martes, 20 de diciembre de 2016

El cristianismo vivo de Juan XXIII



Mientras las corrientes intelectuales europeas comprometidas con la izquierda impregnaban la atmósfera de la sociedad española de estimulantes perspectivas, los primeros años sesenta hacían resonar también la conciencia de los católicos. Un nuevo Papa, de breve pontificado, de extraordinaria capacidad de comunicación y de una lucidez valiente, bondadosa y humilde, iluminó el compromiso de los cristianos con los hombres y las condiciones inviolables de su dignidad. La voz de Juan XXIII llegó justo a tiempo, cuando la crítica al régimen de Franco hallaba fácil anclaje en el espíritu de quienes heredaban una derrota completa o una victoria falseada en la guerra civil. Pero había de encontrar muchas más dificultades para abrirse paso entre los que vivían, inflexibles, en la ensoñación gloriosa de la «cruzada».
Con Juan XXIII, el nacionalcatolicismo empezó a perder no solo el apoyo de algunos sectores de la Iglesia española, sino que sufrió el abierto rechazo y la misericordiosa reprobación del sucesor de San Pedro, cuya antipatía al franquismo era bien conocida desde tiempo atrás. El magisterio eclesiástico no se retractaba, en verdad, de ninguna de sus históricas manifestaciones sobre la cuestión obrera, la justicia social, la legitimidad de la propiedad privada, los derechos de los católicos o su responsabilidad en una vida terrenal que había de guiarse por la existencia de Dios. Era precisamente esa lealtad a lo que la Iglesia había proclamado desde la Rerum novarum de León XIII la que permitía ahora encauzar las tareas pastorales con la reafirmación de la doctrina y la repulsa de cualquier exégesis que pudiera ponerse al servicio de un proyecto nacionalcatólico.
Desde luego, toda idea que vulnerara la universalidad de la persona, que legitimase su exclusión por opiniones políticas o que silenciara la violencia ejercida contra la dignidad sagrada del hombre, quedaba incursa en la condena del nuevo Papa. Así la Iglesia se desprendía del pesado fardo de su complicidad con situaciones heredadas de los años de incansables guerras, totalitarismos y vejaciones del individuo y reclamaba el derecho de la religión a tomar partido contra la dictadura.
Como agua vivificante, como inspiración del Espíritu, las palabras de Juan XXIII sembraron ilusión y esperanza en los corazones de quienes habían sido educados en el mensaje de Jesús. Provocaron contrariedad solamente en quienes habían extraviado su fe en la encrucijada de la historia y en los que habían perdido la caridad en la dureza de las persecuciones sufridas o en la muda indignidad de la injusticia tolerada. En 1961, la encíclica Mater et Magistra proclamó: «la doctrina de Cristo une, en efecto, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo, alma y cuerpo, inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones transitorias de esta vida terrena hasta las alturas de la vida eterna». Tal exigencia no implicaba -nunca lo ha implicado en el pensamiento católico- la despreocupación por lo que suceda en esta vida mortal, ni mucho menos la demanda de conformidad de los humildes ante el sufrimiento. Lo que se recordaba con claridad era el fundamento de la condición humana: disponer de un alma eterna y de una conciencia moral basada en la trascendencia del hombre, en su universal y personal contacto permanente con el Creador.
Un mundo nuevo había brotado setenta años después de la publicación de la Rerum novarum. Pero las bases sobre las que se erguía la civilización cristiana y la ética del catolicismo seguían en pie, debiendo reconducirse tras el desaliento y la confusión de las décadas que siguieron a la Gran Guerra. Por ejemplo, la urgencia de denunciar la escandalosa distribución de la riqueza, cuando el impulso del progreso técnico ofrecía tantas opciones de bienestar. Por ejemplo, el requerimiento a los gobernantes a comprometerse con el bien común, lo único que les legitimaba de acuerdo con la doctrina política clásica del catolicismo. Por ejemplo, la advertencia de que en las condiciones de trabajo, más allá de la remuneración salarial, debía asegurarse que «le sea posible al hombre asumir la responsabilidad de lo que hace y perfeccionarse a sí mismo».
Según Juan XXIII el cristianismo era liberación sustancial del hombre de tal modo que la tarea de promoción de la doctrina evangélica significaba un verdadero acto de emancipación: «El hombre es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales; el hombre, repetimos, en cuanto es sociable por naturaleza y ha sido elevado a un orden sobrenatural». Todos los creyentes estaban obligados a organizar su vida pública conforme a los principios éticos proclamados y a orientar siempre sus actos a la defensa de la dignidad humana. Y ello suponía una determinada concepción del hombre como criatura de Dios, y se fundamentaba en la existencia de un orden moral universal, contrario a toda manifestación de relativismo. Lo que defendía era «una ley moral objetiva, superior a la realidad externa y al hombre mismo, absolutamente necesaria y universal y, por último, igual para todos».
El incumplimiento de ese principio general había tenido consecuencias funestas en la conducta de tantos hombres, y tantos cristianos entre ellos, que dieron la espalda a sus obligaciones para con los demás. Tres meses antes de morir Juan XXIII publica la Pacem in terris , su testamento doctrinal dirigido a todas las personas de buena voluntad comprometidas en la promoción de la paz y pronto convertido en la biblia de la oposición católica en España. Aquellos prodigiosos años sesenta devolvían al mensaje cristiano su primitiva frescura y su esencia liberadora empujando a los católicos a colocarse en una primera línea de combate por una verdadera reconciliación. No solo la de los españoles como ciudadanos, sino la de los hombres de España con los fundamentos de su civilización. Una civilización cristiana que no debía confundirse con el nacionalcatolicismo y que habría de dar sustancia ideológica y perfección moral a nuestra comunidad.
Fernando García de Cortázar/Domingos con Historia/ABC
Alfa y Omega

