miércoles, 12 de abril de 2017

Francisco: "El que se pone al servicio de los demás es simiente de esperanza"

"El amor es el motor que hace avanzar nuestra esperanza". El Papa Francisco dirigió una vibrante alocución durante su Audiencia General de este Miércoles Santo, ante decenas de miles de fieles, en una mañana soleada en San Pedro. Utilizando el pasaje del grano de trigo que, al morir, da fruto, Bergoglio hizo un paralelismo con lo sucedido, hace más de dos mil años, en la vida, la muerte, y la Resurrección, de Jesucristo.
Y es que, por mucho que algunos se sigan empeñando en ello, "la cruz, el sufrimiento, el sacrificio, es un paso obligado, pero no es la meta. La meta es la gloria, como nos muestra la Pascua", recordó el Papa. "el pasado domingo hemos hecho memoria de la entrada de Jesús en Jerusalén. Muchas de las personas que acudieron con palmas a recibirlo lo hicieron con expectativas mundanas: buscaban milagros, prodigios, la expulsión de los invasores. Todo ello se derrumbó ante el misterio de la cruz. Nosotros por el contrario -dijo- creemos que del Crucificado hace renacer nuestra esperanza por la fuerza de su amor".
"En esta Pascua, estamos llamados a seguir el ejemplo de Nuestro Señor. El amor más grande es el de aquel que se entrega sin reservas y da todo lo que tiene. El que se pone al servicio de los demás es simiente de esperanza".
"La gente reconocía en Jesús mucha esperanza. Veían los milagros y grandes signos, y los signos de libertad", apuntó el Papa. "¿Quién habría imaginado que a los pocos días Jesús estaría humillado, condenado y puesto en la cruz?". Y, sin embargo, "la esperanza cristiana está delante de la cruz. Junto al crucifijo, nuestra esperanza renace".
Jesús puede ser apresado, juzgado, condenado y crucificado, y todo parece morir. "La esperanza terrena muere en la cruz", admitió Francisco, "pero renace la esperanza nueva, que dura para siempre. Una esperanza diversa, que surge de la cruz". Como el grano de trigo, que sólo "produce mucho fruto si muere".
Jesús ha aportado al mundo una esperanza nueva, y lo ha hecho como una simiente, como un grano de trigo (...), dejándose entregar a la muerte, como la semilla se deja caer en la tierra". Y, "en el punto más extremo de su sufrimiento, que es el punto más alto del amor, hace germinar la esperanza".
"Si alguno de vosotros me pregunta ¿cómo nace la esperanza?, contesto: de la cruz", explicó Francisco. Por eso, animó, "ve a la cruz, contempla a Jesús crucificado, pues de ahí vendrá la esperanza que no desaparece, que dura hasta la vida eterna".
Una esperanza "que germina por la fuerza del amor, que todo espera, todo soporta, que es vida de Dios, que ha renovado todo. En Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo sobre sí, nuestro pecado en perdón. Sentid bien cómo es la transformación que hace la Pascua: ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestros miedos en confianza. Porque Él, en la cruz, hace renacer nuestra esperanza".
Y es que, "con Jesús, nuestra oscuridad puede ser transformada en luz, nuestras luchas en victorias. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús, que ha hecho como el grano de trigo en la tierra. Ha muerto para dar vida, y de la vida dada por amor, viene la esperanza".
Se trata de la lógica del amor, que supera la lógica del poder. "Muchos piensan, el que da, pierde cosas. Tengo algo para mí, y luego queremos algo más grande, y así sucesivamente, y nunca estamos satisfechos. Es una mala sed, que cuanto más se tiene, más se quiere. Es tan voraz que nunca se sacia. Y Jesús lo dice claramente: 'El que ama su vida, la perderá'".
En cambio, "quien está disponible y sirve a los otros, vive al modo de Dios, se salva a sí mismo y salva a los otros, y ofrece esperanza para el mundo", animó el Papa. "Es bello ayudar a los otros, servir a los otros, el corazón se llena de alegría y de esperanza. Ése es el amor y la esperanza, servirse, darse".
Un amor que, "es cierto, pasa a través de la cruz, del sacrificio", admitió Francisco. "La cruz es el paso obligado, pero no es la meta. La meta es la gloria, como nos muestra la Pascua.", recalcó, recordando cómo "cuando una mujer da a luz a su hijo, no se acuerdo del sufrimiento, por la alegría de haber traído al mundo una nueva vida. Y eso es: dar la vida da alegría. El amor da a la luz la vida, da sentido al dolor. El amor es el motor que hace avanzar nuestra esperanza".
"El amor es el motor que hace avanzar nuestra esperanza, repitió el Papa, quien pidió a todos que lo hicieran, contemplando el crucifijo, "lleno de esperanza, y entenderemos que esperar con Jesús es plantar la semilla, la Pascua en la Cruz, la vida en la muerte".
"Miradlo, decidle: 'Contigo, nada esta perdido, tú eres mi esperanza'. Imaginemos el crucifijo, y digamos todo por tres veces: 'Tú eres mi esperanza. Todos'".

