lunes, 14 de noviembre de 2016

Las tres reglas fundamentales para los lectores en la Misa


El liturgista italiano Enrico Finotti responde a una lectora de Aleteia

Un lector escribe: “Quisiera saber si hay indicaciones precisas dictadas por el magisterio o simplemente por la tradición que expliquen cómo se debe comportar un lector durante la misa. Las lecturas del día y los salmos no deben ser leídos, sino anunciados. ¿Podrían hacer un pequeño elenco de los "errores" más comunes? Por ejemplo, a veces oigo decir como conclusión de una lectura "Es palabra de Dios" en lugar de "palabra de Dios". Y también, hay quien pone mucho énfasis en leer, a menudo cambiando fuertemente el tono de voz en los diálogos directos…. Hay quien levanta la mirada a los bancos y quien en cambio nunca alza los ojos y los tiene fijos en el texto. Gracias".

El liturgista Enrico Finotti explica: “La Palabra de Dios en la celebración litúrgica debe ser proclamada con sencillez y autenticidad. El lector, en resumen, debe ser él mismo y proclamar la Palabra sin artificios inútiles. De hecho, una regla importante para la dignidad misma de la liturgia es la de la verdad del signo, que afecta a todo: los ministros, los símbolos, los gestos, los ornamentos y el ambiente”.

Dicho esto, prosigue Finotti, “es también necesario solicitar la formación del lector, que se extiende a tres aspectos fundamentales”.

1. La formación bíblico-litúrgica

“El lector debe tener al menos un conocimiento mínimo de la Sagrada Escritura: estructura, composición, número y nombre de los libros sagrados del Antiguo y Nuevo Testamento, sus principales géneros literarios (histórico, poético, profético, sapiencial, etc.). Quien sube al ambón debe saberlo que va a hacer y qué tipo de texto va a proclamar.

Además, debe tener una suficiente preparación litúrgica, distinguiendo los ritos y sus partes y sabiendo el significado del propio papel ministerial en el contexto de la liturgia de la palabra. Al lector corresponde no sólo la proclamación de las lecturas bíblicas, sino también la de las intenciones de la oración universal y otras partes que le son señaladas en los diversos ritos litúrgicos”.

2. La preparación técnica

El lector debe saber cómo acceder y estar en el ambón, cómo usar el micrófono, cómo usar el leccionario, cómo pronunciar los diversos nombres y términos bíblicos, de qué modo proclamar los textos, evitando una lectura apagada o demasiado enfática.

Debe tener clara conciencia de que ejerce un ministerio público ante la asamblea litúrgica: su proclamación por tanto debe ser oída por todos. El Verbum Domini con el que termina cada lectura no es una constatación (Esta es la Palabra de Dios), sino una aclamación llena de asombro, que debe suscitar la respuesta agradecida de toda la asamblea (Deo gratias).

3. La formación espiritual

La Iglesia no encarga a actores externos el anuncio de la Palabra de Dios, sino que confía este ministerio a sus fieles, en cuanto que todo servicio a la Iglesia debe proceder de la fe y alimentarla. El lector, por tanto, debe procurar cuidar la vida interior de la Gracia y predisponerse con espíritu de oración y mirada de fe.

Esta dimensión edifica al pueblo cristiano, que ve en el lector un testigo de la Palabra que proclama. Esta, aunque es eficaz por sí misma, adquiere también, de la santidad de quien la transmite, un esplendor singular y un misterioso atractivo.

Del cuidado de la propia vida interior del lector, además que del buen sentido, dependen también la propiedad de sus gestos, de su mirada, del vestido y del peinado. Es evidente que el ministerio del lector implica una vida pública conforme a los mandamientos de Dios y las leyes de la Iglesia.

Leer en misa es un honor, no un derecho

Esta triple preparación, precisa el liturgista, “debería constituir una iniciación previa a la asunción de los lectores, pero después debería seguir siendo permanente, para que no se relajen las costumbres. Esto vale para los ministros de cualquier grado y orden.

Será finalmente muy útil para él mismo y para la comunidad que todo lector tenga el valor de verificar si siguen estando en él todas estas cualidades, y si disminuyeran, saber renunciar con honradez.