El Papa invita a «encontrar un momento para detenernos» para descubrir el verdadero sentido de la Navidad



Contemplar el Pesebre nos ayuda a «entrar en la verdadera Navidad, la de Jesús, que se acerca –el Dios con nosotros, cercano a nosotros–», dijo Francisco en el último Ángelus dominical de Adviento
Último Ángelus dominical de Adviento en la plaza de San Pedro. «El próximo domingo será Navidad. En esta semana tratemos de encontrar un momento para detenernos, para estar un poco en silencio, e imaginar a la Virgen y a San José mientras van a Belén», aconseja el Papa. Tiempo para imaginar «el camino, la fatiga, pero también la alegría, la conmoción, y luego su ansiedad por encontrar un lugar, su preocupación…».
Haciendo esto, «nos ayuda mucho el Pesebre» para «entrar en la verdadera Navidad, la de Jesús, que se acerca –el Dios con nosotros, cercano a nosotros–, para recibir la gracia de esta fiesta, que es una gracia de cercanía, de amor, de humildad y de ternura», dijo Francisco al término de la oración mariana, en la recordó también «el diálogo en la República Democrática del Congo» y pidió rezar para que «se desarrolle con serenidad, para evitar todo tipo de violencia y por el bien del país».
Previamente, al comentar el pasaje evangélico del día, el Papa recordó que María y José «han sido los primeros en acoger a Jesús mediante la fe», y ellos por tanto «nos introducen en el misterio de la Navidad. María nos ayuda a colocarnos en actitud de disponibilidad para acoger al Hijo de Dios en nuestra vida concreta, en nuestra carne. José nos insta a buscar siempre la voluntad de Dios y a seguirla con total confianza».
A ese mismo «Dios que se acerca yo le abro la puerta –al Señor– cuando siento una inspiración interior, cuando siento que me pide hacer algo más por los demás, cuando me llama a la oración», añadió el Papa. «Dios-con-nosotros, Dios que se acerca. Que este anuncio de esperanza, que se cumple en Navidad, lleve a cumplimiento la espera de Dios también en cada uno de nosotros, en toda la Iglesia, y en tantos pequeños que el mundo desprecia, pero que Dios ama y a los cuales se acerca».
Alfa y Omega