Cristianos Coptos. Alza tus alabanzas a Cristo

¿Una Semana Santa “light” o apasionada?


El domingo de Ramos señala el inicio de la Semana Santa. Un tiempo marcado en la Iglesia por celebraciones intensas y que nosotros acompañamos con multitudinarias procesiones. Un momento privilegiado para actualizar los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús de Nazareth.
Sin embargo, cada año, en este tiempo podemos tener la impresión existencial de que estamos ante una espiral temporal, que se resumiría en el eterno retorno de siempre lo mismo. Esta actitud puede paralizar una auténtica vivencia de la Semana Santa, desde la fe y la esperanza. Ni cada uno de nosotros somos los mismos del año pasado y, sin duda las circunstancias de nuestro entorno y de nuestro mundo tampoco son idénticas. Este año es distinto y diferente. Es una nueva oportunidad para vivir a fondo y, de manera apasionada, la Pasión del Señor. Esa Pasión que le llevó a la Cruz, pero que le abrió la puerta a la Resurrección.
¿Qué nos muestra la Pasión de Jesús? La absoluta vulnerabilidad de Jesús de Nazareth y la injusticia del hombre. La Pasión nos demuestra que la Encarnación iba en serio, que al Hijo de Dios se le podía insultar, patear, escupir, coronar de espinas y crucificar. Y la Pasión nos enseña también que el hombre puede decidir injustamente sobre la vida y la muerte. Que el justo puede ser condenado, sin ningún problema, en nombre de las interpretaciones de las leyes de turno, incluida, la ley de Dios. Así lo hicieron los judíos. O puede llevarle al patíbulo, por los miedos de los hombres a perder su "status". La muerte de Cristo en la cruz ha marcado la historia de la Humanidad.
¿Qué puede significar una semana apasionada? Que tomamos en mano, de manera total y absoluta, nuestra propia historia personal, y la de todos aquellos que nos rodean y la historia de nuestro mundo real y concreto. La Pasión de Jesús de Nazareth es la Pasión del hombre, de todo hombre que sufre un itinerario parecido al de Jesús de Nazareth.
Ahí están las víctimas de unas bombas químicas que destrozan vidas humanas inocentes, muchos niños incluidos; las hambrunas severas que matan miles de personas diariamente; los daños colaterales de las guerras hipócritas; los barrios calientes de nuestras ciudades; los mendigos que duermen en las aceras de nuestras calles; la mercantilización de la mujer; el negocio asesino de las drogas y, tantas y tantas situaciones de absoluta injusticia, que generan millones de víctimas.
Muchos pasamos de largo sin reconocer en ellas la Pasión del Hombre, la Pasión de Jesús de Nazareth. Por esa razón no vivimos de manera "apasionada" esas "pasiones", sino que las vivimos de modo rutinario. Preferimos una Semana Santa "light", sin estridencias sociales o políticas. El "on" de nuestras vidas está en otras cosas. Todo lo que nos molesta, lo ponemos en "off".
Sin embargo, la narrativa de la Semana Santa nos empuja a posicionarnos, de manera decidida y relevante, del lado de los que cada día se encuentran en los márgenes, en las periferias, en los bordes del camino. La Cruz de Cristo sólo puede tener sentido si nos lleva a identificar e identificarnos con los "cristos" de este mundo, que son fruto de las injusticias de los hombres, incluídos nosotros. La impresión es que nos sentimos espiritualmente "in" en esa historia archisabida de Jesús, pero existencialmente estamos "out" en las pasiones de nuestros hermanos sufrientes.
El camino de Jesús hasta el Gólgota grita "pasión coherente". La Pasión de Jesús no es un destino simplemente premeditado e inevitable, es una salida sobrevenida, como consecuencia de una opción clara y decidida por el hombre. Jesús se encuentra con la injusticia más cruel y sanguinaria, cuyo objetivo final era la humillación de aquél que había descubierto y aceptado su identidad de Hijo de Dios.
El relato de Jesús nos sitúa en el territorio del compromiso a favor de todas las causas pendientes del hombre, que sufre injustamente. La narrativa de los últimos días y horas de Jesús, protagonista de la liturgia de la Iglesia en Semana Santa, nos abre los ojos a muchos seres humanos que viven situaciones injustas, como la de Jesús, que esperan que demos un paso. Cada uno como pueda y como sepa, pero no continuemos con la indiferencia y el olvido.
Jesús es el primero de una larga lista de "testigos" que se lo han creído tan a fondo, que no les ha importado, ni siquiera entregar su propia vida. Una larga lista de hombres y mujeres entregados al "otro", simple y llanamente, porque es reflejo del "Otro", que no somos nosotros, sino la opción de Dios, la opción de Cristo.
La vivencia de la Semana Santa así, se vuelve más tensa, más apasionada, más viva; y más convincente por coherente.
(José Luis Ferrando)

