miércoles, 10 de junio de 2015

UN CORAZÓN PARA CULTIVAR Y CUSTODIAR TODO LO CREADO

Dentro de muy pocos días el Papa Francisco nos va a dar a conocer una nueva Encíclica sobre Ecología. Y este viernes celebramos en toda la Iglesia la fiesta del Sagrado Corazón. ¿Qué tienen que ver aparentemente cuestiones tan diferentes como son una Encíclica sobre Ecología y la fiesta del Sagrado Corazón? Os he de decir que mucho. Los cristianos decimos en el Credo así: “Creo en Dios Padre todopoderoso, Creador de cielo y tierra, de todo lo visible e invisible”. En la Biblia, en sus primeras páginas, se nos dice que el hombre y la mujer fueron creados y puestos en la tierra por Dios para que cultivasen y custodiasen la tierra (cf. Gn 2, 15). ¿Cómo ser cultivadores y custodios? No se puede hacer más que con amor, atención, pasión y dedicación. Contemplando el corazón de Cristo, descubrimos los rasgos que hacen posible cultivar  y custodiar, y así hacer ver, con obras y palabras,  las huellas de la bondad, de la belleza y de Dios en todo lo creado. Ello nos hace abrir nuestra vida a la alabanza y a la oración, con el salmista: “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, / el orbe y todos sus habitantes: / él la fundó sobre los mares, / él la afianzó sobre los ríos. / ¿Quién puede subir al monte del Señor? / ¿Quién puede estar en el recinto sacro?/ El hombre de manos inocentes y puro corazón, / que no confía en los ídolos/ ni jura contra el prójimo en falso. / Ese recibirá la bendición del Señor, /le hará justicia el Dios de salvación. / Esta es la generación que busca al Señor, / que busca tu rostro, Dios de Jacob. (Sal 24, 1-6).
        
