domingo, 9 de abril de 2017

Un atentado contra una iglesia copta de Egipto causa al menos 15 muertos


La explosión se ha producido en la localidad de Tanta, al norte de El Cairo, y ha herido a otras 42 personas
Al menos 15 personas han muerto y 42 han resultado heridas a consecuencia de una explosión registrada este domingo cerca de la iglesia copta de San Jorge, en la localidad egipcia de Tanta, al norte de El Cairo, según han informado fuentes policiales a la agencia Reuters.
El Papa tiene previsto viajar a El Cairo los días 28 y 29 de abril. Egipto está siendo epicentro de un importante movimiento en el diálogo entre musulmanes y cristianos, algo que los yihadistas no ven con buenos ojos.
El atentado tuvo lugar justo antes del inicio de las celebraciones del Domingo de Ramos.
Los cristianos coptos conforman aproximadamente un 10% del total de la población egipcia (unos 85 millones de personas) y sus relaciones con la mayoría musulmana son consideradas un modelo de convivencia entre religiones.
Sin embargo, las iglesias coptas son objetivo de atentados islamistas como por ejemplo el que costó las vidas de 25 personas a finales del año pasado, al estallar una bomba en la catedral de San Marcos, en el distrito cairota de Abassia, que dejó además 31 heridos.
El pasado 15 de diciembre, los yihadistas de Daesh reivindicaron la autoría de otro atentado contra una iglesia copta en El Cairo, que en aquella ocasión se saldó con 24 muertos y más de 40 heridos.
A través de dos comunicados difundidos en foros yihadistas, Daesh señalo a su «mártir» Abu Abdalá Al Masri (el egipcio) como el terrorista suicida que hizo explotar un cinturón de explosivos en el interior de la iglesia copta de San Pedro, en el complejo catedralicio de la Iglesia Ortodoxa copta en El Cairo.
Daesh advertía en su comunicado que continuaría su guerra contra «infieles y apóstatas» en Egipto y el resto del mundo.

Efe / Alfa y Omega

El Papa el Domingo de Ramos: “Jesús, el gran Paciente del dolor humano, está con los que hoy sufren como Él”


Esta celebración tiene como un doble sabor, dulce y amargo, es alegre y dolorosa, porque en ella celebramos la entrada del Señor en Jerusalén, aclamado por sus discípulos como rey, al mismo tiempo que se proclama solemnemente el relato del Evangelio sobre su pasión. Por eso nuestro corazón siente ese doloroso contraste y experimenta en cierta medida lo que Jesús sintió en su corazón en ese día, el día en que se regocijó con sus amigos y lloró sobre Jerusalén.
Desde hace 32 años la dimensión gozosa de este domingo se ha enriquecido con la fiesta de los jóvenes: La Jornada Mundial de la Juventud, que este año se celebra en ámbito diocesano, pero que en esta plaza vivirá dentro de poco un momento intenso, de horizontes abiertos, cuando los jóvenes de Cracovia entreguen la Cruz a los jóvenes de Panamá.
El Evangelio que se ha proclamado antes de la procesión (cf. Mt 21,1-11) describe a Jesús bajando del monte de los Olivos montado en una borrica, que nadie había montado nunca; se hace hincapié en el entusiasmo de los discípulos, que acompañan al Maestro con aclamaciones festivas; y podemos imaginarnos con razón cómo los muchachos y jóvenes de la ciudad se dejaron contagiar de este ambiente, uniéndose al cortejo con sus gritos. Jesús mismo ve en esta alegre bienvenida una fuerza irresistible querida por Dios, y a los fariseos escandalizados les responde: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40).
Pero este Jesús, que justamente según las Escrituras entra de esa manera en la Ciudad Santa, no es un iluso que siembra falsas ilusiones, no es un profeta «new age», un vendedor de humo, todo lo contrario: es un Mesías bien definido, con la fisonomía concreta del siervo, el siervo de Dios y del hombre que va a la pasión; es el gran Paciente del dolor humano.
Así, al mismo tiempo que también nosotros festejamos a nuestro Rey, pensamos en el sufrimiento que Él tendrá que sufrir en esta Semana. Pensamos en las calumnias, los ultrajes, los engaños, las traiciones, el abandono, el juicio inicuo, los golpes, los azotes, la corona de espinas... y en definitiva pensemos en el vía crucis, hasta la crucifixión.
Él lo dijo claramente a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16,24). Él nunca prometió honores y triunfos. Los Evangelios son muy claros. Siempre advirtió a sus amigos que el camino era ese, y que la victoria final pasaría a través de la pasión y de la cruz. Y lo mismo vale para nosotros. Para seguir fielmente a Jesús, pedimos la gracia de hacerlo no de palabra sino con los hechos, y de llevar nuestra cruz con paciencia, de no rechazarla, ni deshacerse de ella, sino que, mirándolo a Él, aceptémosla y llevémosla día a día.
Y este Jesús, que acepta que lo aclamen aun sabiendo que le espera el «crucifige», no nos pide que lo contemplemos sólo en los cuadros o en las fotografías, o incluso en los vídeos que circulan por la red. No. Él está presente en muchos de nuestros hermanos y hermanas que hoy, hoy sufren como Él, sufren a causa de un trabajo esclavo, sufren por los dramas familiares, sufren por las enfermedades... Sufren a causa de la guerra y el terrorismo, por culpa de los intereses que mueven las armas y dañan con ellas. Hombres y mujeres engañados, pisoteados en su dignidad, descartados.... Jesús está en ellos, en cada uno de ellos, y con ese rostro desfigurado, con esa voz rota pide - nos pide - que se le mire, que se le reconozca, que se le ame.
No es otro Jesús: es el mismo que entró en Jerusalén en medio de un ondear de ramos de palmas y de olivos. Es el mismo que fue clavado en la cruz y murió entre dos malhechores. No tenemos otro Señor fuera de Él: Jesús, humilde Rey de justicia, de misericordia y de paz.
(from Vatican Radio)