lunes, 21 de marzo de 2016

Id tras las huellas de Cristo. La vida no es un camino incierto y sin destino fijo, sino que conduce a Cristo


En este día se conmemora el inicio de la Pasión de Cristo y recordamos hechos como la unción de Betania. Un día para buscar consolar el Corazón de Cristo con el perfume de nuestro amor, de nuestro ofrecimiento, de nuestra opción por él y seguimiento a ejemplo de María de Betania.
Este texto de Benedicto XVI es una invitación a hacer esta opción firme por Cristo y a contemplar su amor marcado por el signo de la cruz.

Id tras Cristo

"Id tras las huellas de Cristo. Él es vuestra meta, vuestro camino y también vuestro premio. En el lema que he escogido para la Jornada de Madrid, el apóstol Pablo invita a caminar, «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (Col 2,7). La vida es un camino, ciertamente. Pero no es un camino incierto y sin destino fijo, sino que conduce a Cristo, meta de la vida humana y de la historia. Por este camino llegaréis a encontraros con Aquel que, entregando su vida por amor, os abre las puertas de la vida eterna. Os invito, pues, a formaros en la fe que da sentido a vuestra vida y a fortalecer vuestras convicciones, para poder así permanecer firmes en las dificultades de cada día.
Os exhorto, además, a que, en el camino hacia Cristo, sepáis atraer a vuestros jóvenes amigos, compañeros de estudio y de trabajo, para que también ellos lo conozcan y lo confiesen como Señor de sus vidas. Para ello, dejad que la fuerza de lo Alto que está dentro de vosotros, el Espíritu Santo, se manifieste con su inmenso atractivo. Los jóvenes de hoy necesitan descubrir la vida nueva que viene de Dios, saciarse de la verdad que tiene su fuente en Cristo muerto y resucitado y que la Iglesia ha recibido como un tesoro para todos los hombres.

(…)
En estos días tan hermosos de la Semana Santa, que ayer iniciamos, os aliento a contemplar a Cristo en los misterios de su pasión, muerte y resurrección. En ellos hallaréis lo que supera toda sabiduría y conocimiento, es decir, el amor de Dios manifestado en Cristo. Aprended de Él, que no vino «a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45). Éste es el estilo del amor de Cristo, marcado con el signo de la cruz gloriosa, en la que Cristo es exaltado, a la vista de todos, con el corazón abierto, para que el mundo pueda mirar y ver, a través de su perfecta humanidad, el amor que nos salva.

La cruz se convierte así en el signo mismo de la vida, pues en ella Cristo vence el pecado y la muerte mediante la total entrega de sí mismo. Por eso, hemos de abrazar y adorar la cruz del Señor, hacerla nuestra, aceptar su peso como el Cireneo para participar en lo único que puede redimir a toda la humanidad (cf. Col 1,24). En el bautismo habéis sido marcados con la cruz de Cristo y le pertenecéis totalmente. Haceos cada vez más dignos ella y jamás os avergoncéis de este signo supremo del amor.”
FRAGMENTO DEL DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI A LOS JÓVENES, Lunes Santo, 6 de abril de 2006. 

Bendito el que viene en el nombre del Señor

Carta dominical del arzobispo de Barcelona, monseñor Juan José Omella. ‘La piedra de toque del seguimiento de Jesús, no lo olvidemos, es el amor, y el amor pasa por la cruz’
Publicamos a continuación la carta dominical del arzobispo de Barcelona, monseñor Juan José Omella:
Iniciamos hoy la semana que desde tiempo inmemorial el pueblo cristiano llama santa. Y la llama así por muchas razones, pero básicamente porque toda ella está abocada al domingo de Resurrección, al domingo de Pascua, que encierra el fundamento de nuestra fe. De manera muy gráfica, san Pablo lo razonó bajo la inspiración del Espíritu Santo: “Cristo ha resucitado, y se ha aparecido a Simón y a los demás. Finalmente, se me ha aparecido a mí. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe carecería de sentido, estaría vacía, y seguiríamos con nuestros pecados”.

