martes, 21 de abril de 2015

Cristianos en medio del mundo

Hoy resulta especialmente necesaria y urgente la presencia de los cristianos con una actitud evangelizadora en medio de nuestra sociedad. La Iglesia existe para evangelizar. Todos los cristianos son Iglesia y deben evangelizar.
La Iglesia evangeliza siempre. Lo hace cuando celebra cada día el misterio eucarístico, administra los sacramentos y anuncia la palabra de Dios. Sin embargo, observamos un proceso progresivo de descristianización. Muchos hombres y mujeres de hoy no encuentran en la evangelización permanente de la Iglesia del Evangelio, es decir, una respuesta convincente a la pregunta: ¿Cómo vivir? Por ello, más allá de la evangelización permanente, hoy es muy necesaria una nueva modalidad de testimonio cristiano, que sea capaz de hacerse escuchar por el mundo de hoy. Todo el mundo tiene necesidad del Evangelio, que está hecho para todos.
Cabe preguntarse: ¿cuál es el campo de los laicos cristianos en la evangelización y en el testimonio cristiano? La primera respuesta es ésta: los laicos son Iglesia y participan de la única misión de la Iglesia tanto en el seno de la comunidad eclesial como en el mundo, tanto en el orden espiritual como en el temporal.
Pero, ¿cuál de los dos campos es el específico de los laicos cristianos? El Concilio Vaticano II dio una respuesta clara afirmando que "el carácter secular es el propio y peculiar de los laicos". Los laicos cristianos tienen como vocación propia buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades de este mundo y ordenándolas según Dios. Viven en el mundo, en todas y cada una de las profesiones y en las condiciones ordinarias de la familia y de la sociedad, que forman el tejido de su existencia. Los laicos cristianos reúnen la doble condición de ser miembros de la Iglesia y de vivir plenamente insertados en medio del mundo.
El trabajo primero e inmediato de los laicos es la realización de todas las virtualidades cristianas, escondidas, ciertamente, pero ya presentes y operantes en las realidades del mundo. Así, el campo propio de la actividad de los laicos cristianos como tales es el mundo amplio y complejo de la política, de la realidad social, de la economía, así como el de la familia, de la educación, de la cultura, del ocio, etc. Su identidad cristiana consiste en estar en el mundo sin ser del mundo.
Si esta es la vocación específica de los laicos cristianos, podemos preguntarnos: ¿se tiene conciencia de esta vocación? Hoy se observa en todo el mundo que los laicos cristianos tienen la tentación de dedicarse excesivamente a los servicios intraeclesiales, dejando su tarea específica de presencia cristiana en medio del mundo. Esta constatación es preocupante y hay que tomar conciencia de ello. Jesús pidió en la santa cena al Padre por sus discípulos: "No te pido que los saques del mundo".
† Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

