domingo, 9 de octubre de 2016

Confesor GO: Una app para encontrar el sacerdote más cercano y purgar tus pecados


La aplicación, apoyada por la Parroquia de los Santos Inocentes de Madrid, conecta a usuarios y confesores en tiempo real
El mundo de las app ha llegado a la Iglesia. Un sacerdote español ha lanzado una aplicación móvil para encontrar confesores en cualquier momento y lugar. Ya sea en una parroquia, un parque o en plena calle, Confesor GOpermite purgar tus pecados en tiempo real.
Para aparecer en la aplicación, basada en la geolocalización, los sacerdotes interesados deben asociarse a esta plataforma, con el apoyo de la Parroquia de los Santos Inocentes de Madrid. «Cuando un sacerdote estime que existe causa justa para ponerse a confesar en espacios públicos abiertos, Confesor GO también estará informando de su ubicación exacta», explica un vídeo publicado en la página web de la app.
El funcionamiento de Confesor Go es secillo. La búsqueda se podrá realizar por cercanía o por provincias y al pulsar sobre cada ubicación aparecerán los datos del confesor: nombre, año de nacimiento, ordenación y dirección del lugar en el que está confesando. Si lo hace en un lugar público, se mostrará una fotografía para que el usuario pueda reconocerlo. Además, si se tiene activado el GPS del móvil, con solo tocar sobre alguno de los datos, se puede obtener la distancia entre usuario y confesor y la ruta más corta para llegar hasta el lugar seleccionado.
ABC

El Papa Francisco nombra cardenal a monseñor Osoro, arzobispo de Madrid


El Papa Francisco anunció hoy que nombrará cardenal al actual arzobispo de Madrid, Carlos Osoro Sierra, dentro de la lista de trece nuevos purpurados que adelantó a los fieles congregados durante el Ángelus dominical.
El consistorio para la creación de estos nuevos cardenales tendrá lugar el próximo 19 de noviembre, en la víspera de la clausura del Año Santo Extraordinario de la misericordia.
Los nuevos cardenales (13 electores más otros 4 que superan los 80 años) proceden de once países de todo el mundo, lo que en opinión del Pontífice da muestra de la universalidad de la Iglesia.
Destacan en la lista el nombre del nuncio en Siria, el italiano Mario Zenari, que ha anunciado que permanecerá allí; y el de Bangui (República Centroafricana), Dieudonné Nzapalainga, incansable trabajador por la paz y la reconciliación en su país.
Son mayoría los purpurados del sur, entre ellos el arzobispo de Tlalnepantla (México) y ex presidente del CELAM, Carlos Aguilar; el arzobispo de Mérida (Venezuela), monseñor Porras; y el de Brasilia, monseñor Da Rocha.
El único curial en la lista es monseñor Kevin Joseph Farrell, prefecto del recién creado dicasterio para Laicos, la Familia y la Vida. Procede de Estados Unidos de América), igual que otros dos neocardenales:  el arzobispo de Chicago, monseñor Cupich, y el de Indianápolis, Joseph William Tobin.
Además de monseñor Osoro, hay solo otro obispo residencial europeo en la lista: el arzobispo de Malinas-Bruselas, Jozef De Kesel.
Esa es el listado de los nuevos cardenales:
1- Mons. Mario Zenari, nuncio apostólico en Siria.
2- Mons. Dieudonné Nzapalainga, arzobispo de Bangui (República Centroafricana).
3- Mons. Carlos Osoro Sierra, arzobispo de Madrid (España).
4- Mons. Sérgio da Rocha, arzobispo de Brasilia (Brasil).
5- Mons. Blase J. Cupich, arzobispo de Chicago (Estados Unidos).
6- Mons. Patrick D’Rozario, arzobispo de Dhaka (Bangladés).
7- Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo, arzobispo de Mérida (Venezuela).
8- Mons. Jozef De Kesel, arzobispo de Malinas-Bruselas (Bélgica).
9- Mons. Maurice Piat, arzobispo de Port-Louis (Isla Mauricio).
10- Mons. Kevin Joseph Farrell, prefecto del Dicasterio para Laicos, la Familia y la Vida (Estados Unidos de América).
11- Mons. Carlos Aguiar Retes, arzobispo de Tlalnepantla (México)
12- Mons. John Ribat, arzobispo de Port Moresby (Papúa Nueva Guinea)
13- Mons. Joseph William Tobin, arzobispo de Indianápolis (Estados Unidos de América).
El Papa ha anunciado la creación de nuevos cardenales que no tendrán derecho a voto en un futuro cónclave  pero «representan a muchos obispos y sacerdotes que en toda la Iglesia edifican el pueblo de Dios, anunciando el amor misericordioso de Dios en el cuidado diario del rebaño del Señor y en la confesión de la fe». Son los siguientes:
1- Mons. Anthony Soter Fernandez, arzobispo emérito de Kuala Lumpur (Malasia).
2- Mons. Renato Corti, arzobispo de Novara (Italia).
3- Mons. Sebastián Koto Khoarai, obispo emérito de Mohale’s Hoek (Lesoto, África).
4- Reverendo Ernest Simoni, presbítero de la archidiócesis de Shkodër-Pult (Shkodër- Albania).
Agencias/Alfa y Omega
Fecha de Publicación: 09 de Octubre de 2016

