miércoles, 12 de julio de 2017

«La comunión de los celíacos es una práctica común en España desde hace años»



El sacerdote Daniel A. Escobar Portillo, de la Delegación Episcopal de Liturgia de Madrid despeja las dudas acerca de la comunión de los celíacos
¿Qué novedades destacaría de la carta de la Congregación para el Culto divino sobre el pan y el vino para la Eucaristía con respecto a la normativa anterior?
En primer lugar, la circular, aunque es pública, está dirigida a los obispos diocesanos, no a la generalidad de los fieles, como otros documentos eclesiásticos. El motivo es que, tal y como recuerda la carta, son ellos los principales responsables en garantizar lo necesario para la celebración eucarística. En segundo lugar, la carta no aporta, en sentido estricto, ninguna novedad. No modifica la reglamentación anterior sobre la materia del pan y del vino, sino que recuerda a los prelados las disposiciones vigentes, al mismo tiempo que les sugiere algunas indicaciones prácticas.
Entonces, si únicamente se recuerda una reglamentación ya existente, ¿cuál es el sentido de esta carta precisamente ahora?
La motivación concreta para escribir una carta sobre la materia del pan y del vino a los obispos en este momento parte sobre todo de un interés pastoral. La Iglesia debe, por una parte, cuidar de que los sacramentos se celebren conforme al mandato del Señor; por otro lado, debe ser capaz de dar respuesta a las cuestiones o problemas concretos que pueden surgir en cada momento…
Por internet y las redes sociales han circulado muchas noticias falsas estos días acerca de la comunión a los celíacos. ¿Cómo pueden comulgar en realidad estas personas?
En realidad, la comunión de los celíacos no plantea grandes problemas. Ciertamente, a la hora de distribuir la comunión se debe atender esta particularidad, cada vez más frecuente. La cuestión se solventa de dos maneras: por una parte, se permite la utilización de pan con pequeñas cantidades de gluten. Además, en casos de intolerancia absoluta al gluten, los celíacos pueden comulgar únicamente del cáliz. Esta es una práctica común desde hace muchos años en España y en nuestra diócesis. Sin embargo, la carta quiere salir también al paso de diversas propuestas, como utilizar otros cereales, frutas u otros ingredientes que no se corresponden con la sencillez del pan y del vino, utilizados por el mismo Jesucristo y mantenidos siempre en la vida de la Iglesia.
¿Por qué la Iglesia pide que el pan utilizado para la Eucaristía sea de trigo?
Y el vino ha de ser natural, del fruto de la vid y sin mezcla de sustancias extrañas. El motivo es que Jesús eligió precisamente estos elementos para quedarse entre nosotros. La Iglesia ha de ser fiel siempre a ese mandato del Señor. Sin embargo, garantizando esto, el pan puede tener cantidades mínimas de gluten e incluso ser modificado genéticamente para este fin. También se admite el mosto como materia para la Eucaristía, siempre que no sea alterada su naturaleza.
La carta habla de la necesidad de controlar la preparación de las hostias y del vino para la Misa. ¿En España, quien fabrica las formas y proporciona el vino para la Misa?
La circular es consciente de que, si hasta hace poco tiempo, esta misión se realizaba casi exclusivamente por determinadas comunidades religiosas, actualmente el pan y el vino se puede adquirir prácticamente desde cualquier sitio, como en supermercados o por internet. Por eso pide a los obispos no tanto limitar los proveedores del pan y vino para la liturgia, sino garantizar de algún modo la producción y conservación adecuada de los dones que se utilizarán para la Eucaristía. En España y en Madrid, la mayoría de las hostias y del vino que se compra para la Misa provienen de comunidades o de establecimientos que desde hace tiempo los proporcionan. Algunos de estos proveedores también se encargan de fabricar las formas con menor cantidad de gluten para las personas con intolerancia a este elemento.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