La fiesta central de todo el calendario cristiano es la Resurrección de Jesucristo. Y todos los acontecimientos que rememoramos, que volvemos a hacer presentes y que celebramos en los días de la Semana Santa, están abocados al gran misterio pascual. Hoy es el domingo de Ramos, y la Iglesia recuerda, revive y celebra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Pocos días más tarde, será en esa ciudad donde será clavado en una cruz. Siempre me han llamado la atención las palabras de san Juan en el prólogo de su Evangelio y que leemos en Navidad: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”. Hoy viene a los suyos de nuevo, y tampoco lo van a recibir, tampoco lo van a aceptar, tampoco lo van a seguir, pese al fervor entusiasta que ha contagiado al cortejo. Hoy sabemos muy bien que aquella entrada triunfal fue para la mayoría algo efímero. De hecho, los que chillan a voz en cuello “¡hosanna!”, serán prácticamente los mismos que el Viernes Santo habrán transformado ese grito en un enfurecido “¡crucifícale!” “¡Qué diferentes voces eran – comenta San Bernardo en un sermón pronunciado en un domingo de Ramos – y qué diferentes los ramos y la cruz, las flores y las espinas!”.
¿Qué ha podido suceder para semejante cambio? ¿Por qué tanta falta de coherencia? ¿Ha sido el miedo, la comodidad, el qué dirán, los respetos humanos? Os invito, queridos lectores, a que estas preguntas nos las hagamos a nosotros mismos mirando nuestro propio corazón. Hoy, como hace dos mil años, somos capaces de las mismas grandezas y las mismas miserias de aquellos que se volcaron en el recibimiento a Jesús. Le siguieron en masa, muchos, pero en realidad fueron muy pocos los que llegaron hasta el final. Hoy somos más de mil cien millones de hombres y mujeres, de todo el mundo, los seguidores de Jesús. ¿Seguidores? Aquella entrada triunfal pide hoy, igual que entonces, coherencia, perseverancia, fidelidad, continuidad. Nuestro seguimiento de Jesús no puede ser un sentimiento fugaz que se apaga a la más mínima contrariedad. La piedra de toque del seguimiento de Jesús, no lo olvidemos, es el amor, y el amor pasa por la cruz. Sin cruz no hay redención, no hay salvación.
Recibamos en nuestro corazón a ese Jesús que viene lleno de humildad montado en un borriquillo. Digámosle que estamos dispuestos a acompañarlo hasta el final, sacando adelante todas nuestras obligaciones para con Dios, para con la familia y para con toda la sociedad. Vivamos una Semana Santa – y siempre – con tal categoría que los demás, amigos, compañeros de trabajo y familiares, al vernos, no tengan más remedio que afirmar con alegría: “Este es un cristiano, un verdadero seguidor de Jesucristo”.
Que Dios os bendiga a todos.
+Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

(ZENIT – Madrid).

Domingo de Ramos: ¿Una fiesta al inicio de una muerte?