EFECTO DE LA MISERICORDIA



Entre las obras de misericordia corporales, una de las más habituales que podemos practicar es la de visitar a los enfermos y hacer todo lo posible por que sientan afecto, compañía y amistad.
Las lecturas de este domingo se refieren principalmente a varias curaciones de enfermos de lepra, que en los tiempos bíblicos era una de las enfermedades más estigmatizadas, y que se relacionaba con la conducta moral de los que la padecían.
Naamán el sirio y los diez leprosos del Evangelio, entre los que se cita a un samaritano, son los beneficiarios de la misericordia divina. Sin embargo, unos agradecen el favor que reciben y otros, no. Y sorprendentemente, los más agradecidos, según los textos, son los extranjeros, el leproso sirio y el samaritano.
En el relato de ambas curaciones hay una referencia al movimiento corporal físico: Naamán baja de su carroza hasta el río, movimiento que significa obediencia, y el samaritano curado, se arroja a los pies del Señor, adorándolo y reconociéndolo, a lo que Jesús responde: “Levántate, tu fe te ha salvado”.
En una interpretación literal cabe, sin duda, admirarse del poder del Señor sobre aquellos leprosos, pero si aplicamos las lecturas a nuestra vida, la acción sanadora la podemos aplicar a nuestra conciencia, y al quedar perdonados, exultar de alegría y prorrumpir en alabanzas por las maravillas que hace el Señor. “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad”.
La gran maravilla que Dios ha hecho es la de resucitar a su propio Hijo, y la memoria de este acontecimiento, como señala el apóstol Pablo, es la razón de nuestra esperanza, y por tanto de nuestra alegría interior, y sanación de nuestras heridas, fruto de la fe.
La referencia a la carne sana, como la de un niño, evoca un nuevo nacimiento. La curación de Naamán, al bañarse siete veces, profetiza el bautismo. La fe en Cristo resucitado nos adelanta nuestro destino glorioso, y nuestra carne nueva. Levantarse significa también resucitar.
Desde estas resonancias, las lecturas de hoy no solo nos describen hechos lejanos y referidos a otros, sino que interpelan nuestra fe. Desde ella cabe vivir en clave pascual, pues vamos a participar en el triunfo de Jesucristo, superada nuestra mortalidad.
ÁNGEL MORENO DE BUENA FUENTE

Curación


El episodio es conocido. Jesús cura a diez leprosos enviándolos a los sacerdotes para que les autoricen a volver sanos a sus familias. El relato podía haber terminado aquí. Al evangelista, sin embargo, le interesa destacar la reacción de uno de ellos.
Una vez curados, los leprosos desaparecen de escena. Nada sabemos de ellos. Parece como si nada se hubiera producido en sus vidas. Sin embargo, uno de ellos «ve que está curado» y comprende que algo grande se le ha regalado: Dios está en el origen de aquella curación. Entusiasmado, vuelve «alabando a Dios a grandes gritos» y «dando gracias a Jesús».
Por lo general, los comentaristas interpretan su reacción en clave de agradecimiento: los nueve son unos desagradecidos; solo el que ha vuelto sabe agradecer. Ciertamente es lo que parece sugerir el relato. Sin embargo, Jesús no habla de agradecimiento. Dice que el samaritano ha vuelto «para dar gloria a Dios». Y dar gloria a Dios es mucho más que decir gracias.
Dentro de la pequeña historia de cada persona, probada por enfermedades, dolencias y aflicciones, la curación es una experiencia privilegiada para dar gloria a Dios como Salvador de nuestro ser. Así dice una célebre fórmula de san Ireneo de Lion: «Lo que a Dios le da gloria es un hombre lleno de vida». Ese cuerpo curado del leproso es un cuerpo que canta la gloria de Dios.
Creemos saberlo todo sobre el funcionamiento de nuestro organismo, pero la curación de una grave enfermedad no deja de sorprendernos. Siempre es un «misterio» experimentar en nosotros cómo se recupera la vida, cómo se reafirman nuestras fuerzas y cómo crece nuestra confianza y nuestra libertad.
Pocas experiencias podremos vivir tan radicales y básicas como la sanación, para experimentar la victoria frente al mal y el triunfo de la vida sobre la amenaza de la muerte. Por eso, al curarnos, se nos ofrece la posibilidad de acoger de forma renovada a Dios que viene a nosotros como fundamento de nuestro ser y fuente de vida nueva.
La medicina moderna permite hoy a muchas personas vivir el proceso de curación con más frecuencia que en tiempos pasados. Hemos de agradecer a quienes nos curan, pero la sanación puede ser, además, ocasión y estímulo para iniciar una nueva relación con Dios. Podemos pasar de la indiferencia a la fe, del rechazo a la acogida, de la duda a la confianza, del temor al amor.
Esta acogida sana de Dios nos puede curar de miedos, vacíos y heridas que nos hacen daño. Nos puede enraizar en la vida de manera más saludable y liberada. Nos puede sanar integralmente.