Experto explica la nueva vía de beatificación abierta por el Papa Francisco


Reconocer a aquellos que viven y que han dado su vida imitando a Cristo, incluso aunque no tengan fe. Ese es el objetivo del reciente Motu Proprio aprobado por el Papa Francisco en el que se establece el ofrecimiento de la propia vida como una nueva posible causa de beatificación.
Así lo explicó en declaraciones a ACI Prensa el P. Giulio Maspero, profesor extraordinario de Teología Dogmática de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en Roma.
«Para entenderlo hay que ir a lo fundamental, y en este caso lo fundamental, como es siempre, es Cristo», explicó.
El P. Maspero se preguntó: «¿Qué es lo que hizo Cristo?: Murió por nosotros. Sabía que iba a morir en la Cruz, a pesar de que no necesitaba morir. Por el contrario, nosotros morimos porque hemos nacido. Él no. Él nació para morir. Y murió para que nosotros viviéramos».
«Entonces, cuando un hombre muere para salvar a otro, eso ya es imitar a Cristo. Incluso cuando no tiene fe explícita, es decir, cuando no entrega su vida como un mártir al que exigieran rechazar la fe para salvarse». Porque «cuando una persona hace ese acto de entrega, está imitando a Cristo».
En este sentido recordó que el santo «es una persona que está viviendo la vida de Cristo. La Iglesia cuando dice que alguien es santo no es que lo esté haciendo santo, sino que está reconociendo que algo ha pasado en su vida que le ha convertido en una sola cosa con Cristo».
Por otro lado, afirmó que se pueden encontrar muchos ejemplos, como el P. Maximiliano Kolbe, quien «durante la segunda guerra mundial, en un campo de concentración, dio la vida para salvar a un padre de familia. Otro caso es el de un carabinero en Italia que murió para salvar a otro».
«Lo que dice el Motu Proprio ahora es que esto se pude extender también a personas que no tenían una intención explícita de hacer eso para Jesús», subrayó.
Para ilustrar la intención del Motu Proprio con más claridad, el P. Giulio Maspero señaló el episodio del Evangelio de Mateo en el que se habla del Juicio Final. En ese pasaje Jesús sitúa a su derecha a aquellos que le dieron de beber cuando tenía sed, o de comer cuando tenía hambre. Pero «esos señores preguntan que cuándo hicieron eso. Se nota que no sabían quién era Cristo. Sólo han ayudado a otras personas».
«Si eso implica dar incluso la vida, darse totalmente al otro, quiere decir que en medio hay una comunión con Cristo, no explícita, quizás, pero real, que se puede reconocer ahora como causa de beatificación».
El profesor de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz situó este Motu Proprio en la línea del Pontificado de Francisco, centrado en la Misericordia. «Toda persona que tiene Misericordia está hablando de Dios, aunque no tenga una fe explícita».
«En el fondo es decir lo mismo que subrayaba Benedicto XVI cuando decía que el Cristianismo no es una doctrina filosófica, no es una moral, sino que es el encuentro con Cristo, es la presencia de Cristo entre nosotros. El Papa Francisco está explicando lo mismo pero a través de hechos, de gestos concretos», concluyó.
ACI/Miguel Pérez Pichel

El Papa invita a los catequistas a ser creativos y buscar las formas para anunciar a Cristo



