domingo, 6 de diciembre de 2015

Convertirnos de la presunción de que no necesitamos convertirnos, expresó Francisco en el ángelus

 Flash reflexión pre-Ángelus: “La voz del Bautista grita todavía en los modernos desiertos de la humanidad que son las mentes cerradas y los corazones duros. Y nos provoca preguntarnos si efectivamente estamos recorriendo el camino justo, viviendo una vida según el Evangelio”, dijo el Obispo de Roma.

Inspirado en la lectura del Evangelio de Lucas, del 2do domingo de adviento, en el que Juan Bautista predica “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lc. 3,3), Francisco ha dicho que tenemos que convertirnos de la presunción de que tenemos todo en regla, de la suposición de que está bien así y que no tenemos necesidad de ninguna conversión.

Hagamos la prueba de preguntarnos si en las distintas situaciones y circunstancias de la vida tenemos siempre los mismos sentimientos de Jesús, si cuando sufrimos algún problema logramos reaccionar sin animosidad y perdonamos de corazón al que nos pide disculpas. Si cuando somos llamados a compartir alegrías y dolores sabemos llorar con los que lloran y reír con los que ríen. Si cuando debemos expresar nuestra fe sabemos hacerlo con valentía y simplicidad sin avergonzarnos del Evangelio.

“Debemos ser valientes: abajar las montañas del orgullo y la rivalidad, rellenar los huecos escavados por la indiferencia y la apatía, enderezar los senderos de nuestras perezas y de nuestras componendas”, insistió Francisco. jesuita Guillermo Ortiz - Radio Vaticana


Mitigar los impactos del cambio climático, contrastar la pobreza y hacer florecer la dignidad humana. Palabras del Papa después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,
Sigo con gran atención los trabajos de la Conferencia sobre el clima en curso en París, y me vuelve a la mente una pregunta que hice en la encíclica Laudato si ''¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?'' (n. 160). Por el bien de la casa común, de todos nosotros y de las futuras generaciones, en París todo el esfuerzo debe estar dirigido a la mitigación de los impactos de los cambios climáticos y, al mismo tiempo, a contrastar la pobreza para que florezca la dignidad humana. Recemos para que el Espíritu Santo ilumine a todos los que están llamados a tomar decisiones tan importantes y les dé el coraje de tener siempre como criterio de elección el bien mayor para la familia humana.
Mañana se celebra el quincuagésimo aniversario de un acontecimiento memorable entre católicos y ortodoxos. El 7 de diciembre de 1965, en la vigilia de la conclusión del Concilio Vaticano II, con una Declaración común del Papa Pablo VI y del Patriarca Ecuménico Atenágoras, se eliminaban de la memoria las sentencias de excomunión intercambiadas entre la Iglesia de Roma y la de Constantinopla en 1054. Es realmente providencial que aquel gesto histórico de reconciliación, que ha creado las condiciones para un nuevo diálogo entre ortodoxos y católicos en el amor y la verdad, sea recordado precisamente en el inicio del Jubileo de la Misericordia. No hay un auténtico camino hacia la unidad sin un pedido de perdón a Dios y entre nosotros, por el pecado de la división. Recordemos en nuestras oraciones al querido Patriarca Ecuménico Bartolomé y a los demás jefes de las Iglesias ortodoxas, y pidamos al Señor que las relaciones entre católicos y ortodoxos se inspiren siempre en el amor fraterno.   
Ayer, en Chimbote (Perú), fueron proclamados beatos Michael Tomaszek y Zbigniew Strzałkowski, Franciscanos Conventuales, y Alessandro Dordi, sacerdote fidei donum, asesinados por odio a la fe en 1991. Que la fidelidad de estos mártires en el seguimiento de Cristo dé la fuerza a todos nosotros, pero especialmente a los cristianos perseguidos en diferentes partes del mundo, para dar testimonio valiente del Evangelio.
Saludo a todos ustedes, peregrinos que han venido de Italia y de diversos países; ¡hay muchas banderas! En particular al coro litúrgico de Milherós de Poiares y a los fieles de Casal de Cambra, Portugal. Saludo a los participantes en el Congreso del Movimiento de Compromiso Educativo de Acción Católica, a los fieles de Biella, Milán, Cusano Milanino, Neptuno, Rocca di Papa y Foggia; a los confirmandos de Roncone y de Settimello, a la Banda de Calangianus y al Coro de Taio.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena preparación para el inicio del Año de la Misericordia. Por favor no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

