viernes, 30 de junio de 2017

Los números de la crisis


  • El 49,3 % de los hogares llega peor a fin de mes que en 2008.
  • El 59,5 % de los hogares tiene menos capacidad de ahorro que entonces.
  • El 39,9 % no tiene nada ahorrado.
  • En el 40,3 % de los hogares alguien ha aceptado un trabajo mal pagado, y en el 28,8 %, uno sin contrato.
  • El 20,9 % de los hogares se han visto forzados a compartir casa.
  • 1 de cada 3 trabajadores no tiene ni espera conseguir un contrato estable.
  • Solo el 19,9 % de los hogares cree que su situación mejorará en cinco años.
Fecha de Publicación: 29 de Junio de 2017

La mitad de las familias son más vulnerables que en 2008


La crisis no ha acabado todavía para siete de cada diez familias. Muchas han agotado sus recursos y no pueden hacer frente a más problemas. «Corremos el riesgo de pensar que esto no va a cambiar y que no pasa nada», afirman los autores del Informe FOESSA
«¿Que ya no hay crisis?», pregunta escéptica María desde La Rioja. «Pues para mí sigue. Si no hay trabajo, ni puedes alquilar un piso…». En 2008, el marido de María perdió su empleo. Como consecuencia dejaron de poder asumir la hipoteca, y no lograron negociar con el banco ni acceder a un alquiler social. En diciembre pasado dieron su casa en pago, y aunque a su marido le surgió un trabajo temporal, «con eso nadie te alquila».
Encontró ayuda en su parroquia: «Si no es por ellos, estaríamos en la calle», con dos hijos de 8 y 1 año. Ahora viven en una de las 13 viviendas que Cáritas La Rioja ofrece a familias en situaciones similares.
El 91 % de pobres sigue en crisis
Como esta familia, el 70 % de los hogares de España no ha notado en su día a día la salida de la crisis. De quienes viven bajo el umbral de la pobreza, solo el 9 % ha visto alguna mejoría. Así lo recoge el informe Desprotección social y estrategias familiares, de la Fundación FOESSA, presentado el 22 de junio por Cáritas Española. «Hemos logrado parar la extensión de la pobreza, pero la intensidad y la cronicidad se han incrementado –dijo Sebastián Mora, su secretario general–. Los más pobres siguen empobreciéndose, aunque los que tienen más posibilidades noten la mejoría».
Fernando Lorenzo, director del comité técnico de FOESSA, subrayó que «la crisis la pagaron sobre todo los más débiles, y son los que están tardando más en salir». De hecho, es difícil que se recuperen del todo. Esto hace que la desigualdad crezca y que «haya personas que se queden definitivamente fuera» de la sociedad del bienestar.
Eloísa Galarreta, técnico del programa de vivienda de Cáritas La Rioja, dibuja lo que supone esta cronificación: no solo les sigue llegando gente que no puede pagar un alquiler –los precios se están encareciendo–, sino que, en la mitad de los casos, existe una situación más compleja de fondo. Por ejemplo, problemas de salud causados por llevar tiempo desempleado: «Pasan los meses, las personas se desmotivan y se produce un deterioro. Esto influye también en los niños».
Rescate a los hogares
Una de las conclusiones del Informe FOESSA es que este debilitamiento de los hogares es un lastre de cara al futuro. El 50,1 % afirma que está peor preparado que en 2008 para resolver nuevos problemas económicos. Esto se debe a que, desde que empezó la crisis, las familias han ido agotando sus ahorros y su red de seguridad al tomar decisiones cada vez más drásticas: reducir el consumo energético –encendiendo menos la calefacción–, aceptar empleos precarios, mudarse a una casa más pequeña, compartir su vivienda o volver a casa de los padres. Todas estas vías ya están agotadas, y las soluciones para salir adelante se acaban. También alarma a los autores del informe que «estamos aceptando determinados niveles de precariedad y corremos el riesgo de pensar que esto no va a cambiar y no pasa nada», lamentó Lorenzo. De hecho, la mayoría de los encuestados cree que es inútil tanto votar (el 75,6 %) como movilizarse (61,2 %) y asociarse (56,9%) para mejorar las cosas.
Si para muchas familias se perpetúa la crisis –concluye Cáritas–, se debe a que sus causas estructurales siguen ahí. «Las estrategias de reducción de la pobreza centradas solo en el crecimiento económico están abocadas al fracaso», afirmó Mora. Por eso pidió a las administraciones «un nuevo orden de prioridades en el que destaque la lucha contra la pobreza». En este rescate a los hogares entrarían medidas como las que Cáritas propuso antes de las últimas elecciones: garantizar los ingresos en los hogares en pobreza severa y el acceso de todos a la salud; cambios estructurales que hagan realidad el derecho a la vivienda, y crear empleo justo y digno.
María Martínez López
Alfa y Omega

Oriente Medio, de nuevo en manos de María: «Protégenos de la violencia»


