A veces vemos el sacramento de la Penitencia como un hecho humano, algo que entra en el ámbito de lo que decidimos libremente.
El mecanismo es sencillo. Hemos pecado y lo reconocemos. Sentimos o buscamos sentir un poco de arrepentimiento. Vamos a una iglesia. Encontramos a un sacerdote disponible. Nos confesamos con mayor o menor dolor por los pecados. Recibimos palabras de consejo y luego la absolución. Cumplimos la penitencia. Después, volvemos a la vida de siempre.

Es Dios, en definitiva, quien está más interesado por nuestro arrepentimiento. Somos sus hijos. Él es Padre. Y un Padre no puede sentir indiferencia cuando ve al hijo enfermo, caído, manchado por pecados que lo alejan de la Casa paterna, que lo separan de los hermanos, que lo debilitan en su pertenencia a la Iglesia.
Por eso Dios mueve cielos y tierras para renovar los corazones, para atraer al lejano, para curar al enfermo, para rescatar al pecador. No descansa mientras la oveja siga lejos, porque le interesa mucho la vida de cada hijo.
¿No nos creó por Amor? ¿No nos adoptó un día como hijos con las aguas del bautismo? ¿No ha mantenido su fidelidad en tantas situaciones de la propia historia? Dios no puede dejarnos a nuestra suerte. Por eso siente una alegría inmensa cuando acogemos la misericordia y nos dejamos curar por el Médico que vino para sacar a los hombres del pecado.
Nos lo recordó Cristo: “Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc 15,7).
P. Fernando Pascual de Catholic.net