lunes, 18 de mayo de 2015

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS

NUESTRO DESTINO
Se ha cumplido la cuarentena pascual. Hoy se nos ofrece celebrar la Pascua definitiva en Cristo, pues Él, una vez que resucitó de entre los muertos y confirmó a los suyos en la certeza de que estaba vivo, “después de hablarles, subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Mc 16, 19).
El que bajó del cielo ha vuelto al seno del Padre, pero no sin nosotros. El Hijo de Dios, el que se encarnó, padeció, murió y resucitó, ha ascendido a la gloria con nuestra humanidad glorificada. En Cristo los humanos hemos alcanzado nuestro propio destino. Los personajes celestes - “dos hombres vestidos de blanco”- que se les presentaron a los apóstoles, les aseguraron no solo que su Maestro había subido al cielo, sino que volvería: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.» (Act 1, 11)
Hoy se nos revela nuestro destino. No estamos hechos para contemplar la propia destrucción y quedar sometidos al imperio de la muerte. El que ha vencido a la muerte nos ha adelantado en su propia carne el proyecto de nuestra plenitud humana: “… hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud” (Ef 4, 13).
Nuestro triunfo deberá pasar por la paradoja de la mortalidad, pero no es injusto ni vano el deseo de inmortalidad que albergamos cada uno en el corazón y como imaginario colectivo.
La fe que nos anima no es un don para consolarnos al pensar que algunos de los nuestros alcanzan el triunfo, y a la manera de unas olimpiadas o concurso deportivo nos sintamos ganadores en los que obtienen las medallas, bien porque seamos de su origen o nación, bien porque estemos afiliados a su equipo. Cada uno tenemos la vocación de eternidad y la promesa de alcanzarla.
Desde la perspectiva que trasciende lo visible, gracias el regalo de la fe, acontece un incentivo esperanzador, que nos libera de perecer sin horizontes, sumergidos en la constatación permanente de la fragilidad, y en el tránsito de lo caduco. Si así fuera deberíamos consolarnos con la evasión, y difícilmente tendríamos argumento para superar la tentación de la desesperanza.

La Ascensión de Jesucristo a los cielos nos muestra cuál es nuestro destino. Y la consecuencia es que vivamos la profecía de la meta que Él alcanza hoy.
Ángel Moreno de Buenafuente

CONFIANZA Y RESPONSABILIDAD

Mc 16, 15-20
Al evangelio original de Marcos se le añadió en algún momento un apéndice donde se recoge este mandato final de Jesús: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación». El Evangelio no ha de quedar en el interior del pequeño grupo de sus discípulos. Han de salir y desplazarse para alcanzar al «mundo entero» y llevar la Buena Noticia a todas las gentes, a «toda la creación».
Sin duda, estas palabras eran escuchadas con entusiasmo cuando los cristianos estaban en plena expansión y sus comunidades se multiplicaban por todo el Imperio, pero ¿cómo escucharlas hoy cuando nos vemos impotentes para retener a quienes abandonan nuestras iglesias porque no sienten ya necesidad de nuestra religión?
Lo primero es vivir desde la confianza absoluta en la acción de Dios. Nos lo ha enseñado Jesús. Dios sigue trabajando con amor infinito el corazón y la conciencia de todos sus hijos e hijas, aunque nosotros los consideremos «ovejas perdidas». Dios no está bloqueado por ninguna crisis.
No está esperando a que desde la Iglesia pongamos en marcha nuestros planes de restauración o nuestros proyectos de innovación. Él sigue actuando en la Iglesia y fuera de la Iglesia. Nadie vive abandonado por Dios, aunque no haya oído nunca hablar del Evangelio de Jesús.
Pero todo esto no nos dispensa de nuestra responsabilidad. Hemos de empezar a hacernos nuevas preguntas: ¿Por qué caminos anda buscando Dios a los hombres y mujeres de la cultura moderna? ¿Cómo quiere hacer presente al hombre y a la mujer de nuestros días la Buena Noticia de Jesús?
Hemos de preguntarnos todavía algo más: ¿Qué llamadas nos está haciendo Dios para transformar nuestra forma tradicional de pensar, expresar, celebrar y encarnar la fe cristiana de manera que propiciemos la acción de Dios en el interior de la cultura moderna? ¿No corremos el riesgo de convertirnos, con nuestra inercia e inmovilismo, en freno y obstáculo cultural para que el Evangelio se encarne en la sociedad contemporánea?
Nadie sabe cómo será la fe cristiana en el mundo nuevo que está emergiendo, pero, difícilmente será «clonación» del pasado. El Evangelio tiene fuerza para inaugurar un cristianismo nuevo.
 José Antonio Pagola

HOY, FIESTA DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR. BENEDICTO XVI NOS LA EXPLICA


"Cuarenta días después de la Resurrección —según el libro de los Hechos de los Apóstoles—, Jesús sube al Cielo, es decir, vuelve al Padre, que lo había enviado al mundo. En muchos países este misterio no se celebra el jueves, sino hoy, el domingo siguiente. 

La Ascensión del Señor marca el cumplimiento de la salvación iniciada con la Encarnación. Del mismo modo que por nosotros Jesús bajó del Cielo y por nosotros sufrió y murió en la cruz, así también por nosotros resucitó y subió a Dios, que por lo tanto ya no está lejano. 

Por esto, los discípulos cuando vieron al Maestro elevarse de la tierra y subir hacia lo alto, no experimentaron desconsuelo, como se podría pensar; sino una gran alegría, y se sintieron impulsados a proclamar la victoria de Cristo sobre la muerte. Y el Señor resucitado obraba con ellos, distribuyendo a cada uno un carisma propio. 

Queridos amigos, la Ascensión nos dice que en Cristo nuestra humanidad es llevada a la altura de Dios; así, cada vez que rezamos, la tierra se une al Cielo. Y como el incienso, al quemarse, hace subir hacia lo alto su humo, así cuando elevamos al Señor nuestra oración confiada en Cristo, ésta atraviesa los cielos y llega a Dios mismo, que la escucha y acoge.

Supliquemos, por último, a la Virgen María para que nos ayude a contemplar los bienes celestiales, que el Señor nos promete, y a ser testigos cada vez más creíbles de su Resurrección, de la verdadera vida".

«DOS VIDAS». SAN AGUSTÍN.


De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan (Tratado 124, 5. 7: CCL 36, 685-687)

La Iglesia sabe de dos vidas, ambas anunciadas y recomendadas por el Señor; de ellas, una se desenvuelve en la fe, la otra en la visión; una durante el tiempo de nuestra peregrinación, la otra en las moradas eternas; una en medio de la fatiga, la otra en el descanso... La primera vida es significada por el apóstol Pedro, la segunda por el apóstol Juan...
Por eso se le dice a Pedro: Sígueme; en cambio de Juan se dice: Si yo quiero que él permanezca así hasta mi venida, ¿a ti qué? Tú, sígueme. «Tú, sígueme por la imitación en soportar las dificultades de esta vida; él, que permanezca así hasta mi venida para otorgar mis bienes.» Lo cual puede explicarse más claramente así: «Sígame una actuación perfecta, impregnada del ejemplo de mi pasión; pero la contemplación incoada permanezca así hasta mi venida para perfeccionarla.» [...]

Pero nadie separe lo que significan estos dos apóstoles, ya que ambos estaban incluidos en lo que significaba Pedro y ambos estarían después incluidos en lo que significaba Juan. El seguimiento del uno y la permanencia del otro eran un signo. Uno y otro, creyendo, toleraban los males de esta vida presente; uno y otro, esperando, confiaban alcanzar los bienes de la vida futura.
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