En el año 2013, el patriarca maronita decidió blindar a su país frente a la guerra de Siria volviendo a consagrarlo a la Virgen, una entrega que se repite cada año desde entonces. En el centenario de las apariciones de Fátima, 2.000 libaneses peregrinaron al santuario portugués para pedir a la Madre de Dios la paz para su región, y para un país donde también los musulmanes la veneran
Dos mil voces se unieron al unísono el domingo 25 en la gran basílica de la Santísima Trinidad, en Fátima, para pedir en árabe a la Virgen que derramase su «ternura sobre tu amado Líbano y todo Oriente Medio, esta región cuyo suelo fue testigo» de la redención; que intercediera para «que vivamos la comunión de amor entre nosotros y demos testimonio de los valores humanos y cristianos en nuestra familia, vida social y nacional».
Pero probablemente la petición que más resonó en los corazones era la que pedía a María: «Protege a esta región de todo lo que amenaza, de la violencia, el extremismo y las turbulencias, de la degradación de la dignidad de la persona humana y la violación de sus derechos, libertad e integridad. Te pedimos que guíes a todos los hijos de este Oriente, en su diversidad, para que sus mentes sean iluminadas» por la luz divina y «cada persona busque construir un futuro brillante sobre los cimientos de la convergencia, la participación, el amor y la justicia».
Una tradición que inició san Juan Pablo II
Lo pedían los participantes en la peregrinación para consagrar el Líbano y todo Oriente Medio al Inmaculado Corazón de María, en el centenario de las apariciones de Fátima. Entre los peregrinos, había libaneses llegados directamente de su país y de Siria, pero también de la diáspora (Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Qatar, Kuwait o Nigeria). Los actos estuvieron presididos por el cardenal Bechara Boutros Rai, patriarca maronita, pero en ellos también participaron el patriarca siro-católico Youssef III Younan y el vicario patriarcal católico armenio, Georges Assadourian.
El padre Khalil Alwan, secretario general del Consejo de Patriarcas Católicos de Oriente y organizador de la peregrinación, explica a “Alfa y Omega” que el acto celebrado en Fátima es la renovación de la consagración que celebró san Juan Pablo II en 1995, cuando en su visita al Líbano consagró este país y todo el Oriente a la Virgen. En 2004, el entonces patriarca maronita, cardenal Nasrallah Boutros Sfeir, consagró el Líbano al Inmaculado Corazón de María. El padre Alwan relaciona esta consagración con la retirada de las tropas sirias del Líbano un año después.
Una nueva amenaza
Tal vez por este motivo, el cardenal Rai quiso repetir la consagración en 2013, un año después de que el conflicto sirio llevara de nuevo la guerra a las puertas del país de los cedros. Esta consagración se renueva cada año desde entonces, y se vivió con especial intensidad en 2015, cuando la imagen peregrina de Fátima visitó el país.
Una Iglesia mariana…
El responsable de la peregrinación comparte además que «la Virgen María tiene una veneración y devoción especial en todas las Iglesias apostólicas y católicas orientales». Entre estas iglesias, la maronita «es reconocida como una Iglesia [especialmente] mariana –subraya el sacerdote libanés–. En todas las oraciones litúrgicas hay siempre un gran lugar para pedir la intercesión de María».
Por otro lado, «el rezo del rosario se conoce en oriente desde hace siglos, gracias a los cistercienses, dominicos, franciscanos, etc.». Precisamente esta oración fue una de las protagonistas del fin de semana en Fátima, como no podía ser de otra forma después de que la Virgen lo pidiera con insistencia durante sus apariciones hace un siglo.
El rosario rezado en árabe y arameo y la procesión de antorchas abrieron la vigilia del sábado, que después se prolongó hasta las tres de la madrugada con la exposición del Santísimo. Durante estos actos, se concedió al patriarca Rai, de forma excepcional, acceder a la zona de la capilla de las apariciones reservada solo para el Papa.
… y musulmanes que celebran la Anunciación
En el fin de semana en Fátima no participaron delegaciones musulmanas, pero «sí algunos individuos de esta religión a título personal», explica el padre Alwan. Los musulmanes, en cambio, sí participan en la solemnidad de la Anunciación, que es fiesta nacional en el Líbano.
«Cada año hay, por este motivo, oraciones comunes entre musulmanes y cristianos –detalla el secretario de los Patriarcas Católicos de Oriente–. Son una especie de oraciones de intercesión, o de himnos cantados por corales mixtas, o lecturas cantadas del Evangelio y el Corán. El Corán cita a María varias veces. Hay todo un capítulo dedicado a ella. Es la única mujer a la que cita».
La devoción de los musulmanes a la Virgen se puede comprobar también en el santuario de Nuestra Señora del Líbano, en Harissa, donde los mahometanos «vienen a rezar y a encender velas. Cada año se recibe a 300.000 visitantes iraníes, aparte de los musulmanes de otras naciones».
Como recuerdo del pasado fin de semana, queda en Fátima una antorcha esculpida por el artista Raffi Yedalian, y que se encendió durante el rezo del rosario internacional. Esta obra es gemela de otra que también se encendió en Fátima pero ha vuelto al santuario de Harissa.
María Martínez López
Alfa y Omega

30 de junio: Protomártires de la Iglesia Romana



Tanto el historiador pagano Tácito, en su obra Annales o Historiae –el primero de sus dos principales trabajos: la historia del Imperio romano desde el 69 hasta el asesinato del emperador Domiciano en el 96–, como el Papa Clemente, en su Carta a los Corintios, testifican que muchos cristianos sufrieron martirio en medio de indecibles tormentos con la persecución desencadenada por el emperador Nerón después del incendio de Roma, en el año 64.
En ese verano hubo en la Ciudad que llaman Eterna un pavoroso incendio, posiblemente el mayor que ha conocido Roma a lo largo de su historia, a pesar de ser tan larga y de tanta guerra y saqueo, porque, según cuentan lenguas, aquel no fue ocasional, ni bélico; se debió al desenfrenado deseo lúdico de la maldad del loco que se hacía llamar dios y deseaba tener motivo de inspiración poética digna de dioses.
Luego, para acallar los rumores populares y los ayes de la desgracia, desvió la responsabilidad soberana haciendo que las miradas se fijasen en una casta suficientemente odiada por el pueblo por sus desmesurados excesos, llamada vulgarmente como los cristianos.
El historiador pagano de los Anales refiere que «el autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de la Judea; y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición, tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma».
«Fueron, pues, detenidos al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por delaciones de aquellos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por hallarse convictos de aborrecimiento al género humano. Añadióse a la justicia que se hizo de estos la burla y escarnio con que se les daba la muerte».
«A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña a los que pegaban fuego para que, ardiendo con ellos, sirviesen de alumbrar en las tinieblas de la noche».
Así se cuentan los hechos que hicieron tantos mártires cristianos anónimos, desconocidos. Aunque seguramente la mayor parte eran gente humilde, del pueblo, no es improbable que también se contaran importantes políticos, militares o ricos. No se sabe. Cierto es que Nerón empezó a castigar a los culpados de ser cristianos con todas las exquisiteces de tormentos inventadas hasta el momento. Y hasta es posible que la estupidez humana adquiriera cotas tan altas que justificara aquello como bueno. Fue por estos tiempos por los que testificaron al máximo el amor a Cristo Pedro y Pablo.
Archimadrid.org