La mujer y la alegría, protagonistas de las meditaciones del Papa en el Vía Crucis

Resonará una voz este Viernes Santo en el recorrido del Vía Crucis papal en el Coliseo, y aunque emane de la boca de Francisco será la voz de una mujer. La biblista francesa Anne-Marie Pelletier ha dedicado las meditaciones que le han sido confiadas no tanto a la condena del "reino del mal que conocemos demasiado bien", sino al encomio de "la victoria del amor", y a "la alegría del Evangelio" que se culmina en el Gólgota.
"La hora ha llegado. El caminar de Jesús por los caminos polvorientos de Galilea y Judea al encuentro de los que sufren en su cuerpo y en su corazón, empujado por la urgencia de anunciar el Reino, ese caminar suyo termina hoy, aquí. En la colina del Gólgota". Con estas palabras inician las Meditaciones para el Vía Crucis que serán leídas este próximo 14 de abril, Viernes Santo, en la tradicional ceremonia que preside el pontífice, y que este año han sido escritas por Pelletier, docente de Sagrada Escritura y Hermenéutica bíblica, de la Facultad de Notre Dame de París.
Por primera vez en el pontificado de Francisco, será una mujer quien escriba las Meditaciones del Vía Crucis. La elección de la biblista francesa, confirma la atención del Papa Francisco hacia el mundo femenino, que como muchas veces él mismo lo ha subrayado: "dar espacio a las mujeres, hace bien a la Iglesia". La profesora Pelletier es una persona que ha destacado en el catolicismo francés contemporáneo y que en el 2014 recibió el premio Ratzinger.
Pelletier es la cuarta mujer que prepara las Meditaciones del Vía Crucis de los Papas en el Coliseo. La última que había escrito las Meditaciones fue Sor María Rita Piccione, Presidente de la Fundación de Monjas Agustinas, en el 2011 con el Papa Benedicto XVI. Mientras que en el Pontificado de San Juan Pablo II, las meditaciones del año 1993 fueron escritas por Sor Anna María Canopi, Abadesa de la abasia benedictina "Mater Ecclesiae", y en 1995 por la Hermana Minke de Vries, Monja de la Comunidad protestante de Grandchamp (Suiza).
Las Meditaciones buscan introducir y crear un clima de silencio, en el cual "la verdad del escándalo de la Cruz" pueda difundirse para cada uno de nosotros.
Escribe la biblista: "Hoy la cruz cierra el camino. Jesús no irá más allá. Imposible andar más allá. Porque el amor de Dios alcanza aquí -en el Gólgota- su medida más alta, sin medida. Hoy, el amor del Padre, que quiere que todos los hombres se salven a través del Hijo llega hasta el extremo, allí donde nosotros no tenemos ya palabras, donde estamos desorientados, donde la grandeza del plan de Dios supera nuestra religiosidad".
"En el Gólgota, aunque parezca lo contrario, se trata de vida. Y de gracia. Y de paz. Se trata, no del reino del mal que conocemos demasiado bien, sino de la victoria del amor", puntualiza la profesora Pelletier. Y precisamente bajo esa cruz, se trata de nuestro mundo, con todas sus caídas y dolores, sus demandas y sus rebeliones, todo lo que hoy clama a Dios desde las tierras de miseria o de guerra, en las familias desgarradas, en las cárceles, en las embarcaciones sobrecargadas de emigrantes. Recorriendo la esperanza de Israel es que se descubre el significado y la fuerza de lo que sucede en la Pasión de Cristo. En las Meditaciones se aprecia la intención de la autora de presentar la vida del mundo contemporáneo, con todas sus tragedias y expectativas.
"Debemos tener el valor de decir que la alegría del Evangelio es la verdad de ese momento", afirma la biblista. "Si no llegamos a entender esa verdad entonces quedaremos atrapados en las redes del sufrimiento y de la muerte. Y la Pasión de Cristo no dará fruto en nosotros".
(C. Doody/RV)

