
Es cierto que nadie nos puede obligar a creer o amar. Como también es cierto que el camino más fácil, más directo, más decisivo para aceptar el Evangelio consiste en acoger el Amor de Dios al darnos cuenta de la gran verdad: Él me amó primero.
De modo más radical, sorprende descubrir que el amor llegó a nosotros precisamente cuando estábamos lejos, cuando el pecado nos había herido, cuando no lo merecíamos. Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan... dice el Señor por medio del profeta Oseas (cf. Os 14,5).

A partir de esa certeza,
convertida en experiencia, arranca mi condición cristiana, en la que se unen el
amor a Dios y el amor al prójimo: Nosotros amemos, porque Él nos amó primero (1Jn 4,19).
Sí, soy cristiano desde su Amor y
para amar. Soy cristiano porque me abro, cada mañana, cada minuto, a la certeza
de su cercanía y su misericordia. Soy cristiano cuando empiezo a acoger, con
gozo y esperanza, a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María.
P. Fernando Pascual