lunes, 15 de mayo de 2017

A un año del terremoto de Ecuador, Manuel Rodicio todavía celebra la Eucaristía en la calle



El 16 de abril se cumplió un año del terremoto que asoló la costa ecuatoriana. Manuel Rodicio, misionero orensano, todavía celebra la Eucaristía en la calle. «Solo en la diócesis de Manabí se dañaron más de 50 parroquias. Algunas incluso hubo que tirarlas del todo, no queda nada». Eso, en lo material. En lo espiritual «acompañamos a mucha gente que perdió seres queridos o vivió experiencias traumáticas.
Como Yadira, que pasó varios días entre cascotes. Un año después, todavía no puede dormir». El Fondo de Nueva Evangelización de la Conferencia Episcopal Española está canalizando los donativos para su misión a través del portal donoamiiglesia.es
Un año sin dormir. Parece una tortura china.
Yadira estaba en un edificio de Manta que cayó entero. Murieron más de 90 personas allí, y ella estuvo varios días atrapada entre cascotes. Aparentemente es una mujer fuerte, pero la verdad es que lleva un año sin poder pegar ojo. Acompañamos desde la misión a muchísima gente que perdió seres queridos o vivió experiencias traumáticas. La gente ha intentado poco a poco reincorporarse a la vida, a la rutina, pero no es fácil.
¿Perdieron la fe?
Al revés. El 16 de abril se cumplió un año del terremoto y las autoridades públicas nos pidieron celebrar una Eucaristía en varias ciudades. En la que yo presidí, en la ciudad de Manta, te aseguro que había miles -y recalco miles- de personas sin ninguna prisa, rezando con un fervor increíble.
¿En una iglesia?
No, en la calle. La diócesis de Manabí, donde tenemos la misión, tiene alrededor de 80 parroquias. Tras el terremoto 52 quedaron dañadas y muchas de ellas destruidas por completo. Esto nos sobrepasa, porque es muy difícil la pastoral sin templos. Pero económicamente es imposible hace frente a este gasto. Solo en la catedral de Portoviejo -capital de la provincia de Manabí- ya llevamos gastados 700.000 dólares y falta otro tanto. Eso únicamente en la catedral, así que imagínate en las parroquias... yo celebro Misa a diario en una cabaña de paja donde caben 100 personas. Los domingos tenemos que celebrar en la calle.
¿No reciben ayudas?
Pues hay un problema. Mucha gente se interesa por apoyar proyectos sociales, algo que es fundamental, pero cuando necesitamos dinero para reconstruir capillas, casas de curas o un coche para la pastoral, es muy difícil conseguir fondos. Todo el mundo te dice que ese no es su ámbito. Gracias al Fondo de Nueva Evangelización, que nos apoya en estas necesidades concretas, vamos tirando. Ellos hacen lo que nadie más hace.
¿Cómo llevan los fieles tener que reunirse en la calle?
Los fieles son la alegría de la Iglesia en Ecuador. Gracias a ellos, que son los líderes de las comunidades, aquello sale adelante. Cuando vengo a España me da mucha tristeza ver que aquí la Iglesia parece cosa de curas.
¿Es porque hay pocos curas allí?
No, de hecho tenemos 76 en el seminario, que abrió sus puertas hace 25 años. Es porque el modelo eclesial pone a los laicos en el centro. Es lo que ha vivido el Papa durante toda su vida. En España escucho cosas ambiguas, incluso sobre el Papa... y claro, no comprendemos bien que él responde al baremo latinoamericano. Por eso, su preocupación es que los laicos celebren la Palabra, que la Iglesia sea menos clerical... en Europa es difícil de entender, pero en América Latina nos vemos muy reflejados en él.
(Cristina SánchezAlfa y Omega)