    Nuestro Señor Jesucristo, con su vida y con sus obras, nos ha dicho que todo es de Dios, todo lo hizo Él. De ahí su invitación a poner en el centro de la creación al ser humano, a reverenciar a todo ser humano y a todo lo que puso Dios al servicio de todos los hombres. Custodiar y reverenciar la creación entera es un mandato del Señor. No podemos usar el mundo y todo lo que Dios ha creado abusando de ello, como si se tratase simplemente de un material para nuestro obrar y querer. Toda la creación es un don que nos ha sido encomendado a todos los hombres. Es necesario y urgente que nos tomemos la tarea de convertirlo en un jardín de Dios y por ello también en un jardín del hombre. ¿Hemos asumido cada uno de nosotros ese compromiso? Estemos abiertos a escuchar y ver las múltiples formas de abuso que hacemos los hombres en la tierra, con nosotros mismos y con todo lo creado. Con estos abusos robamos al hombre y nos quedamos con lo que ha puesto Dios a su servicio. Escuchemos en estos momentos de la historia el gemido de la creación del que San Pablo nos habla en la Carta a los Romanos. En este sentido, se puede entender aquello de que “la creación espera con impaciencia la revelación de los hijos de Dios” (Rm 8, 22). Solamente el Corazón de Cristo, trasplantado a cada uno de los hombres, nos hará ver, el vínculo estrecho e inseparable entre desarrollo, necesidad humana y salvaguarda de la creación.
            Defender la creación. No hay que hacerlo por ser útil para nosotros, sino por sí misma. La creación es un don del Creador. Toda ella tiene las huellas de Dios. La familia humana necesita tener “casa”. Esa “casa” es la tierra en la que habitamos. Y  Dios nos encarga mantenerla, cuidarla, habitarla con creatividad y responsabilidad. Y para ello es necesario que el ser humano -centro de la creación- tenga el Corazón de Cristo.  Con ello quiero decir que la tierra no sea considerada de manera egoísta, para intereses de grupo, pues todos los hombres tienen derecho a obtener el beneficio que nos hace ser cada día más personas, y por tanto, con un corazón con las medidas del corazón de Cristo, que ama, promueve, alienta, regala misericordia, hace partícipes a todos, no descarta a nadie, crea la cultura del encuentro. Todos los hombres hemos de estar incluidos en el destino universal de los bienes de la creación. El desarrollo y el equilibrio ecológico en todas las dimensiones, también la ecología humana, hay que buscarlo entre todos, de tal manera que fortalecer la alianza entre el ser humano y el medio ambiente solamente es posible si los hombres somos reflejo del amor de Dios. Para ello, hagamos trasplante de corazón.
            Jesucristo nos enseña que descuidar el medio ambiente en el que Dios ha querido que los hombres vivamos alcanza a toda la tierra y a todos los hombres. El descuido ecológico ambiental y humano daña la convivencia humana y traiciona la dignidad del hombre, violando los derechos más fundamentales de la persona. Todos estamos llamados a proveer y salvaguardar las condiciones morales de una auténtica ecología humana que nos hará vivir la ecología ambiental. Esto solo se puede realizar  si el hombre hace un trasplante de corazón, acogiendo en su vida el Corazón de Cristo. No puedo ni debo entrar en cuestiones técnicas, pero sí ofrecer el impulso que nos lleve a asumir responsabilidades y dar respuestas. Por eso os invito a redescubrir el rostro del Creador y nuestra responsabilidad ante Él por su creación. Él nos ha dado unas capacidades para asumir un estilo de vida que marque una manera nueva de relacionarnos los hombres y de vivir en este jardín que hizo Dios para nosotros, que es todo lo creado.
            Abordemos siempre el problema ecológico desde Dios. Fue el Espíritu creador quien creó todo lo que existe y lo renueva sin cesar, como nos lo dicen las primeras páginas del libro del Génesis. La fe en el Espíritu creador pertenece al contenido esencial del Credo cristiano. Las ciencias modernas de la naturaleza nos dicen que la materia tiene una estructura matemática que está llena de espíritu, está estructurada inteligentemente. Nosotros creemos que esta estructura inteligente procede del Espíritu creador y que nos lo dio  a nosotros. Aquí está el fundamento de nuestra responsabilidad  respecto a la tierra y al hombre. Nada de lo creado es propiedad nuestra, nada podemos explotar según intereses y deseos personales o de grupo. En el corazón de Jesucristo, Dios manifiesta al hombre unas orientaciones a las que debemos atenernos como administradores que somos de la creación. La Iglesia tiene que explicar el credo cristiano en su integridad, transmitir el mensaje de salvación que incluye cultivar y custodiar la creación, es decir, defender la tierra, el agua, el aire que son dones que pertenecen a todos, pero también debe proteger al ser humano contra la destrucción de sí mismo. La fe en Dios Cr eador y la atención que tiene que tener el ser humano nos lo regala Cristo cuando dejamos que su Corazón entre en nosotros. Entonces no hay autodestrucción del hombre ni destrucción de la obra de Dios.
            Defender la creación y al hombre mismo nos hace ver que ecología humana y ecología ambiental han de ser un compromiso de todos los cristianos. El problema decisivo está en la capacidad moral de una ecología global que también respeta la vida desde el inicio hasta la muerte natural. No se puede defender la ecología ambiental y destruir la ecología humana. El libro de la naturaleza es uno e indivisible en todo lo que concierne al desarrollo humano integral. Urge hacer trasplante de corazón.
            Con gran afecto, os bendice:  
                                     +Carlos, Arzobispo de Madrid

De musulmán a cristiano: “Tu enfermedad se llama Cristo y no tiene remedio”

“Tu enfermedad se llama Cristo y no tiene remedio. Nunca podrás curarte”, le dijo su tío a modo de “sentencia de muerte”. Fue el 22 de diciembre del 2000, cuando Mohammed al-Sayyid al-Moussawi, hoy Joseph Fadelle, se encontró encañonado por su propio tío y algunos de sus hermanos debido a conversión del Islam al Cristianismo. 

