viernes, 2 de septiembre de 2016

Letanías para curarse de la soberbia


La letanía de humildad es una conmovedora oración que nos acerca más a Nuestro Señor Jesucristo. ¿Te preocupan constantemente lo que otros piensen de ti? ¿Te sientes frustrado o vacío o si no eres el centro de atención en algún momento de tu vida? La letanía de humildad pide la asistencia divina de nuestro Señor en la virtud de la humildad, siguiendo sus pasos y dejando a un lado, o al menos ofreciéndole a ÉL, todas esas molestas dudas y temores que vienen con nuestro aunado a nuestro egocentrismo, a nuestra soberbia, a nuestro querer sobresalir
Nuestro Señor nos pide en el evangelio de Mateo que aprendamos de Él “que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11,29). En esta Letania, compuesta por el cardenal Rafael Merry de Val (1865-1930), Secretarío del Estado para el Papa San Pío X, nosotros pedimos que Dios llene nuestros corazones y almas con una auténtica humildad, una virtud esencial para la santidad. Después de todo, como se lee en la carta de Santiago “Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (Santiago 4,6)
Letanía de la Humildad
Jesús manso y humilde de Corazón, Óyeme.
Del deseo de ser lisonjeado, Líbrame Jesús

Del deseo de ser alabado, Líbrame Jesús
Del deseo de ser honrado, Líbrame Jesús
Del deseo de ser aplaudido, Líbrame Jesús
Del deseo de ser preferido a otros, Líbrame Jesús
Del deseo de ser consultado, Líbrame Jesús
Del deseo de ser aceptado, Líbrame Jesús
Del temor de ser humillado, Líbrame Jesús
Del temor de ser despreciado, Líbrame Jesús
Del temor de ser reprendido, Líbrame Jesús
Del temor de ser calumniado, Líbrame Jesús
Del temor de ser olvidado, Líbrame Jesús
Del temor de ser puesto en ridículo, Líbrame Jesús
Del temor de ser injuriado, Líbrame Jesús
Del temor de ser juzgado con malicia, Líbrame Jesús

Que otros sean más amados que yo, Jesús dame la gracia de desearlo

Que otros sean más estimados que yo, Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros crezcan en la opinión del mundo y yo me eclipse, Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros sean alabados y de mí no se haga caso, Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros sean empleados en cargos y a mí se me juzgue inútil, Jesús dame la gracia de desearlo
Que otros sean preferidos a mí en todo, Jesús dame la gracia de desearlo
Que los demás sean más santos que yo con tal que yo sea todo lo santo que pueda, Jesús dame la gracia de desearlo

La última petición de la letanía de la humildad poderosamente sugiere lo que implica la santidad: el amor a Dios y al prójimo por encima de todo, poner las necesidades de otros antes que las nuestras. No nos preocupemos por ocupar altos rangos en la piedad, de lo contrario, puede ser que también lleguemos a ser como los fariseos nuestro Señor despreciaba, quienes se preocupaban por infringir castigos o poner cargas pesadas a los otros, más que en el amor de Dios y del prójimo, de modo que “todas sus obras lo hacían con el fin de ser vistos” (Mateo 23,5)
La Letanía de la Humildad hace frente al orgullo, pero cuando hablamos de orgullo, no estamos hablando acerca de cómo se siente cuando su hijo ha recibido un premio por una competencia de ortografía. Estamos hablando de uno de los más mortíferos de los pecados, la soberbia que provoca la altanería, los celos o la ira por los desaires o insultos.
Esperemos que la letanía de la humildad pueda inspirarle en su propio viaje sagrado y especial hacia la santidad
Aleteia

Sacerdote que conoció a Madre Teresa: «Su mayor felicidad era asistir a Misa»


César D’Mello, teólogo y párroco de la iglesia de San Andrés en Mumbai (India), coincidió en dos ocasiones con la Madre Teresa de Calcuta. La segunda vez que tuvo oportunidad de verla fue en Roma. La religiosa fue invitada a hablar en una reunión de teólogos y profesores de diferentes universidades. «Todos estábamos escuchando a una sencilla y frágil monja que trabajaba con los moribundos y los indigentes en Calcuta. Nos dijo que debíamos estar agradecidos a los pobres que nos permiten servirles y que hay que aprender de ellos, ya que tienen mucho que enseñarnos»
«La Madre Teresa era una persona totalmente olvidada de sí, es decir, centrada en los demás, no en sí misma» y éste fue uno de los secretos de su persona y de su santidad: tener la mirada, la atención puesta en el prójimo, en la conciencia de lo precioso de la relación humana, en la que se manifiesta el Espíritu Santo y la obra de Dios. Así lo explica a la Agencia Fides, César D’Mello, teólogo y párroco de la iglesia de San Andrés en Mumbai (India), en vista de la celebración de la canonización que se celebrará el 4 de septiembre en el Vaticano.
El sacerdote recuerda su encuentro personal con la madre. Como joven sacerdote, el padre César la conoció en la década de 1970, gracias al arzobispo Alan de Lastic, «y ya en aquel entonces se hablaba de la Madre Teresa con respeto y reverencia en la Iglesia y en la sociedad india», observa. «Su mayor felicidad era asistir a la Eucaristía», que consideraba la fuente de todas sus actividades diarias, añade el padre.
No fue la única vez que D’Mello coincidió con la futura santa. Diez años después, en 1980, «la encontré mientras estaba estudiando teología en Roma. La Madre Teresa fue invitada a hablar en una reunión de teólogos y profesores de diferentes universidades. Todos estábamos escuchando a una sencilla y frágil monja que trabajaba con los moribundos y los indigentes en Calcuta. Nos dijo que debíamos estar agradecidos a los pobres que nos permiten servirles y que hay que aprender de ellos, ya que tienen mucho que enseñarnos».
«Sus palabras sencillas tocaron los corazones de todos. Su breve discurso era potente y eficaz simplemente porque se trataba de una persona totalmente comprometida con el cuidado de los indigentes y marginados que estaban muriendo en las calles de Calcuta. Las palabras eficaces son aquellas que emanan de una vida totalmente dedicada a Cristo y a los pobres», concluye.
Agencia Fides/Alfa y Omega

Tres deportes apostólicos. Pedro, Pablo y María de Magdala

A saber: saltar, nadar, correr. No se asusten quienes se consideren de condición artrítica, endeble o extenuada: aunque sean tres verbos asociados con el deporte (estamos en plenas olimpiadas...), su ejercicio está al alcance de todos. Tienen como sujeto a tres personajes evangélicos cuya fiesta hemos celebrado recientemente:Pedro, Pablo y María Magdalena. Es verdad que no representan las acciones más significativas de cada uno, pero sí dicen algo de algunos rasgos vitales compartidos por los tres: ímpetu, energía, prisa, vigor, prontitud, ardor y urgencia. Todo lo contrario de la lentitud, apatía, tibieza, indolencia o parsimonia que caracterizan tantas veces nuestra vida cristiana.
Lo de saltar y nadar fueron cosa solo de Pedro: saltó de la barca a las frías aguas del lago en la madrugada del primer día de la semana y se echó a nadar hacia la playa donde esperaba Jesús. Le recordamos también corriendo hacia el sepulcro en aquella misma mañana de entrenamiento intensivo para todos: María de Magdala corría también a toda prisa después de su encuentro con el Viviente para anunciar a los discípulos: "-¡He visto al Señor!" Años más tarde no había decaído el vigor atlético de los orígenes: Pablo se ve a sí mismo como un corredor sin aliento, lanzado detrás del Señor y sin otra meta que alcanzarle.
Pedro, Pablo y María de Magdala, en expresión de Galeano, "ardieron la vida con ganas" y de ahí mi propuesta: que se celebre conjuntamente el 29 de Junio la fiesta de los tres,añadiendo el nombre de ella a los de Pedro y Pablo. Intuyo que la idea puede sobresaltar a muchos, pero al menos no se pueden objetar incompatibilidades litúrgicas: el Papa Francisco ha convertido en "fiesta" del Calendario Romano lo que antes era "memoria obligatoria" de María Magdalena, reconociéndola como una figura de indiscutible relevancia en la historia del cristianismo. Y si este ascenso en el escalafón la equipara al resto de los apóstoles ¿qué inconveniente habría para una celebración conjunta?
Después de escribir esto me acomete el desánimo: he buscado el icono de Pedro y Pablo y los he visto tan pegados el uno al otro, con las cabezas tan unidas que parecen siameses, que preveo la dificultad de encontrar un hueco para nadie más, por muy "Apostola apostolorum" que sea ella.
El 22 de Julio le he dicho con mucho cariño a María Magdalena: "Siento decírtelo, bonita, pero me temo que te queda aún bastante tiempo de esperar sentada en esta fecha. A pesar de lo bien que supiste correr".
Dolores Aleixandre

Les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 5, 33-39
En aquel tiempo, los fariseos y los escribas dijeron a Jesús:
«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber».
Jesús les dijo:
-«¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días».
Les dijo también una parábola:
«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque , si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán.
A vino nuevo, odres nuevos.
Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: " El añejo es mejor"».
Palabra del Señor.

¿Rezar por la creación o rezar con la creación?, homilía del padre Raniero Cantalamessa

 ¿Rezar por la creación o rezar con la creación? Fue la pregunta entorno a la cual el padre Raniero Cantalamessa, OFM, Predicador de la Casa Pontificia, desarrolló su homilía en la celebración de las vísperas en la Basílica de san Pedro, presidida por el Papa Francisco, con ocasión de la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. 
Texto completo de la homilía del padre Raniero Cantalamessa OFM
“Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho”.
Estas palabras, que acabamos de escuchar, fueron pronunciadas por San Pedro Crisólogo, obispo de Rávena, en el siglo V después de Cristo, hace más de 1.500 años. Desde entonces, ha cambiado la razón por la cual el hombre se desprecia a sí mismo, pero no cambia el hecho. En tiempos de Crisólogo la razón era que el hombre es "de la tierra", es decir, que es polvo y al polvo volverá (Génesis 3:19). Hoy en día la razón del desprecio es que el hombre es menos que nada en la inmensidad sin límites del universo.
Ya es una carrera entre los científicos no creyentes entre quien sigue adelante en el afirmar la marginalidad total e insignificancia del hombre en el universo. "La antigua alianza está rota - ha escrito uno de ellos -; el hombre finalmente sabe que está solo en la inmensidad del universo del que surgió por casualidad. Su deber, como su destino, no está escrito en ningún lugar ". "Siempre he pensado - dice otro - de ser insignificante. Conociendo las dimensiones del Universo, no dejo de darme cuenta de cuánto lo sea realmente... Somos sólo un poco de fango en un planeta que pertenece al sol".
Pero no quiero detenerme en esta visión pesimista, ni en el impacto que tiene en el modo de comprender el ecologismo y sus prioridades. Dionisio el Areopagita, en el sexto siglo después de Cristo, enunciaba esta gran verdad: "No se deben confutar las opiniones de los demás, ni se debe escribir en contra de una opinión o de una religión que no parece buena. Se debe escribir solo a favor de la verdad y no contra los demás". No se puede hacer absoluto este principio, porque a veces puede ser necesario confutar doctrinas falsas y peligrosas; pero lo cierto es que la exposición positiva de la verdad es más eficaz que la confutación del error contrario.
El discurso de Crisólogo continúa exponiendo el motivo por el que el hombre no debe despreciarse a sí mismo:
“¿Por ventura todo este mundo que ves con tus ojos no ha sido hecho precisamente para que sea tu morada? Para ti ha sido creada esta luz que aparta las tinieblas que te rodean; para ti ha sido establecida la ordenada sucesión de días y noches; para ti el cielo ha sido iluminado con este variado fulgor del sol, de la luna, de las estrellas; para ti la tierra ha sido adornada con flores, árboles y frutos; para ti ha sido creada la admirable multitud de seres vivos' que pueblan el aire, la tierra y el agua, para que una triste soledad no ensombreciera el gozo del mundo que empezaba”.
El autor no hace más que reafirmar la idea bíblica de la soberanía del hombre sobre el cosmos que el Salmo 8 cantaba con una inspiración lírica no inferior, que la del obispo de Rávena. San Pablo completa esta visión, señalando el lugar que ocupa en ella,  la persona de Cristo: "el mundo, la vida, la muerte, el presente o el futuro. Todo es de ustedes, pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios".(1 Cor 3,22s). Nos encontramos ante un "ecologismo humano" o "humanista": un ecologismo, es decir, que no es un fin en sí mismo, sino en función del hombre, no sólo, naturalmente, del hombre de hoy, sino también del aquel del futuro.
El pensamiento cristiano nunca ha dejado de preguntarse el porqué de esta trascendencia del hombre respecto al resto de la creación y siempre ha encontrado en la afirmación bíblica que el hombre fue creado "a imagen y semejanza de Dios" (Génesis 1: 26). También el Crisólogo, hemos escuchado, se basa en que: "El Creador... ha impreso en ti su imagen, para que la imagen visible mostrara al mundo el creador invisible, y te ha puesto en la tierra para hacerlo en su nombre”.
Aquello sobre lo que la teología, también gracias al renovado diálogo con el pensamiento ortodoxo, ha alcanzado hoy una explicación verdaderamente satisfactoria, es saber en qué consiste ser “a imagen de Dios”. Todo se basa en la revelación de la Trinidad obrada por Cristo. El hombre es creado a imagen de Dios, en el sentido de que participa en la esencia íntima de Dios que es la relación de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. "Relaciones subsistentes", define Santo Tomás de Aquino a las personas divinas. Ellas notienen una relación entre sí, sino que son esa relación.