Los ramos visten de luz el camino este domingo. De luz y de alegría. Jesús entra montado en un pollino: “Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos. La masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo: – ¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto”.
Me cuesta entender esta escena. Jesús acaba de hacer algunos milagros. Se acerca a Jerusalén. Quiere entrar subido en un pollino. La gente lo ve y le aclama con ramos y con sus mantos. La Semana Santa empieza siempre con esta entrada festiva. Todos nos alegramos con los ramos en las manos.
Esta fue su última Pascua. Fue la última vez y quiso entrar de una forma diferente. La gente se alegra hoy al ver a Jesús, su rey, montado en un pollino. Se cumple lo que decía Zacarías 9,9: Regocíjate hija de Sion. He aquí, tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de asna”.
La profecía se hace realidad en su carne. Con su entrada triunfal parece que viene a devolver la libertad a un pueblo cautivo. Como si se tratara de un nuevo emperador que llegara con sus tropas a conquistar la nueva tierra vencida.
Me impresiona este momento de fiesta al comienzo de su muerte. Este instante de alegría desbordante, de pasión ante la vida de un hombre que está a punto de morir. ¿Qué habría en el corazón de Jesús ese mismo día? ¿Qué sentimientos? ¿Qué miedos?
Me gustaría asomarme a su alma a las puertas de Jerusalén. Caminar a su lado, colocando mi manto a sus pies. Me gustaría escuchar sus silencios y notar el latido de su corazón expectante. ¿Cuál era el querer de Dios ese día en que tantos lo aclamaban?
¿Qué pensarían sus discípulos felices de verlo caminar aclamado por las masas y cumpliendo las Escrituras? Tal vez en ese momento estarían vencidos sus miedos. Se animarían al pensar que todos lo seguían, lo querían y nadie se atrevería a hacerle daño.
¿Por qué había que temer? Jesús iba a imponer su reino de verdad y justicia, de libertad y de amor. Nadie podría detener sus pasosEra tanta la alegría que los miedos quedaban ocultos.
Jesús hoy se deja hacer“Le ayudaron a montar”. Lo montan en un pollino. Jesús es llevado hoy de la misma forma como luego será llevado a la cruz. En el éxito y en el fracaso. En la vida y en la muerte. En la luz y en la oscuridad.
Miro el corazón de Jesús este día. ¿Qué sentiría al comenzar esta Semana Santa? Llega a Jerusalén. Ha sido un largo camino. Un camino lleno de incertidumbres. Entra. ¡Cuántos recuerdos se agolparían en su mente al recorrer en el pollino las calles de Jerusalén!
Lo guían. Él no marca el camino. Como cuando iba al templo llevado por sus padres. Lo mismo que después cuando atraviese la ciudad rumbo al Calvario. No decide ahora Él. Se deja llevar.
Pienso en cuánto me cuesta a mí que otros decidan por mí, que marquen mi camino, que me lleven donde no he decidido ir. Es fuerte el orgullo.
Jesús se humilla de nuevo subido en un pollino y guiado por esas calles de Jerusalén. Me impresiona la humildad de Jesús. Jesús atraviesa la puerta de su ciudad. Se llama puerta dorada. No es precisamente la puerta de la misericordia.
Pero pienso que al pasar hoy por ella, al obedecer y dejarse llevar, al ser dócil a su destino, está entrando hondo en la puerta del corazón de su Padre, que lo abraza y lo sostiene. Se deja hacer, y Dios, su Padre, hace. Cava hondo. Lo abraza. Lo cuida. Lo moldea.
¡Cuánto nos duele obedecer y dejar que nos lleven donde no queremos ir! Jesús llevado en un pollino. Jesús llevado con la cruz en el Calvario.
En la humildad de su obediencia me siento muy cerca de Jesús. Tal vez su fracaso humano me recuerda que yo también estoy hecho de barro y caigo.Su fracaso me acerca a Él y a todos los momentos de desaliento de mi vida, a todos mis proyectos frustrados.
Cuando no sale todo como yo quería y sólo me queda obedecer. Cuando no decido yo. Cuando no soy yo el que lleva las riendas de mi vida. Jesús se deja llevar en ese fracaso que Él no había deseado.
Ha entregado la vida. Ha servido con amor a todos. Se ha entregado hasta el final. Pero no le han comprendido ni han tomado sus palabras en sus vidas. No han acogido tanto amor. No han comprendido que su vida era una ofrenda de amor del Padre.
Lo han rechazado porque su vida era molesta. La vida del justo incomoda al injusto. La vida del que ama incomoda al que odia. Su fracaso es el fracaso del amor rechazado. Se deja guiar. Ahora se deja conducir donde no quiere ir.
Lo aclaman y alaban pero Jesús ve más allá, ve más hondo. Sabe lo que está ocurriendo. Tiene la certeza de su fracaso. Pienso en lo que a mí me costaría sentir que todo aquello a lo que he dedicado mi vida no da el fruto que yo esperaba. Cuando no me acogen.
Es verdad que el fruto de una entrega se mide en el eco silencioso que ha tenido en el corazón de personas, y no en números. Y es verdad que su amor había quedado impreso a fuego en muchos corazones.
Había intentado sanar a muchos. ¡Cuántas veces habría orado por los suyos, a los que amaba! ¡Cuántas personas habría curado con sus manos, con sus palabras! Quedan muchas personas a las que curar, muchos a los que salvar.
Hay muchas heridas todavía que consolar y aliviar. ¿Por qué se deja llevar ahora? ¿Por qué no toma su vida en sus manos y decide y actúa?
Me gustaría gritarle a Jesús que hoy se volviera, que no entrara, que no se dejara llevar. Que detuviera la fiesta.
Sé que Jesús no busca la muerte, no la quiere, pero siente en su corazón que esa Pascua tiene que pasarla en Jerusalén, con los suyos. No quiere dejar de hacer nada de lo que hacía siempre esos días de fiesta. Obedece. Se deja hacer. Confía. Cree contra toda esperanza. Se abandona en los brazos de su Padre.
Decía el padre José Kentenich: “El heroísmo de la infancia espiritual o bien, la genialidad de la ingenuidad. Necesitamos una extraordinaria genialidad para madurar interiormente y sortear las dificultades que se nos presenten. Sólo un salto mortal en los brazos de Dios nos podrá salvar[1].
Igual que hizo toda su vida desde que nació en Belén, vuelve a confiar. Siempre se dejó hacer. El hijo obediente hasta la cruz. Me impresiona su docilidad y su heroísmo. Un salto mortal en brazos de Dios.

