miércoles, 18 de enero de 2017

Carta del cardenal arzobispo de Madrid: «Me haréis creíble si estáis unidos»


Busquemos la unidad de los cristianos; oremos por ella. La unidad la da Jesucristo. La unidad y la comunión son esencia de nuestra identidad, de nuestro ser cristianos
Del 18 al 25 de enero celebramos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Nunca podemos olvidar que el gran deseo de Cristo es que todos los discípulos seamos uno, que permanezcamos unidos. Y sin embargo no lo estamos. Y es un deseo del Señor que se nos torna necesario para realizar la misión que Él entregó a su Iglesia, pues sin unidad, sin comunión plena, no hay un anuncio con la sólida fuerza creíble del Evangelio para los hombres. Circunstancias diversas hicieron que los discípulos de Jesús rompiésemos la comunión y hoy, la situación histórica que vivimos los hombres, nos está mostrando la urgencia de la unidad. Hay que decir a todos los hombres que solamente en el Evangelio de Jesús está la salvación esperada y deseada, «porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual ellos deben ser salvados» (Hch 4, 12).
Busquemos la unidad de los cristianos; oremos por ella. La unidad la da Jesucristo. Por eso es normal que cuando queremos algo pongamos nuestra vida en sus manos. Siempre lo hacemos así, aunque estos días pedimos al Señor con especial intensidad que nos otorgue la unidad y la comunión. Esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos tiene un lema que arranca de lo más profundo de nosotros esa petición, y está sacado de una frase del apóstol san Pablo en una de sus cartas: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5, 14-20). Es verdad que la unidad y la comunión son esencia de nuestra identidad y, por tanto, de nuestro ser de cristianos. Esa esencia nos la entregó el Señor el día de nuestro Bautismo al darnos su misma Vida. Pero nos sucede como al apóstol, que hacemos lo que no queremos y queremos lo que no hacemos. El tesoro precisamente es eso que puso el Señor en nosotros, la unidad y la comunión, pero la vasija que cada uno somos se rompe, y hace que lo estropeemos y se vacíe.
¡Qué maravilloso es entrar en los escritos de san Pablo y ver cómo usa y qué sentido da a la palabra koinonía! Con ella expresa la participación de todo cristiano en Cristo, en los bienes cristianos entre los que se encuentran la unidad y la comunión y que también tienen su expresión en la comunidad de los fieles entre sí. Según el apóstol, los discípulos de Cristo estamos llamados a la comunión con el Hijo, y precisamente este el motivo por el que se llama al Padre fiel o justo: «Pues fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo, Señor nuestro» (1 Cor 1, 9). Así, todos los creyentes somos compañeros de Cristo, en una comunión que está en el presente y se desarrolla en el futuro, en una comunión que se realiza mediante la fe, en una comunión que se realiza en una misión de vida con Él. El momento de esta unión es el Bautismo, en él se con-muere con Cristo para con-resucitar con Él. Es una comunión que se crea y recrea también en la Cena del Señor, en el Misterio de la Eucaristía.
