El próximo (pasado) 28 de marzo se conmemora el
quinientos aniversario del nacimiento de Teresa de Cepeda y Ahumada,
más conocida como santa Teresa de Jesús. Cientos de actos se van a
realizar con motivo de este quinto centenario. La mayoría tendrán a los poderes
públicos y a las instituciones eclesiásticas como patrocinadores y
organizadores. Algún que otro homenaje literario y escasos eventos feministas.
A esta notable mujer y escritora del siglo XVI se le
adjudicó, en su época, pobreza de razón; se la acusó de tener descontroladas
las emociones y se la etiquetó como mujer carente de voz narrativa. No
acertaron ni una. Esta obsesión, tan hispana, en rebajar las cualidades, cuando
no de negarlas, acompañó a Teresa durante toda su vida. El propio nuncio del
Papa, Filippo Sega, la definió como “fémina inquieta, andariega, desobediente y
contumaz, que a título de devoción inventaba malas doctrinas, enseñando como
maestra, contra lo que San Pablo enseñó, mandando que las mujeres no
enseñasen”.
Teresa ocultó toda su vida que su abuelo paterno, Juan
Sánchez de Toledo, fue procesado por la Inquisición de Toledo en 1485 y acusado
de judaizar (fue reconciliado y obligado a salir en procesión con su
correspondiente sambenito). Oculta como su abuelo y su padre salieron de
Toledo, cambiaron sus apellidos en Ciudad Real y obtuvieron en pleito de
hidalguía la correspondiente limpieza de sangre. Se trasladaron a Ávila con una
nueva identidad. Es curioso que este secreto no fuera desvelado hasta 1945.
Cuatrocientos treinta años después.
Teresa, la mujer, les dice a sus compañeras,
descontentas con el nivel de exigencia de la vida religiosa, que ¿de qué se
quejan si se han salvado de la servidumbre al hombre? Teresa, la escritora, les
ruega a quienes envía, para su lectura, su Libro de la Vida, que lo copien a
mano para que no se reconozca su letra. Teresa, la mística, recomienda a sus
compañeras la oración interior, sin espectáculo, sin altavoz. Les insiste en
que no es necesario ningún mediador entre una mujer y Dios; cuestiona con
inteligencia el papel de intermediario y mediador que la jerarquía eclesiástica
masculina monopolizaba (por este mismo razonamiento fue perseguida su
predecesora Teresa de Cartagena, otra mujer y escritora).

El desprecio como mujer. La envidia como escritora. Y
donde no llegan los anteriores sentimientos acuden el resentimiento y rencor.
Ninguno de estos, que suelen salir victoriosos en sus empeños para inocular sus
virus, pudieron con ella. Ni como mujer, ni como escritora, ni como mística. No
entro a valorar su estatuto de santa ni su condición de Doctora de la Iglesia.
Solo pretendo recordar que su condición de mujer, escritora y pensadora no es
comprensible sin el conocimiento y reconocimiento de una vida y creación en
permanente resistencia.
Autor: Sebastián de la
Obra - Fuente: forastero en un naufragio