[1] J. Kentenich, Pedagogía de los ideales

CARLOS PADILLA ESTEBAN. ALETEIA

Sartre se equivocaba, el sufrimiento no es “absurdo”.Habla el autor del próximo Vía Crucis de Papa Francisco


El que escribió las mediaciones para el próximo Vía Crucis de Papa Francisco en el Coliseo es el cardenal Gualterio Bassetti, arzobispo de Perugia-Città della Pieve. El calvario de Jesucristo toca, obviamente, el tema del sufrimiento, y al respecto el cardenal no tiene ninguna duda: “No es cierto que el sufrimiento sea algo ‘absurdo’, como decía Sartre”; hablar sobre el sufrimiento “significa reconocer que en nuestras pequeñas cruces cotidianas Jesús está con nosotros cada día”.

El purpurado, en una entrevista a “L’Osservatore Romano”, subrayó “el título que he elegido para las meditaciones de este año: ‘Dios es misericordia’. Que es también el título de un libro (no de los más conocidos, a decir verdad) de don Divo Barsotti, en el cual el místico toscano comenta el episodio evangélico de la pecadora que entra a la casa de Simón el fariseo durante el almuerzo con Jesús».

Las reflexiones del Viernes santo, asegura Bassetti, también se referirán al Jubileo de la Misericordia, que “representa el telón de fondo sobre el que se desarrolla todo el Vía Crucis”, que, “como el Año Santo, quiere hablar a todos los hombres y las mujeres de hoy, que a mí me parecen cada vez más solos y confundidos, dentro de una sociedad en constante movimiento que consume todo rápidamente (bienes, afectos y deseos), y que parece haber perdido las nociones tanto de pecado como de verdad”. Según el arzobispo, los hombres de hoy son “dramáticamente infelices y sufrientes. Y esto se relaciona profundamente con el Jubileo de la Misericordia. En la raíz de la palabra misericordia, misericors, hay una referencia directa a la miseria humana e, indirectamente, también al cotidiano sufrimiento de los hombres”.