La joya de Madrid



Pasando por la calle Toledo, en pleno corazón del Madrid de los Austrias, llama la atención el templo de la Colegiata, donde se conserva la joya más importante de la Iglesia en Madrid y también de gran parte de la Iglesia universal, ya que nuestro santo patrón es venerado en gran parte de países del mundo.
En el retablo del altar mayor contemplamos una urna funeraria de plata donde se conserva el cuerpo incorrupto de san Isidro desde el año 1769. Desde el momento de su muerte a los 90 años, en 1172, la fama –que ya le acompañó en vida– de milagrero e intercesor se hizo cada vez mayor, y rápido se empezaron a recoger datos y testimonios para el proceso de canonización. Este proceso, en el que aparecen más de 1.000 prodigios, se encuentra en el archivo catedral de Madrid, así como un listado de más de 100 personas dispuestas a testificar su fama de santidad.
El 15 de mayo de 1620 fue beatificado y en 1633 canonizado junto a san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, santa Teresa de Jesús y san Felipe Neri. Se celebró un gran pontifical con la presencia de los reyes en la plaza Mayor y todavía se conserva en el museo catedral el terno (casulla, dalmáticas, capa, humeral y paños de ambón) que se utilizó para la ceremonia.
El cuerpo del santo fue enterrado en el cementerio de la iglesia de San Andrés, y apareció prodigiosamente tras el derrumbe de algunas sepulturas a causa de grandes lluvias que asolaron Madrid en el año 1212, descubriéndose que estaba incorrupto y con el sudario intacto. En ese año corría la noticia de que el santo se había aparecido al rey Alfonso VIII en la batalla de las Navas de Tolosa, por lo que el rey, después de vencer, vino a Madrid a visitar el sepulcro del santo y a darle las gracias. En el año 1619 se encontraba enfermo el rey Felipe III y, tras venerar al santo, se recuperó de la enfermedad.
Durante la guerra civil, el obispo Eijo Garay mandó ocultarlo en la pared de la colegiata junto a los restos de su esposa, santa María de la Cabeza y su hijo, san Illán, salvándose milagrosamente. La última vez que fue expuesto para su veneración fue en el año 1985, con motivo del centenario de la diócesis.
A su sepulcro acuden fieles de todo el mundo, que reconocen en el santo patrón que vela por Madrid la presencia del cielo.
Jesús Junquera
Alfa y Omega

