domingo, 11 de septiembre de 2016

El Arzobispo de Pamplona pide que no haya rencor tras el ataque a las imágenes de Fontellas

El arzobispo de Pamplona-Tudela, Francisco Pérez González, ha pedido hoy a los feligreses que el "rencor" o el "resentimiento" no se apodere de ellos tras el incendio provocado el jueves en la iglesia de Fontellas, que afectó un retablo y dos figuras.
En un comunicado emitido esta tarde, el arzobispo expresa su "tristeza, dolor y repulsa" por el ataque a la iglesia y las imágenes, un acto que "ofende a todos los habitantes de Fontellas y a todos los cristianos de Navarra".
Señala que atacar la imagen de la virgen "es ofender a quienes la queremos como madre" y quien "merece el respeto de todos".
"Ahora -agrega la nota- le pedimos por la paz en todo el mundo, por la paz en nuestra tierra y por la paz en nuestros corazones. Que no permitamos que se asiente en nuestros corazones sentimientos de rencor o resentimiento y que la libertad religiosa sea querida para todos y respetada por todos.
El arzobispo pide que "estos tristes acontecimientos hagan más fuerte el amor de todos los navarros a la Virgen María" y muevan a la "misericordia y caridad".
Ayer, la Policía Nacional detuvo en Tudela a un hombre al que acusan de ser el autor de la quema de las imágenes de la iglesia de Fontellas el pasado jueves. La detención se realizó en la mañana del pasado viernes en la capital ribera sin que desde este cuerpo quisieran dar más detalles al respecto dado que se están tramitando los primeros pasos en la investigación.
Según indicaron desde la Policía Nacional se trataría de un hombre de nacionalidad marroquí y sobre el que, según las investigaciones, se está analizando si podría estar vinculado con algún hecho relacionado. Hay que recordar que los hechos se produjeron al mediodía del jueves cuando los bomberos recibieron aviso de que salía humo de la iglesia de Fontellas.
Una vez que entraron y apagaron el fuego vieron que se había quemado, de forma intencionada tres imágenes, dos de ellas de la Virgen del Rosario, patrona de Fontellas, y otra de la Dolorosa además de verse dañados retablos del siglo XVII. Todo parece indicar que el responsable entró por el tejado, pasó al campanario y a través de él entró en el templo que estaba cerrado con llave. (RD/Agencias)

Misericordia Divina


Este domingo tenemos los impresionantes ejemplos de las tres parábolas lucanas en las que Jesús se presenta como revelación de la misericordia divina. Las imágenes del “Buen Pastor”, de “la mujer que busca la dracma perdida” y “del padre de los dos hijos” constituyen el tríptico del autorretrato de Jesús, rostro de la misericordia del Padre.
La primera lectura de la liturgia de la Palabra refiere la súplica de Moisés a Dios, por la que obtiene el perdón para su pueblo, porque la ira de Dios “dura un instante, su bondad de por vida. “Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”.
El salmista pone en nuestro labios la oración más adecuada, para cuando tenemos necesidad del perdón divino: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado”.
San Pablo da testimonio de cómo él, siendo pecador, recibió de Jesús el abrazo del perdón: “Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacia. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús.”
El Evangelio sitúa las parábolas de la misericordia en el ámbito de las críticas de los fariseos: “En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos».” Y como si quisiera superar toda duda, el evangelista triplica el argumento del perdón.
Sorprenden las referencias de Jesús en las parábolas, en las que aparece una oveja, una dracma y un hijo. Interpreto que no hay circunstancia a la que no pueda alcanzar la misericordia divina.
Si, además vemos este domingo, 11 de septiembre, a la luz del calendario litúrgico, las lecturas nos ayudan aún más teniendo en cuenta que la Exaltación de la Cruz se celebra el día 14.
Nadie queda excluido del perdón divino, de los frutos de la ofrenda generosa de Jesucristo en la Cruz. Si te dejas perdonar por el Señor y abrazar por la misericordia, contribuirás al gozo del Señor: “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.
Ángel Moreno de Buenafuente

Parábola del hijo pródigo. Una parábola para nuestro días


En ninguna otra parábola ha querido Jesús hacernos penetrar tan profundamente en el misterio de Dios y en el misterio de la condición humana. Ninguna otra es tan actual para nosotros como esta del «Padre bueno».
El hijo menor dice a su padre: «dame la parte que me toca de la herencia». Al reclamarla, está pidiendo de alguna manera la muerte de su padre. Quiere ser libre, romper ataduras. No será feliz hasta que su padre desaparezca. El padre accede a su deseo sin decir palabra: el hijo ha de elegir libremente su camino.
¿No es esta la situación actual? Muchos quieren hoy verse libres de Dios, ser felices sin la presencia de un Padre eterno en su horizonte. Dios ha de desaparecer de la sociedad y de las conciencias. Y, lo mismo que en la parábola, el Padre guarda silencio. Dios no coacciona a nadie.
El hijo se marcha a «un país lejano». Necesita vivir en otro país, lejos de su padre y de su familia. El padre lo ve partir, pero no lo abandona; su corazón de padre lo acompaña; cada mañana lo estará esperando. La sociedad moderna se aleja más y más de Dios, de su autoridad, de su recuerdo... ¿No está Dios acompañándonos mientras lo vamos perdiendo de vista?
Pronto se instala el hijo en una «vida desordenada». El término original no sugiere solo un desorden moral sino una existencia insana, desquiciada, caótica. Al poco tiempo, su aventura empieza a convertirse en drama. Sobreviene un «hambre terrible» y solo sobrevive cuidando cerdos como esclavo de un extraño. Sus palabras revelan su tragedia: «Yo aquí me muero de hambre».
El vacío interior y el hambre de amor pueden ser los primeros signos de nuestra lejanía de Dios. No es fácil el camino de la libertad. ¿Qué nos falta? ¿Qué podría llenar nuestro corazón? Lo tenemos casi todo, ¿por qué sentimos tanta hambre?
El joven «entró dentro de sí mismo» y, ahondando en su propio vacío, recordó el rostro de su padre asociado a la abundancia de pan: en casa de mi padre «tienen pan» y aquí «yo me muero de hambre». En su interior se despierta el deseo de una libertad nueva junto a su padre. Reconoce su error y toma una decisión: «Me pondré en camino y volveré a mi padre».
¿Nos pondremos en camino hacia Dios nuestro Padre? Muchos lo harían si conocieran a ese Dios que, según la parábola de Jesús, «sale corriendo al encuentro de su hijo, se le echa al cuello y se pone a besarlo efusivamente». Esos abrazos y besos hablan de su amor mejor que todos los libros de teología. Junto a él podríamos encontrar una libertad más digna y dichosa.
José Antonio Pagola

Habrá alegría en el ciclo por un solo pecador que se convierta


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-32
En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«¿Quien de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas , no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice:
"¡Alegraos, conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido".
Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O ¿ qué mujer tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice:
“¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido".
Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».
También les dijo:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
"Padre, dame la parte que me toca de la fortuna."
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrato con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
"Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros".
Se levanto y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo."
Pero el padre dijo a sus criados:
"Sacad enseguida el mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado".
Y empezaron el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Éste le contestó:
"Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud".
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
"Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tu bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado".
El padre le dijo:
"Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado"».
Palabra del Señor,