Y sobre el sufrimiento, Bassetti puntualiza: hablar de él “significa afirmar que no es cierto que sea algo ‘absurdo’, como decía Sartre. Jesús en la cruz se hizo cargo de nuestros pecados y murió por nosotros. Y, en segundo lugar, significa reconocer que en nuestras cruces cotidianas Jesús está con nosotros cada día. En esta época hay un sufrimiento visible en los pobres, en los migrantes, en los enfermos, en las personas solas y abandonadas. Pero, al mismo tiempo, encontramos hombres riquísimos que parecen tener todo pero que en realidad no tienen nada, viven una vida vacía y, en algunos casos, desean incluso la muerte”. Es por ello que “el mal puede hasta ser ‘banal’, pero Jesús en la cruz ofrece otro significado a la vida e indica un camino diferente: el de la conversión”.

En las meditaciones, el prelado cita “a algunos Papas que han hablado (o que están hablando) con gran sabiduría al hombre moderno: Juan XXIII, Juan Pablo II, Benedicto XVI, hasta llegar a Francisco. Pero lo más importante no son las citas. En las meditaciones traté de hablar al corazón del hombre, y para hacerlo puse muchos ejemplos concretos”.

Estos: “En cada estación traté de hacer una referencia a la actualidad, porque, como dice Francisco, ‘Dios es real y se manifiesta en el hoy’. Hablo, por ejemplo, de los nuevos mártires que ponen en peligro sus vidas incluso para hacer un funeral y que siguen siendo asesinados en todos los rincones del mundo solamente porque son cristianos. Hago referencia al drama de los migrantes y de los refugiados que después de haber huido de la guerra encuentran la muerte en la fuga desesperada hacia la libertad o en una patera en el Mediterráneo”. Bassetti también se refiere a “la cosa más difícil de escribir»: la violencia contra los niños, contra los nuevos esclavos del trabajo y contra los niños abusados por los adultos. Cuando escribía esas líneas tuve la sensación de que no estaba utilizando la pluma sobre una hoja de papel, sino un cincel sobre un pedazo de mármol; tan grande era el sufrimiento por estas plagas”.

Para concluir, Bassetti revela que un particular sobre el encargo que recibió de Francisco: “Una de las últimas veces que he visto al Papa le dije: ‘Santidad, me encomendó una tarea ardua’. Y Francisco me respondió: ‘Recuerda que no lo haces para mí, sino para la Iglesia’. La forma con la que recogí la invitación para escribir las meditaciones del Vía Crucis es la del servicio».


DOMENICO AGASSO JR

Artículo originalmente publicado por Vatican Insider
Aleteia

"Están de enhorabuena en la capital vasca" Monseñor Elizalde, un hombre de Dios


Su sonrisa permanente refleja ese rostro que quiere Francisco para la Iglesia


En un país cainita como España, es extraño que exista una persona de la que todo el mundo hable bien. Y si nos referimos a alguien de Iglesia, ni les cuento. Y bueno, ya si es un obispo, apaga y vámonos.

Al hombre de quien voy a hablarles lo conozco desde hace varios años. He compartido con él retiros espirituales, convivencias, trabajo en la televisión, entrevistas, tertulias, varias conversaciones, dudas... He tenido el placer de haber sido catequista durante unos meses en su equipo de pastoral de Roncesvalles y, sobre todo, he tenido la suerte de ser su amigo.
Estos días entre Navarra y Vitoria se ha estado moviendo un hombre, un sacerdote para ser más concretos, que responde a esa extraña raza de personas hacia la que todo el mundo tiene buenas palabras. Hablo del nuevo obispo de Vitoria.
Juan Carlos Elizalde, ahora Monseñor Juan Carlos (¡qué raro suena!), es el reflejo en nuestra Iglesia de aquellas palabras que resonaron en el bautismo de su fundador: "Tú eres mi hijo amado". Y no por casualidad es éste su lema episcopal. Porque sencillamente así se siente cualquiera que converse unos minutos con Juan Carlos.
Reside en él esa extraña capacidad que tienen algunos hombres muy ocupados, pero geniales, de hacer sentir a su interlocutor que no tienen otra cosa mejor en el mundo que escuchar sus problemas y su vida.

Humilde y cercano, con una sonrisa permanente, refleja ese rostro que quiere Francisco para la Iglesia. El rostro de una Iglesia que acoge, que no condena, que perdona y que ante toda situación sabe ver las circunstancias personales de cada individuo. Quedó claro su estilo cuando, en la alocución final de su ordenación episcopal, afirmó que quería que los pobres, parados, inmigrantes y marginados sean el corazón de la Iglesia de Vitoria.

Están de suerte en la capital vasca con el obispo que les ha tocado. Y con el que les podía tocar, también. Pues, como confirmaron varios medios, en la terna también estaba Mikel Garciandia, otro grande de nuestra diócesis, una de las mejores cabezas (y corazón) que tenemos en Navarra.

Para finalizar, no me equivoco al creer que, desde ahora, las cartas pastorales que pueda escribir Juan Carlos avivarán en muchos de nosotros el interés por leer la opinión semanal de un obispo. Sencillamente porque con él nunca es "el mismo rollo de siempre". Él llega, toca y, lo más importante, anima a seguir creyendo.
Amigos y amigas de Vitoria, sigan a este hombre, léanle, conózcanle y, si tienen la oportunidad, hablen personalmente con él. Porque en ese momento estarán delante de un Hombre de Dios.


Alejandro Palacios

Lunes Santo: Betania - La casa de los amigos

LUNES SANTO
“Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo que vuelve hoy de Betania y por propia voluntad se apresura hacia su venerable y dichosa pasión para poner fin al misterio de la salvación de los hombres”. (San Andrés de Creta)
LA CASA
Siempre me resulta significativa la referencia a Betania en los días previos a la Pasión del Señor, y el que Jesús escogiera ese recinto amigo. Así lo señala el Cuarto Evangelio: “Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien habla resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con Él a la mesa” (Jn 12, 1).
Betania significa la “casa del amigo”. Si además hacemos imaginariamente el recorrido que Jesús hizo a diario los días últimos de su vida terrena, deberemos pasar por Betfagué, que significa “la casa de los higos”; y si escuchamos la orden que el Maestro dio a dos de sus discípulos, de que buscaran a Fulano para que les dejara la casa para celebrar la cena pascual, descubrimos una reiteración evidente de espacios domésticos.
La ley de Moisés mandaba celebrar la Pascua juntos todos los de casa, y si eran pocos, que invitaran a los vecinos, pero se debía celebrar en familia, en el recinto íntimo.
Al inicio de la Semana Santa, los cristianos recibimos la invitación de Jesús a reunirnos como familia, en los recintos comunitarios para celebrar los días santos que fundamenta nuestra fe, la memoria de la última Cena, de la Pasión y Resurrección de Jesucristo.
¿Has programado ya dónde celebrar estos días? La fe no se puede vivir de manera aislada. Bastante intemperie sufrimos para que no arriesguemos también la experiencia de pertenencia al grupo de los discípulos de Jesús.
¿Cuál será tu Betania? O si quieres, te pregunto de otra manera: ¿Estás dispuesto a ser anfitrión, casa, espacio familiar, pertenencia en los próximos días santos?
En Betania aconteció que a Jesús le lavó y perfumó los pies la mujer pecadora, y en el Cenáculo, el Maestro se pondrá a los pies de los discípulos para lavarles los pies. Desde una lectura icónica, el Maestro repite el gesto de la mujer, y expresa su amor a los discípulos de manera entrañable.

El año de la Misericordia, Betania es recinto donde se aprende a servir con amor, y a tener los gestos más sensibles y afectivos con Jesús, y con quienes hoy son sacramento suyo, a quienes también deberemos lavar los pies.
Ángel Moreno de Buenafuente

A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre


Evangelio según San Juan 12,1-11.


Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. 

Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. 

María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. 

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: 
"¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?". 

Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. 

Jesús le respondió: "Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. 

A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre". 

Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. 

Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él.