15 de mayo: san Isidro Labrador, patrón de Madrid


La vida de Isidro Labrador fue menos relevante desde el punto de vista político y social que la de su contemporáneo Olaguer († 1137), primer obispo de Barcelona y posteriormente titular de la metrópoli de Tarragona. Juan Diácono, del siglo XIII, el biógrafo que escribió Vita Sancti Isidori, destaca en él, sobre todo, la ejemplaridad de un cristiano madrileño extremadamente sencillo que tuvo que esperar la sanción oficial de su santidad hasta el siglo XVII, cuando el rey Felipe III, que atribuyó su propia curación a la intercesión de san Isidro, solicitó y obtuvo la beatificación al papa Paulo V el 4 de junio de 1619 y, tres años más tarde, la canonización por Gregorio XV.
No se sabe con exactitud el año del nacimiento de san Isidro –sí que fue el final del siglo XI–, ni la casa, ni el barrio en que poco más o menos estaría hoy ubicado el lugar en que vio la primera luz, ni siquiera el nombre de sus padres. Como es de esperar, la época, el tiempo en que transcurre su vida, la poca importancia social o política de Madrid en los momentos en que la pisa el santo pueden aportar muy pocos datos fiables y comprobables desde el ámbito histórico, sobre todo, si se tiene en cuenta que no perteneció al mundo de la política, de las finanzas, ni al de la jerarquía alta de la Iglesia que hubieran podido dejar constancia para la posteridad la influencia social en el ambiente cristiano de su mundo. Y lo que puede parecer paradójico al oriundo común –munícipe de a pie– de la megalópolis que es el Madrid actual es que su patrón no sea un industrial, ni un político, gobernante, banquero, sociólogo o cardenal –un ciudadano–, sino precisamente un agricultor –un hombre del campo–. Pero esas son las ironías de la vida y la enseñanza de la historia que da lecciones de humildad, haciendo ver, como en este caso, que las grandes urbes también un día tuvieron infancia.
Parece que se bautizó en la antigua parroquia de san Andrés, recibiendo el nombre bautismal de Isidoro –Isidro es su síncopa– seguramente en honor del santo arzobispo de Sevilla; dicen que trabajó como pocero y bracero al servicio de la familia Vera de la que salió, junto con otros muchos del lugar, cuando Alí toma Toledo al frente del imponente ejército de almorávides, y que esta fue la razón de trabajar en Torrelaguna donde contrajo matrimonio con Toribia, luego Santa María de la Cabeza, de quien tuvo a su hijo Illán, también tratado como santo. Al regreso a Madrid se asienta definitivamente en la casa de la familia Vargas, cuidando de las tierras de Juan, donde ejercita las virtudes cristianas en el cumplimiento fiel de las obligaciones con Dios y los hombres, entre las labores del campo y la atención a su casa. De hecho, el papa Gregorio XV afirma que «nunca salió para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la santa misa y encomendarse a Dios y a su Madre santísima».
La tradición popular conservó la memoria de su espíritu de oración y de generosidad para con los necesitados, glosándolos con prodigios que, más que verdad histórica, encierran los anhelos de todo agricultor sometido al duro capricho de los elementos hasta que su cosecha dé fruto: agua que salta al golpe de azada y tormentas que se disuelven milagrosamente a ruegos del agricultor; la sopa que se multiplica de modo prodigioso en la olla, cuando se hace caridad con el pobre advenedizo, para que no falte alimento a la familia, y –el más comentado por el pueblo– los ángeles que se prestan a colaborar en la labranza la tierra mientras él se dedica a la oración.
Naturalmente, ese es el producto de la fábula y del cariño al santo varón. La verdad debió de ir por los derroteros vulgares y comunes en su tiempo como llevar albarcas llenas de barro, algún manto con añadidos, quizá remiendo en el calzón, un tapasol de cabeza y de mucho sudor impregnado su jubón; sus manos serían rudas y con callos; sus gestos, serenos, pensados, sin precipitación, y sus palabras, más toscas que finas; pero esa humildísima persona no cedió a la pereza, luchó contra el egoísmo, atendió a quien penaba y supo contar con Dios.
Su culto está muy extendido entre los trabajadores del campo que le tienen como especial protector. Es patrono de los agricultores y de la archidiócesis de Madrid.
Murió anciano.
Su cuerpo incorrupto se conserva en la Colegiata de su nombre en Madrid, y el arcón donde secularmente estuvo depositado se visita en la Catedral de Nuestra Señora de la Almudena en la Capital de España.
Goya tuvo el buen gusto de pintarlo en obra que se puede contemplar en la Biblioteca Nacional, y Lope de Vega, cantándole, puso encanto literario en los versos miles que poetizan de otro modo lo que ya contó el primer biógrafo del santo.
Archimadrid.org

Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador




Lectura del santo Evangelio según san Juan 15. 1-7
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseéis, y se realizará».
Palabra del Señor.

Llamamiento del Papa ante los conflictos de Oriente Medio y atención concreta a la maternidad

