viernes, 2 de marzo de 2012

Oración Cuaresmal con el Salmo 31 (32 )

3 Mientras que callaba, 
mis huesos se consumían 
entre continuos lamentos, 
4 porque día y noche tu mano 
pesaba sobre mí; 
mi savia se secaba 
por los ardores del verano. 
5 Pero yo reconocí mi pecado, 
no te escondí mi culpa. Me dije: 
«Confesaré mis pecados al Señor». 
¡Y tú perdonaste mi culpa 
y mi pecado!
 

Habla un creyente  que estuvo apesadumbrado por sus pecados hasta que  decidió confesarlos al Señor. Entonces experimentó la alegría del perdón. El  Señor no hizo pesar sobre él su mano, sino que se reveló como su  refugio, como el que le libra de los peligros y le llena de alegría con  su salvación. Por eso, el salmista no puede evitar  expresar su  deseo: ¡que todos los fieles supliquen al Señor!

Tú también has pecado. ¿Has vivido también tú la experiencia de angustia, el deseo de esconderlo todo y la certeza de que esto no es posible? ¿Alguna vez has experimentado a Dios como un castigador que te persigue?
Tienes también la experiencia de haber tomado la decisión de confesar tus pecados. Y sabes cuales han sido sus consecuencias.
La liberación. La alegría del perdón. La experiencia de ser amado más allá de lo que te has merecido. Dios como refugio tuyo y como fuente de alegría. Recuerda, revive esos momentos, sobre todo los
más importantes de tu vida. Y hoy, a estas alturas  de tu vida, al comienzo de esta cuaresma, atrévete, toma una decisión: 
Acércate de nuevo a ser renovado por el amor de Dios por medio de la confesión.

8 Yo te instruiré, te enseñaré 
el camino que debes seguir; 
con los ojos puestos en ti, 
seré tu consejero. 



 Dios mismo toma la palabra. Dios revela que su mirada no es fiscalizadora, como a veces tememos, sino misericordiosa. Él no busca el castigo del culpable, sino ayudarle. Tras dar su perdón a quién confesó sus pecados, Dios se ofrece  a ser su instructor, su guía, para ayudarle a recorrer el camino verdadero. El Dios que antes parecía una amenaza, se revela ahora como un aliado.
Está dirigido a ti. Es Dios  quien habla. Y te habla a ti. Escucha su promesa. Puedes confiar en Él. Su palabra no falla. Él es fiel. ¿Qué quieres decirle en respuesta?