COMENTARIO DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (1, 40 - 45) POR BENEDICTO XVI




Queridos hermanos y hermanas:

En estos domingos, el evangelista san Marcos ha ofrecido a nuestra reflexión una secuencia de varias curaciones milagrosas. Hoy nos presenta una muy singular, la de un leproso sanado (cf. Mc 1, 40-45), que se acercó a Jesús y, de rodillas, le suplicó: "Si quieres, puedes limpiarme". Él, compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: "Quiero: queda limpio". Al instante se verificó la curación de aquel hombre, al que Jesús pidió que no revelara lo sucedido y se presentara a los sacerdotes para ofrecer el sacrificio prescrito por la ley de Moisés. Aquel leproso curado, en cambio, no logró guardar silencio; más aún, proclamó a todos lo que le había sucedido, de modo que, como refiere el evangelista, era cada vez mayor el número de enfermos que acudían a Jesús de todas partes, hasta el punto de obligarlo a quedarse fuera de las ciudades para que la gente no lo asediara.

Jesús le dijo al leproso: "Queda limpio". Según la antigua ley judía (cf. Lv 13-14), la lepra no sólo era considerada una enfermedad, sino la más grave forma de "impureza" ritual. Correspondía a los sacerdotes diagnosticarla y declarar impuro al enfermo, el cual debía ser alejado de la comunidad y estar fuera de los poblados, hasta su posible curación bien certificada. Por eso, la lepra constituía una suerte de muerte religiosa y civil, y su curación una especie de resurrección.

En la lepra se puede vislumbrar un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, capaz de alejarnos de Dios. En efecto, no es la enfermedad física de la lepra lo que nos separa de él, como preveían las antiguas normas, sino la culpa, el mal espiritual y moral. Por eso el salmista exclama: "Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado". Y después, dirigiéndose a Dios, añade: "Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: "Confesaré al Señor mi culpa", y tú perdonaste mi culpa y mi pecado" (Sal 32, 1.5).

Los pecados que cometemos nos alejan de Dios y, si no se confiesan humildemente, confiando en la misericordia divina, llegan incluso a producir la muerte del alma. Así pues, este milagro reviste un fuerte valor simbólico. Como había profetizado Isaías, Jesús es el Siervo del Señor que "cargó con nuestros sufrimientos y soportó nuestros dolores" (Is 53, 4). En su pasión llegó a ser como un leproso, hecho impuro por nuestros pecados, separado de Dios: todo esto lo hizo por amor, para obtenernos la reconciliación, el perdón y la salvación.

En el sacramento de la Penitencia Cristo crucificado y resucitado, mediante sus ministros, nos purifica con su misericordia infinita, nos restituye la comunión con el Padre celestial y con los hermanos, y nos da su amor, su alegría y su paz.

Queridos hermanos y hermanas, invoquemos a la Virgen María, a quien Dios preservó de toda mancha de pecado, para que nos ayude a evitar el pecado y a acudir con frecuencia al sacramento de la Confesión, el sacramento del perdón, cuyo valor e importancia para nuestra vida cristiana hoy debemos redescubrir aún más.
ÁNGELUS   Domingo 15 de febrero de 2009


Si quieres, puedes limpiarme



Lectura del santo Evangelio según san Mateo 8, 1-4
Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente.
En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo:
«Señor, si quieres, puedes limpiarme».
Extendió la mano y lo tocó, diciendo:
«Quiero, queda limpio».
Y en seguida quedó limpio de la lepra.
Jesús le dijo:
«No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Palabra del Señor.

jueves, 29 de junio de 2017

Juan José Omella: «En la Iglesia debemos dejar de mirarnos el ombligo»