Realizar este ministerio es ciertamente un “honor” y la en Iglesia siempre se ha considerado así. Sin embargo, concluye, no se puede acceder a él a toda cosa, ni debe ser considerado un derecho, sino un servicio en pro de la asamblea litúrgica, que no puede ser ejercido sin las debidas habilitaciones, por el honor de Dios, el respeto a Su pueblo y la eficacia misma de la liturgia.

Aleteia

«Dondequiera que esté un cristiano, los hombres tienen que encontrar siempre un oasis de misericordia»

La catedral de Santa María la Real de la Almudena ha acogido este sábado, 12 de noviembre, la solemne Eucaristía de clausura del Año de la Misericordia, presidida por monseñor Carlos Osoro, cardenal electo, arzobispo de Madrid. Junto a él han concelebrado el arzobispo emérito de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela; el obispo emérito de Ciudad Real, monseñor Antonio Antonio Algora; el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Juan Antonio Martínez Camino; los vicarios episcopales, el Cabildo catedral y numerosos presbíteros.
En su homilía, el prelado ha agradecido este año que Dios «nos ha concedido por voluntad del Sucesor de Pedro» y ha reiterado que la misericordia «ha de ser el mensaje de la Iglesia, desde el que conquiste el corazón de los hombres», por lo que «no es de extrañar que el Señor nos proponga hoy tres grandes tareas».
La primera de estas tareas, como subraya la primera lectura, es honrar su nombre. «Se honra siendo misericordiosos como el Padre, tal y como nos revela Nuestro Señor Jesucristo. [...] Hay un paso que hemos de dar y que, en este Año Santo, tanta gente ha dado: reconocernos necesitados de misericordia, de perdón. Cuando reconocemos que somos pecadores, sabemos y experimentamos que Jesús vino por nosotros, vino a salvar y no a condenar», ha explicado.
No obstante, a veces hay a quien le cuesta «dejarse abrazar y perdonar por el Señor». «Quien está acostumbrado a juzgar a los demás desde arriba, sintiéndose cómodo y considerándose justo, bueno y leal, no sabe honrar el nombre de Dios que es Misericordia», ha aseverado.s
La segunda tarea que nos da el Señor, según ha detallado monseñor Osoro, es: «entregaos al trabajo que salve». Debemos «entregarnos a dar a conocer el carnet de identidad de Dios: la misericordia»; conscientes de que, como dice san Pablo, «si somos infieles, Él permanece fiel pues no puede renegar de sí mismo».
La tercera tarea es «dar y mostrar a los hombres la Belleza verdadera, que es Jesucristo». De acuerdo con el Evangelio, «no quedará piedra sobre piedra»; «el derribo material del templo es la expresión de que un mundo injusto, corrupto, de pecado, tiene que acabarse», ha asegurado el arzobispo. «Toda construcción de una vida fundamentada en lo exterior, en la apariencia y lo superficial, se derrumbará. Cristo ha traído una nueva creación; no es restauración, es nueva creación y tiene un nombre: misericordia», ha añadido.
«La misericordia vence, la misericordia cura, sana. [...] Tengamos la audacia de volver a las fuentes de la misericordia y la gracia. Pecadores, sí; corruptos, no. La corrupción es el pecado no reconocido y elevado a sistema, que se convierte en costumbre y en una manera de vivir. No es un acto, es una condición. Sin embargo, el pecador sabe que no hay situaciones de las que no podamos salir, que Jesús siempre está dispuesto a darnos la mano para salir. La misericordia será siempre más grande que el pecado. De ahí la fuerza que, para nosotros y para este momento de la historia de los hombres, tiene precisamente la misericordia».
«Hemos aprendido en este año que, dondequiera que esté un cristiano, en las parroquias, en las comunidades, en la Iglesia doméstica que es la familia cristiana, en las asociaciones y movimientos... los hombres tienen que encontrar siempre un oasis de misericordia», ha concluido.
Clausura del Año Santo en Roma
La celebración ha tenido lugar justo una semana antes del consistorio de cardenales presidido por el Papa Francisco en Roma en el que creará cardenal al arzobispo de Madrid. Al día siguiente, el domingo 20, el Pontífice presidirá la clausura oficial del Año de la Misericordia en la basílica de San Pedro.
Para más información sobre el Jubileo, puede visitarse este enlace.
Infomadrid / R.P. / Fotos: Miguel Hernández Santos