12 de abril: san Julio I, Papa



Se conocen pocos datos de su vida anterior a la elección para Sumo Pontífice el 6 de febrero del 337, muerto el papa Marcos y después de ocho meses de sede vacante. El Liber Pontificalis nos dice que era romano y que su padre se llamaba Rústico.
La primera de las actuaciones que deberá realizar –que le seguirá luego por toda su vida– está directamente relacionada con la lucha contra el arrianismo. Había sido condenada la herejía en el Concilio universal de Nicea, en el 325; pero una definición dogmática no liquida de modo automático un problema, cuando las personas implicadas están vivas, se aferran a sus esquemas y están preñadas de otros intereses menos confesables.
A la muerte del emperador Constantino, por decreto, pueden regresar a sus respectivas diócesis los obispos que estaban en el destierro. Es el caso de Atanasio, que vuelve a su legítima sede de Alejandría con el gozo de los eclesiásticos y del pueblo. Pero los arrianos habían elegido para obispo de esa sede a Pisto y comienzan las intrigas y el conflicto. El Papa Julio recibe la información de las dos partes y decide el fin del pleito a favor de Atanasio.
Eusebio de Nicomedia, Patriarca pro-arriano con sede en Constantinopla, envía una embajada a Roma solicitando del papa la convocatoria de un sínodo. Por su parte, Atanasio –recuperadas ya sus facultades de gobierno– ha reunido un importante sínodo y manda al Papa las actas que condenan decididamente el arrianismo y una más explícita profesión de fe católica.
Julio I, informado por ambas partes, convoca el sínodo pedido por los arrianos. Pero estos no envían representantes y siguen cometiendo tropelías.
Muere Eusebio y le sucede Acacio en la línea del arrianismo. Otro sínodo arriano vuelve a deponer a Atanasio y nombra a Gregorio de Capadocia para Alejandría.
El Papa recoge en Roma a los nuevamente perseguidos y depuestos obispos con Atanasio a la cabeza. Como los representantes arrianos siguen sin comparecer, Julio I envía pacientemente a los presbíteros Elpidio y Filoxeno con un resultado nulo en la gestión porque los arrianos siguen rechazando la cita que pidieron.
En el año 341 se lleva a cabo la convocatoria del sínodo al que no quieren asistir los arrianos por más que fueron ellos los que lo solicitaron; ahora son considerados por el papa como rebeldes. En esta reunión de obispos se declara solemnemente la inocencia de Atanasio; el papa manda una encíclica a los obispos de Oriente comunicando el resultado y añade paternalmente algunas amonestaciones, al tiempo que mantiene con claridad la primacía y autoridad de la Sede Romana.
Los arrianos se muestran rebeldes y revueltos; en el mismo año 341 reúnen otro sínodo en Antioquía que reitera la condenación de Atanasio y en el que se manifiestan antinicenos.
Estando así las cosas, el Papa Julio I decide convocar un concilio más universal. En este momento se da la posibilidad de contar con la ayuda de Constancio y Constante –hijos de Constantino y ahora emperadores– que se muestran propicios a apoyar las decisiones del encuentro de obispos arrianos y católicos. El lugar designado es Sárdica; el año, el 343; el presidente, el español –consejero del emperador– Osio, obispo de Córdoba. El papa envía también por su parte legados que le representen.
Pero se complican las cosas. Los obispos orientales arrianos llegan antes y comienzan por su cuenta renovando la exclusión de Atanasio y demás obispos orientales católicos. Luego, cuando llegan los legados que dan legitimidad al congreso, se niegan a tomar parte en ninguna deliberación, apartándose del Concilio de Sárdica, reuniendo otro sínodo en Philipópolis, haciendo allí otra nueva profesión de fe y renovando la condenación de Atanasio. El bloque compacto de obispos occidentales sigue reunido con Osio y los legados. Celebran el verdadero Concilio que declara la inocencia de Atanasio, lo repone en su cargo, hace profesión de fe católica y excomulga a los intrusos rebeldes arrianos. Como conclusión, se ha mantenido la firmeza de la fe de Nicea, reforzándose así la ortodoxia católica.
Aún pudo Julio I recibir una vez más en Roma al tan perseguido campeón de la fe y ortodoxia católica que fue Atanasio, cuando va a agradecer al primero de todos los obispos del orbe su apoyo en la verdad, antes de volver a Alejandría.
Julio I escribirá otra carta más a los obispos orientales y de Egipto. En los 15 años de papado, sobresale su gobierno leal no exento de muchas preocupaciones y desvelos por defender la verdad católica. La lealtad a la fe y la búsqueda de la justicia en el esclarecimiento de los hechos fueron sus ejes en toda la controversia posnicena contra el arrianismo. Su paciente gobierno contribuyó a la clarificación de la ortodoxia fortaleciendo la primacía y autoridad de la Sede Romana.
Archimadrid.org