Cree en el diálogo interreligioso. Y con los no creyentes. A todos tiende la mano para trabajar por la sociedad desde un espíritu de servicio. Incluso ha abierto la elaboración del Plan Pastoral de Barcelona a la participación de cualquier vecino, sea o no católico. «En ese diálogo está la Iglesia en salida», afirma Juan José Omella (Cretas –Teruel–, 1946), que recibió este miércoles el birrete cardenalicio de manos del Papa. En un Consistorio plagado de sorpresas, la suya fue la única púrpura previsible, no tanto por la importancia de la diócesis (Francisco ha dejado claro que para él no existen sedes automáticamente cardenalicias), sino por la estrecha relación de confianza que mantiene con el Pontífice, con quien comparte una misma visión sobre la misión hoy de la Iglesia.
Se habla de usted como una de las personas de mayor confianza del Papa en España. ¿Qué tipo de cosas le pregunta el Papa, de qué temas hablan?
Con cualquier obispo que va a hablar con él, lo que a él le preocupa siempre es cómo estás, la situación de tu Iglesia particular, tus dificultades y tus logros… Es casi como cuando uno le cuenta las cosas de su trabajo a su padre, a su mujer, a su marido… Con el Papa te puedes desahogar porque sabes que siempre te escucha. A la Conferencia Episcopal Española le tiene además un cariño especial, la sigue muy de cerca. Él se interesa por todas las Iglesias, pero de manera especial por la de España, a la que considera un poco como su propia casa. Y en el contacto que tenemos, las preguntas siempre suelen pertenecer a este nivel. Él, como buen padre, nos anima a seguir adelante en ese camino que estamos recorriendo todos los obispos, que es de comunión –esto es muy importante–, para evangelizar esta tierra de raíces cristianas que es España y que es Europa.
¿Y cómo propone el Papa llevar adelante esa labor de evangelización?
Él nos está dando las claves. Nos está pidiendo que no seamos una Iglesia autorreferencial, cerrada sobre sí misma. Nos dice: «Ábranse, ábranse al mundo, que el mundo tiene hambre del mensaje de Jesucristo». Yo creo que es eso lo que tenemos que captar: dejar de mirarnos tanto el ombligo y pensar más en la sociedad, en qué es lo que necesita, que al final son testimonios, testigos y pruebas de esperanza, de amor y de cariño, especialmente hacia los más pobres. Eso es el Evangelio de Jesucristo. Y nos está diciendo también: «Sean pastores». No solo el sacerdote. Porque también es pastor el catequista, el padre de familia, el maestro católico… Estamos llamados a ir delante por donde el Evangelio nos dice que debemos caminar. Pero ir también en medio de la gente, compartiendo sus esperanzas, sus dificultades, sus problemas… E ir también detrás, recogiendo a los más pobres, a los más vulnerables, a los más pequeños… El Papa es un modelo de pastor que se mete entre la gente, como lo hacía en Buenos Aires cuando viajaba en el metro, visitaba los suburbios, lloraba y reía con todos… Es así como se evangeliza.
Háblenos de su trabajo en la Congregación de los Obispos. Forjado en responsabilidades diocesanas, experiencia pastoral, conocimiento del seminario… ¿Este podría ser el retrato robot de los nuevos obispos, frente a otras épocas en las que, quizá, se ponía más el acento en la solvencia doctrinal?
El Papa no da unos criterios que todos conocemos, porque habla de esto abiertamente. Él quiere un obispo que sea ante todo pastor. Que esté muy en contacto con la gente e impulse una Iglesia en salida. Y que trabaje sinodalmente con todos, en comunión con los laicos y con los hermanos obispos. Esas son las claves que él nos va dando, y la congregación trata de buscar esos pastores, aunque yo creo que la gran mayoría de obispos ya son así (por no decir todos, que podría sonar un poco pretencioso). Después, entre los posibles candidatos, hay que elegir. Por el camino se quedan sacerdotes que hubiesen sido igual o mejores obispos, pero no todos los sacerdotes pueden ser obispos, igual que no todos los bautizados pueden ser sacerdotes.
En entornos sociológicamente cada vez más plurales, como Barcelona, ¿qué ajustes se requieren en el modelo de presencia para una Iglesia en salida con una presencia socialmente significativa?
De entrada, no podemos olvidar algo que decía san Agustín: a las ovejas que están dentro del redil hay que darles de comer. No podemos abandonarlas. A quienes participan ya en la Eucaristía y en los sacramentos tenemos que acompañarlos para ayudarlos a vivir y a crecer en santidad. Pero no podemos quedarnos ahí. Tenemos que salir a buscar también a las personas que están fuera. Por eso es tan importante el diálogo con el mundo, con la cultura… Y por eso mi antecesor [el cardenal Lluís Martínez Sistach], siguiendo las indicaciones de Benedicto XVI, llevó a cabo aquel diálogo a través del Atrio de los Gentiles y promovió la evangelización de las grandes ciudades. En Barcelona hay una realidad social muy plural con presencia de otras muchas religiones. Hay una presencia significativa, por ejemplo, de musulmanes que debemos tener en cuenta y estar en contacto con ellos desde una actitud de respeto, de escucha y de convivencia, porque todos buscamos servir al Señor y a la humanidad. Y luego, están las personas del mundo del ateísmo, que también buscan servir a la humanidad. Yo creo en el diálogo con ellos. Pío XII decía que hay ateos porque hay malos cristianos. Por nuestro mal ejemplo se alejan muchos de la Iglesia. Pero siguen teniendo un corazón con hambre de verdad, de justicia, de libertad, de unión, de convivencia… Creo que nos podemos encontrar trabajando juntos por el bien de la sociedad. En ese diálogo está la Iglesia en salida.
Usted ha abierto la elaboración del nuevo Plan Pastoral a la participación de todos, ni siquiera solo los católicos.
Sí. El Plan Pastoral lo hemos abierto no solo a los seglares y a las parroquias, sino a todo aquel que quiera aportar sus ideas, aunque no pertenezca a la Iglesia. No sé si participarán muchos o pocos no creyentes. El hecho es que es bueno que escuchemos a los que no piensan como nosotros y nos digan en qué creen que debemos mejorar.
También se ha dirigido a los sacerdotes y a los diáconos para plantearles cambios en la línea pastoral. ¿En qué sentido deben ser esos cambios?
Cuando llegué a Barcelona [el 26 de diciembre de 2015] mucha gente me advirtió: «Mire, las cosas han cambiado, y aquí tenemos muchas estructuras que vienen de tiempos antiguos y que a lo mejor ya no necesitamos». Hacía falta reestructurar, sabiendo que hoy no tenemos tantos brazos para llevar adelante la misión de la Iglesia. Y también me pidieron que, al venir un obispo nuevo, hubiera un relevo, un gobierno nuevo. Estos cambios, en lugar de hacerlos yo solo, me pareció que era bueno consultarlos con los sacerdotes y los diáconos, que llevan muchos años aquí trabajando y conocen Barcelona mejor que yo. Y la verdad es que me están escribiendo para darme buenas ideas… Eso es, en el fondo, una Iglesia sinodal. Igual que el Papa consulta a todos, yo he querido preguntar a la base, a las parroquias, a los jóvenes… No siempre coincidiremos todos en las opiniones, pero escuchar a todos siempre viene bien, igual que siempre uno agradece que le pregunten su opinión.
Y en medio de este proceso tiene usted ya a los dos obispos auxiliares que le pidió al Papa.
Es un regalo de Dios que lleguen justo cuando estamos haciendo esta recogida de propuestas para que así puedan integrarse en esta reflexión y en estas nuevas propuestas, y empecemos a caminar juntos todos en este nuevo camino, que en el fondo es seguir el que ya existía antes, pero dándole algún matiz, algún refuerzo, alguna corrección.
Ante una sociedad dividida en cuestiones políticas, ¿cuál debe ser el papel de la Iglesia?
El papel de la Iglesia es abrir las puertas y acoger a todos. Y facilitar que el diálogo crezca y se evite la confrontación. Estamos para animar a todos a trabajar por el bien común. Eso es lo más importante. La Iglesia hace ese papel de intermediario en la medida de lo posible.
Ricardo Benjumea