Misa del Papa en Santa Marta - Iglesia de mártires

«Hoy la Iglesia es Iglesia de mártires». Y entre ellos están «nuestros hermanos degollados en la playa de Libia; el joven quemado vivo por sus compañeros por ser cristiano; los emigrantes que en alta mar fueron arrojados al mar por ser cristianos; los etíopes, asesinados por ser cristianos». Haciendo referencia a la historia del protomártir san Esteban, el Papa Francisco, en la misa que celebró el martes 21 de abril en la capilla de la Casa Santa Marta, recordó a los numerosos mártires de hoy: también aquellos de quienes no conocemos los nombres, que sufren en las cárceles o que son calumniados y perseguidos «por los numerosos sanedrines modernos» o, también, los que viven cada día «la fidelidad en su familia».
El Pontífice inició la homilía indicando precisamente lo que une a los numerosos mártires: son los que, explicó, «en la historia de la Iglesia dieron testimonio de Jesús» sin tener «necesidad de otros panes: para ellos era suficiente sólo Jesús, porque tenían fe en Jesús». Y «hoy —destacó— la Iglesia nos hace reflexionar y nos propone, en la liturgia de la Palabra, al primer mártir cristiano», san Esteban, de quien hablan los Hechos de los apóstoles (7, 51-8,1).
«Este hombre no tenía hambre, no tenía necesidad de hacer negociaciones, componendas con otros panes, para sobrevivir», afirmó el Papa. Y con este estilo «dio testimonio de Jesús» hasta el martirio. Ya «ayer —recordó refiriéndose a la liturgia de la Palabra del día anterior— la Iglesia comenzó a hablar de él: algunos de la sinagoga, los “libertos”, se pusieron de pie para discutir con Esteban pero no lograban resistir a la sabiduría y al espíritu con el que él hablaba». En efecto, explicó, «Esteban estaba lleno del Espíritu Santo y hablaba con la sabiduría del Espíritu: era fuerte». Y así estas personas «instigaron a algunos para que dijesen que lo habían escuchado pronunciar palabras contra Moisés y contra Dios, y dar un falso testimonio». Con estas acusaciones «levantaron al pueblo, a los ancianos, a los escribas: se abalanzaron sobre él, lo capturaron y lo llevaron ante el sanedrín».
«Es curioso» —destacó el Papa— cómo «la historia de Esteban» sigue «los mismos pasos de la historia de Jesús», es decir, el esquema de los «falsos testimonios» para «levantar al pueblo y llevarlo a juicio. Y hoy hemos escuchado cómo termina esta historia, porque Esteban en el sanedrín explica la doctrina de Jesús, hace una larga explicación». En realidad, sus acusadores «no querían escuchar, tenían el corazón cerrado». Así, «al final Esteban, con la fuerza del Espíritu, les dijo la verdad: “Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos”, es decir paganos, “no tenéis el corazón y los oídos de la fe en Dios”». Con ese «sois paganos, incircuncisos» Esteban precisamente «quiere decir eso». Y añadió: «Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo».
«Una de las características de la terquedad ante la Palabra de Dios» es, precisamente, la «resistencia al Espíritu Santo», explicó el Papa, repitiendo las palabras de Esteban: vosotros sois «como vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran?». Esteban «recuerda a muchos profetas que fueron perseguidos y asesinados por haber sido fieles a la Palabra de Dios». Luego, «cuando él confiesa su visión de Jesús, lo que Dios le hace ver en ese momento, estando él lleno del Espíritu Santo, ellos se escandalizaron y a gran voz dieron un grito estentóreo, se taparon los oídos». Y esto es un «buen signo», comentó el Papa, porque «no querían escuchar». Y así «se abalanzaron todos juntos sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo».
Y esta es siempre «la historia de los mártires», también «los del Antiguo Testamento, de los que hablaba Esteban en el sanedrín». La cuestión es que la «Palabra de Dios no siempre cae bien a algunos corazones; la Palabra de Dios molesta cuando tú tienes el corazón duro, cuando tu corazón es pagano, porque la Palabra de Dios te interpela a seguir adelante, buscando y dándote de comer con ese pan del cual hablaba Jesús».
«En la historia de la revelación» afirmó el Papa Francisco, hay «muchos mártires que fueron asesinados por ser fieles a la Palabra de Dios, a la verdad de Dios». Así, «el martirio de Esteban se asemeja mucho al sacrificio de Jesús». Y mientras lo lapidaban Esteban oraba diciendo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Cómo no recordar lo que Jesús había dicho en la cruz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». E, incluso, los Hechos de los Apóstoles nos relatan que Esteban «cayó de rodillas y gritó a gran voz: “Señor, no le tengas en cuenta este pecado”». De nuevo, Jesús había dicho: «Perdónales Señor, Padre: no saben lo que hacen». Aquí está toda «la magnanimidad cristiana del perdón, de la oración por los enemigos».
Pero «estos que perseguían a los profetas, estos que persiguieron y mataron a Esteban y a muchos mártires, estos –Jesús lo había dicho– creían que daban gloria a Dios, creían que» haciendo así, «eran fieles a la doctrina de Dios». Y, afirmó el Papa, «hoy quisiera recordar que la historia de la Iglesia, la verdadera historia de la Iglesia, es la historia de los santos y los mártires: los mártires perseguidos» y muchos también «asesinados por los que creían dar gloria a Dios, por los que creían poseer la verdad: corazón corrupto, pero la verdad».
También «en estos días ¡cuántos “Esteban” existen en el mundo!» exclamó el Papa. Y recordó historias recientes de persecuciones: «Pensemos en nuestros hermanos degollados en la playa de Libia; pensemos en el joven quemado vivo por sus compañeros por ser cristiano; pensemos en los emigrantes que en alta mar fueron arrojados al mar por los demás porque eran cristianos; pensemos –anteayer– en los etíopes, asesinados por ser cristianos». Y también, añadió, «en muchos otros que no conocemos, que sufren en las cárceles por ser cristianos».
Hoy, afirmó el Papa Francisco, «la Iglesia es Iglesia de mártires: ellos sufren, ellos dan la vida y nosotros recibimos la bendición de Dios por su testimonio». Y «están también los mártires ocultos, los hombres y las mujeres fieles a la fuerza del Espíritu Santo, a la voz del Espíritu, que abren camino, que buscan caminos nuevos para ayudar a los hermanos y amar mejor a Dios». Y por esta razón «son vistos con sospecha, calumniados, perseguidos por muchos sanedrines modernos que se creen dueños de la verdad». Hoy, dijo el Pontífice, hay «muchos mártires ocultos» y entre ellos existen muchos «que por ser fieles en su familia sufren mucho por fidelidad».
«Nuestra Iglesia es Iglesia de mártires» reafirmó el Papa Francisco antes de proseguir con la celebración, durante la cual, dijo, «vendrá a nosotros “el primer mártir”, el primero que dio testimonio y, más aún, salvación para todos nosotros». Así, pues, exhortó el Papa, «unámonos a Jesús en la Eucaristía, y unámonos a los numerosos hermanos y hermanas que sufren el martirio de la persecución, de la calumnia y del asesinato por ser fieles al único pan que sacia, es decir, a Jesús».