Transparencia con el dinero de la Iglesia


Con el lema "Somos una gran familia contigo", hoy se celebra el Día de la Iglesia diocesana, más conocida entre nosotros como la Jornada de "Germanor". Es el único día del año que se hace una colecta para ayudar a cada diócesis y asegurarle los recursos económicos necesarios para llevar a cabo todas sus actividades sociales y religiosas.
Cualquier proyecto pastoral tiene un presupuesto económico. Tiene un coste la construcción de un nuevo templo o la conservación de los templos ya existentes, y este coste de mantenimiento no es pequeño cuando se trata de edificios antiguos. Tienen un coste económico las salas de catequesis y los centros juveniles, como lo tienen la ayuda a los necesitados y otras actividades de tipo cultural, social o pastoral.
La Iglesia no es ni debe ser rica. Sin embargo debe atender las necesidades pastorales propias de su misión. Desde hace años -según me han informado- nuestra diócesis trabaja para disponer de una economía diocesana con tres características: suficiente, solidaria y transparente.
Una economía suficiente conlleva que pueda disponer de los recursos necesarios para el cumplimiento de su misión. La ayuda que llega a nuestra diócesis por la vía de la llamada asignación tributaria -por la vía de los ciudadanos que libremente asignan a la Iglesia un pequeño porcentaje del impuesto del rendimiento sobre las personas físicas- representa sólo un tercio del presupuesto diocesano. El resto debe venir de las donaciones directas, sea mediante las suscripciones, las colectas u otros medios.
La colecta que se hace hoy en todos los templos es uno de esos medios. Una economía solidaria tiene que ser también otra característica de nuestra diócesis. Todo esto se hace realidad por medio del Fondo Común Diocesano. El Fondo Común Diocesano es sostenido por las aportaciones de las parroquias. Me complace decir que entre las 215 parroquias de nuestra diócesis de Barcelona no llegan a media docena las que no hacen la aportación que tienen asignada según una previsión razonable de sus posibilidades económicas. El Fondo Común hace un reparto equitativo porque funciona como una caja de compensación. De este modo, la parroquia que tiene más, da más, y la que tiene menos, da menos y, si lo necesita, recibe más.
También ya hace años que nuestra diócesis trabaja para disponer de una economía transparente. Y esta cualidad es ahora de una especial actualidad.
La Conferencia Episcopal Española ha aprobado un Plan de Transparencia que actualiza y reforma los criterios hasta ahora vigentes y que permitirá también el cumplimiento de las nuevas disposiciones legales en este ámbito. El Arzobispado de Barcelona, en algunos aspectos, ya cumple estos compromisos de transparencia, como son la realización de una auditoría anual externa e independiente de sus recursos financieros y tener un portal de transparencia en su página web, un plan contable adaptado y software informático de tratamiento general de datos, entre otros.
Sin embargo, no queremos detenernos, sino que, como en tantos otros aspectos, debemos seguir andando. La Delegación Diocesana de Economía ha aprovechado la ocasión de laJornada de "Germanor" de este año para explicar a las parroquias y a los equipos que llevan su economía estos nuevos criterios de transparencia, que -repito- son un paso adelante y una mejora de los criterios que se están aplicando estos últimos años.
Feliz domingo y que Dios os bendiga a todos.
+ Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