29 de junio: san Pedro y san Pablo


Es significativo que celebremos en un solo día la fiesta de estos dos santos tan importantes. Aunque en otras jornadas celebremos la conversión de San Pablo o la Cátedra de san Pedro, no por ello deja de ser llamativo este hecho. En el prefacio de hoy leemos: «por caminos diversos, los dos congregaron la única Iglesia de Cristo, y los dos, coronados por el martirio, celebra hoy tu pueblo con una misma veneración».
Pedro y Pablo siguieron caminos distintos. Uno acompañó a Jesús durante su vida pública, mientras que al otro se le apareció el Señor resucitado. Pedro fue nombrado jefe de la Iglesia y Pablo apóstol de los gentiles. En algún momento parece que hay tensiones entre ambos respecto de las tradiciones heredadas de los judíos, pero los dos son columna importantes de la Iglesia. Y no recordamos la singularidad de cada uno de ellos sino la misericordia que Dios tuvo con ellos y su servicio en la edificación de la Iglesia, que ambos coronaron con la efusión de su sangre. Por ello, en la oración de poscomunión se pide: «perseverando en la fracción del pan y en la doctrina de los apóstoles, tengamos un solo corazón y una sola alma, arraigados firmemente en tu amor».
Porque, en sus diferencias, que no eran tantas ni tan graves, ambos apóstoles caminaron unidos por un mismo amor y una misma fe. Por ello también en la oración colecta de hoy, invocando la protección de ambos apóstoles, pedimos a Dios que la «Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana».
Las lecturas de hoy nos recuerdan también que la predicación de Pedro y Pablo no fue fácil. Ambos conocieron la persecución, la incomodidad de la cárcel y, finalmente, ambos compartieron el martirio. Pero en la vida de ambos se manifiesta cómo lo que actúa es el poder de la gracia de Cristo. Así lo confiesa Pablo, sabedor de que su muerte es inminente.
También aparece en la primera lectura que, con todo su dramatismo, tiene un aire más divertido. San Pedro está en la cárcel y parece que no va a poder cumplir con su misión de cabeza de los Apóstoles y guía de la Iglesia.
Sin embargo un ángel lo libera de la cárcel. Él cree que está soñando hasta que recapacita y dice: «Pues era verdad; el Señor ha enviado a su ángel para librarme…». Esa sorpresa que corresponde al perfil de Pedro nos indica su toma de conciencia de que la Iglesia es de Cristo, no de Pedro, y que es el Señor quien la guía. Cuando parece que todo está perdido, y tantas veces nos lo parece a lo largo de la historia, el Señor nos muestra un camino imprevisto. Porque Dios no deja a la Iglesia en manos de los hombres sino que elige a hombres para que le ayuden en el servicio.
Respecto del Evangelio, que trata de la confesión de fe de san Pedro y de la misión que Jesús le encomienda, pueden iluminarnos estas palabras de Benedicto XVI: «Las tres metáforas que utiliza Jesús son en sí muy claras: Pedro será el cimiento de roca sobre el que se apoyará el edificio de la Iglesia; tendrá las llaves del reino de los cielos para abrir y cerrar a quien parezca oportuno; por último, podrá atar o desatar, es decir, podrá decidir o prohibir lo que considere necesario para la vida de la Iglesia, que es y sigue siendo de Cristo».
En este día pedimos de una manera especial por el Papa Francisco, que ha recibido el encargo de custodiar el depósito de la fe y de anunciarlo a los hombres y mujeres de nuestra generación. Que el Espíritu Santo no deje de conducirlo para que sus enseñanzas nos ayuden a todos a seguir con mayor entusiasmo y entrega el evangelio de Cristo.
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COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (16,13-19)




En el pasaje del Evangelio de san Mateo que hemos escuchado hace poco, Pedro hace la propia confesión de fe a Jesús reconociéndolo como Mesías e Hijo de Dios; la hace también en nombre de los otros apóstoles. 

Como respuesta, el Señor le revela la misión que desea confiarle, la de ser la «piedra», la «roca», el fundamento visible sobre el que está construido todo el edificio espiritual de la Iglesia (cf. Mt 16, 16-19). Pero ¿de qué manera Pedro es la roca? ¿Cómo debe cumplir esta prerrogativa, que naturalmente no ha recibido para sí mismo? 

El relato del evangelista Mateo nos dice en primer lugar que el reconocimiento de la identidad de Jesús pronunciado por Simón en nombre de los Doce no proviene «de la carne y de la sangre», es decir, de su capacidad humana, sino de una particular revelación de Dios Padre. 

En cambio, inmediatamente después, cuando Jesús anuncia su pasión, muerte y resurrección, Simón Pedro reacciona precisamente a partir de la «carne y sangre»: Él «se puso a increparlo: … [Señor] eso no puede pasarte» (16, 22). Y Jesús, a su vez, le replicó: «Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo…» (v. 23). 

El discípulo que, por un don de Dios, puede llegar a ser roca firme, se manifiesta en su debilidad humana como lo que es: una piedra en el camino, una piedra con la que se puede tropezar.

Así se manifiesta la tensión que existe entre el don que proviene del Señor y la capacidad humana; y en esta escena entre Jesús y Simón Pedro vemos de alguna manera anticipado el drama de la historia del mismo papado, que se caracteriza por la coexistencia de estos dos elementos: por una parte, gracias a la luz y la fuerza que viene de lo alto, el papado constituye el fundamento de la Iglesia peregrina en el tiempo; por otra, emergen también, a lo largo de los siglos, la debilidad de los hombres, que sólo la apertura a la acción de Dios puede transformar.

En el Evangelio de hoy emerge con fuerza la clara promesa de Jesús: «el poder del infierno», es decir las fuerzas del mal, no prevalecerán, «non praevalebunt». (...) La promesa que Jesús hace a Pedro es ahora mucho más grande que las hechas a los antiguos profetas: Éstos, en efecto, fueron amenazados sólo por enemigos humanos, mientras Pedro ha de ser protegido de las «puertas del infierno», del poder destructor del mal... Pedro es confortado con respecto al futuro de la Iglesia, de la nueva comunidad fundada por Jesucristo y que se extiende a todas las épocas, más allá de la existencia personal del mismo Pedro.

