viernes, 18 de marzo de 2016

El secreto de Jesús para vivir en tiempos difíciles

Vivimos tiempos difíciles.
De eso no hay ninguna duda.
En el Evangelio de Mateo, Capítulo 24, Jesús predice la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d. C. y también profetiza sobre el fin del mundo. Los expertos difieren sobre a qué acontecimiento se refiere en diferentes puntos del texto.
Pero dejando a un margen los detalles, en Mateo 24 Jesús habla de lo que sucede en tiempos agitados y cómo deberían responder los cristianos.
Hace poco, uno de los versículos de este capítulo se me quedó clavado en la mente.
Jesús dice: “Por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (24:12).
En otras palabras, los momentos difíciles pueden hacer que se enfríe la llama de la caridad en nuestros corazones,
Jesús continúa: “Pero el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (24:13).
¿El que persevere en qué?
En el amor.
El que persevere en el amor será salvado.
Dios nos pide, incluso cuando vivimos tiempos de desacuerdo, difíciles y revueltos, que perseveremos en el amor.
Es obra del diablo que la palabra “amor” suene tan “cursi” hoy en día. Cuando la gente escucha una exhortación en favor del amor a menudo responden enojados insistiendo en la necesidad de ser sensatos.
Necesitamos protegernos a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. Tenemos que luchar contra el mal y proclamar la verdad desde las azoteas.
Cierto.
Pero entonces, ¿de qué forma saber cómo es el auténtico amor?
El amor real, el amor ágape, es como Jesús.
Jesús no era un “cursi”. Él hablaba con la verdad por delante. Ponía a todo el mundo incómodo. Pero también compartía la comida con los pecadores y les invitaba a seguirle. Interactuó y debatió con los escribas y los fariseos, hasta su amargo final.
No se rindió y se marchó, tampoco les arrojó piedras desde lejos. Jesús se acercó a sus enemigos. Nunca se daba por vencido, sin importar la vehemencia o la intensidad con la que discrepara del punto de vista de otra persona.
Jesús se mezcló con sus “enemigos”. Permitió que Judas siguiera en su círculo más cercano hasta el último momento de su traición.
Lo hizo, presuntamente, porque es lo que haría un cristiano de verdad, pero también porque quería demostrarnos que nuestro amor debería extenderse a los demás hasta que no haya vuelta atrás, hasta el último momento.
Jesús fue el ejemplo de cómo responder ante las difíciles circunstancias derivadas de su llamamiento al amor a nuestros enemigos.
Lo hizo para mostrarnos que nuestro amor, enraizado al amor de Cristo, puede tener un papel fundamental a la hora de convertir a los enemigos en amigos de Dios.
Y luego también hay otra razón por la que Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos…
Jesús nos dice que amemos a nuestros enemigos porque sabe que la respuesta natural del ser humano ante la maldad y los tiempos difíciles es que nuestro amor se enfríe. Y cuanto más se enfría nuestro amor, más cerca estamos del infierno, tanto más alejados del amor de Dios.
Cuando nuestro amor se enfría en la presencia de la maldad, nos convertimos en el mismo mal que despreciamos, el mismo mal que Dios detesta.
Pero Dios no quiere que nos convirtamos en el mal que Él aborrece, incluso si esto sucede en el mismo proceso de lucha contra el mal. Jesús quiere que seamos como él.
Así que avivemos las llamas de nuestro amor cristiano haciendo exactamente lo contrario a lo que nos dice nuestro instinto humano: amar a nuestros enemigos.

Amemos a nuestros enemigos en vez de permitir que se enfríe nuestro amor.
Aleteia

Los relatos evangélicos de la Pasión sin detalles de los sufrimientos. "Lo más importante de los relatos de la Pasión es el final: la proclamación de la Resurrección"

La meditación de la Pasión del Señor es una práctica de la piedad cristiana, provechosa en todo tiempo pero muy especialmente en el llamado precisamente de Pasión. Sin embargo, el lector moderno puede sentirse decepcionado al leer los relatos evangélicos, porque su enfoque no coincide con el de los evangelistas.

El lector moderno está acostumbrado a los relatos y las imágenes de desgracias o de crímenes que difunden los medios de comunicación, relatos sensacionalistas y truculentos, y esperaría algo por el estilo en los evangelios de la Pasión. Incluso sin morbosidad, por devoción, el lector cristiano quisiera conocer los detalles de los sufrimientos de nuestro Redentor, y no los encuentra en los evangelios. Busca entonces comentarios históricos que los describan, pero no bastan.

