jueves, 16 de abril de 2015

Obedecer dialogando

El Papa Francisco recordó a Benedicto XVI en el día de su octogésimo octavo cumpleaños. Y por el Papa emérito ofreció la misa que celebró el jueves 16 de abril, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, invitando a los presentes a unirse a él en la oración «para que el Señor lo sostenga y le
done mucha alegría y felicidad».
En la homilía, el Pontífice hizo referencia al tema de la obediencia, un tema puesto de relieve por la liturgia del día. Y citó inmediatamente las últimas palabras del pasaje del evangelio de Juan (3, 31-36): «El que no crea al Hijo no verá la vida». Refiriéndose a la primera lectura (Hechos de los apóstoles 5, 27-33), el Pontífice recordó también el momento en que «los apóstoles dijeron a los sumos sacerdotes: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».
«La obediencia —explicó el Papa Francisco— muchas veces nos conduce por una senda que no es la que yo pienso que debe ser: existe otra, la obediencia de Jesús que dice al Padre en el huerto de los Olivos “que se cumpla tu voluntad”». Obrando así, Jesús «obedece y nos salva a todos». Por lo tanto, debemos estar dispuestos a «obedecer, tener la valentía de cambiar de camino cuando el Señor nos lo pide». Y «por ello quien obedece tiene la vida eterna; y quien no obedece, la ira de Dios permanece en él».
Precisamente «en este marco», afirmó el Pontífice, «podemos reflexionar sobre la primera lectura», más precisamente sobre el «diálogo entre los apóstoles y los sumos sacerdotes». Una «historia que había iniciada poco antes, en el mismo capítulo quinto de los Hechos de los apóstoles». Así pues, retomando el tema, «los apóstoles predicaban al pueblo y con frecuencia se reunían en el pórtico de Salomón. Todo el pueblo iba allí a escucharlos: hacían milagros y el número de los creyentes crecía». Pero «un pequeño grupo no se atrevía a unirse a ellos por temor, estaban lejos». Sin embargo, afirmó el Papa, «también de los sitios vecinos, de los poblados vecinos, llevaban a los enfermos a las plazas, en camillas, para que al pasar Pedro al menos su sombra los cubriese un poco y los curase. Y se curaban».
Y así, continua la narración de los Hechos, «los sacerdotes y el grupo dirigente del pueblo se enfureció»: de hecho tenían «muchos celos porque el pueblo seguía a los apóstoles, los exaltaba, los loaba». Y así dieron orden «de meterlos en la cárcel». Pero, continuó Francisco, «por la noche el ángel de Dios los libera, y no es la primera vez que hará esto». Por eso cuando «por la mañana los sacerdotes se reúnen para juzgarlos la cárcel estaba cerrada, toda cerrada y ellos no estaban». Después tienen conocimiento de que los apóstoles habían regresado allí, al pórtico de Salomón, a predicar al pueblo. Y los convocaron de nuevo a su presencia.
El Pontífice dijo que el pasaje de los Hechos que propone hoy la liturgia cuenta lo que sucede en aquel momento: los comandantes y los sirvientes «condujeron a los apóstoles y los presentaron en el Sanedrín». Y, se lee también en la Escritura, «el sumo sacerdote los interrogó diciendo: “¿No os habíamos prohibido expresamente enseñar en ese nombre? Y habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
A estas acusaciones Pedro responde: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Y así «repite la historia de salvación hasta Jesús». Pero «al oír este kerigma de Pedro, esta predicación de Pedro sobre la redención realizada por Dios a través de Jesús al pueblo», los miembros del Sanedrín «se enfurecieron y querían matarlos». En realidad, «fueron incapaces de reconocer la salvación de Dios» aun siendo «doctores» que «habían estudiado la historia del pueblo, habían estudiado las profecías, habían estudiado la ley, conocían casi toda la teología de pueblo de Israel, la revelación de Dios, sabían todo: eran doctores».
La pregunta es «¿por qué esta dureza de corazón?». Sí, afirmó el Papa, su dureza «no es dureza de mente, no es una simple testarudez». La dureza está en su corazón. Y entonces «se puede preguntar: ¿cómo es el recorrido de esta testarudez total de mente y corazón? Cómo se llega a esto, a esta cerrazón, que incluso los apóstoles tenían antes de que llegara el Espíritu Santo». Tanto que Jesús dice a los dos discípulos de Emaús: «Necios y torpes para entender las cosas de Dios».
En el fondo, explicó el Papa Francisco, «la historia de esta testarudez, el itinerario, es cerrarse en sí mismos, no dialogar, es la falta de diálogo». Eran personas que «no sabían dialogar, no sabían dialogar con Dios porque no sabían orar y escuchar la voz del Señor; y no sabían dialogar con los demás».
Esta cerrazón al diálogo les llevaba a interpretar «la ley para hacerla más precisa, pero estaban cerrados a los signos de Dios en la historia, estaban cerrados al pueblo: estaban cerrados, cerrados». Y «la falta de diálogo, esta cerrazón de corazón, los llevó a no obedecer a Dios».
Por lo demás «este es el drama de estos doctores de Israel, de estos teólogos del pueblo de Dios: no sabían escuchar, no sabían dialogar». Porque, afirmó el Papa, «el diálogo se hace con Dios y con los hermanos». Y «esta furia y el deseo de hacer callar a todos los que predican, en este caso la novedad de Dios, es decir, que Jesús ha resucitado» es claramente «el signo de que no se sabe dialogar, que una persona no está abierta a la voz del Señor, a los signos que el Señor realiza en el pueblo». Por lo tanto, «no tienen razón, sino que llegan» a estar furiosos y a querer matar a los Apóstoles. «Es un itinerario doloroso», insistió el Papa Francisco, también porque «estos son los mismos que pagaron a los guardias del sepulcro para hacer decir que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús: hacen de todo para no abrirse a la voz de Dios».
Antes de seguir con la celebración de la Eucaristía –«que es la vida de Dios, que nos habla desde lo alto, como Jesús dice a Nicodemo»–, el Papa Francisco pidió «por los maestros, por los doctores, por los que enseñan al pueblo de Dios, para que no se cierren, para que dialoguen, y así se salven de la ira de Dios que, si no cambian de actitud, pesará sobre ellos».


