sábado, 16 de noviembre de 2013

Las palabras del Papa Francisco que perturban a los católicos

Versión española de un artículo de Vittorio Messori: el amor de un católico al papa está más allá de la sintonía persona


Por cuanto me ocupo, en libros y periódicos, de cosas católicas desde la época de Pablo VI, ocurre que no pocas personas –quizás desconcertadas o confundidas- insisten en pedirme opiniones sobre los primeros meses del nuevo pontificado. Suelo salir del paso diciendo algo que parafrasea la respuesta dada a los periodistas en el avión de regreso de Brasil, precisamente por el Papa Bergoglio: “¿Quién soy yo para juzgar?”. Si estamos obligados a no juzgar a los demás – palabras del Evangelio – tanto menos juzgaremos a un pontífice elegido, según los creyentes, por el Espíritu Santo.

Ciertamente, hubo siglos en los cuales al parecer los hombres llegaron a sustituir al Paráclito: cónclaves simoníacos o dirigidos por las grandes potencias de la época, con candidaturas y vetos impuestos por la política. Y sin embargo quienes conocen realmente la historia de la Iglesia – condición que no es propia de quienes son demasiado superficiales –, quienes saben percibir la dinámica de “larga duración” a lo largo de veinte siglos, terminan sorprendiéndose al descubrir que San Pablo parece realmente tener razón cuando afirma que omnia cooperantur in bonum, todo coopera con el bien, también el bien de la Iglesia, que en materia de fe no está guiada únicamente por Cristo, sino también ciertamente por el “cuerpo místico“.



En todo caso, estando en nuestra época, no se trata de confiar a pesar de todo en una Providencia que a veces puede parecernos incomprensible. No es así, ya que para todos es evidente la calidad humana de aquellos que en las últimas décadas han tenido el rol de pontífices romanos. Si nos centramos únicamente en la sucesión de esta postguerra, tenemos las figuras de Pacelli, Roncalli, Montini, Luciani, Wojtyla, Ratzinger y ahora Bergoglio. ¿Quién, por alejado o contrario a la Iglesia que sea, podrá negar que se trata de personalidades de insólito relieve, unidas por la misma fe y por el mismo compromiso en su función, pero con grandes diferencias de carácter, distintas historias y culturas, distintos estilos pastorales? Y es éste precisamente el punto que para muchos, incluso católicos, parece no estar claro:

independientemente de quién sea el hombre que ha llegado al papado y cuáles sean nuestras consonancias o disonancias humorales en relación con el mismo, siempre será el sucesor de Pedro, responsable y guardián de la ortodoxia, por lo tanto un hombre de Dios que no sólo se debe aceptar, sino también hay que rezar por él y obedecerlo con respeto y amor filial.



FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LA SALUD: ORACIONES POR LOS ENFERMOS


Hoy, sábado 16 de noviembre, la Orden de los Siervos de los Enfermos (religiosos Camilos) celebra la fiesta de Nuestra Señora de la Salud. Un aniversario importante para todos los enfermos y sus asistentes, que subraya el compromiso en la asistencia a los que sufren por parte de los religiosos Camilos, que como su fundador, San Camilo de Lellis, veneran profundamente a la Virgen María, invocándola como “Salud de los enfermos”. Es una ocasión especial para todos los herederos de San Camilo; fue el gigante de la caridad, de hecho, a elegir la Virgen María Salus Infirmorum como patrona de toda la Orden. 


Justo dentro de la iglesia de Santa María Magdalena en Campo Marzio, en Roma, donde se encuentra también la Casa General de los Camilos, está custodiada la preciosa pintura del siglo XVI de la Virgen y el Niño . De un artista desconocido, la pintura fue donada a la iglesia de María Magdalena por una noble romana en 1619, después de que sus oraciones por la curación de la enfermedad frente a la pintura fueran escuchadas milagrosamente.