La historia comenzó en 1987, cuando el joven sayyid (título nobiliario) al-Moussawi, fue enviado al servicio militar, donde conoció a Massoud, un campesino de edad madura con quien se vio obligado a compartir su dormitorio, algo que él rechazó ya que el hombre era cristiano. Para Mohammed, los cristianos eran inferiores, impuros y compartir el espacio con uno de ellos lo ponía en peligro. 

Con el paso del tiempo y en este compartir con su compañero de cuarto, su visión de los cristianos fue cambiando, lo que lo llevó a profundizar en las raíces mismas de la fe católica, provocándole una crisis existencial que removió los cimientos de sus creencias y, finalmente, lo llevó a su conversión al cristianismo. 

Entonces pasó de ser el favorito del clan familiar, nacido en una de las familias chiítas más importantes de Irak y miembro de la realeza de su pueblo a ser un perseguido y refugiado, amenazado de muerte hasta hoy por su propia familia. 

“Yo vengo de una tribu donde mi padre era el líder y yo debí haber sido el líder después de él”, contó Fadelle para explicar el contraste de su vida anterior con la actual, alejada de su cultura y familia tras su conversión. 

En la religión musulmana, la conversión al cristianismo o a cualquier otra religión es motivo de castigo, incluso la muerte. 

Pese a las persecuciones que sufrió, sobrevivió a todo ello y de esta experiencia nació el libro “El precio a pagar”, que presentó a fines de mayo en el salón Fresno del Centro de Extensión de la Pontificia Universidad Católica de Chile, en una actividad organizada por la Editorial LMH (Leer Más Hoy) y cuya venta superó las 50 mil copias en 2010. 

“Estoy aquí por el gran amor que le tengo a Jesucristo”, dijo al inicio de su testimonio durante la conferencia realizada por el lanzamiento de la quinta edición del libro que narra su historia. 

La obra se ha convertido en una herramienta pastoral, narrando su proceso desde la comprensión del Corán y la religión musulmana hasta el descubrimiento del cristianismo y la fe católica a través de la lectura de la Biblia. 

Este libro y su propia historia son también una denuncia del drama de los cristianos perseguidos en Irak y otro países de la región, quienes deben esconderse, pagar impuestos adicionales y sufrir toda clase de amenazas y peligros debido a su fe. 

“Si quieres cruzar el río, debes comer el Pan de Vida” 

Mohammed pasó un tiempo estudiando el Corán, a pedido del cristiano como condición a entregarle una Biblia. Este proceso, que le provocó una crisis profunda debido a la falta de respuestas que encontró frente a sus interrogantes sobre su religión y la persona de Mahoma, culminó con un sueño que no logró comprender en un inicio. 

En su sueño, veía a un hombre parado al otro lado de un angosto río que le parecía amable y sentía un fuerte deseo de ir hacia él, pero cuando intentaba cruzar el río se quedaba paralizado y no lograba pasar al otro lado. Entonces el hombre lo toma y le ayuda, y al llegar junto a él le dice “Si quieres cruzar el río, debes comer el Pan de Vida”. 

Lo que a Mohammed le pareció solo un sueño, se convirtió en la clave que dio paso a una revolución interior que dura hasta hoy, cuando por fin su amigo cristiano le entregó una Biblia. El joven la abrió casualmente en el Libro de Juan, donde encontró las mismas palabras que no habían tenido significado para él en un comienzo: El Pan de Vida. 

Una vez bautizado, después de 13 largos y angustiosos años, Mohammed al-Sayyid al-Moussawi tomó el nombre de Joseph Fadelle. 