GUSTAD Y VED QUÉ BUENO ES EL SEÑOR


Del Salmo 33

Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a Él.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha
Los ojos del Señor miran al justo
y sus oídos escuchan su clamor;
Pero el Señor rechaza a los que hacen el mal
para borrar su recuerdo de la tierra.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El Señor está cerca del que sufre
y salva a los que están abatidos.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El justo padece muchos males,
pero el Señor lo libra de ellos.
El Señor rescata a sus servidores,
y los que se refugian en Él no serán castigados.
Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha

El que cree en el Hijo tiene Vida eterna.



Evangelio según San Juan 3,31-36.

El que viene de lo alto está por encima de todos. 


El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. 

El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio.

El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.

El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida.

El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos.

El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. 

El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Juan Pablo II, Discurso durante la visita al Santuario de la Divina Misericordia.


Nada necesita el hombre como la divina Misericordia: ese amor que quiere bien, que compadece, que eleva al hombre, por encima de su debilidad, hacia las infinitas alturas de la santidad de Dios. [...] El mensaje de la divina Misericordia ... [es] un mensaje claro e inteligible para todos. Cada uno puede venir acá, contemplar este cuadro de Jesús misericordioso, su Corazón que irradia gracias, y escuchar en lo más íntimo de su alma lo que oyó la beata. «No tengas miedo de nada. Yo estoy siempre contigo» (Diario, cap. II).

Y, si responde con sinceridad de corazón: «¡Jesús, confío en ti!», encontrará consuelo en todas sus angustias y en todos sus temores. En este diálogo de abandono se establece entre el hombre y Cristo un vínculo particular, que genera amor. Y «en el amor no hay temor —escribe san Juan—; sino que el amor perfecto expulsa el temor» (1Jn 4, 18). [...]

Siempre he apreciado y sentido cercano el mensaje de la divina Misericordia. Es como si la historia lo hubiera inscrito en la trágica experiencia de la segunda guerra mundial. En esos años difíciles fue un apoyo particular y una fuente inagotable de esperanza, no sólo para los habitantes de Cracovia, sino también para la nación entera. Ésta ha sido también mi experiencia personal, que he llevado conmigo a la Sede de Pedro y que, en cierto sentido, forma la imagen de este pontificado.

Doy gracias a la divina Providencia porque me ha concedido contribuir personalmente al cumplimiento de la voluntad de Cristo, mediante la institución de la fiesta de la divina Misericordia. Aquí, ante las reliquias de la beata Faustina Kowalska, doy gracias también por el don de su beatificación. Pido incesantemente a Dios que tenga «misericordia de nosotros y del mundo entero».


«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia » (Mt 5, 7).