El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay del que va a entregarlo!


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
- «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
- «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
Él contestó:
- «ld a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis y decidle: "El Maestro dice: Mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos"».
Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
- «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».
Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
- «¿Soy yo acaso, Señor?»
Él respondió:
- «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, más le valdría a ese hombre no haber nacido».
Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
- «¿Soy yo acaso, Maestro?»
Él respondió:
- «Tú lo has dicho».
Palabra del Señor.

El cardenal Osoro a los presbíteros: «Salid a pastorear y buscad a quien aún no está con nosotros. Complicarnos la vida nace de haber sido ungidos»


El arzobispo de Madrid ha celebrado este Martes Santo por la mañana la tradicional Misa Crismal con su presbiterio, en la que «se consagra el Santo Crisma y bendice los demás óleos», manifestando así la «comunión de los presbíteros con el propio obispo» (OGMR, 203).
En su homilía, el cardenal Osoro les ha recordado que han sido «ungidos» y que tienen que dar gloria a Jesucristo abriéndole la puerta a Él y así a todos los hombres, «a todos los que Él ama, tal y como nos decía el Evangelio: a los pobres, a los descarriados, a los pecadores... Toda persona, sea quien sea, es un hijo de Dios». Al hacerlo se cierra a «ídolos» como «el halago fácil, la gloria mundana, las concupiscencias, el poder, la riqueza, la crítica fácil y destructiva de personas, con la división que engendra y que no da a conocer los pensamientos de Dios, sino los nuestros», amenazando «la comunión y la unidad».
«Hermanos sacerdotes –ha abundado–, abrid las puertas al Señor. No se las cerréis. Abrid las puertas de vuestro corazón y las puertas de las iglesias. [...] Salid a pastorear y buscad a quien aún no está con nosotros. Complicarnos la vida nace de haber sido ungidos. [...] El ministerio nos debe alejar de toda indiferencia, de cualquier comodidad o interés personal para así estar al servicio de nuestro pueblo. Somos enviados a servir, y a servir con coraje. Y para ello es necesaria la vida de comunión con Cristo, cultivada, vivida».
Hacer un «trasplante de mente»
El purpurado ha invitado a los numerosos sacerdotes congregados en la catedral de Santa María la Real de la Almudena a hacer un «trasplante de mente» y pensar como Jesucristo. Las claves para hacerlo son: «ser imagen del Buen Pastor», «vivir una entrega apasionada», y «estar siempre al servicio de los hombres, llenos de misericordia».
Según ha explicado, deben estar «enamorados de Cristo», ya que «solamente un sacerdote así puede renovar la comunidad cristiana». «El Buen Pastor es imagen del Padre que va en búsqueda de todos sus hijos. [...] El Espíritu y la unción que hemos recibido nos convierten en personas generosas y creativas, felices en el anuncio y en el servicio misionero. Nos vuelven comprometidos con la realidad que día a día nos reclama, y nos hacen capaces de encontrar significado a todo lo que nos toque hacer por la Iglesia y por el mundo. Tenemos un don, se nos ha regalado por gracia un don. No somos gestores. Quién vive el ministerio como gestor, cae en el funcionalismo. Ser imagen del Buen Pastor, nos lleva a vivir una espiritualidad centrada en la escucha de la Palabra de Dios, en la celebración diaria de la Eucaristía. La Eucaristía tiene que ser mi vida, y mi vida, una Eucaristía prolongada todo el día. Asumir el mandamiento del amor como estilo de vida del propio Jesús, con compasión entrañable ante el dolor humano, ante los pobres, con un espíritu de servicio hasta el don de la vida: tu vida, tu tiempo, todo para ser misionero, de tal manera que la plenitud de la vida afectiva tenga su expresión en la caridad pastoral», ha desgranado.
Al estar «configurados con el corazón del Buen Pastor» –ha subrayado– los sacerdotes vivirán «al servicio de la vida y, por ello, atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los más débiles y promoviendo la cultura del encuentro, del diálogo y de la solidaridad»; así como «con misericordia, experimentada por cada uno de nosotros en la celebración del sacramento de la penitencia, y disponibles siempre para celebrar el sacramento de la reconciliación, que en definitiva es volverse cercanos».
Archimadrid