Francisco en el ángelus advierte sobre los profetas de desventuras


Después de la misa celebrada en la basílica de San Pedro con motivo del Jubileo de las personas socialmente excluidas, el papa Francisco rezó la oración del ángelus desde la ventana de su estudio que da a la plaza de San Pedro, donde miles de personas le aguardaban.
“Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días! La lectura del evangelio de hoy, contiene la primera parte de las palabras de Jesús sobre los últimos tiempos, escritas por Lucas. Jesús las pronuncia mientras se encuentra delante al Templo de Jerusalén y se apoya en las expresiones de admiración de la gente por la belleza del santuario y de sus decoraciones. Entonces Jesús dice:
“De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Podemos imaginar el efecto de estas palabras sobre los discípulos de Jesús. Pero él no quiere ofender al templo sino hacerles entender a ellos y también a nosotros hoy, que las construcciones humanas incluso las más sagradas, son pasajeras y no tenemos que poner en ellas nuestras seguridades.
¡Cuántas presuntas certezas en nuestra vida pensábamos que eran definitivas y después se revelaron efímeras! De otra parte ¡cuántos problemas que parecían sin salida y después fueron superados!
Jesús sabe que existen siempre quienes especulan sobre la necesidad que los hombres tienen de seguridades. Por lo tanto dice: ‘Tengan cuidado, no se dejen engañar’, y pone en guardia ante tantos falsos mesías que se presentarán. También hoy los hay. Y Jesús añade que no hay que hacerse terrorizar y desorientar por las guerras, revoluciones y calamidades, porque estas son también parte de la realidad de este mundo.
La historia de la Iglesia es rica en ejemplos de personas que soportaron tribulaciones y sufrimientos terribles con serenidad, porque eran conscientes de estar fuertemente en las manos de Dios. Él es un padre fiel y atento que no abandona nunca a sus hijos. Nunca, y esta certeza debemos tenerla en nuestro corazón. Dios no nos abandona nunca.
Quedarse firmes en el Señor, caminar en la esperanza de que no nos abandona nunca, trabajar para construir un mundo mejor, a pesar de las dificultades y los hechos tristes que marcan la existencia personal y colectiva es lo que realmente cuenta.
Es lo que la comunidad cristiana está llamada a hacer para ir al encuentro del ‘día del Señor’. Justamente en esta perspectiva queremos colocar el empeño que parte después de estos meses en los cuales hemos vivido con fe el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que hoy se concluye en las diócesis de todo el mundo, con el cierre de las Puertas Santas en las iglesias catedrales. El Año Santo nos ha llamado, de una parte, a tener fija la mirada hacia el cumplimiento del Reino de Dios, y de otra a construir el futuro sobre esta tierra, trabajando para evangelizar el presente y para realizar un tiempo de salvación para todos.
Jesús en el Evangelio nos exhorta a tener firme en la mente y en el corazón la certeza de que Dios conduce nuestra historia y conoce el fin último de las cosas y de los eventos.
Bajo la mirada misericordiosa del Señor, se sucede la historia en su fluir incierto y en su entrelazarse del bien y del mal. Pero todo lo que sucede está conservado en Él, nuestra vida no se puede perder porque está en sus manos.
Recemos a la Virgen María, para que nos ayude a través de los hechos gozosos y tristes de este mundo a mantenernos firme en la esperanza de la la eternidad de Dios. Recemos a la Virgen para que nos ayude a entender en profundidad la verdad de que Dios nunca abandona a sus hijos”.
El papa reza el ángelus y después dice las siguientes palabras:
Queridos hermanos y hermanas, en esta semana ha sido restituido a la devoción de los fieles el más antiguo crucifico de madera de la basílica de San Pedro, que se remonta al siglo XIV. Después de una laboriosa restauración fue llevado al antiguo esplendor y será colocado en la capilla del Santísimo Sacramento, para recordar el Jubileo de la Misericordia.
Hoy se celebra en Italia la tradicional Jornada de agradecimiento por los frutos de la tierra y del trabajo humano. Me asocio a los obispos en el deseo que la madre tierra sea siempre cultivada de manera sostenible. La Iglesia está con simpatía y reconocimiento al lado del mundo agrícola y no se olvida de quienes en diversas partes del mundo están privados de dones esenciales como los alimentos y el agua.
Saludo a todos, familias, parroquias, asociaciones y fieles, que han venido desde Italia y tantas partes del mundo. En particular saludo y agradezco a las asociaciones que en estos días han animado el Jubileo de las personas marginadas. Saludo a los peregrinos provenientes de Río de Janeiro, Salerno, Piacenza, Veroli y Acri, y también al consultorio ‘La familia’ de Milán, y a las fraternidades italianas de la Orden secular Trinitaria.
A todos les deseo un buen domingo. Por favor no se olviden de rezar por mi”. Y concluyó con el consueto “¡Buon pranzo e arrivederci!”.

El Papa: “Dios no excluye a nadie de su designio amoroso de salvación”


El papa Francisco ha celebrado este sábado la última audiencia jubilar del Año de la Misericordia. Miles de personas procedentes de todo el mundo le han recibido en la plaza de san Pedro, para escucharle y pedirle su bendición. Mientras que banderas de todo el mundo ondeaban, el Santo Padre saludaba a los fieles desde el papamóvil.
En la catequesis de hoy, el Pontífice ha meditado sobre la “misericordia y la inclusión”. Así, en el resumen de la catequesis que el Papa hace en español, ha indicado que en esta última audiencia jubilar consideramos un aspecto importante de la misericordia: “la inclusión, que refleja el actuar de Dios, que no excluye a nadie de su designio amoroso de salvación, sino llama a todos”. Esta es la invitación que hace Jesús en el Evangelio de Mateo que se ha escuchado al inicio de la audiencia, ha recordado el Papa, “vengan a mí todos los que están cansados y agobiados”.
De este modo, el Santo Padre ha asegurado que “nadie está excluido de esta llamada, porque la misión de Jesús es revelar a cada persona el amor del Padre”.
Por otro lado, el Pontífice ha precisado que por el sacramento del bautismo, “nos convertimos en hijos de Dios y en miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia”. Por eso, como cristianos, ha asegurado, “estamos invitados a hacer nuestro este criterio de la misericordia, con el que tratamos de incluir en nuestra vida a todos, acogiéndolos y amándolos como los ama Dios”. Así –ha subrayado el Papa– evitamos encerrarnos en nosotros mismos y en nuestras propias seguridades.
Finalmente, el Santo Padre ha recordado que en Evangelio nos impulsa a reconocer en la historia de la humanidad “el designio de una gran obra de inclusión” que, respetando la libertad de cada uno, “llama a todos a formar una única familia de hermanos y hermanas, y a ser miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo”.
A continuación, el Papa ha saludado cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los provenientes de España y Latinoamérica. Así, ha pedido que el Señor Jesús, que a todos acoge con sus brazos abiertos en la cruz, “nos ayude a crecer como hermanos en su amor y a ser instrumentos de la misericordia y ternura del Padre”.  
Para concluir, el Papa ha saludado a los voluntarios del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, procedentes de distintos países. Les ha dado las gracias “por el precioso servicio prestado para que los peregrinos pudieran vivir bien esta experiencia de fe”. Asimismo, les ha asegurado que a lo largo de estos meses, ha notado su “discreta presencia en la plaza con el logo del Jubileo”. El Papa ha reconocido sentirse “admirado por la dedicación, la paciencia y el entusiasmo” con el que han realizado este trabajo.
Finalmente ha dedicado, como siempre, una saludo particular a los jóvenes, los enfermos y los recién casados. De este modo, ha señalado que ayer se recordó la memoria de san Martín de Tours, patrón de los mendicantes, de quien este año se celebra el XVII centenario de su nacimiento. Por eso, ha pedido a los jóvenes, especialmente a los estudiantes Erasmus de Europa, que el ejemplo del santo les suscite “el deseo de cumplir los gestos de concreta solidaridad”. Mientras que ha deseado para los enfermos que la confianza en Cristo de san Martín les “apoye en las pruebas de la enfermedad”. Para los recién casados ha pedido que “la rectitud moral” les recuerde “la importancia de los valores en la educación de los hijos”.
Zenit

Papa Francisco: «Cuánto daño hace fingir que los excluidos y rechazados no existen»