Queridos hermanos y hermanas,
Confío a María, Reina de la paz, el destino de las poblaciones afligidas por guerras y conflictos, en particular en Oriente Medio. Tantas personas inocentes están duramente afectadas, ya sea cristianas que musulmanas, como así también pertenecientes a minorías como los yazidíes, los cuales sufren trágicas violencias y discriminaciones. A mi solidaridad se acompaña el recuerdo en la oración, mientras agradezco a cuantos se empeñan en subvenir a las necesidades humanitarias. Aliento a las diversas comunidades a recorrer el camino del diálogo y de la amistad social para construir un futuro de respeto, de seguridad y de paz, lejos de todo tipo de guerra.
Ayer en Dublín fue proclamado Beato el sacerdote jesuita John Sullivan.
Vivido en Irlanda entre el ochocientos y el novecientos, él dedicó la vida a la enseñanza y a la formación espiritual de los jóvenes, y era tan amado y buscado como un padre por los pobres y por los sufrientes. Demos gracias a Dios por su testimonio.
Saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de Italia y de varios países. En particular los fieles de Ivrea, Salerno, Valmontone y Rimini; los alumnos de Potenza y de Mozzo (Bergamo). Saludo a los participantes a la iniciativa denominada “Cochecitos vacíos” y al grupo de las mamás de Bordighera: el futuro de nuestras sociedades requiere de parte de todos, especialmente de las instituciones, una atención concreta a la vida y a la maternidad. Y este llamamiento es particularmente significativo hoy mientras se celebra, en tantos países, el Día de la madre. Recordemos con gratitud y afecto a todas las mamás, incluso a nuestras mamás en el Cielo, confiándolas a María, la mamá de Jesús. Y ahora les hago una propuesta: permanezcamos algunos instantes en silencio, cada uno rezando por la propia mamá.
A todos les deseo un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!
(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)

"Oración y penitencia para implorar la gracia de la conversión", el Papa a la hora del Regina Coeli


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Ayer por la noche regresé de la peregrinación a Fátima: ¡saludemos a la Virgen de Fátima! Y nuestra oración mariana de hoy adquiere un significado particular lleno de memoria y de profecía para quien mira la historia con los ojos de la fe. En Fátima me sumí en la oración del santo Pueblo fiel, oración que allí fluye desde hace cien años como un río, para implorar la protección maternal de María sobre el mundo entero. Doy gracias al Señor que me ha concedido ir a los pies de la Virgen Madre como peregrino de esperanza y de paz. Y agradezco de corazón a los Obispos, al Obispo de Leiría en Fátima,  a las Autoridades del Estado, el Presidente de la República, y a todos aquellos que han ofrecido su colaboración.
Desde el inicio, cuando en la Capilla de las Apariciones permanecí por largo tiempo en silencio, acompañado por el silencio orante de todos los peregrinos, se creó un clima de recogimiento y contemplativo, en el cual se desarrollaron los varios momentos de oración. Y al centro de todo estuvo y está el Señor Resucitado, presente en medio a su Pueblo en la Palabra y en la Eucaristía. Presente en medio a los tantos enfermos, que son protagonistas de la vida litúrgica y pastoral de Fátima, como de cada santuario mariano.
En Fátima la Virgen eligió el corazón inocente y la sencillez de los pequeños Francisco, Jacinta y Lucía, como depositarios de su mensaje. Estos niños lo acogieron dignamente, tanto que fueron reconocidos como testigos confiables de las apariciones, transformándose en modelos de vida cristiana. Con la canonización de Francisco y Jacinta, quise proponer a toda la Iglesia su ejemplo de adhesión a Cristo y el testimonio evangélico. Y también quise proponer a toda la Iglesia que cuide a los niños. Su santidad no es consecuencia de las apariciones sino de la fidelidad y del ardor con el cual ellos correspondieron al privilegio recibido de poder ver a la Virgen María. Después del encuentro con la “bella Señora” – así la llamaban – ellos recitaban frecuentemente el Rosario, hacían penitencia y ofrecían sacrificios para obtener el final de la guerra y por las almas más necesitadas de la divina misericordia.
También hoy hay tanta necesidad de oración y de penitencia para implorar la gracia de la conversión, para implorar el final de tantas guerras que están por todas partes en el mundo y que se extienden cada vez más, como también el final de los absurdos conflictos: grandes y familiares, pequeños que desfiguran el rostro de la humanidad.
Dejémonos guiar por la luz que viene de Fátima. Que el Corazón Inmaculado de María sea siempre nuestro refugio, nuestra consolación y el camino que nos conduce a Cristo.
(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual, Radio Vaticano)