El Santo Padre: acariciar a los enfermos es una medicina importante para un Hospital


La función del hospital es curar a la gente, pero “existe el peligro de olvidarse que la medicina más importante solamente una familia puede dar: ¡las caricias!”. Una medicina muy costosa porque para tenerla hay que esforzarse y poner el corazón y todo el amor”.
Lo indicó el papa Francisco este lunes por la tarde en el Vaticano, al recibir a un grupo de jóvenes internados en el Hospital pediátrico ‘Bambino Gesú’ de Roma, acompañados por sus papás, la presidenta del Hospital, Mariella Enoc y el director de la RAI, Antonio Campo Dall’Orto.
Después de tomarse las fotografías de ocasión, los jóvenes le entregaron una tarjeta en la que escribieron: “Querido Francisco, gracias de habernos recibido, estamos contentos de estar aquí porque nos infundes esperanza y ánimo para el mañana. ¡Te queremos mucho, gracias!, los jóvenes del ‘Bambino Gesú‘”.
El Santo Padre lo leyó y les agradeció, por el libro y por la dedicatoria… Hay tantas historias y cada uno de ustedes tiene una historia. No solamente los niños enfermos sino también los médicos, los enfermeros, los visitantes, las familias…!
Así el Pontífice indicó dos puntos, uno recordando una visita anterior en la que le presentaron uno a uno a los jóvenes: “Percibí que más que un hospital esto es una familia”… y que “era más importante el nombre de la persona que su enfermedad, que se mencionaba al final, como un accidente, como algo secundario”.
Señaló también que instantes antes, la joven que habló se sentía un poco avergonzada y la directora como una mamá se le acercó y le dijo ‘ven’, dándole ánimo. “Y esta es la belleza de una familia, esto es bello”, dijo.
Reconoció entretanto que “entrar en un hospital provoca siempre miedo, me doy cuenta cuando me acerco a algunos pequeños, que al verme de blanco piensan que soy un médico que los vacuna y se ponen a llorar, pero cuando sienten dos caricias se tranquilizan”.
Y si bien indicó que la función del hospital es curar a la gente, “existe el peligro de olvidar la medicina más importante que solamente una familia puede dar: ¡las caricias!”, que “es una medicina muy costosa porque para tenerla hay que esforzarse y poner el corazón y todo el amor”.
Así el hospital se vuelve una familia y un testimonio humano. “Es un hospital católico para ser católico antes hay que ser humano, y ustedes dan testimonio humano, hoy”, concluyó.