV al mandatario estadounidense terminaba con el llamamiento a una paz justa. El Papa que advirtió de la «masacre inútil» en los albores de la I Guerra Mundial acertó por desgracia en su advertencia: «La paz no podrá durar si se imponen condiciones que dejarán profundas raíces de rencor y proyectos de venganza. Las historias del pasado son las dueñas del futuro». Un futuro que llegó en forma de guerra mundial pocos años después acompañada por otro gran genocidio.
El Papa de la paz murió en 1922. El cardenal Dolci en 1939. Eugenio Pacelli fue proclamado Papa ese mismo año con el nombre de Pío XII. Los esfuerzos diplomáticos de los tres salvaron a muchos, quizá nunca se contabilizaron, quizá nadie buscó sus nombres, pero como dice Valentina Karakhanian, «la grandeza de un diplomático es que no le podrás atribuir algo concreto pero es indudable que sin su intervención nada hubiera sido posible».
Alfa y Omega

Contigo hablo, niña, levántate


Lectura del santo Evangelio según san Marcos 5, 21-43

En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al mar.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacia doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con sólo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente y preguntaba:
«¿Quién me ha tocado el manto?».
Los discípulos le contestaron:
«Ves como te apretuja la gente y preguntas: "¿Quién me ha tocado? "».
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?».
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encontra el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
-«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor.