viernes, 5 de diciembre de 2014

EL TIEMPO DE ADVIENTO: ESPERANDO EL NACIMIENTO DE JESÚS

Queridos amigos, el pasado domingo entramos en el tiempo litúrgico de Adviento, que dura hasta el 24 de diciembre, víspera de Navidad.

Es importante conocer el significado de este tiempo litúrgico, para poder vivirlo mejor. Vamos a adentrarnos en ese significado siguiendo el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos:

El Adviento es tiempo de espera, de conversión, de esperanza:

- espera-memoria de la primera y humilde venida del Salvador en nuestra carne mortal; espera-súplica de la última y gloriosa venida de Cristo, Señor de la historia y Juez universal;
- conversión, a la cual invita con frecuencia la Liturgia de este tiempo, mediante la voz de los profetas y sobre todo de Juan Bautista: "Convertios, porque está cerca el reino de los cielos" (Mt 3,2);
- esperanza gozosa de que la salvación ya realizada por Cristo y las realidades de la gracia ya presentes en el mundo lleguen a su madurez y plenitud, por lo que la promesa se convertirá en posesión, la fe en visión y "nosotros seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3,2).
La piedad popular es sensible al tiempo de Adviento, sobre todo en cuanto memoria de la preparación a la venida del Mesías. Está sólidamente enraizada en el pueblo cristiano la conciencia de la larga espera que precedió a la venida del Salvador. Los fieles saben que Dios mantenía, mediante las profecías, la esperanza de Israel en la venida del Mesías.
A la piedad popular no se le escapa, es más, subraya llena de estupor, el acontecimiento extraordinario por el que el Dios de la gloria se ha hecho Niño en el seno de una mujer virgen, pobre y humilde. Los fieles son especialmente sensibles a las dificultades que la Virgen María tuvo que afrontar durante su embarazo y se conmueven al pensar que en la posada no hubo un lugar para José ni para María, que estaba a punto de dar a luz al Niño (cfr. Lc 2,7).
Con referencia al Adviento, han surgido diversas expresiones de piedad popular, que alientan la fe del pueblo cristiano y transmiten, de una generación a otra, la conciencia de algunos valores de este tiempo litúrgico.

La Corona de Adviento

La colocación de cuatro cirios sobre una corona de ramos verdes, que es costumbre sobre todo en los países germánicos y en América del Norte, se ha convertido en un símbolo del Adviento en los hogares cristianos.
La Corona de Adviento, cuyas cuatro luces se encienden progresivamente, domingo tras domingo hasta la solemnidad de Navidad, es memoria de las diversas etapas de la historia de la salvación antes de Cristo y símbolo de la luz profética que iba iluminando la noche de la espera, hasta el amanecer del Sol de justicia (cfr. Mal 3,20; Lc 1,78).

Las Procesiones de Adviento
En el tiempo de Adviento se celebran, en algunas regiones, diversas procesiones, que son un anuncio por las calles de la ciudad del próximo nacimiento del Salvador (la "clara estrella" en algunos lugares de Italia), o bien representaciones del camino de José y María hacia Belén, y su búsqueda de un lugar acogedor para el nacimiento de Jesús (las "posadas" de la tradición española y latinoamericana).

Las "Témporas de invierno"

En el hemisferio norte, en el tiempo de Adviento se celebran las "témporas de invierno". Indican el paso de una estación a otra y son un momento de descanso en algunos campos de la actividad humana. La piedad popular está muy atenta al desarrollo del ciclo vital de la naturaleza: mientras se celebran las "témporas de invierno", las semillas se encuentran enterradas, en espera de que la luz y el calor del sol, que precisamente en el solsticio de invierno vuelve a comenzar su ciclo, las haga germinar.
Donde la piedad popular haya establecido expresiones celebrativas del cambio de estación, consérvense y valórense como tiempo de súplica al Señor y de meditación sobre el significado del trabajo humano, que es colaboración con la obra creadora de Dios, realización de la persona, servicio al bien común, actualización del plan de la Redención.
News.va

La grandeza de lo pequeño

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: « Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. »
Volviéndose a los discípulos, les dijo aparte: « ¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.
 (Lc. 10. 21-24)

“Yo te alabo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, y las revelaste a los pequeños.” Estas palabras encierran un misterio y una paradoja para la lógica humana. Los más grandes acontecimientos de su vida, Cristo no los quiso revelar a quienes, según el mundo, son “los sabios y prudentes”. Él tiene una manera diferente para calificar a los hombres.

Para Dios no existen los instruidos y los iletrados, los fuertes y los débiles, los conocedores y los ignorantes. No busca a las personas más capaces de la tierra para darse a conocer, sino a las más pequeñas, pues sólo estas poseen la única sabiduría que tiene valor: la humildad.

Las almas humildes son aquellas que saben descubrir la mano amorosa de Dios en todos los momentos de su vida, y que con amor y resignación se abandonan con todas sus fuerzas a la Providencia divina, conscientes de que son hijos amados de Dios y que jamás se verán defraudadas por Él. La humildad es la llave maestra que abre la puerta de los secretos de Dios. Es la gran ciencia que nos permite conocerle y amarle como Padre, como Hermano, como Amigo.

El adviento es tiempo de preparación, un momento fuerte de ajuste en nuestras vidas. Esforcémonos, pues, por ser almas sencillas, almas humildes que sean la alegría y la recreación de Dios. Cristo niño volverá a nacer en medio de la más profunda humildad como lo hiciera hace más de dos mil años. Un par de peregrinos tocarán a la puerta de nuestro corazón pidiendo un lugar para que el Hijo de Dios pueda nacer. ¿Cómo podremos negarle nuestro corazón a Dios, que nos pide un corazón humilde y sencillo en el cual pueda nacer?


“Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven, porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y oír lo que oyen, y no lo oyeron.”

Autor: H. Christian David Garrido F

ADVIENTO: CAMINO Y PÓRTICO



La invitación llega desde muy lejos. La historia humana comenzó a partir de un acto de amor divino: “Hagamos al hombre”. El amor daba inicio a la vida.


Ese acto magnífico se vio turbado por la respuesta del hombre, por un pecado que significó una tragedia cósmica. Dios, a pesar de todo, no interrumpió su Amor apasionado y fiel. Prometió que vendría el Mesías.

La humanidad entera fue invitada a la espera. El Pueblo escogido, el Israel de Dios, recibió nuevos avisos, oteó que el Mesías llegaría en algún momento de la historia. El pasar de los siglos no apagó la esperanza. El Señor iba a cumplir, pronto, su promesa.

Esa invitación llega ahora a mi vida. También yo espero salir de mi pecado. También yo necesito sentir el Amor divino que me acompaña en la hora de la prueba. También yo escucho una voz profunda que me pide dejar el egoísmo para dedicarme a servir a mis hermanos.

¿Desde dónde comienzo este camino? Quizá desde la tibieza de un cristianismo apagado y pobre. Quizá desde odios profundos hacia quien me hizo daño. Quizá desde pasiones innobles que me llevan a caer continuamente en el pecado. Quizá desde la tristeza por ver tan poco amor y tantas promesas fracasadas.

La voz vuelve a llamar. En el desierto del mundo, en la soledad de la multitud urbana, en la calma de la noche invadida por los ruidos, en las risas de una fiesta sin sentido... La voz pide, suplica, espera que dé un primer paso, que abra el Evangelio, que escuche la voz de Juan el Bautista, que abandone injusticias y perezas, que mira hacia delante.

El Salvador llega. Juan lo anuncia. La voz que suena en el desierto llega hasta nosotros: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15-16).
Autor: P. Fernando Pascual


Primera predicación de Adviento: “La paz como don de Dios en Cristo Jesús”

A las 9 de la mañana, en la Capilla Redemptoris Mater del Palacio apostólico vaticano, el Papa Francisco asistió a la primera Predicación de Adviento,  junto a los demás miembros de la Curia Romana.
Tal como explicó el Padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en una entrevista concedida al periódico de la Santa Sede, L’Osservatore Romano, “Paz en la tierra a los hombres que Dios ama”, es el tema inspirado en el Evangelio de San Lucas que ha elegido precisamente por su dolorosa actualidad, junto a la necesidad de volver a dar a esta palabra la riqueza de significado que tiene en la Biblia.
La meditación  del primer viernes de Adviento estuvo dedicada a la paz  como don del Señor en Cristo Jesús. Porque como afirmó el predicador, “la Palabra de Dios nos enseña que la primera y más esencial paz es la vertical, entre Dios y la humanidad”.
“Si se pudiera escuchar el grito más fuerte que hay en el corazón de millones de personas, se oiría, en todas las lenguas del mundo, una sola palabra: ¡paz! La dolorosa actualidad de este tema, unida a la necesidad de dar de nuevo a la palabra paz la riqueza y la profundidad de significado que ésta tiene en la Biblia, me ha impulsado a dedicar a este tema las meditaciones de Adviento de este año. Nos ayudará, espero, a escuchar con oídos nuevos el anuncio navideño: “Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor” y también a comenzar a vivir en nuestro interior el mensaje que la Iglesia, cada año, dirige al mundo en la jornada mundial de la paz”.
Entre los puntos tocados por el Predicador de la Casa Pontificia destacamos: “La paz de Dios prometida y donada”; “La paz, fruto de la cruz de Cristo”; “¡Reciban el Espíritu Santo!” y “¡Dejarse reconciliar con Dios!”.
Al explicar que una de las causas de la alienación del hombre moderno de la religión y de la fe es la imagen distorsionada que se tiene de Dios. El Padre Cantalamessa dijo que ésta es también la causa de un cristianismo apagado, sin entusiasmo y sin alegría, vivido más como un deber que como un don.
De ahí que recordara cuán grandiosa era la imagen de Dios Padre en la Capilla Sixtina,  cuando la vio por primera vez a pesar de estar cubierta por una pátina oscura, y cómo se la ve ahora, tras la restauración, con los colores brillantes y los contornos definidos, tal como salió del pincel de Miguel Ángel. A lo que añadió: “Una restauración más urgentes de la imagen de Dios Padre debe tener lugar en los corazones de los hombres, incluidos nosotros los creyentes”.
Y al destacar que el Espíritu Santo nos comunica el sentimiento que Jesús tenía de su Padre, el Predicador concluyó diciendo:
“De aquí brota el sentimiento filial que se traduce espontáneamente en el grito: ¡Abba, Padre! Como quien dice: “Yo no te conocía, o te conocía sólo de oídas; ahora te conozco, sé quién eres”.
“Salimos ahora a nuestro trabajo cotidiano con una pregunta en el corazón: ¿Qué idea de Dios Padre tengo yo dentro de mí: la del mundo o la de Jesús?”.
Y dado que “el Señor viene”, recordamos que durante la audiencia general del primer miércoles de diciembre, en sintonía con este tiempo litúrgico, el Papa Francisco saludaba a los peregrinos procedentes de América Latina y de España con un deseo muy actual:
“Que la preparación del nacimiento del Señor, en este tiempo de Adviento, les haga crecer en el amor a Jesús y en el deseo de comunicarlo a todos los demás. Muchas gracias y que Dios los bendiga a todos”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).