No solo él, sino su esposa e hijos son hoy musulmanes conversos, lo que los pone en peligro. Ellos debieron huir de Irak, primero a Jordania y más tarde a Francia, donde residen actualmente.
Fuente: Archidiócesis de Madrid

La última palabra

La «identidad cristiana» encuentra su fuerza en el testimonio y no conoce ambigüedad: por ello el cristianismo no puede ser «aguado», no puede esconder su ser «escandaloso» y trasformado en una «bonita idea» para quien siempre tiene necesidad de «novedad». Y atención también a la tentación de la mundanidad, propia de quien «ensancha la conciencia» en tal medida que en ella quepa todo. Lo afirmó el Papa en la misa que celebró el martes 9 de junio, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, recordando que «la última palabra de Dios se llama “Jesús” y nada más».
«La liturgia de hoy nos habla de la identidad cristiana», destacó el Papa Francisco, proponiendo inmediatamente la cuestión central: «¿Cuál es esta identidad cristiana?». Refiriéndose a la primera lectura del día (2 Cor 1, 18-22), el Papa recordó que «Pablo comienza contando a los Corintios las cosas vividas, algunas persecuciones», y «el testimonio que dieron de Jesucristo». Y, en concreto, les escribe: «Es motivo de orgullo para mí —es decir yo me enorgullezco de mi identidad cristiana— que haya sido así. Y Dios es testigo de que nuestra palabra hacia vosotros es “sí”, es decir nosotros os hablamos de nuestras identidad, la que es».
«Para llegar a esa identidad cristiana —explicó el Papa Francisco— nuestro Padre, Dios, nos hizo recorrer un largo camino de historia, siglos y siglos, con figuras alegóricas, con promesas, alianzas, y así hasta el momento de la plenitud de los tiempos, cuando envió a su Hijo nacido de mujer». Se trata, por lo tanto, de «un largo camino». Y, afirmó el Papa, «también nosotros debemos hacer en nuestra vida un largo camino, para que nuestra identidad cristiana sea fuerte y dé testimonio». Un camino, precisó, «que podemos definir de la ambigüedad a la identidad auténtica».
Así, pues, en la carta a los Corintios el apóstol escribe que «la palabra que os dirigimos no es sí y no, ambigua». En efecto, añade Pablo, «el Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado entre vosotros... no fue sí y no, sino que en Él sólo hubo sí». He aquí, entonces, dijo el Pontífice que «nuestra identidad está precisamente en imitar, en seguir a este Cristo Jesús, que es el “sí” de Dios para nosotros». Y «esta es nuestra vida: caminar todos los días para reforzar esta identidad y dar testimonio de ella, paso a paso, pero siempre hacia el “sí”, no con ambigüedad».

