martes, 10 de mayo de 2016

Homilía del Papa: el misionero ‘quema’ su vida por Jesús


La docilidad a la voz del Espíritu impulsa a ‘quemar’ la vida por el anuncio del Evangelio, aun en los lugares más lejanos. Es lo que caracteriza a cada mujer y a cada hombre, cuya opción es misionar para servir a la Iglesia. Lo destacó el Papa Francisco en su homilía, en la Misa matutina, en la Capilla de la Casa de Santa Marta.
Una llamada que «encadena», un impulso irresistible, que lleva a donar la vida a Cristo, aún más a ‘quemarla’ por Él. Como el fuego que ardía en el corazón de San Pablo, el mismo que arde en aquellos «jóvenes, muchachos y muchachas, que dejaron su patria, su familia, para ir lejos, a otros continentes, para anunciar a Jesús».
‘Encadenados’ por el Espíritu
El Obispo de Roma reflexionó, con los Hechos de los Apóstoles, sobre la despedida de Pablo de la comunidad de Mileto, cuando anuncia que va a Jerusalén «como encadenado por el Espíritu Santo», que tiene el señorío de su vida, para cumplir su carrera y la misión que recibió del Señor Jesús: «la de dar testimonio de la Buena Noticia de la gracia de Dios» (cfr Hch 20,34). Y destacó que esta lectura evoca la vida de nuestros misioneros de toda época:
«¡Iban como encadenados por el Espíritu Santo: una vocación! Y cuando, en esos lugares, vamos a los cementerios y vemos sus lápidas: tantos murieron jóvenes, con menos de 40 años. Porque no estaban preparados a soportar las enfermedades del lugar. Dieron su vida siendo jóvenes: ‘quemaron’ su vida. Pienso que, en ese último instante, lejos de su patria, de su familia, de sus seres queridos, ellos dijeron: ‘¡Valía la pena, lo que hice!’».
Los Misioneros son la gloria de la Iglesia
Haciendo hincapié en que «el misionero va sin saber lo que le espera», citando la despedida de San Francisco Javier, que narra José María Pemán, el Papa señaló que evoca la de San Pablo: «Sólo sé que, de ciudad en ciudad, el Espíritu Santo me va advirtiendo cuántas cadenas y tribulaciones me esperan». Y con emoción, el Santo Padre habló de los misioneros de hoy:
«Nuestros misioneros, estos héroes de nuestros tiempos. Europa que llenó de misioneros otros continentes… Se iban sin volver… Me parece justo que demos gracias al Señor por el testimonio que dieron, son verdaderos testigos. Pienso en cómo fue el último momento de ellos: ¿cómo habrá sido su despedida? Como Javier: ‘¡Lo dejé todo, pero valía la pena!’ Se fueron de forma anónima. Mártires, ofreciendo su vida por el Evangelio. ¡Estos misioneros son nuestra gloria! ¡La gloria de nuestra Iglesia!».
Jóvenes ‘quemen’ su vida con la alegría de anunciar el Evangelio
Recordando que la docilidad es una cualidad de los misioneros, el Papa concluyó con su anhelo y ruego, para que los jóvenes de hoy que están capturados por la insatisfacción, escuchen la voz del Espíritu:
«Quisiera decirles a los muchachos y a las muchachas de hoy, que sé que no se sienten cómodos, que no son tan felices con la cultura del consumismo, del narcisismo… ¡Miren el horizonte! ¡Miren más allá, miren a estos misioneros nuestros! Recen al Espíritu Santo para que los impulse a ir lejos a ‘quemar’ su vida. Es una palabra algo dura, pero la vida vale la pena vivirla. Y, para vivirla bien, ‘quemarla’ en el servicio, en el anuncio, e ir adelante. Ésta es la alegría del anuncio del Evangelio».
(CdM – RV)


JESÚS RUEGA AL PADRE POR LOS QUE CREEN EN ÉL


Evangelio según San Juan 17,1-11a. 


Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo: "Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado. 

Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo. 

Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera. 

Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu Palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que Tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que Tú me enviaste. 

Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. 

Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. 
Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en Él; y yo vuelvo a ti."