Hay que situarse en el punto de vista de los apóstoles y los evangelistas y en la actitud de la primera generación cristiana. No tenían necesidad de que les explicaran en qué consistía la ejecución de la pena de crucifixión. Podían imaginarse muy bien lo que le hicieron a Jesús, pero no consideraban decoroso explicitarlo, ni con palabras ni con imágenes. La representación tal vez más antigua de Jesús en la cruz es un relieve de talla de madera en la puerta de la basílica de Santa Sabina, en Roma, del siglo V. Los cristianos no se atrevieron a representar al crucificado hasta que, cristianizado el imperio, la cruz era una joya en la corona de los emperadores. Antes, representaban la pasión y resurrección con simbolismos bíblicos, como Jonás saliendo del vientre de la ballena, o Daniel en el foso de los leones.
Lo que urgía a los primeros predicadores cristianos, ante el hecho histórico de todos conocido de la muerte en cruz del Señor, no era describir cómo se realizó, sino proclamar que después había resucitado, y que aquella muerte no fue un fallo en el plan divino de salvación, sino que estaba previsto y anunciado en las Escrituras. Así se expresa en el kerygma, el núcleo sintético de la buena noticia, tal como se lee en la predicación de Pedro y Pablo en los Hechos de los Apóstoles, o en las cartas paulinas; por ejemplo, 1 Corintios 15,3-4: "Cristo murió por nuestros pecados, como decían ya las Escrituras, y fue sepultado, y resucitó al tercer día, como decían ya las Escrituras".
Así, en los relatos evangélicos de la Pasión no se describen con todos los pormenores las torturas que le aplicaron (que es lo que el lector moderno espera), sino tan solo aquellos detalles que se podían encontrar anunciados en las Escrituras, principalmente en los cantos del Siervo de Yahvé, de la segunda parte del libro de Isaías, y en algunos pasajes de los salmos del justo sufriente: que todos lo abandonaron, que fue contado entre los malhechores, que los soldados se repartieron sus vestidos y echaron suerte sobre su túnica, o que no le rompieron ningún hueso. Detalles todos que no son los que más interesan al lector actual.
Lo más importante de los relatos de la Pasión es el final: que terminan con la proclamación de la Resurrección. Los evangelistas no cayeron en la trampa de presentar a Jesús resucitando, sino resucitado. Desde el día de Pascua los apóstoles proclaman que el crucificado vive, y que les hace vivir a ellos con una vida nueva. Sabemos que antes de la redacción de los cuatro evangelios canónicos circularon algunos primeros escritos, como por ejemplo colecciones de parábolas, o de disputas con los rabinos y fariseos, o de sentencias pronunciadas por el Maestro en distintas ocasiones y agrupadas en forma fácil de memorizar. Pero seguramente no existió nunca un relato de la Pasión sola, que no terminara y culminara en la Resurrección.
Nosotros estamos acostumbrados a la lectura litúrgica, que en la Semana Santa quiere seguir día por día y casi hora por hora lo que entonces sucedió, y así el Viernes Santo se lee la Pasión hasta la sepultura, y hasta la vigilia del domingo de Pascua no se continúa con la Resurrección, pero en los evangelios no se separaban.

El Cristo Majestad de las pinturas románicas expresa una visión de fe cuando, a diferencia de las imágenes góticas y sobre todo barrocas, hiperrealistas, vela (sin negarlos) los detalles cruentos y presenta a Jesucristo reinando desde la cruz, con corona no de espinas sino de rey, con manto real, y a veces hasta con casulla sacerdotal. Aquellos artistas, y los fieles que contemplaban sus obras, no desconocían la realidad de los sufrimientos del Redentor, pero por encima de lo que la visión material ofrecía, se elevaban a una visión de fe sobre el porqué y el final de la Pasión.
El relato de la Pasión según Juan abunda en esta visión de fe. No oculta la realidad material, pero presenta a Jesús glorioso en la Pasión y hasta en la cruz. La escena de Getsemaní, más que un prendimiento, en Juan es una entrega voluntaria, después de hacer retroceder a los que iban a prenderle. Ante Pilatos, se comporta con la mayor dignidad, como si fuera él quien juzga al gobernador romano. Desde la cruz, toma sus disposiciones sobre su madre y el discípulo, dice que todo se ha cumplido y, cuando quiere, "entrega el espíritu": exhala su último aliento, o sea, muere, pero a la vez Juan sugiere que desde la cruz emite el Espíritu, que da la verdadera vida. En los evangelios sinópticos, el reino de Dios se establecerá plenamente en el fin del mundo, con la segunda venida de Jesucristo. En las cartas paulinas, se da ya en este mundo, en la Iglesia. En Juan, en la cruz.

(Hilari Raguer osb).

"No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios".



Evangelio según San Juan 10,31-42. 


Los judíos tomaron piedras para apedrearlo. 

Entonces Jesús dijo: "Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?". 

Los judíos le respondieron: "No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios". 

Jesús les respondió: "¿No está escrito en la Ley: Yo dije: Ustedes son dioses? 

Si la Ley llama dioses a los que Dios dirigió su Palabra -y la Escritura no puede ser anulada- 
¿Cómo dicen: 'Tú blasfemas', a quien el Padre santificó y envió al mundo, porque dijo: "Yo soy Hijo de Dios"? 

Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; 

pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a mí. Así reconocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre". 

Ellos intentaron nuevamente detenerlo, pero él se les escapó de las manos. 

Jesús volvió a ir al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado, y se quedó allí. 

Muchos fueron a verlo, y la gente decía: "Juan no ha hecho ningún signo, pero todo lo que dijo de este hombre era verdad". 

Y en ese lugar muchos creyeron en él. 


Homilía del Papa: la esperanza es fundamental en la vida del cristiano

La esperanza cristiana es una virtud humilde y fuerte que nos sostiene y hace que no nos ahoguemos en las tantas dificultades de la vida. Lo recordó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta. El Pontífice reafirmó que la esperanza en el Señor jamás decepciona y es fuente de alegría que da paz a nuestro corazón.

Jesús habla con los doctores de la ley y afirma que Abraham “exultó en la esperanza” de ver su día. El Santo Padre se inspiró en el pasaje del Evangelio del día para subrayar que la esperanza es fundamental en la vida del cristiano. Abraham – dijo Francisco – “tuvo sus tentaciones por el camino de la esperanza”, pero creyó y obedeció al Señor, y así se puso en camino hacia la tierra prometida.

La esperanza nos conduce hacia adelante con alegría

El Papa Bergoglio también destacó que hay como un “hilo de la esperanza” que une “toda la historia de la salvación” y es “fuente de alegría”:
“Hoy la Iglesia nos habla de la alegría de la esperanza. En la primera oración de la Misa hemos pedido a Dios la gracia de custodiar la esperanza de la Iglesia, para que no ