sábado, 9 de julio de 2016

Nota Eclesial: levantar, acompañar y sanar al prójimo

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (Lucas 10, 27), es la respuesta diáfana que retumba en el corazón del cristiano cuando preguntamos sobre cómo ha de ser nuestro actuar.
Es el mandamiento que brota de la misericordia de Dios, e impulsa  a la compasión para levantar, acompañar y sanar al prójimo como lo recuerda Jesucristo en la parábola del buen samaritano (Lucas 10, 25-37), que no hace distinción de prójimo sino de verdadera compasión para amar con rectitud.
“En los gestos y en las acciones del buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuánto necesitamos ayuda y consuelo. Nos está cerca y no nos abandona nunca”, decía el Papa Francisco en una catequesis durante el Año de la Misericordia (27-IV-2016).
De esta reflexión del Papa podemos alertarnos de una característica fundamental, la compasión, y una tentación, la indiferencia. Si amamos como Dios nos ama, podremos comprender y compadecernos del prójimo en sus necesidades, distanciándonos del peligro de ignorar a quien sufre a la orilla de camino.
Con los sentimientos de Cristo, estamos llamados cada día ha preguntarnos ¿quién es mi prójimo? para compadecernos como el samaritano que levanta, acompaña y sana a quien consigue en el camino para dignificarle con el amor de Dios que no estable diferencias entre los hombres, sino que los une en su amor.
Dice la parábola: “un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se compadeció. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo” (Lucas 10, 33-34).     
P. Johan Pacheco para RADIO VATICANA. @padrejohan (from Vatican Radio)

VÍDEO DEL PAPA. RESPETO DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS

Monseñor Osoro cuenta en Radio María de dónde viene su devoción a la Virgen. «Mi familia fue mi escuela»

Monseñor Osoro concedió al programa Hay mucha gente buena, de Radio María, una entrevista tras la vigilia de oración celebrada el viernes 1 de julio con los jóvenes. El prelado compartió varios recuerdos personales, como su vida familiar en el municipio cántabro de Castañeda, su localidad natal. «Dios ha marcado mi vida. Con mis padres y mis hermanos yo aprendí a pronunciar por primera vez el nombre de Jesús y me enseñaron a ponerme en sus manos», dijo. Su familia fue «la gran escuela en la que yo aprendí las mejores cosas: a perdonar, a vivir la alegría, a sentirme querido por Dios, a servir a los demás… Todo esto lo aprendí junto con mis padres».
El arzobispo de Madrid recordó que su madre siempre le decía: «A ver niño, ¿has rezado el rosario?» «Fue mi madre –añadió– la que me enseñó a querer a la Virgen, la que me remitía permanentemente a nuestra Madre». A monseñor Osoro le marcó también «el ver cuando ya mi padre era muy mayor, se iba a acostar y a veces yo iba a despedirle; él tenía en su mesilla una imagen de la Virgen, y lo encontraba rezando y le daba un beso. Yo siempre he tenido la tentación de escribir la teología del beso de mi padre. Por eso yo creo que ahí hay algo que ha hecho que para mí la Virgen sea algo tan especial y tan esencial en mi vida». Hasta el punto de que la noche anterior a la toma de posesión como arzobispo de Oviedo la pasó «ante la Santina en la cueva de Covadonga, tapado con una manta y rezando a la Virgen»; o de la hondura con la que le ha calado la Virgen de la Almudena, patrona de Madrid: «He descubierto en ella algo precioso: su imagen aparece en un muro, el muro se abre y aparece ella, porque ella es la mujer que rompe muros, que crea puentes, que nos une».
L.U.Z./J.L.V-D-M

Alfa y Omega

AL QUE ME RECONOZCA ANTE LOS HOMBRES, YO LO RECONOCERÉ ANTE EL PADRE CELESTIAL



Evangelio según San Mateo 10,24-33. 

Jesús dijo a sus apóstoles: 

"El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. 

Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa! 

No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. 

Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. 

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena. 

¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el Cielo. 

Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. 

Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el Cielo. 
Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el Cielo de aquél que reniegue de mí ante los hombres." 

BENDECIRES. Escrito por Dolores Aleixandre


Tantos años leyendo el texto en que Lucas cuenta la Ascensión de Jesús y solo ahora caigo en la cuenta de su insistencia en el tema del bendecir de Jesús: “alzando las manos los bendijo y mientras los bendecía, se separó de ellos…” (Lc 24 50).
Si en vez de mirar el hacer de Jesús nos fijamos en su decir y hacemos una traducción pura y dura del verbo eu-logeo (eu= bien, logeo=decir), nos espera la sorpresa de que Jesús se marcha diciendo cosas buenas de sus discípulos, dejando un “informe final” sobre ellos claramente positivo.
Es como si antes de irse hubiera estado redactando su evaluación para dar cuenta de ella al Padre y, para alivio nuestro, resulta satisfactoria y elogiosa: somos buena gente, con cosas a mejorar por supuesto, pero en conjunto, majos.
Así que tranquilos: le hemos caído bien y se lleva apuntadas un montón de cosas buenas nuestras para contárselas al Padre.
El evangelio está poniendo el broche de oro al notición de Belén, aquello de “Paz en la tierra a la gente de buena voluntad”. Y esa “buena voluntad” (eudokía= bien parecer…), no es cosa nuestra, es algo que Dios tiene dentro y por eso no puede evitar que le caigamos en gracia, independientemente de que seamos buenos, malos o regulares; o tan torpes y cerriles como fueron los discípulos.
El anuncio es tan asombroso que aún no hemos terminado de asimilarlo y por eso tenemos que escucharlo otra vez al final del evangelio, a ver si conseguimos entenderlo. Y creérnoslo. Y espantar nuestros temores. Y ensanchar nuestro corazón. Y respirar a gusto.
Vamos ahora a mirar el gesto de las manos de Jesús: espero no faltar al respeto a nadie si actualizo el clásico gesto de bendición por este otro, al que nos tienen acostumbrados las redes sociales: Like.
Así se despide Jesús de nosotros: me gustáis, podéis contar con mi Espíritu, la alegría que yo os doy no os la puede quitar nadie.

Dolores Aleixandre
Vida Nueva