Traducción del italiano: Griselda Mutual, Radio Vaticana

LLAMADA A LA ALEGRÍA

Puede parecer una invitación algo sarcástica la propuesta que hoy nos hace la Palabra, si tenemos en cuenta el ambiente de inseguridad, violencia y miedo que se está extendiendo en la sociedad a causa del terrorismo.
Y sin embargo, es el momento más oportuno para elevar la voz esperanzada como ofrecimiento, o pequeña semilla, parábola que anime, testimonio de fe.
Acabo de llegar de Jerusalén, donde he peregrinado, como cada año, con un buen grupo de amigos, y uno de los días, al rayar el alba, nos echamos a las calles entonando el cántico de los peregrinos: “¡Qué alegría cuando me dijeron!”, e inundando las bóvedas de las calles enclaustradas con el deseo de paz para todos los habitantes de la Ciudad Santa: “Desead la paz a Jerusalén, haya paz dentro de tus muros”. Y sentíamos que ese canto era nuestra pequeña contribución contra el ambiente violento.
El profeta Baruc nos ofrece su visión: “Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da”. Y el salmista se hace eco, en la memoria de la acción providente que realizó Dios con su pueblo: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”.
Da alegría traer a la memoria a tantas personas de buena voluntad que en medio de noticias terribles permanecen serenas. San Pablo testimonia: “Siempre que rezo por todos vosotros, lo hago con gran alegría”, expresión que nos permite el gozo interior por la certeza de que hay muchos que, de manera discreta, anónima y humilde hacen posible la convivencia social y familiar, que nos permite, al orar, sentir la comunión con quienes son motivo de esperanza.
El Evangelio de San Lucas nos brinda la mayor razón de alegría cuando nos adelanta: “Todos verán la salvación de Dios”. A las puertas del Año de la Misericordia, tiempo de gracia, las lecturas de este domingo nos anticipan la acogida gozosa al ofrecimiento que el papa Francisco nos hace a los creyentes, a la vez que nos invita a convertirnos en mediadores de paz, de alegría, de perdón, de misericordia, con lo que se difundirá la razón de cantar, y de sentir, a pesar de todo, la esperanza.

Podemos sumarnos a los que se dejan contagiar por el pesimismo o, por el contrario, a quienes se atreven, en medio de la dificultad, a anticipar tiempos de bonanza, porque se convierten ellos mismos en sembradores de paz.
Ángel Moreno de Buenafuente

En el marco del desierto. José Antonio Pagola

Lucas tiene interés en precisar con detalle los nombres de los personajes que controlan en aquel momento las diferentes esferas del poder político y religioso. Ellos son quienes lo planifican y dirigen todo. Sin embargo, el acontecimiento decisivo de Jesucristo se prepara y acontece fuera de su ámbito de influencia y poder, sin que ellos se enteren ni decidan nada.

Así aparece siempre lo esencial en el mundo y en nuestras vidas. Así penetra en la historia humana la gracia y la salvación de Dios. Lo esencial no está en manos de los poderosos. Lucas dice escuetamente que «la Palabra de Dios vino sobre Juan en el desierto», no en la Roma imperial ni en el recinto sagrado del Templo de Jerusalén.

En ninguna parte se puede escuchar mejor que en el desierto la llamada de Dios a cambiar el mundo. El desierto es el territorio de la verdad. El lugar donde se vive de lo esencial. No hay sitio para lo superfluo. No se puede vivir acumulando cosas sin necesidad. No es posible el lujo ni la ostentación. Lo decisivo es buscar el camino acertado para orientar la vida.
Por eso, algunos profetas añoraban tanto el desierto, símbolo de una vida más sencilla y mejor enraizada en lo esencial, una vida todavía sin distorsionar por tantas infidelidades a Dios y tantas injusticias con el pueblo. En este marco del desierto, el Bautista anuncia el símbolo grandioso del «Bautismo», punto de partida de conversión, purificación, perdón e inicio de vida nueva.

¿Cómo responder hoy a esta llamada? El Bautista lo resume en una imagen tomada de Isaías: «Preparad el camino del Señor». Nuestras vidas están sembradas de obstáculos y resistencias que impiden o dificultan la llegada de Dios a nuestros corazones y comunidades, a nuestra Iglesia y a nuestro mundo. Dios está siempre cerca. Somos nosotros los que hemos de abrir caminos para acogerlo encarnado en Jesús.

Las imágenes de Isaías invitan a compromisos muy básicos y fundamentales: cuidar mejor lo esencial sin distraernos en lo secundario; rectificar lo que hemos ido deformando entre todos; enderezar caminos torcidos; afrontar la verdad real de nuestras vidas para recuperar un talante de conversión. Hemos de cuidar bien los bautizos de nuestros niños, pero lo que necesitamos todos es un «bautismo de conversión».

José Antonio Pagola

Preparad el camino del Señor


Lectura del santo evangelio según san Lucas 3, 1-6


En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.


Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías:


«Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.»

Palabra del Señor.