20 de Diciembre: santo Domingo de Silos, monje

Domingo de Silos fue pastor durante su juventud y posteriormente, tras ser elevado al presbiterado, se retiró a la vida eremítica. Hacia el año 1030 ingresó en el monasterio benedictino de San Millán de la Cogolla (La Rioja) y, después de desempeñar el cargo de maestro de novicios, el abad Sancho le encomendó la misión de restablecer el priorato de Santa María, cerca de su villa natal de Cañas.
De vuelta a la abadía de San Millán fue nombrado prior, cargo desde el cual se enemistó con García V el de Nájera, rey de Navarra, al negarse a entregarle los tesoros del monasterio que el monarca navarro pretendía con el pretexto de haber sido donados por sus antepasados. Por este motivo tuvo que abandonar San Millán y expatriarse en Burgos, donde por sus dotes intelectuales y de trabajo se atrajo las simpatías del obispo de Burgos y de Fernando I el Magno, rey de Castilla y de León, que le propuso para restaurar el monasterio de San Sebastián de Silos (Burgos), fundado por Fernán González, con el cargo de abad.
Tras tomar las riendas del mismo en 1041, Domingo levantó la iglesia románica y el claustro, y organizó el scriptorium o sala de copistas, donde se creó una de las más completas y ricas bibliotecas de la España medieval. Considerado ya en vida como un santo, a su muerte recibió culto como tal; el monasterio que guarda sus restos tomó su advocación, denominándose en lo sucesivo Santo Domingo de Silos.
J.M. Ballester Esquivias (@jmbe12)
Alfa y Omega

Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1,26-38

En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
- «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel:
- «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
- «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, “porque para Dios nada hay imposible”».
María contestó:
- «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.
Palabra del Señor.

Contagien la alegría y la paz del Evangelio y cuiden a los abuelos. Tarea del Papa a los chicos de la Acción Católica italiana

 «La Navidad se acerca y me alegra encontrarlos para este momento de intercambio de felicitaciones»…Contagien su alegría a todos - en especial a los abuelos -  anunciado el amor y la ternura de Jesús, fue la invitación del Papa Francisco, con su cordial bienvenida a los chicos y chicas de la Acción Católica italiana.
Recordando el anuncio del ángel a los pastores: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (Lc 2,10-11), el Santo Padre señaló que la alegría se multiplica compartiéndola y testimoniándola en todas nuestras relaciones: en familia, en la escuela, en la parroquia, en todas partes.
Con el lema que tienen para este año, «rodeados de alegría», que en italiano «Circondati di allegría» - se presta a un juego de palabras, que recuerda la imagen del circo, el Papa destacó que la alegría es contagiosa y les asignó la tarea de hablar con sus abuelos y de escucharlos, animándolos también a seguir impulsando la paz y la solidaridad:
«Anunciando a todos el amor y la ternura de Jesús, se vuelven apóstoles de la alegría del Evangelio ¡Y la alegría es contagiosa! ¿Es verdad? ¿Están de acuerdo?
Quisiera darles una tarea. Esta alegría contagiosa hay que compartirla con todos, pero en especial – y ésta es la tarea - con los abuelos. ¡Piensen bien en esto: esta alegría hay que compartirla con todos, pero en especial con los abuelos! Hablen a menudo con sus abuelos; también ellos tienen esta alegría contagiosa. Pregúntenles tantas cosas, escúchenlos, ellos tienen la memoria de la historia, la experiencia de la vida. Y para ustedes éste será un gran don que los ayudará en su camino. También ellos tienen necesidad de escucharlos a ustedes - también ellos tienen necesidad de escucharlos a ustedes - tienen necesidad de comprender sus aspiraciones, sus esperanzas. He aquí la tarea que les doy: hablar con los abuelos, escuchar a los abuelos. Los ancianos tienen la sabiduría de la vida.
¡Para no olvidar, repitamos juntos la tarea: hablar con los abuelos, escuchar a los abuelos! ¡Chicos y chicas, todos juntos!...
¡Pero qué débiles que están! ¡Más fuerte!...
¡El próximo año les preguntaré sobre esto, sobre lo que hicieron!
Es contagioso también vuestro compromiso por la paz. También este año han querido enlazar la palabra ‘paz’ con la palabra ‘solidaridad’, con una iniciativa en favor de sus coetáneos de un barrio marginal de Nápoles. Es un gesto bueno, que indica el estilo con el que quieren anunciar el rostro de Dios que es amor. Que el Señor bendiga este proyecto vuestro de bien».
(CdM – RV)
(from Vatican Radio)