domingo, 20 de marzo de 2016

«Nunca os dejéis robar a Dios, ni dejéis que de este mundo se robe a Dios» D. Carlos Osoro


La catedral de Santa María la Real de la Almudena ha acogido hoy el inicio de las celebraciones de Semana Santa, con la Eucaristía de Domingo de Ramos. Pasadas las 11:30 horas, el arzobispo de Madrid ha bendecido las palmas de numerosos fieles congregados en la entrada de la calle Bailén, junto a la Puerta de la Misericordia. «Otra forma de estar en el mundo y en esta historia se nos ofrece a través de Jesucristo», ha dicho monseñor Osoro, antes de iniciar la procesión hacia la entrada principal pidiendo que, «como la muchedumbre que acompañaba a Jesús, acompañemos también con júbilo al Señor».
En su homilía, el prelado ha incidido en que «humillarse es ante todo el estilo de Dios en quien creemos y que nos reúne a todos nosotros esta mañana». «Nunca, nunca, os dejéis robar a Dios, ni dejéis que de este mundo se robe a Dios. Habéis visto, el pueblo [...], descubrieron algo distinto en Jesús y lo siguieron», ha señalado. El Señor –ha añadido– debe tener un lugar en los corazones de cada uno pero también debe permitirse su «presencia pública», porque «engendra paz, engendra fraternidad, engendra utopías realizables».
En esta línea, monseñor Osoro ha recordado que el encuentro con Dios, «con este faro luminoso de vida», genera alegría. Como se ha visto en el relato de la Pasión y en el Evangelio leído antes de la bendición de las palmas, hay «un pueblo alegre» que «descubre que la alegría está en Jesús». «No os dejéis robar la alegría», ha aseverado.

Por último, ha animado a descubrir «por qué entra Jesús en Jerusalén o mejor, cómo entra: la multitud lo aclama como Rey», «¿pero qué tipo de Rey es?» «No está rodeado de símbolos de fuerza», sino que va montado en un asno, sin corte alrededor; «no entra para recibir honores reservados a los poderes de este mundo», sino para «ser humillado», trae «un rostro que ama incondicionalmente a los hombres y que nos invita a tener ese rostro».
Archimadrid

Domingo de Ramos en la iglesia de San Antón de Mensajeros de la Paz.Monseñor Aguirre recordó a "los millones de crucificados en los calvarios del mundo"