«Es verdad», reconoció luego el Pontífice, «está el pecado y el pecado nos hace caer, pero nosotros tenemos la fuerza del Señor para levantarnos y seguir adelante con nuestra identidad». Pero, añadió, «yo diría también que el pecado es parte de nuestra identidad: somos pecadores, pero pecadores con fe en Jesucristo». En efecto, «no es sólo una fe de conocimiento» sino «una fe que es un don de Dios y que ha entrado en nosotros desde Dios». Así, explicó el Papa, «es Dios mismo quien nos confirma en Cristo. Y nos ha conferido la unción, nos ha impreso el sello, el adelanto, la prenda del Espíritu en nuestro corazón». Sí, repitió el Papa Francisco, «es Dios quien nos da este don de la identidad» y «el problema es ser fiel a esta identidad cristiana y dejar que el Espíritu Santo, que es precisamente la garantía, la prenda en nuestro corazón, nos conduzca hacia adelante en la vida».
«Somos personas que no vamos detrás de una filosofía», afirmó también el Pontífice porque «tenemos un don, que es nuestra identidad: somos ungidos, tenemos impreso en nosotros el sello y tenemos dentro de nosotros la garantía, la garantía del Espíritu». Y «el Cielo comienza aquí, es una identidad hermosa que se refleja en el testimonio». Por esto, añadió, «Jesús nos habla del testimonio como el lenguaje de nuestra identidad cristiana» cuando dice: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?». Se refiere al pasaje evangélico de san Mateo propuesto hoy por la liturgia (5, 13-16).
Cierto, continuó el Papa, «la identidad cristiana, porque somos pecadores, es también tentada, es tentada, sufre la tentación —las tentaciones siempre están— y puede ir tras ella, puede debilitarse y puede perderse». ¿Pero cómo puede ser esto? «Yo pienso —sugirió el Pontífice— que se puede ir tras ello principalmente por dos caminos».
El primero, explicó, es «el de pasar del testimonio a las ideas» y esto es «aguar el testimonio». Como si se dijese: «Pues sí, soy cristiano, el cristianismo es esto, una bonita idea, yo rezo a Dios». Así «del Cristo concreto, porque la identidad cristiana es concreta —lo leemos en las Bienaventuranzas; esta realidad concreta está también en el capítulo 25 de san Mateo—, pasamos a esta religión un poco soft, en el aire y en el camino de los gnósticos». Detrás, en cambio, «está el escándalo: esta identidad cristiana es escandalosa». Como consecuencia «la tentación es decir “no, no, sin escándalo; la cruz es un escándalo; que Dios se haya hecho hombre» es «otro escándalo» y se deja a un lado; es decir, buscamos a Dios «con estas espiritualidades cristianas un poco etéreas, vagas». En tal medida, afirmó el Papa, que «están los agnósticos modernos y te proponen esto, esto: no, la última palabra de Dios es Jesucristo, no hay otra».
«Por este camino», continuó el Papa Francisco, están también «los que siempre necesitan la novedad de la identidad cristiana: olvidaron que fueron elegidos, ungidos, que tienen la garantía del Espíritu, y buscan: “¿Dónde están los videntes que nos comunican hoy la carta que la Virgen nos mandará a las 4 de la tarde?”. Por ejemplo, ¿no? Y viven de esto». Pero «esto no es identidad cristiana. La última palabra de Dios se llama “Jesús” y nada más».
«Otro camino para dar un paso atrás en la identidad cristiana es la mundanidad», continuó el Papa. Es decir «ensanchar tanto la conciencia que allí dentro entra todo: “Sí, nosotros somos cristianos, pero esto sí…”, no sólo moralmente, sino también humanamente». Porque «la mundanidad es humana, y así la sal pierde el sabor». He aquí porqué, explicó el Papa, «vemos comunidades cristianas, incluso cristianos, que se llaman cristianos, pero no pueden y no saben dar testimonio de Jesucristo». Y «así la identidad va hacia atrás, va hacia atrás y se pierde» y es «este nominalismo mundano lo que nosotros vemos todos los días».
«En la historia de la salvación —dijo el Papa Francisco— Dios, con su paciencia de Padre, nos condujo de la ambigüedad a la certeza, a la realidad concreta de la encarnación y la muerte redentora de su Hijo: esta es nuestra identidad». Y «Pablo se enorgullece de esto: Jesucristo, hecho hombre; Dios, el Hijo de Dios, hecho hombre y muerto por obediencia». Sí, destacó el Pontífice, Pablo «se enorgullece de esto» y «esta es la identidad y allí está el testimonio». Es «una gracia que debemos pedir al Señor: que siempre nos dé este regalo, este don de una identidad que no busque acomodarse a las cosas que le harían perder el sabor de la sal».
Antes de continuar la celebración eucarística, el Papa Francisco no dejó de destacar que también esta es «un “escándalo”». Es más, concluyó: «Me permito decir que es “un doble escándalo”». Primero, explicó, «porque es el “escándalo” de la cruz: Jesús que entrega su vida por nosotros, el Hijo de Dios». Y luego «el “escándalo” que nosotros cristianos celebramos la memoria de la muerte del Señor y sabemos que aquí se renueva esa memoria». Así, precisamente la celebración eucarística «es un testimonio de nuestra identidad cristiana».