Pasemos ahora al símbolo de las llaves, que hemos escuchado en el Evangelio... En el Evangelio hay otra palabra de Jesús dirigida a los escribas y fariseos, a los cuales el Señor les reprocha de cerrar el reino de los cielos a los hombres (cf. Mt 23,13). Estas palabras también nos ayudan a comprender la promesa hecha a Pedro: a él, en cuanto fiel administrador del mensaje de Cristo, le corresponde abrir la puerta del reino de los cielos, y juzgar si aceptar o excluir (cf. Ap 3,7). 

Las dos imágenes – la de las llaves y la de atar y desatar – expresan por tanto significados similares y se refuerzan mutuamente. La expresión «atar y desatar» forma parte del lenguaje rabínico y alude por un lado a las decisiones doctrinales, por otro al poder disciplinar, es decir a la facultad de aplicar y de levantar la excomunión. El paralelismo «en la tierra… en los cielos» garantiza que las decisiones de Pedro en el ejercicio de su función eclesial también son válidas ante Dios.

En el capítulo 18 del Evangelio según Mateo, dedicado a la vida de la comunidad eclesial, encontramos otras palabras de Jesús dirigidas a los discípulos: «En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 18,18). 

Y san Juan, en el relato de las apariciones de Cristo resucitado a los Apóstoles, en la tarde de Pascua, refiere estas palabras del Señor: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23). A la luz de estos paralelismos, aparece claramente que la autoridad de atar y desatar consiste en el poder de perdonar los pecados. 

Y esta gracia, que debilita la fuerza del caos y del mal, está en el corazón del misterio y del ministerio de la Iglesia. La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la Cruz de Jesucristo. Las palabras de Jesús sobre la autoridad de Pedro y de los Apóstoles revelan que el poder de Dios es el amor, amor que irradia su luz desde el Calvario. 
(De la homilía del 29 de junio de 2012)

EVANGELIO DE HOY: EL PODER DEL INFIERNO NO DERROTARÁ A LA IGLESIA



Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,13-19):

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»

Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»

Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. 

Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»

Palabra del Señor

Papa: confesión, persecución y oración. Homilía en la Solemnidad de Pedro y Pablo




La liturgia de hoy nos ofrece tres palabras fundamentales para la vida del apóstol: confesiónpersecuciónoración.

La confesión es la de Pedro en el Evangelio, cuando el Señor pregunta, ya no de manera general, sino particular. Jesús, en efecto, pregunta primero: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Mt 16,13). Y de esta «encuesta» se revela de distintas maneras que la gente considera a Jesús un profeta. Es entonces cuando el Maestro dirige a sus discípulos la pregunta realmente decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). A este punto, responde sólo Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Esta es la confesión: reconocer que Jesús es el Mesías esperado, el Dios vivo, el Señor de nuestra vida.

Jesús nos hace también hoy a nosotros esta pregunta esencial, la dirige a todos, pero especialmente a nosotros pastores. Es la pregunta decisiva, ante la que no valen respuestas circunstanciales porque se trata de la vida: y la pregunta sobre la vida exige una respuesta de vida. Pues de poco sirve conocer los artículos de la fe si no se confiesa a Jesús como Señor de la propia vida. Él nos mira hoy a los ojos y nos pregunta: «¿Quién soy yo para ti?». Es como si dijera: «¿Soy yo todavía el Señor de tu vida, la orientación de tu corazón, la razón de tu esperanza, tu confianza inquebrantable?». Como san Pedro, también nosotros renovamos hoy nuestra opción de vida como discípulos y apóstoles; pasamos nuevamente de la primera a la segunda pregunta de Jesús para ser «suyos», no sólo de palabra, sino con las obras y con nuestra vida.

Preguntémonos si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón. Quien confiesa a Jesús sabe que no ha de dar sólo opiniones, sino la vida; sabe que no puede creer con tibieza, sino que está llamado a «arder» por amor; sabe que en la vida no puede conformarse con «vivir al día» o acomodarse en el bienestar, sino que tiene que correr el riesgo de ir mar adentro, renovando cada día el don de sí mismo. Quien confiesa a Jesús se comporta como Pedro y Pablo: lo sigue hasta el final; no hasta un cierto punto sino hasta el final, y lo sigue en su camino, no en nuestros caminos. Su camino es el camino de la vida nueva, de la alegría y de la resurrección, el camino que pasa también por la cruz y la persecución.

Y esta es la segunda palabra, persecución. No fueron sólo Pedro y Pablo los que derramaron su sangre por Cristo, sino que desde los comienzos toda la comunidad fue perseguida, como nos lo ha recordado el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. 12,1). Incluso hoy en día, en varias partes del mundo, a veces en un clima de silencio —un silencio con frecuencia cómplice—, muchos cristianos son marginados, calumniados, discriminados, víctimas de una violencia incluso mortal, a menudo sin que los que podrían hacer que se respetaran sus sacrosantos derechos hagan nada para impedirlo.

Por otra parte, me gustaría hacer hincapié especialmente en lo que el Apóstol Pablo afirma antes de «ser —como escribe— derramado en libación» (2 Tm 4,6). Para él la vida es Cristo (cf. Flp 1,21), y Cristo crucificado (cf. 1 Co 2,2), que dio su vida por él (cf. Ga 2,20). De este modo, como fiel discípulo, Pablo siguió al Maestro ofreciendo también su propia vida. Sin la cruz no hay Cristo, pero sin la cruz no puede haber tampoco un cristiano. En efecto, «es propio de la virtud cristiana no sólo hacer el bien, sino también saber soportar los males» (Agustín, Disc. 46.13), como Jesús. Soportar el mal no es sólo tener paciencia y continuar con resignación; soportar es imitar a Jesús: es cargar el peso, cargarlo sobre los hombros por él y por los demás. Es aceptar la cruz, avanzando con confianza porque no estamos solos: el Señor crucificado y resucitado está con nosotros. Así, como Pablo, también nosotros podemos decir que estamos «atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados» (2 Co 4,8-9).