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (17,11-19):POR BENEDICTO XVI




“Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este domingo presenta a Jesús que cura a diez leprosos, de los cuales sólo uno, samaritano y por tanto extranjero, vuelve a darle las gracias. El Señor le dice: "Levántate, vete: tu fe te ha salvado". Esta página evangélica nos invita a una doble reflexión. 

Ante todo, nos permite pensar en dos grados de curación: uno, más superficial, concierne al cuerpo; el otro, más profundo, afecta a lo más íntimo de la persona, a lo que la Biblia llama el "corazón", y desde allí se irradia a toda la existencia. 

La curación completa y radical es la "salvación". Incluso el lenguaje común, distinguiendo entre "salud" y "salvación", nos ayuda a comprender que la salvación es mucho más que la salud; en efecto, es una vida nueva, plena, definitiva. 

Además, aquí, como en otras circunstancias, Jesús pronuncia la expresión: "Tu fe te ha salvado". Es la fe la que salva al hombre, restableciendo su relación profunda con Dios, consigo mismo y con los demás; y la fe se manifiesta en el agradecimiento. 

Quien sabe agradecer, como el samaritano curado, demuestra que no considera todo como algo debido, sino como un don que, incluso cuando llega a través de los hombres o de la naturaleza, proviene en definitiva de Dios. Así pues, la fe requiere que el hombre se abra a la gracia del Señor; que reconozca que todo es don, todo es gracia. ¡Qué tesoro se esconde en una pequeña palabra: "gracias"! 

Jesús cura a los diez enfermos de lepra, enfermedad en aquel tiempo considerada una "impureza contagiosa" que exigía una purificación ritual. En verdad, la lepra que realmente desfigura al hombre y a la sociedad es el pecado; son el orgullo y el egoísmo los que engendran en el corazón humano indiferencia, odio y violencia. 

Esta lepra del espíritu, que desfigura el rostro de la humanidad, nadie puede curarla sino Dios, que es Amor. Abriendo el corazón a Dios, la persona que se convierte es curada interiormente del mal. 

"Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15). Jesús inició su vida pública con esta invitación, que sigue resonando en la Iglesia 
(Del Ángelus de Benedicto XVI el 14 de octubre de 2007)

LEVÁNTATE, TU FE TE HA SALVADO




Evangelio según san Lucas (17,11-19):

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.»

Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes.»

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?»

Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

Palabra del Señor

“María, memoria perenne de Cristo, riqueza de la misericordia”, el Papa en la Vigilia Mariana