El Padre Ángel exigió a los políticos "humanidad y justicia ante la vergüenza de los refugiados"
 Ramos y palmas por todos "los crucificados del mundo". Ésa fue la idea principal que aglutinó la celebración del domingo de Ramos en la madrileña iglesia de San Antón de Mensajeros de la paz. El presidente de la eucaristía, monseñor Juan José Aguirre, obispo de Bangassou, recordó " a los millones de crucificados en los calvarios del mundo", mientras el padre Ángel exigía "humanidad y justicia ante la vergüenza de los refugiados".
La celebración comenzó con una procesión por las calles del barrio de Chueca de la borriquilla de San Antón, entre palmas y ramos y música interpretada por la banda de música de Morata de Tajuña. Tras la procesión, la eucaristía, en un templo a rebosar. Una celebración sentida y profunda. Con llamadas a la conciencia de la gente y del mundo tanto del padre Ángel como del obispo de Bangassou (Centroáfrica).
El fundador de Mensajeros de la Paz leyó una parábola actualizada del buen samaritano y, además de exigir "justicia ante la vergüenza de los refugiados", aseguraba que "su drama nos encoge el corazón y avergüenza a Europa". Y terminó pidiendo a los políticos que "no pasen de largo ante los tirados en las cunetas del exilio y que, como acaba de pedir el Papa, abran sus corazones y las puertas de sus países a los refugiados que llaman a ellas".
En la misma línea se pronunció, en su homilía, el obispo español, misionero en Centroáfrica. "Vengo del corazón mismo de África, donde trabajo desde hace 28 años, en la diócesis de Bangassou, que es como la mitad de Andalucía".
Y, para ilustrar sobre su diócesis a los presentes, monseñor Aguirre explicaba que "allí vivimos todo el año las llagas y la pasión de Cristo. Centroáfrica está crucificada durante todo el año, con continuas experiencias de cruz y de resurrección, como las que acabamos de escuchar en la lectura del Evangelio de la pasión".
El prelado señaló que "entre las personas que insultaban, maltrataban, pegaban y crucificaban a Jesús no había ninguna mujer". Quizás porque "la Iglesia, allá en mi diócesis africana y también aquí, está cimentada en las mujeres". Por eso las mujeres son las primeras que acuden a la llamada del misionero, para "escuchar la palabra de Dios bajo el árbol de la comunidad, que une el cielo y la tierra".
Monseñor Aguirre también subrayó la idea de que, en toda la pasión, de la boca de Jesús sólo salen palabras de perdón. Y algo parecido sucede en Centroáfrica, donde "hemos vivido y seguimos viviendo momentos de guerra civil, de muerte y de sufrimiento". Pero con experiencias de perdón, como la de la mujer que no quiso conocer al hombre que mandó matar a su marido, "para no tener que odiarlo toda la vida".
También recordó el obispo comboniano la visita del Papa a Centroáfrica. "Una visita mágica, que eliminó barreras e hizo caer líneas rojas, porque, como yo mismo le aconsejé, nos habló mucho de perdón. De un perdón sin condiciones y gratuito".
Huyendo de aquel infierno, algunos centroafricanos "huyeron del país, cruzando el desierto, para llegar a Europa". Pero sólo unos pocos, porque "la mayoría no tiene el dinero suficiente para hacerlo". Y de ahí que la inmensa mayoría de los refugiados africanos se queden en el interior africano, en los países limítrofes de Sudán o del Congo. "Hay miles en Centroáfrica y los acogemos a todos y les damos tierras para trabajar, a pesar de que somos el segundo país más pobre del mundo".
Desde África y, hoy, desde Siria y desde otro países, sigue llegando un rio de refugiados, a los que Europa les da con la puerta en las narices y quiere impedirles el paso. Ante este drama, monseñor Aguirre pedía dos cosas. Primero, "¡que alguien haga algo para detener al Isis y a los miserables que crearon ese monstruo que siembra muerte y destrucción!". Y, en segundo lugar, solicitaba acogida total, con fronteras abiertas, sin concertinas ni alambradas, para todos los refugiados.
Para los que vienen del Oriente Medio y para los que llegan procedentes de África y se topan con las vallas de Ceuta y Melilla y tienen que permanecer hacinados y en pésimas condiciones en los alrededores de Tánger, como denuncia su arzobispo, monseñor Agrelo. "Hay sitio para todos. Tenemos que acogerlos sin aspavientos y sin condiciones, porque son nuestros hermanos", concluyó monseñor Aguirre.
Y la gente asentía desde los bancos de la iglesia de San Antón, convertida para la ocasión en el templo de los ramos y palmas levantados para reclamar justicia con los refugiados y con los emigrantes, que buscan asilo en la rica Europa sin entrañas de misericordia.

(José M. Vidal)

“Aprendamos a renunciar por amor y sigamos el camino del servicio”, el Papa el Domingo de Ramos

«¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Cf. Lc 19,38), gritaba la muchedumbre de Jerusalén acogiendo a Jesús. Hemos hecho nuestro aquel entusiasmo, agitando las palmas y los ramos de olivo hemos expresado la alabanza y el gozo, el deseo de recibir a Jesús que viene a nosotros. Del mismo modo que entró en Jerusalén, desea también entrar en nuestras ciudades y en nuestras vidas. Así como lo ha hecho en el Evangelio, cabalgando sobre un simple pollino, viene a nosotros humildemente, pero viene «en el nombre del Señor»: con el poder de su amor divino perdona nuestros pecados y nos reconcilia con el Padre y con nosotros mismos. 
Jesús está contento de la manifestación popular de afecto de la gente, y ante la protesta de los fariseos para que haga callar a quien lo aclama, responde: «si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Nada pudo detener el entusiasmo por la entrada de Jesús; que nada nos impida encontrar en él la fuente de nuestra alegría, de la alegría auténtica, que permanece y da paz; porque sólo Jesús nos salva de los lazos del pecado, de la muerte, del miedo y de la tristeza.
Sin embargo, la Liturgia de hoy nos enseña que el Señor no nos ha salvado con una entrada triunfal o mediante milagros poderosos. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, sintetiza con dos verbos el recorrido de la redención: «se despojó» y «se humilló» a sí mismo (Fil 2,7.8). Estos dos verbos nos dicen hasta qué extremo ha llegado el amor de Dios por nosotros. Jesús se despojó de sí mismo: renunció a la gloria de Hijo de Dios y se convirtió en Hijo del hombre, para ser en todo solidario con nosotros pecadores, él que no conoce el pecado. Pero no solamente esto: ha vivido entre nosotros en una «condición de esclavo» (v. 7): no de rey, ni de príncipe, sino de esclavo. Se humilló y el abismo de su humillación, que la Semana Santa nos muestra, parece no tener fondo.
El primer gesto de este amor «hasta el extremo» (Jn 13,1) es el lavatorio de los pies. «El Maestro y el Señor» (Jn 13,14) se abaja hasta los pies de los discípulos, como solamente hacían lo siervos. Nos ha enseñado con el ejemplo que nosotros tenemos necesidad de ser alcanzados por su amor, que se vuelca sobre nosotros; no puede ser de otra manera, no podemos amar sin dejarnos amar antes por él, sin experimentar su sorprendente ternura y sin aceptar que el amor verdadero consiste en el servicio concreto.

Pero esto es solamente el inicio. La humillación que sufre Jesús llega al extremo en la Pasión: es vendido por treinta monedas y traicionado por un beso de un discípulo que él había elegido y llamado amigo. Casi todos los otros huyen y lo abandonan; Pedro lo niega tres veces en el patio del templo. Humillado en el espíritu con burlas, insultos y salivazos; sufre en el cuerpo violencias atroces, los golpes, los latigazos y la corona de espinas desfiguran su aspecto haciéndolo irreconocible. Sufre también la infamia y la condena inicua de las autoridades, religiosas y políticas: es hecho pecado y reconocido injusto. Pilato lo envía posteriormente a Herodes, y este lo devuelve al gobernador romano; mientras le es negada toda justicia, Jesús experimenta en su propia piel también la indiferencia, pues nadie quiere asumirse la responsabilidad de su destino. Y pienso en tanta gente, en tantos migrantes, en tantos prófugos, en tantos refugiados, a aquellos de los cuales muchos no quieren asumirse la responsabilidad de su destino. El gentío que apenas unos días antes lo aclamaba, transforma las alabanzas en un grito de acusación, prefiriendo incluso que en lugar de él sea liberado un homicida. Llega de este modo a la muerte en cruz, dolorosa e infamante, reservada a los traidores, a los esclavos y a los peores criminales. La soledad, la difamación y el dolor no son todavía el culmen de su anonadamiento. Para ser en todo solidario con nosotros, experimenta también en la cruz el misterioso abandono del Padre. Sin embargo, en el abandono, ora y confía: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).
Suspendido en el patíbulo, además del escarnio, afronta también la última tentación: la provocación a bajar de la cruz, a vencer el mal con la fuerza, y a mostrar el rostro de un Dios potente e invencible. Jesús en cambio, precisamente aquí, en el culmen del anonadamiento, revela el rostro auténtico de Dios, que es misericordia. Perdona a sus verdugos, abre las puertas del paraíso al ladrón arrepentido y toca el corazón del centurión. Si el misterio del mal es abismal, infinita es la realidad del Amor que lo ha atravesado, llegando hasta el sepulcro y los infiernos, asumiendo todo nuestro dolor para redimirlo, llevando luz donde hay tinieblas, vida donde hay muerte, amor donde hay odio.
Nos pude parecer muy lejano a nosotros el modo de actuar de Dios, que se ha humillado por nosotros, mientras a nosotros nos parece difícil olvidarnos un poco de nosotros mismos. Él renunció a sí mismo por nosotros; ¡Cuánto nos cuesta a nosotros renunciar a alguna cosa por él y por los otros! Pero si queremos seguir al Maestro, más que alegrarnos porque el viene a salvarnos, estamos llamados a elegir su camino: el camino del servicio, de la donación, del olvido de uno mismo. Podemos aprender este camino deteniéndonos en estos días a mirar el Crucifijo, es la “cátedra de Dios”. Los invito en esta semana a mirar frecuentemente esta “cátedra de Dios”, para aprender el amor humilde, que salva y da la vida, para renunciar al egoísmo, a la búsqueda del poder y de la fama. Estamos atraídos por las miles vanas ilusiones del aparentar, olvidándonos de que «el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene» (Gaudium et spes, 35); con su humillación, Jesús nos invita a purificar nuestra vida. Volvamos a él la mirada, pidamos la gracia de entender al menos algo de su anonadación por nosotros; y así, en silencio, contemplemos el misterio de esta semana. Reconozcámoslo como Señor de esta semana.