El Papa ha querido que el último gran evento del Jubileo esté dedicado precisamente a los considerados como «últimos» en la sociedad. Pero, en este caso, el ser los «últimos» del Año Santo no ha sido un desmerecimiento sino al contrario, el Santo Padre les ha dado la mejor de las acogidas en el Vaticano. Son más de 6.000 personas sin hogar de toda Europa y desde el viernes han vivido en Roma unas jornadas única y exclusivamente preparadas para ellos. Si bien se trata de un sencillo signo en medio del duro día a día de quien no tiene un techo bajo el que cobijarse, es un signo fuerte, una llamada de atención para que no «nos acostumbremos a este tipo de descarte». Es la constante reivindicación que Papa Francisco ha renovado este domingo durante la multitudinaria misa que presidió para ellos en la basílica de San Pedro.
El Santo Padre ha subrayado que «es para preocuparse cuando se adormece la conciencia y no se presta atención al que sufre junto a nosotros o a los graves problemas del mundo, que se convierten solamente en una cantinela ya oída en los titulares de los telediarios».
Lejos de cualquier planteamiento naíf y consciente de que hablaba ante personas sin bienes materiales, ha invitado a la reflexión sobre lo que es verdaderamente importante en la vida. A partir de la lectura del profeta Malaquías, que se ha proclamado durante la celebración eucarística, el Pontífice ha perfilado dos categorías de personas. Por un lado, los que ponen su esperanza en Dios «eligiéndolo como el bien más alto de sus vidas y negándose a vivir sólo para sí mismos y a sus intereses personales». Por otro, y en contraposición, existen «los arrogantes, a los que han puesto la seguridad de su vida en su autosuficiencia y en los bienes del mundo».
A partir de ahí el Papa ha preguntado sobre «el significado último de la vida» y sobre si esa vida se cimienta en «el Señor de la vida o en las cosas que pasan y no llenan». Porque todo lo material, ha recordado el Santo Padre, pasa, «incluso los reinos más poderosos, incluso esta basílica», ha apostillado. También ha animado a «no tener miedo ante las agitaciones de cada época, ni siquiera ante las pruebas más severas e injustas que afligen a sus discípulos», puesto que «Dios no se olvida de sus fieles, su valiosa propiedad, que somos nosotros».
Por tanto, ha vuelto a inquirir: «¿Qué es lo que queda?, ¿qué es lo que tiene valor en la vida?». Dos cosas, según el Pontífice, «Dios y el prójimo». Aunque con demasiada frecuencia, «se prefieren las cosas que pasan», por encima de las personas que «tantas veces vienen descartadas». Conmovido, el Papa ha recordado que, son estas personas las que nos ayudan «a sintonizar con Dios, para ver lo que Él ve: Él no se queda en las apariencias, sino que pone sus ojos en el humilde y abatido, en tantos pobres Lázaros de hoy. Cuánto mal nos hace fingir que no nos damos cuenta de Lázaro que es excluido y rechazado». «Es darle la espalda a Dios», ha repetido el Papa en dos ocasiones durante la homilía.
También ha hablado de otra injusticia que debe alarmarnos a todos, «la esclerosis espiritual» que se apodera del cristiano cuando se centra en las cosas materiales «que hay que producir», en lugar «de las personas hay que amar». El Papa lo ha llamado «la trágica contradicción de nuestra época»: el progreso que no se detiene pero que cada vez excluye a más personas. «Es una gran injusticia que nos tiene que preocupar», ha insistido, porque nunca habrá «paz en nuestra casa si falta justicia en la casa de todos, no se puede estar tranquilo en casa mientras Lázaro yace postrado a la puerta». De ahí que antes de concluir sus palabras haya hecho una última petición, un esfuerzo por «abrir los ojos al prójimo, sobre todo al hermano olvidado y excluido. A quienes están en nuestra puerta»; como el pobre Lázaro que hasta su muerte pasó los días mendigando a la puerta del rico Epulón quien ni siquiera le dio las sobras de sus opíparos banquetes.

Ángeles Conde. Ciudad del Vaticano. ABC


TU FE TE HA CURADO


 


Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,35-43):

En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino, pidiendo limosna.

Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le explicaron: «Pasa Jesús Nazareno.»

Entonces gritó: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!»

Los que iban delante le regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!»

Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. Cuando estuvo cerca, le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»

Él dijo: «Señor, que vea otra vez.»

Jesús le contestó: «Recobra la vista, tu fe te ha curado.»

En seguida recobró la vista y lo siguió glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios.

Palabra del Señor