Queridos amigos, les proponemos que nos unamos un momento en oración por los enfermos; si tienen algún amigo o familiar enfermo, pueden compartir estas oraciones con ellos: 


Tu que del triste mortal,
eres salud y esperanza, 
de tu Hijo, Virgen alcanza
la curación de mi mal, 
y si este bien corporal 
no conviene al alma mía,
dame paciencia, ¡oh María!, 
hasta que llegue el momento
en que de males exento 
goce la Eterna Alegría.
Amén 


DE news.va.es

La oración del hombre es la debilidad de Dios, dice el Papa en su homilía

La oración del hombre es la debilidad de Dios. Lo afirmó el Papa durante la Misa matutina presidida en la capilla de la Casa de Santa Marta el sábado 16 de noviembre. 

El Papa centró su homilía en el Evangelio en el que Jesús invita a rezar sin cesar, relatando la parábola de la viuda que pide con insistencia a un juez inicuo que se le haga justicia. 

De este modo, dijo Francisco, “Dios hace y hará justicia a sus elegidos, que gritan día y noche hacia Él”, como sucedió con Israel guiado por Moisés fuera de Egipto:
“Cuando Moisés clama le dice: ‘He sentido el llanto, el lamento de mi pueblo’. El Señor escucha. Y en la primera Lectura hemos escuchado lo que hizo el Señor, esa Palabra omnipotente: ‘Del Cielo viene como un guerrero implacable’. Cuando el Señor toma la defensa de su pueblo es así: es un guerrero implacable y salva a su pueblo. Salva, renueva todo: ‘Toda la creación fue modelada de nuevo en la propia naturaleza como antes. ‘El Mar Rojo se convierte en un camino sin obstáculos… y aquellos a los que tu mano protegía, pasaron con todo el pueblo’”.
 

El Señor – prosiguió diciendo el Papa – “ha escuchado la oración de su pueblo, porque ha sentido en su corazón que sus elegidos sufrían” y los salva de modo poderoso:
“Ésta es la fuerza de Dios. ¿Y cuál es la fuerza de los hombres? ¿Cuál es la fuerza del hombre? Esta de la viuda: llamar al corazón de Dios, llamar, pedir, lamentarse de tantos problemas, tantos dolores y pedir al Señor la liberación de estos dolores, de estos pecados, de estos problemas. La fuerza del hombre es la oración y también la oración del hombre humilde es la debilidad de Dios. 

El Señor es débil sólo en esto: es débil con respecto a la oración de su pueblo”.
“El culmen de la fuerza de Dios, de la salvación de Dios – explicó el Papa – está “en la Encarnación del Verbo”. Y dirigiéndose a los canónigos de San Pedro les recordó que su “trabajo es precisamente llamar al corazón de Dios”, “rezar, rezar al Señor por el pueblo de Dios”. Y los canónigos de San Petro, “precisamente en la Basílica más cercana al Papa” a donde llegan todas las oraciones del mundo, recogen estas oraciones y las presentan al Señor: este “es un servicio universal, un servicio de la Iglesia”:
 

“Ustedes son como la viuda: rezar, pedir, llamar al corazón de Dios, cada día. Y la viuda no se adormecía jamás cuando hacía esto, era valerosa. Y el Señor escucha la oración de su pueblo. Ustedes son representantes privilegiados del pueblo de Dios en esta tarea de rezar al Señor, por tantas necesidades de las Iglesia, de la humanidad, de todos. Les agradezco este trabajo. Recordemos siempre que Dios tiene fuerza, cuando él quiere que cambie todo. ‘Todo fue modelado de nuevo’, dice. Él es capaz de modelar todo de nuevo, pero también tiene una debilidad: nuestra oración; su oración universal cercana al Papa en San Pedro. Gracias por este servicio y vayan adelante así por el bien de la Iglesia”.
(María Fernanda Bernasconi – RV).