Domingo de Ramos. Pregón


PREGÓN DE SEMANA SANTA
Alza tu voz, tierra bendecida, aplaudan los árboles del bosque la llegada de su Creador, entonen los hijos de los hombres el Hosanna, y los prados alfombren la calzada para nuestro Dios, para Aquél que llega humilde y cabalgando sobre un borrico.

Olivares de Jerusalén, prestadnos vuestros ramos para rendir homenaje a quien se aproxima a dar su vida voluntariamente, a derramar su amor como aceite que cura, que unge, que perfuma, y consagra a todos los hijos de los hombres.
Jesús de Nazaret ha decidido venir a ti, ciudad santa, para cumplir un proyecto divino, manifestar la misericordia de Dios, y ofrecer a todos los hombres el testimonio de hacerse uno de tantos, para salvar a todos.
Huerto de Getsemaní, hoy eres testigo del paso de tu Señor. Muy pronto quedarás consagrado con el sudor y la sangre de quien sentirá el escalofrío de la mentira, la traición y el abandono; pero tú seguirás siendo fiel, e intentarás cubrir con tus sombras la intemperie más amarga del Nazareno.
Cómo quisiera tener la certeza de que no aplaudo hoy en falso, de que mi canto no es hueco cuando entono: “¡Bendito el que vine en el nombre del Señor!”
Falda del Monte de los Olivos, escabel del Monte sobre el que ascendió el Señor a lo más alto del cielo, rinde tu homenaje al Salvador y Mesías, no escondas alacranes ni víboras que envenenan y matan, como fueron el testimonio falso, la intriga y la violencia de los poderosos contra quien pasó haciendo el bien.
Pórtico de los días santos, de la Semana Mayor, del Misterio Pascual, Domingo de Ramos, no hay tiempo que perder, todo se precipita, es urgente disponerse a los acontecimientos y estar prevenido, para no perecer por inadvertencia.
Señor Jesús, estos días te retiraste a Betania, volviste al recinto amigo, al lugar franco, donde te dejaste amar, ungir, besar, gestos que me gustaría que fueran los míos, pero me duele reconocerme en tus discípulos que se quedaron paralizados por el miedo, se durmieron en la hora terrible, y huyeron espantados por la presencia de los que te prendieron en medio del Huerto de los Olivos.
Que tu Pasión no sea inútil, que no me justifique en mi debilidad para no dejarme mirar por ti; que aunque sea de lejos, te siga, y que en algún momento tus ojos me devuelvan la seguridad de que es mejor volver, comenzar de nuevo, que rendirse.
Señor, acepta mi deseo, un tanto avergonzado, porque tantas otras veces te he expresado sentimientos nobles, como Pedro, y como él, también he perecido negándote. Que los ramos del olivar te aplaudan, te consuelen, te rindan homenaje, y a mi concédeme siempre tu mirada, la que te pido que extiendas sobre todos los humanos.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
Ángel Moreno de Buenafuente

¿Qué hace Dios en una cruz?

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.


Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.
José Antonio Pagola

BENDITO EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR


De los Sermones de San Andrés de Creta, Obispo (PG 97, 990-994)

Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres.

Porque Él va libremente hacia Jerusalén. Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

Alegrémonos, pues, porque se nos ha presentado mansamente el que es manso y que asciende sobre el ocaso de nuestra ínfima vileza, para venir hasta nosotros y convivir con nosotros, de modo que pueda, por su parte, llevarnos hasta la familiaridad con Él.

Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia.

Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor.