jueves, 23 de abril de 2015

«CRISTO VIVE EN SU IGLESIA» SAN LEÓN MAGNO

Es indudable, queridos hermanos, que la naturaleza humana fue asumida tan íntimamente por el Hijo de Dios que no sólo en él, que es el primogénito de toda criatura sino también en todos sus santos, no hay más que un solo Cristo; pues, del mismo modo que la cabeza no puede separarse de los miembros, tampoco los miembros de la cabeza. […]

Por ello, todo cuanto el Hijo de Dios hizo y enseñó para la reconciliación del mundo, no sólo podemos conocerlo por la historia de los acontecimientos pasados, sino también sentirlo en la eficacia de las obras presentes. […]

Él es aquel vástago en quien fue bendecida la descendencia de Abrahán y por quien la adopción filial se extendió a todos los pueblos, llegando por ello Abrahán a ser el padre de todos los hijos nacidos, no de la carne, sino de la fe en la promesa.

Él es también quien, sin excluir a ningún pueblo, ha reunido en una sola grey las santas ovejas de todas las naciones que hay bajo el cielo, realizando cada día lo que prometió cuando dijo: Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

De los sermones de san León Magno, papa
(Sermón 12 sobre la pasión del Señor, 3, 6-7: PL 54, 355-357)

EL AMOR POR SAN AGUSTÍN

San Agustín habla mucho en sus escritos de la oración como camino para llegar a Dios, pero a este camino le llama amor. Por eso, afirma que a Dios no vamos caminando, sino amando (Ep 155, 4, 13).
Por otra parte, insiste mucho en que en este camino hacia Dios, en este camino del amor, en este camino de la oración, no hay que darse tregua, hay que orar sin interrupción, hay que hacer de la vida una permanente oración, un amor continuo. Y afirma: Si dices basta, ya estás perdido. No te detengas, avanza siempre; no vuelvas hacia atrás, no te desvíes. En este camino, el que no adelanta, retrocede (Sermo 169, 18). También nos invita a caminar cantando, es decir, con amor, a pesar de las dificultades, pues lo más importante es el amor. Dice: Canta y camina. Avanza siempre en el bien. Si tú progresas y adelantas, caminas; pero progresa en el bien, progresa en la fe, progresa en las santas costumbres. Canta y camina. No te extravíes, no te vuelvas atrás, no te detengas (Sermo 256, 3).
Por ello, es significativo que nos aconseje: Ama y haz lo que quieras; si callas, calla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Que la raíz de todas tus obras sea el amor (In ep Io ad parth tr. 7, 7-8). Sin olvidar que la medida del amor es el amor sin medida (Epist 109.2).
San Agustín, sin embargo, nos pone en guardia para no confundir el amor auténtico a Dios y a los demás, con el amor carnal y egoísta. Afirma: Sólo el amor verdadero merece el nombre de amor, lo demás es pasión (De Trin 8, 7, 10). La verdadera amistad no es auténtica, sino entre los que Tú, Señor, unes entre sí por medio del amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Conf 4, 4, 7).
Además, nos enseña que para amar de verdad hay que ser humildes, pues la oración es un autentico acto de humildad. Dice: En la oración somos mendigos de Dios. Nos ponemos en la puerta del gran Señor; aún más, nos arrojamos el suelo, gemimos suplicantes, deseando recibir algo, y ese algo es el mismo Dios (Sermo 83, 2). El camino del amor es: primero humildad; segundo, humildad; y tercero, humildad. Si la humildad no precede, acompaña y sigue todas nuestras buenas acciones, todo queda arruinado por la soberbia (Epist 118, 22).
La humildad es propia de los grandes; la soberbia, en cambio, es la falsa grandeza de los débiles. El humilde no puede dañar, y el soberbio no puede no dañar (Sermo 353, 2).

Y aconsejaba: Tú, haz lo que puedas, pide lo que no puedas y Dios te dará para que puedas (De nat et gr 43, 50). ¡Oh amor, que siempre ardes y nunca te apagas! Amor, Dios mío, abrásame, ¿Mandas continencia? Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras (Conf 10, 29, 40). Haz Señor, Dios mío, que te comprenda y te ame (De Trin 18, 28, 51). Oh Señor, te amo y, si es poco, haz que te ame más intensamente (Conf 13, 8, 9). Cuán tarde te conocí, hermosura tan antigua y tan nueva, cuán tarde te conocí. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Llamaste y clamaste y rompiste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y ahora suspiro por Ti y siento hambre y sed de Ti (Conf 10, 27, 38). Nos hiciste, Señor para Ti y nuestro corazón está insatisfecho hasta que descanse en Ti (Conf 1, 1, 1). Por ello, sólo orando de verdad, amando sin cesar, llegaremos a Dios y encontraremos la felicidad, que es el gozo de la verdad (Conf 10, 23, 33).
De libro “La oración del corazón”, por el Padre Ángel Peña.Fuente: Tengo sed de Ti.