Queridos hermanos y hermanas
En esta Vigilia hemos recorrido los momentos fundamentales de la vida de Jesús, en compañía de María. Con la mente y el corazón hemos ido a los días del cumplimiento de la misión de Cristo en el mundo. La Resurrección como signo del amor extremo del Padre que devuelve vida a todo y es anticipación de nuestra condición futura. La Ascensión como participación de la gloria del Padre, donde también nuestra humanidad encuentra un lugar privilegiado. Pentecostés, expresión de la misión de la Iglesia en la historia hasta el fin de los tiempos, bajo la guía del Espíritu Santo. Además, en los dos últimos misterios hemos contemplado a la Virgen María en la gloria del Cielo, ella que desde los primeros siglos ha sido invocada como Madre de la Misericordia.
Por muchos aspectos, la oración del Rosario es la síntesis de la historia de la misericordia de Dios que se transforma en historia de salvación para quienes se dejan plasmar por la gracia. Los misterios que contemplamos son gestos concretos en los que se desarrolla la actuación de Dios para con nosotros. Por medio de la plegaria y de la meditación de la vida de Jesucristo, volvemos a ver su rostro misericordioso que sale al encuentro de todos en las diversas necesidades de la vida. María nos acompaña en este camino, indicando al Hijo que irradia la misericordia misma del Padre. Ella es en verdad la Odigitria, la Madre que muestra el camino que estamos llamados a recorrer para ser verdaderos discípulos de Jesús. En cada misterio del Rosario la sentimos cercana a nosotros y la contemplamos como la primera discípula de su Hijo, la que cumple la voluntad del Padre (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21).
La oración del Rosario no nos aleja de las preocupaciones de la vida; por el contrario, nos pide encarnarnos en la historia de todos los días para saber reconocer en medio de nosotros los signos de la presencia de Cristo. Cada vez que contemplamos un momento, un misterio de la vida de Cristo, estamos invitados a comprender de qué modo Dios entra en nuestra vida, para luego acogerlo y seguirlo. Descubrimos así el camino que nos lleva a seguir a Cristo en el servicio a los hermanos. Cuando acogemos y asimilamos dentro de nosotros algunos acontecimientos destacados de la vida de Jesús, participamos de su obra de evangelización para que el Reino de Dios crezca y se difunda en el mundo. Somos discípulos, pero también somos misioneros y portadores de Cristo allí donde él nos pide estar presentes. Por tanto, no podemos encerrar el don de su presencia dentro de nosotros. Por el contrario, estamos llamados a hacer partícipes a todos de su amor, su ternura, su bondad y su misericordia. Es la alegría del compartir que no se detiene ante nada, porque conlleva un anuncio de liberación y de salvación.
María nos permite comprender lo que significa ser discípulo de Cristo. Ella fue elegida desde siempre para ser la Madre, aprendió a ser discípula. Su primer acto fue ponerse a la escucha de Dios. Obedeció al anuncio del Ángel y abrió su corazón para acoger el misterio de la maternidad divina. Siguió a Jesús, escuchando cada palabra que salía de su boca (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21); conservó todo en su corazón (cf. Lc 2,19) y se convirtió en memoria viva de los signos realizados por el Hijo de Dios para suscitar nuestra fe. Sin embargo, no basta sólo escuchar. Esto es sin duda el primer paso, pero después lo que se ha escuchado es necesario traducirlo en acciones concretas. El discípulo, en efecto, entrega su vida al servicio del Evangelio.
De este modo, la Virgen María acudió inmediatamente a donde estaba Isabel para ayudarla en su embarazo (cf. Lc 1,39-56); en Belén dio a luz al Hijo de Dios (cf. Lc 2,1-7); en Caná se ocupó de los dos jóvenes esposos (cf. Jn 2,1-11); en el Gólgota no retrocedió ante el dolor, sino que permaneció ante la cruz de Jesús y, por su voluntad, se convirtió en Madre de la Iglesia (cf. Jn 19,25-27); después de la Resurrección, animó a los Apóstoles reunidos en el cenáculo en espera del Espíritu Santo, que los transformó en heraldos valientes del Evangelio (cf. Hch 1,14). A lo largo de su vida, María ha realizado lo que se pide a la Iglesia: hacer memoria perenne de Cristo. En su fe, vemos cómo abrir la puerta de nuestro corazón para obedecer a Dios; en su abnegación, descubrimos cuánto debemos estar atentos a las necesidades de los demás; en sus lágrimas, encontramos la fuerza para consolar a cuantos sufren. En cada uno de estos momentos, María expresa la riqueza de la misericordia divina, que va al encuentro de cada una de las necesidades cotidianas.
Invoquemos en esta tarde a nuestra tierna Madre del cielo, con la oración más antigua con la que los cristianos se dirigen a ella, sobre todo en los momentos de dificultad y de martirio. Invoquémosla con la certeza de saber que somos socorridos por su misericordia maternal, para que ella, «gloriosa y bendita», sea protección, ayuda y bendición en todos los días de nuestra vida: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, Oh Virgen gloriosa y bendita».
(from Vatican Radio)

Papa Francisco: la oración del Rosario es la síntesis de la historia de la misericordia de Dios que se transforma en historia de salvación.

Queridos hermanos y hermanas, En esta Vigilia hemos recorrido los momentos fundamentales de la vida de Jesús, en compañía de María. Con la mente y el corazón hemos ido a los días del cumplimiento de la misión de Cristo en el mundo. La Resurreccióncomo signo del amor extremo del Padre que devuelve vida a todo y es anticipación de nuestra condición futura. La Ascensióncomo participación de la gloria del Padre, donde también nuestra humanidad encuentra un lugar privilegiado. Pentecostés, expresión de la misión de la Iglesia en la historia hasta el fin de los tiempos, bajo la guía del Espíritu Santo. Además, en los dos últimos misterios hemos contemplado a la Virgen María en la gloria del Cielo, ella que desde los primeros siglos ha sido invocada como Madre de la Misericordia.
Por muchos aspectos, la oración del Rosario es la síntesis de la historia de la misericordia de Dios que se transforma en historia de salvación para quienes se dejan plasmar por la gracia. Los misterios que contemplamos son gestos concretos en los que se desarrolla la actuación de Dios para con nosotros. Por medio de la plegaria y de la meditación de la vida de Jesucristo, volvemos a ver su rostro misericordioso que sale al encuentro de todos en las diversas necesidades de la vida. María nos acompaña en este camino, indicando al Hijo que irradia la misericordia misma del Padre. Ella es en verdad la Odigitriala Madre que muestra el camino que estamos llamados a recorrer para ser verdaderos discípulos de Jesús. En cada misterio del Rosario la sentimos cercana a nosotros y la contemplamos como la primera discípula de su Hijo, la que cumple la voluntad del Padre (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21).
La oración del Rosario no nos aleja de las preocupaciones de la vida; por el contrario, nos pide encarnarnos en la historia de todos los días para saber reconocer en medio de nosotros los signos de la presencia de Cristo. Cada vez que contemplamos un momento, un misterio de la vida de Cristo, estamos invitados a comprender de qué modo Dios entra en nuestra vida, para luego acogerlo y seguirlo. Descubrimos así el camino que nos lleva a seguir a Cristo en el servicio a los hermanos. Cuando acogemos y asimilamos dentro de nosotros algunos acontecimientos destacados de la vida de Jesús, participamos de su obra de evangelización para que el Reino de Dios crezca y se difunda en el mundo. Somos discípulos, pero también somos misioneros y portadores de Cristo allí donde él nos pide estar presentes. Por tanto, no podemos encerrar el don de su presencia dentro de nosotros. Por el contrario, estamos llamados a hacer partícipes a todos de su amor, su ternura, su bondad y su misericordia. Es la alegría del compartir que no se detiene ante nada, porque conlleva un anuncio de liberación y de salvación.
María nos permite comprender lo que significa ser discípulo de Cristo. Ella fue elegida desde siempre para ser la Madre, aprendió a ser discípula. Su primer acto fue ponerse a la escuchade Dios. Obedeció al anuncio del Ángel y abrió su corazón para acoger el misterio de la maternidad divina. Siguió a Jesús, escuchando cada palabra que salía de su boca (cf. Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21); conservó todo en su corazón (cf. Lc 2,19) y se convirtió en memoria viva de los signos realizados por el Hijo de Dios para suscitar nuestra fe. Sin embargo, no basta sólo escuchar. Esto es sin duda el primer paso, pero después lo que se ha escuchado es necesario traducirlo en acciones concretas. El discípulo, en efecto, entrega su vida al servicio del Evangelio.
De este modo, la Virgen María acudió inmediatamente a donde estaba Isabel para ayudarla en su embarazo (cf. Lc 1,39-56); en Belén dio a luz al Hijo de Dios (cf. Lc 2,1-7); en Caná se ocupó de los dos jóvenes esposos (cf. Jn 2,1-11); en el Gólgota no retrocedió ante el dolor, sino que permaneció ante la cruz de Jesús y, por su voluntad, se convirtió en Madre de la Iglesia (cf. Jn 19,25-27); después de la Resurrección, animó a los Apóstoles reunidos en el cenáculo en espera del Espíritu Santo, que los transformó en heraldos valientes del Evangelio (cf. Hch 1,14). A lo largo de su vida, María ha realizado lo que se pide a la Iglesia: hacer memoria perenne de Cristo. En su fe, vemos cómo abrir la puerta de nuestro corazón para obedecer a Dios; en su abnegación, descubrimos cuánto debemos estar atentos a las necesidades de los demás; en sus lágrimas, encontramos la fuerza para consolar a cuantos sufren. En cada uno de estos momentos, María expresa la riqueza de la misericordia divina, que va al encuentro de cada una de las necesidades cotidianas.
Invoquemos en esta tarde a nuestra tierna Madre del cielo, con la oración más antigua con la que los cristianos se dirigen a ella, sobre todo en los momentos de dificultad y de martirio. Invoquémosla con la certeza de saber que somos socorridos por su misericordia maternal, para que ella, «gloriosa y bendita», sea protección, ayuda y bendición en todos los días de nuestra vida: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, Oh Virgen gloriosa y bendita».