El papa Francisco envió un mensaje a los catequistas reunidos en el Simposio Internacional de Catequética que se desarrolla desde este martes 11 de julio hasta el viernes 14, recordándoles que ser catequistas «no es un trabajo» sino que «es un don», e invitándolos «a ser creativos», y «buscar diferentes medios y formas para anunciar a Cristo». El simposio se está realizando en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA), en el barrio de Villa Devoto, informó la agencia de noticias Aica.
A continuación el texto de la misiva
A Su Excelencia Mons. Ramón Alfredo Dus, Arzobispo de Resistencia,
Presidente de la Comisión Episcopal de Catequesis y Pastoral Bíblica
Vaticano, 5 de julio de 2017
Querido hermano:
Un cordial saludo a vos y a todos los que participarán en los diferentes encuentros de formación que ha organizado la Comisión Episcopal de Catequesis y Pastoral Bíblica.
San Francisco de Asís, cuando uno de sus seguidores le insistía para que le enseñara a predicar, le respondió de esta manera: «Hermano, [cuando visitamos a los enfermos, ayudamos a los niños y damos comida a los pobres] ya estamos predicando». En esta bella lección se encuentra encerrada la vocación y la tarea del catequista.
En primer lugar, la catequesis no es un «trabajo» o una tarea externa a la persona del catequista, sino que se «es» catequista y toda la vida gira entorno a esta misión. De hecho, «ser» catequista es una vocación de servicio en la Iglesia, lo que se ha recibido como don de parte del Señor debe a su vez transmitirse. De aquí que el catequista deba volver constantemente a aquel primer anuncio o «kerygma» que es el don que le cambió la vida. Es el anuncio fundamental que debe resonar una y otra vez en la vida del cristiano, y más aún en aquel que está llamado a anunciar y enseñar la fe. «Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio» (Evangelii Gaudium, 165). Este anuncio debe acompañar la fe que está ya presente en la religiosidad de nuestro pueblo. Es necesario hacerse cargo de todo el potencial de piedad y amor que encierra la religiosidad popular para que se transmitan no sólo los contenidos de la fe, sino para que también se cree una verdadera escuela de formación en la que se cultive el don de la fe que se ha recibido, a fin de que los actos y las palabras reflejen la gracia de ser discípulos de Jesús.
El catequista camina desde y con Cristo, no es una persona que parte de sus propias ideas y gustos, sino que se deja mirar por él, por esa mirada que hace arder el corazón. Cuanto más toma Jesús el centro de nuestra vida, tanto más nos hace salir de nosotros mismos, nos descentra y nos hace ser próximos a los otros. Ese dinamismo del amor es como el movimiento del corazón: «sístole y diástole»; se concentra para encontrarse con el Señor e inmediatamente se abre, saliendo de sí por amor, para dar testimonio de Jesús y hablar de Jesús, predicar a Jesús. El ejemplo nos lo da él mismo: se retiraba para rezar al Padre e inmediatamente salía al encuentro de los hambrientos y sedientos de Dios, para sanarlos y salvarlos. De aquí nace la importancia de la catequesis «mistagógica» que es el encuentro constante con la Palabra y con los sacramentos y no algo meramente ocasional previo a la celebración de los sacramentos de iniciación cristiana. La vida cristiana es un proceso de crecimiento y de integración de todas las dimensiones de la persona en un camino comunitario de escucha y de respuesta (cf. Evangelii Gaudium, 166).
El catequista es además creativo; busca diferentes medios y formas para anunciar a Cristo. Es bello creer en Jesús, porque él es «el camino, y la verdad y la vida» (Jn 14, 6) que colma nuestra existencia de gozo y de alegría. Esta búsqueda de dar a conocer a Jesús como suma belleza nos lleva a encontrar nuevos signos y formas para la transmisión de la fe. Los medios pueden ser diferentes pero lo importante es tener presente el estilo de Jesús, que se adaptaba a las personas que tenía ante él para hacerles cercano el amor de Dios. Hay que saber «cambiar», adaptarse, para hacer el mensaje más cercano, aun cuando es siempre el mismo, porque Dios no cambia sino que renueva todas las cosas en él. En la búsqueda creativa de dar a conocer a Jesús no debemos sentir miedo porque él nos precede en esa tarea. Él ya está en el hombre de hoy, y allí nos espera.
Queridos catequistas, les doy las gracias por lo que hacen, pero sobre todo porque caminan con el Pueblo de Dios. Los animo a que sean alegres mensajeros, custodios del bien y la belleza que resplandecen en la vida fiel del discípulo misionero.
Que Jesús los bendiga y la Virgen santa, verdadera «educadora de la fe», los cuide.
Y, por favor, no se olviden de rezar por mí.
Francisco. +
Zenit

COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (10,1-7)




El pasaje evangélico de hoy nos presenta un momento decisivo... Cuando Jesús llamó a los Doce, quería referirse simbólicamente a las tribus de Israel, que se remontan a los doce hijos de Jacob. Por eso, al poner en el centro de su nueva comunidad a los Doce, dio a entender que vino a cumplir el plan del Padre celestial...

Como hemos escuchado, a los Doce “les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 10, 1). Los Doce deberán cooperar con Jesús en la instauración del reino de Dios, es decir, en su señorío benéfico, portador de vida, y de vida en abundancia, para la humanidad entera. 

En definitiva, la Iglesia, como Cristo y juntamente con Él, está llamada y ha sido enviada a instaurar el Reino de vida y a destruir el dominio de la muerte, para que triunfe en el mundo la vida de Dios, para que triunfe Dios, que es Amor. 

Esta obra de Cristo siempre es silenciosa; no es espectacular. Precisamente en la humildad de ser Iglesia, de vivir cada día el Evangelio, crece el gran árbol de la vida verdadera. Con estos inicios humildes, el Señor nos anima para que, también en la humildad de la Iglesia de hoy, en la pobreza de nuestra vida cristiana, podamos ver su presencia y tener así la valentía de salir a su encuentro y de hacer presente en esta tierra su amor, que es una fuerza de paz y de vida verdadera. 

Así pues, el plan de Dios consiste en difundir en la humanidad y en todo el cosmos su amor, fuente de vida. No es un proceso espectacular; es un proceso humilde, pero que entraña la verdadera fuerza del futuro y de la historia. Es un proyecto que el Señor quiere realizar respetando nuestra libertad, porque el amor, por su propia naturaleza, no se puede imponer. 

Por tanto, la Iglesia es, en Cristo, el espacio de acogida y de mediación del amor de Dios. Desde esta perspectiva se ve claramente cómo la santidad y el carácter misionero de la Iglesia constituyen dos caras de la misma medalla: sólo en cuanto santa, es decir, en cuanto llena del amor divino, la Iglesia puede cumplir su misión; y precisamente en función de esa tarea Dios la eligió y santificó como su propiedad personal. 

Por tanto, nuestro primer deber, precisamente para sanar a este mundo, es ser santos, conformes a Dios. De este modo obra en nosotros una fuerza santificadora y transformadora que actúa también sobre los demás, sobre la historia...

Al respecto, es útil tener presente que los doce Apóstoles no eran hombres perfectos, elegidos por su vida moral y religiosa irreprensible. Ciertamente, eran creyentes, llenos de entusiasmo y de celo, pero al mismo tiempo estaban marcados por sus límites humanos, a veces incluso graves. 

Así pues, Jesús no los llamó por ser ya santos, completos, perfectos, sino para que lo fueran, para que se transformaran a fin de transformar así la historia. Lo mismo sucede con nosotros y con todos los cristianos. 
(De la homilía de Benedicto XVI el 15-06-2008)

EVANGELIO DE HOY: PROCLAMEN QUE EL REINO DE LOS CIELOS ESTÁ CERCA



Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,1-7):

En aquel tiempo, Jesús, llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. 

Éstos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo, el publicano; Santiago el Alfeo, y Tadeo; Simón el Celote, y Judas Iscariote, el que lo entregó.

A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca.»

Palabra del Señor

Nuevo criterio para las beatificaciones: perder la vida por el prójimo, por amor de Jesús


El papa Francisco a través del Motu Proprio “Maiorem hac dilectionem”, ha abierto la posibilidad de abrir la causa de beatificación de “quienes empujados por la caridad han ofrecido heroicamente la propia vida por el prójimo aceptando libremente y voluntariamente una muerte cierta y prematura con la intención de seguir a Jesús”.
Sería por ejemplo el fiel que da su vida en un extremo acto de caridad, al asistir a un enfermo que le acabará contagiando una enfermedad mortal.
Esta nueva se suma a las otras tres causales ya existentes: la del martirio, la de las virtudes heroicas y la de las causas excepcionales, indica el documento pontificio divulgado este martes por la Oficina de prensa de la Santa Sede.
Y si bien estas tres vías están abiertas y se puedan recorrer, parece que no sean suficientes para interpretar todos los casos posibles de santidad canonizable. Por ello últimamente, explica L’Osservatore Romano, la Congregación de la Causa de los Santos se planteó la pregunta “si no merezcan la beatificación aquellos siervos de Dios que inspirados por el ejemplo de Cristo, hayan libremente y voluntariamente ofrecido e inmolado la propia vida por los hermanos en un supremo acto de caridad, que haya sido directamente causa de muerte”.
El diario del Vaticano indica que se trata de “una cuarta vía que podríamos llamar la oferta de la vida. Y si bien tiene elementos que la asemejan a la vía del martirio y a la de las virtudes heroicas, es una nueva vía que quiere valorizar un testimonio heroico cristiano, hasta ahora sin un procedimiento específico, porque no entra plenamente en la tipología del martirio, ni en las de las virtudes heroicas.
La nueva disposición recibió el 27 de septiembre de 2016 en sesión plenaria, el parecer favorable de la Congregación de las Causas de los Santos.
El Motu Proprio establece por tanto que “el ofrecimiento de la vida es una nueva causal en el proceso de beatificación y canonización, distinta de los casos del martirio y de la heroicidad de las virtudes”.
El Motu proprio formula así el ofrecimiento de la vida: “Si resulta probado el ofrecimiento de la vida hasta la muerte debido a la caridad, así como a las virtudes cristianas ejercitadas al menos en grado ordinario”.
 ZENIT