Día de la Tolerancia

El papa en Santa Marta: `La curiosidad mundana nos aleja de la sabiduría de Dios`

El papa Francisco ha comentado la primera lectura del día de hoy, del Libro de la Sabiduría: "El estado de ánimo del hombre y de la mujer espiritual", del verdadero cristiano y de la verdad cristiana vive "en la sabiduría del Espíritu Santo. Y esta sabiduría le lleva adelante con este espíritu inteligente, santo, único y múltiple, sutil, ágil".

 "Esto es caminar -precisó el santo padre- en la vida con este espíritu: el Espíritu de Dios, que nos ayuda a juzgar, a tomar decisiones según el corazón de Dios. Y este espíritu nos da paz, ¡siempre! Es el espíritu de paz, el espíritu de amor, es espíritu de fraternidad. Y la sanidad es precisamente esto. Lo que Dios le pide a Abraham, `Camina en mi presencia e sé intachable`, es esto: esta paz. Ir bajo el movimiento del Espíritu de Dios y de esta sabiduría. Y ese hombre y esa mujer que caminan así, se puede decir que son un hombre y una mujer sabios. Un hombre sabio y una mujer sabia, porque se mueven bajo la movimiento de la paciencia de Dios". 

Asimismo, ha querido subrayar que en el Evangelio nos encontramos delante de otro espíritu, contrario a este de la sabiduría de Dios: el espíritu de curiosidad". 
El santo padre lo ha explicado así: "Es cuando nosotros queremos apropiarnos de los proyectos de Dios, del futuro, de las cosas; conocer todo, tener todo en la mano... Los fariseos preguntaron a Jesús: `¿cuándo vendrá el Reino de Dios?` ¡Curiosos! Querían conocer la fecha, el día... El espíritu de curiosidad nos aleja de la sabiduría, porque solamente interesan los detalles, las noticias, las pequeñas noticias de cada día. ¿Y cómo se hará esto? Y el cómo: ¡es el espíritu del cómo! Y el espíritu de la curiosidad no es un buen espíritu: es el espíritu de la dispersión, de alejarse de  Dios, el espíritu de hablar demasiado. Y Jesús también va a decirnos una cosa interesante: este espíritu de curiosidad, que es mundano, nos lleva a la confusión". 

Y para explicar cómo funciona esta confusión, el santo padre ha insistido: "la curiosidad nos empuja a querer sentir que el Señor está aquí o allá, o nos hace decir: `Pero yo conozco un vidente, una vidente, que recibe cartas de la Virgen, mensajes de la Virgen".
 A lo que el papa ha comentado: "Pero mira, la Virgen es madre ¡eh! y nos ama a todos nosotros. Pero no es un jefe de correos, para enviar mensajes todos los días". Por ello, ha afirmado que "estas novedades nos alejan del Espíritu Santo, alejan de la paz y de la sabiduría, de la gloria de Dios, de la belleza de Dios".

 Porque Jesús - ha subrayado el papa - dice que el Reino de Dios no es para llamar la atención: es para la sabiduría. "¡El Reino de Dios está en medio de vosotros!", dice Jesús: es "esta acción del Espíritu Santo, que nos da la sabiduría, que nos da la paz. El Reino de Dios no viene en la confusión, como Dios habló al profeta Elías en el viento, en la tormenta" sino que habló "en la suave brisa, la brisa de la sabiduría".

Para finalizar, el santo padre ha nombrado a Santa Teresa del Niño Jesús  cuando "decía que ella se paraba siempre delante del espíritu de curiosidad. Cuando hablaba con otra hermana y esta hermana contaba una historia, algo de la familia, de la frente, algunas veces pasaba a otro argumento y ella quería conocer el final de la historia. 
Pero sentía que eso no era el Espíritu de Dios, porque era un espíritu de dispersión, de curiosidad. El Reino de Dios está en medio de vosotros: no busquéis cosas raras, no busquéis novedades con esta curiosidad mundana. Dejemos que el Espíritu nos lleve adelante, con esa sabiduría que es una suave brisa. Este es el Espíritu del Reino de Dios, del que nos habla Jesús".


