sábado, 9 de agosto de 2014

De los escritos espirituales de Santa Teresa Benedicta de la Cruz


“Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra” Así lo decimos en la Iglesia en el tiempo de Pasión, tiempo dedicado a la contemplación de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo.

El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida.

Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz.
Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre. Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios.

Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza.

Quienquiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena.

Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz , con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento.

El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo.

Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad.

El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno. Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra.

Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir.


El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!

«LA PUERTA DE LA VIDA SE ABRE A LOS QUE CREEN EN EL CRUCIFICADO»

Del libro "La Ciencia de la Cruz" de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein):

Cristo se sometió al yugo de la ley, guardando plenamente la ley y muriendo por la ley y por medio de la ley. Liberó, por ello, a los que desean recibir la vida. Pero no la pueden recibir, salvo que ellos mismos ofrezcan la suya propia. 

Porque los que han sido bautizados en Cristo Jesús, en su muerte han sido bautizados. Son sumergidos en su vida para devenir miembros de su cuerpo y padecer y morir con él, como miembros suyos. Esta vida vendrá abundantemente en el día glorioso, pero ya ahora, mientras vivimos en la carne, participamos de ella, si creemos que Cristo ha muerto por nosotros para darnos la vida. 

Con esta fe nos unimos con él como los miembros se unen con su cabeza; esta fe nos abre a la fuente de su vida. Por eso, la fe en el Crucificado, es decir, esa fe viva que lleva aparejada un amor entregado, viene a ser para nosotros puerta de la vida y comienzo de la gloria; de ahí que la Cruz constituya nuestra gloria: Fuera de mí gloriarme en otra cosa que no sea la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Quien elige a Cristo ha muerto para el mundo y el mundo para él. [...]

Pero la Cruz no es el fin; la Cruz es la exaltación y mostrará el cielo. La Cruz no sólo es signo, sino también invicta armadura de Cristo: báculo de pastor con el que el divino David se enfrenta contra el malvado Goliat; báculo con el que Cristo golpea enérgicamente la puerta del cielo y la abre. Cuando se cumplan todas estas cosas, la luz divina se difundirá y colmará a cuantos siguen al Crucificado.
Fuente: News.va

Adiós Mosul. Gracias por no habernos protegido

Amarga carta de adiós del escritor iraquí cristiano Majed Aziza a su ciudad, Mosul, después de la decisión del ISIS de expulsar a todos los cristianos.
Expulsados, dejamos nuestra ciudad, Mosul, humillados por los detentores del nuevo islam. La dejamos por primera vez en la historia. Y, partiendo, damos las gracias a nuestros vecinos, vecinos que pensábamos que nos habrían protegido como lo hicieron un tiempo, y que se habrían rebelado contra la furia de estos criminales del siglo XXI, diciéndoles que somos los auténticos hijos de esta ciudad y que somos sus fundadores.

Nos armábamos de valor diciéndonos que podíamos contar con ellos, hermanos valerosos que mostrarán de qué pasta están hechos.

Pero nos han abandonado, dejándonos arrastrar fuera de la ciudad, hacia lo desconocido. Han cerrado los ojos, mientras dejábamos detrás nuestra historia, las tumbas de nuestros antepasados, nuestras casas, nuestro patrimonio y todo lo que es querido a nuestro corazón. Nos han abandonado, mientras decíamos adiós a nuestros barrios, a la mezquita de Jonás (que contenía también la tumba de este profeta y que, por este motivo, ha sido destruida por los yihadistas del estado islámico de Iraq y del Levante (ISIS). Adiós también al arzobispado, a la iglesia de Maskinta y a la de Ain Kibrit… ¡Adiós a todos vosotros! No estaremos más en vuestras fiestas y ceremonias, en vuestros matrimonios y funerales. El final de los milenios que hemos pasado juntos.

Adiós a nuestros parientes sepultados en Mosul. Les dejamos, expulsados de nuestra ciudad. Que nos perdonen si no podemos ir a sus tumbas con ocasión de las fiestas religiosas. Adiós a los restos mortales de mi abuelo Elías, de mi tío paterno– padre Mikhail –, a mis tíos maternos Ibrahim y Mikhail Haddad que me transmitieron la pasión del periodismo, adiós a mi tío paterno Estefan Aziza, el primer mártir de la familia, adiós al convento de San Jorge, adiós a los puentes de mi ciudad, a sus murallas y a sus terrenos de juego, a su universidad y a su centro cultural.

Perdonadnos, viejos amigos, hermanos y nobles hijos de nuestra ciudad. Perdonad nuestras faltas. Si acaso hemos faltado a nuestros deberes hacia vosotros, esto no quita que hemos vivido juntos centenares, miles de años, construyendo Mosul con el sudor de nuestra frente.

Y hoy, nos miráis desde lejos, mientras somos expulsados, humillados a los ojos de todos. Los asesinos de Daech (acrónimo árabe de ISIS) nos han echado de nuestras casas y de nuestras ciudades. Adios a todos vosotros. Y gracias. Dejamos por la fuerza una tierra que hemos alimentado con nuestra sangre.

Fuente: Aleteia