El proyecto pastoral del Papa Francisco, que nos propone llevar a la tierra y a todos los hombres la alegría del Evangelio, no se puede hacer sin la espiritualidad de comunión. La comunión que se tiene en la fe con el Padre y el Hijo solo puede expresarse en la comunión con los hermanos. Es necesario volver a meditar este pasaje del Evangelio de Juan y hacerlo vida en nosotros: «Permaneced en mí como yo en vosotros. Si un sarmiento no permanece en la vid, no puede dar fruto solo; así también vosotros, si no permanecéis en mí» (Jn 15, 4). Y de la misma manera, este otro: «Para que todos sean una sola cosa. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean una sola cosa en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Descubrir y experimentar que Cristo está en nosotros, que damos fruto y servimos tanto en cuanto permanecemos en Él, y que la credibilidad en este mundo pasa por ser uno en Él, se convierte para nosotros en petición constante al Señor, en tarea y en misión.
Os invito a descubrir tareas esenciales para vivir la unidad y la comunión. Os convoco a descubrir que el contenido, la gracia y la fuerza de la comunión pertenecen al poder de Dios en Jesucristo y no pueden ser sustituidos por ninguna otra cosa. De tal manera que en el anuncio gozoso de la salvación está también la fuerza para construir la unidad. Asumamos estas tareas:
1. Extendamos la mirada al panorama social que nos rodea: observemos los problemas, las necesidades, las posibilidades, los deberes que reclaman nuestro interés y servicio a todos los hombres. Hemos de buscar soluciones valientes y pacíficas, pongamos a prueba la sabiduría que nos regala Jesucristo para dar su esperanza y su amor. Podemos construir una sociedad más justa, sólida y pacífica. Pero ello nos está pidiendo unidad a los cristianos.
2. Tengamos la seguridad de que el cristianismo encierra un mensaje esencial para construir ya este mundo: en un mundo cada vez más inteligente y desarrollado, más metido en la esfera de lo visible y de lo experimental, orgulloso de sus inventos, satisfecho de sí, ¿qué falta? Si queremos ser coherentes con nuestra propia racionalidad, debemos retornar a Dios, dialogar humilde y noblemente con Dios, ver cómo el Evangelio puede dar al mundo una historia y una gloria nueva. Se percibe en los pensadores, en los científicos, en el corazón de los pueblos. Urge la unidad. Salgamos los cristianos al mundo como Cristo ha querido: unidos para dar ese mensaje de la alegría del Evangelio.
3. Regalemos el amor de Cristo a nuestro tiempo, a la humanidad: empeñemos la vida en dialogar con nuestro mundo, en ofrecer regeneración, solidez y paz. Nuestro mundo está pidiendo no solamente progreso humano y técnico, sino también justicia, fraternidad, paz, suspensión de hostilidades entre los hombres y pueblos, atmósfera de confianza. Ofrezcamos a la humanidad el remedio a los males y la respuesta a sus peticiones; ofrezcamos a Cristo y sus insondables riquezas.
4. Abramos nuestra vida a todos los que se enorgullecen del nombre de Cristo: ¡Con qué nombre más bonito les llamamos! Nada más ni nada menos que hermanos. Tengamos la pasión por restablecer la unidad rota en el pasado. Que encuentre en nosotros eco una voluntad ferviente y una plegaria emocionada desde la misión que nos regaló Jesús, «que también ellos sean una sola cosa en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
Con gran afecto, os bendice,
+Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid

JESÚS CURA EN SÁBADO




Lectura del santo evangelio según san Marcos (3,1-6):

En aquel tiempo, entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo.

Jesús le dijo al que tenía la parálisis: «Levántate y ponte ahí en medio.»

Y a ellos les preguntó: «¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?»
Se quedaron callados. Echando en torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación, le dijo al hombre: «Extiende el brazo.»

Lo extendió y quedó restablecido. En cuanto salieron de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con Él.

Palabra del Señor

Catequesis del Papa: “La oración hace crecer la esperanza”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la Sagrada Escritura, entre los profetas de Israel, resalta una figura un poco anómala, un profeta que trata de escaparse de la llamada del Señor rechazando en ponerse al servicio del plan divino de salvación. Se trata del profeta Jonás, de quien se narra la historia en un pequeño libro de sólo cuatro capítulos, una especie de parábola que contiene una gran enseñanza, aquella de la misericordia de Dios que perdona.
Jonás es un profeta “en salida” – pero también un profeta en fuga –, es un profeta en salida que Dios invita ir “a las periferias”, a Nínive, para convertir a los habitantes de aquella gran ciudad. Pero Nínive, para un israelita como Jonás, representa una realidad peligrosa, el enemigo que ponía en peligro a la misma Jerusalén, y por lo tanto de destruir, no cierto para salvar. Por eso, cuando Dios envía a Jonás a predicar en aquella ciudad, el profeta, que conoce la bondad del Señor y su deseo de perdonar, trata de escapar de su misión y huye.
Durante su fuga, el profeta entra en contacto con algunos paganos, los marineros del navío en el cual se había embarcado para alejarse de Dios y de su misión. Y huye lejos, porque Nínive estaba en la zona de Irak y él huye a España, huye en serio. Y es justamente el comportamiento de estos hombres, como después será el de los habitantes de Nínive, que nos permite hoy reflexionar un poco sobre la esperanza que, ante el peligro y la muerte, se expresa en oración.
De hecho, durante la travesía en el mar, se desata una fuerte tormenta, y Jonás baja a la bodega del barco y se queda dormido. Los marineros en cambio, viéndose perdidos, «invocaron cada uno a su dios», eran paganos (Jon 1,5). El capitán de la nave despertó a Jonás diciéndole: «¿Qué haces aquí dormido? Levántate e invoca a tu dios. Tal vez ese dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamos» (Jon 1,6).
La reacción de estos “paganos” es la justa reacción ante la muerte, ante el peligro; porque es entonces que el hombre tiene la completa experiencia de la propia fragilidad y de la necesidad de salvación. El instintivo horror de morir revela la necesidad de esperar en el Dios de la vida. «Tal vez Dios se acuerde de nosotros, para que no perezcamos»: son las palabras de la esperanza que se convierte en oración, aquella suplica llena de angustia que sale de los labios del hombre ante un inminente peligro de muerte.
Con demasiada facilidad despreciamos el dirigirnos a Dios en la necesidad como si fuera solo una oración interesada, y por ello imperfecta. Pero Dios conoce nuestra debilidad, sabe que nos recordamos de Él para pedir ayuda, y con la sonrisa indulgente de un padre, Dios responde afectuosamente.
Cuando Jonás, reconociendo sus propias responsabilidades, se hace arrojar al mar para salvar a sus compañeros de viaje, la tempestad se calma. La muerte inminente ha llevado a aquellos hombres paganos a la oración, ha hecho también que el profeta, no obstante todo, viviera su propia vocación al servicio de los demás aceptando sacrificarse por ellos, y ahora conduce a los sobrevivientes al reconocimiento del verdadero Señor y a la alabanza. Los marineros, que habían orado por miedo dirigiéndose a sus dioses, ahora, con sincero temor del Señor, reconocen al verdadero Dios y ofrecen sacrificios y elevan votos. La esperanza, que les había llevado a orar para no morir, se revela aún más potente y obra en una realidad que va más allá de cuanto ellos esperaban: no solo no perecen en la tempestad, sino se abren al reconocimiento del verdadero y único Señor del cielo y de la tierra.
Sucesivamente, también los habitantes de Nínive, ante la perspectiva de ser destruidos, oraran, impulsados por la esperanza en el perdón de Dios. Harán penitencia, invocaran al Señor y se convertirán a Él, empezando por el rey, que, como el capitán del barco, da voz a la esperanza diciendo: «Tal vez Dios se vuelva atrás y se arrepienta, […] de manera que no perezcamos» (Jon 3,9). También para ellos, como para la tripulación en la tormenta, haber enfrentado la muerte y haber salido vivos los ha llevado a la verdad. Así, bajo la misericordia divina, y todavía más a la luz del misterio pascual, la muerte puede convertirse, como ha sido para San Francisco de Asís, en “nuestra hermana muerte” y representar, para todo hombre y para cada uno de nosotros, la sorprendente ocasión para conocer la esperanza y encontrar al Señor. Que el Señor nos haga entender esto, la relación entre oración y esperanza. La oración te lleva adelante en la esperanza y cuando las cosas se vuelven oscuras, más oración. Y habrá más esperanza. Gracias.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)
(from Vatican Radio)