En las manos seguras de Dios

En las manos de Dios. Allí está nuestra seguridad: son manos llagadas por amor, que nos guían por el camino de la vida y no por los de la muerte, donde, en cambio, nos conduce la envidia. Es éste el sentido de la reflexión que propuso el Papa Francisco el martes 12 de noviembre.
La primera lectura, observó el Santo Padre introduciendo la homilía, recuerda que Dios «creó al hombre para la incorruptibilidad» (cf. Sab 2, 23-3,9). Él «nos creó y Él es nuestro Padre. Nos hizo bellos como Él, más bellos que los ángeles; más grandes que los ángeles. Pero por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo».
La envidia: una palabra muy clara —destacó el Pontífice—, que nos hace comprender la lucha que tuvo lugar entre «este ángel», el diablo y el hombre. El primero «no podía, en efecto, soportar que el hombre fuese superior a él; que precisamente en el hombre y en la mujer estuviese la imagen y semejanza de Dios. Por esto hizo la guerra» y emprendió un camino «que lleva a la muerte. Así entró la muerte en el mundo».
En realidad, prosiguió el Obispo de Roma, «todos hacemos experiencia de la muerte». ¿Cómo se explica? «El Señor —respondió— no abandona su obra», como explica el texto del libro sapiencial: «Las almas de los justos, en cambio, están en las manos de Dios». Todos «debemos pasar por la muerte. Pero una cosa es pasar esta experiencia a través de la pertenencia a las manos del diablo y otra cosa es pasar por las manos de Dios».
«A mí —confesó— me gusta escuchar estas palabras: estamos en las manos de Dios. Pero desde el inicio. La Biblia nos explica la creación usando una hermosa imagen: Dios que con sus manos nos forma del barro, de la arcilla, a su imagen y semejanza. Fueron las manos de Dios las que nos crearon: el Dios artesano».
Dios, por lo tanto, no nos ha abandonado. Y precisamente en la Biblia se lee lo que Él dice a su pueblo: «Yo he caminado contigo». Dios se comporta —destacó el Papa— como «un papá con el hijo que le lleva de la mano. Son precisamente las manos de Dios las que nos acompañan en el camino». El Padre nos enseña a caminar, a ir «por el camino de la vida y de la salvación». Y más: «Son las manos de Dios que nos acarician en el momento del dolor, que nos consuelan. Es nuestro Padre quien nos acaricia, quien tanto nos quiere. Y también en estas caricias muchas veces está el perdón».
Una cosa «que a mí me hace bien —dijo una vez más el Pontífice— es pensar: Jesús, Dios trajo consigo sus llagas. Las muestra al Padre. Éste es el precio: las manos de Dios son manos llagadas por amor. Y esto nos consuela mucho. Muchas veces hemos escuchado decir: no sé a quién confiarme, todas las puertas están cerradas, me confío a las manos de Dios. Y esto es hermoso porque allí estamos seguros», custodiados por las manos de un Padre que nos quiere.
Las manos de Dios, continuó el Santo Padre, «nos curan incluso de nuestros males espirituales. Pensemos en las manos de Jesús cuando tocaba a los enfermos y les curaba. Son las manos de Dios. Nos cura. Yo no logro imaginar a Dios que nos da una bofetada. No me lo imagino: nos regaña sí, porque lo hace; pero nunca nos lastima, nunca. Nos acaricia. Incluso cuando debe regañarnos lo hace con una caricia, porque es Padre».
«Las almas de los justos están en las manos de Dios», repitió el Pontífice concluyendo: «Pensemos en las manos de Dios que nos creó como un artesano. Nos dio la salud eterna. Son manos llagadas. Nos acompañan en el camino de la vida. Confiémonos a las manos de Dios como un niño se entrega en las manos de su papá». Son manos seguras.