Soportar es saber vencer con Jesús, a la manera de Jesús, no a la manera del mundo. Por eso Pablo —lo hemos oímos— se considera un triunfador que está a punto de recibir la corona (cf. 2 Tm 4,8) y escribe: «He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe» (v. 7). Su comportamiento en la noble batalla fue únicamente no vivir para sí mismo, sino para Jesús y para los demás. Vivió «corriendo», es decir, sin escatimar esfuerzos, más bien consumándose. Una cosa dice que conservó: no la salud, sino la fe, es decir la confesión de Cristo. Por amor a Jesús experimentó las pruebas, las humillaciones y los sufrimientos, que no se deben nunca buscar, sino aceptarse. Y así, en el misterio del sufrimiento ofrecido por amor, en este misterio que muchos hermanos perseguidos, pobres y enfermos encarnan también hoy, brilla el poder salvador de la cruz de Jesús.

La tercera palabra es oración. La vida del apóstol, que brota de la confesión y desemboca en el ofrecimiento, transcurre cada día en la oración. La oración es el agua indispensable que alimenta la esperanza y hace crecer la confianza. La oración nos hace sentir amados y nos permite amar. Nos hace ir adelante en los momentos más oscuros, porque enciende la luz de Dios. En la Iglesia, la oración es la que nos sostiene a todos y nos ayuda a superar las pruebas. Nos lo recuerda la primera lectura: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5). Una Iglesia que reza está protegida por el Señor y camina acompañada por él. Orar es encomendarle el camino, para que nos proteja. La oración es la fuerza que nos une y nos sostiene, es el remedio contra el aislamiento y la autosuficiencia que llevan a la muerte espiritual. Porque el Espíritu de vida no sopla si no se ora y sin oración no se abrirán las cárceles interiores que nos mantienen prisioneros.

Que los santos Apóstoles nos obtengan un corazón como el suyo, cansado y pacificado por la oración: cansado porque pide, toca e intercede, lleno de muchas personas y situaciones para encomendar; pero al mismo tiempo pacificado, porque el Espíritu trae consuelo y fortaleza cuando se ora. Qué urgente es que en la Iglesia haya maestros de oración, pero que sean ante todo hombres y mujeres de oración, que viven la oración.

El Señor interviene cuando oramos, él, que es fiel al amor que le hemos confesado y que nunca nos abandona en las pruebas. Él acompañó el camino de los Apóstoles y os acompañará también a vosotros, queridos hermanos Cardenales, aquí reunidos en la caridad de los Apóstoles que confesaron la fe con su sangre. Estará también cerca de vosotros, queridos hermanos Arzobispos que, recibiendo el palio, seréis confirmados en vuestro vivir para el rebaño, imitando al Buen Pastor, que os sostiene llevándoos sobre sus hombros. El mismo Señor, que desea ardientemente ver a todo su rebaño reunido, bendiga y custodie al Patriarca Ecuménico y también a la Delegación del Patriarcado Ecuménico, y bendiga al querido hermano Bartolomé, que la ha enviado como señal de comunión apostólica.

«Jesús caminaba delante de ellos». Esta es la imagen que nos ofrece el Evangelio que hemos escuchado (Mc 10,32-45), y que hace de escenario también para el acto que estamos realizando: un Consistorio para la creación de nuevos Cardenales. Jesús camina con decisión hacia Jerusalén. Sabe bien lo que allí le aguarda y ha hablado ya de ello muchas veces a sus discípulos. Pero entre el corazón de Jesús y el corazón de los discípulos hay una distancia, que sólo el Espíritu Santo podrá colmar. Jesús lo sabe; por esto tiene paciencia con ellos, habla con sinceridad y sobre todo les precede, camina delante de ellos. A lo largo del camino, los discípulos están distraídos por intereses que no son coherentes con la «dirección» de Jesús, con su voluntad, que es una con la voluntad del Padre. Así como —hemos escuchado— los dos hermanos Santiago y Juan piensan en lo hermoso que sería sentarse uno a la derecha y el otro a la izquierda del rey de Israel (cf. v. 37). No miran la realidad. Creen que ven pero no ven, que saben pero no saben, que entienden mejor que los otros pero no entienden… La realidad en cambio es otra muy distinta, es la que Jesús tiene presente y la que guía sus pasos. La realidad es la cruz, es el pecado del mundo que él ha venido a tomar consigo y arrancar de la tierra de los hombres y de las mujeres. La realidad son los inocentes que sufren y mueren a causa de las guerras y el terrorismo; es la esclavitud que no cesa de pisar la dignidad también en la época de los derechos humanos; la realidad es la de los campos de prófugos que a veces se asemejan más a un infierno que a un purgatorio; la realidad es el descarte sistemático de todo lo que ya no sirve, incluidas las personas. Esto es lo que Jesús ve mientras camina hacia Jerusalén. Durante su vida pública, Él ha manifestado la ternura del Padre, sanando a todos los que estaban bajo el poder del maligno (cf. Hch 10,38). Ahora sabe que ha llegado el momento de ir a lo más profundo, de arrancar la raíz del mal y por esto camina decididamente hacia la cruz. También nosotros, hermanos y hermanos, estamos en camino con Jesús en esta vía. De modo particular me dirijo a ustedes, queridos nuevos cardenales. Jesús «camina delante de ustedes» y les pide que lo sigan con decisión en su camino. Los llama a mirar la realidad, a no distraerse por otros intereses, por otras perspectivas. Él no los ha llamado para que se conviertan en «príncipes» en la Iglesia, para que se «sienten a su derecha o a su izquierda». Los llama a servir como Él y con Él. A servir al Padre y a los hermanos. Los llama a afrontar con su misma actitud el pecado del mundo y sus consecuencias en la humanidad de hoy. Siguiéndolo, también ustedes caminan delante del pueblo santo de Dios, teniendo fija la mirada en la Cruz y en la Resurrección del Señor. Y así, a través de la intercesión de la Virgen María, invocamos con fe el Espíritu Santo, para que reduzca toda distancia entre nuestro corazón y el corazón de Cristo, y toda nuestra vida sea un servicio a Dios y a los hermanos. (from Vatican Radio)





«Jesús caminaba delante de ellos». Esta es la imagen que nos ofrece el Evangelio que hemos escuchado (Mc 10,32-45), y que hace de escenario también para el acto que estamos realizando: un Consistorio para la creación de nuevos Cardenales.

Jesús camina con decisión hacia Jerusalén. Sabe bien lo que allí le aguarda y ha hablado ya de ello muchas veces a sus discípulos. Pero entre el corazón de Jesús y el corazón de los discípulos hay una distancia, que sólo el Espíritu Santo podrá colmar. Jesús lo sabe; por esto tiene paciencia con ellos, habla con sinceridad y sobre todo les precede, camina delante de ellos.

A lo largo del camino, los discípulos están distraídos por intereses que no son coherentes con la «dirección» de Jesús, con su voluntad, que es una con la voluntad del Padre. Así como —hemos escuchado— los dos hermanos Santiago y Juan piensan en lo hermoso que sería sentarse uno a la derecha y el otro a la izquierda del rey de Israel (cf. v. 37).  No miran la realidad. Creen que ven pero no ven, que saben pero no saben, que entienden mejor que los otros pero no entienden…

La realidad en cambio es otra muy distinta, es la que Jesús tiene presente y la que guía sus pasos. La realidad es la cruz, es el pecado del mundo que él ha venido a tomar consigo y arrancar de la tierra de los hombres y de las mujeres. La realidad son los inocentes que sufren y mueren a causa de las guerras y el terrorismo; es la esclavitud que no cesa de pisar la dignidad también en la época de los derechos humanos; la realidad es la de los campos de prófugos que a veces se asemejan más a un infierno que a un purgatorio; la realidad es el descarte sistemático de todo lo que ya no sirve, incluidas las personas.

Esto es lo que Jesús ve mientras camina hacia Jerusalén. Durante su vida pública, Él ha manifestado la ternura del Padre, sanando a todos los que estaban bajo el poder del maligno (cf. Hch 10,38). Ahora sabe que ha llegado el momento de ir a lo más profundo, de arrancar la raíz del mal y por esto camina decididamente hacia la cruz.

También nosotros, hermanos y hermanos, estamos en camino con Jesús en esta vía. De modo particular me dirijo a ustedes, queridos nuevos cardenales. Jesús «camina delante de ustedes» y les pide que lo sigan con decisión en su camino. Los llama a mirar la realidad, a no distraerse por otros intereses, por otras perspectivas. Él no los ha llamado para que se conviertan en «príncipes» en la Iglesia, para que se «sienten a su derecha o a su izquierda». Los llama a servir como Él y con Él. A servir al Padre y a los hermanos. Los llama a afrontar con su misma actitud el pecado del mundo y sus consecuencias en la humanidad de hoy. Siguiéndolo, también ustedes caminan delante del pueblo santo de Dios, teniendo fija la mirada en la Cruz y en la Resurrección del Señor.

Y así, a través de la intercesión de la Virgen María, invocamos con fe el Espíritu Santo, para que reduzca toda distancia entre nuestro corazón y el corazón de Cristo, y toda nuestra vida sea un servicio a Dios y a los hermanos.

Papa: Los cristianos aman, pero no siempre son amados


“Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar sus propias ideas, sino que aceptan morir solo por la fidelidad al Evangelio. Por eso, no se puede utilizar la palabra mártir para referirse a los que cometen atentados suicidas, porque en su conducta no se halla esa manifestación de amor a Dios y al prójimo que es propia del testigo de Cristo”. 

En su Audiencia General del cuarto miércoles de junio el Papa Francisco reflexionó sobre la esperanza cristiana como fuerza de los mártires. Y lo hizo a partir de un pasaje del Evangelio de San Mateo en que Jesús dice a sus discípulos que los envía “como a ovejas en medio de lobos”, por lo que deben ser “astutos como serpientes y sencillos como palomas”. De ahí que les haya pedido que “se cuiden de los hombres”, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A la vez que les anuncia que “serán odiados por todos a causa de su Nombre”, si bien quien habrá perseverado hasta el final será salvado.

Hablando en italiano, el Obispo de Roma afirmó que cuando el Señor envía a los suyos en misión, no los ilusiona diciéndoles que tendrán un éxito fácil sino al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios siempre comporta una oposición. De manera que los cristianos aman, sí – dijo Francisco – pero no siempre son amados.

Y explicó que los cristianos son hombres y mujeres que van “contracorriente”. En efecto es así  en este mundo marcado por el pecado que se manifiesta en las diversas formas de egoísmo y de injusticia y en el que quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. “No por espíritu polémico – añadió el Papa – sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza y que se traduce en un estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.

La primera indicación –  prosiguió el Pontífice  – es la pobreza. Porque, en efecto, un cristiano que no sea humilde y pobre, desapegado de las riquezas y del poder y, sobre todo, desapegado de sí mismo no se asemeja a Jesús. El cristiano – dijo el Papa –  recorre su camino en este mundo con lo esencial y con el corazón lleno de amor. Mientras la derrota verdadera es caer en la tentación de la venganza y de la violencia, respondiendo al mal con el mal.
Tras recordar que la única fuerza del cristiano es el EvangelioFrancisco afirmó que la persecución no es una contradicción al Evangelio, sino que forma parte de este camino que recorrió nuestro Maestro. De modo que los cristianos no deben estar del lado de los persecutores, sino de los perseguidos; no de los arrogantes, sino de los dóciles; no de los “vendedores de humo”, sino sometidos a la verdad; no de los impostores, sino de los honestos”.

El Sucesor de Pedro concluyó su reflexión afirmando que esta fidelidad al estilo de Jesús – estilo de  esperanza – hasta la muerte, es la que ya los primeros cristianos llaman con el nombre hermoso de “martirio”, que significa “testimonio”. Y recordó que los mártires no viven para sí mismos ni combaten para afirmar sus propias ideas, y si aceptan que deben morir lo hacen sólo por fidelidad al Evangelio.  

(María Fernanda Bernasconi - RV).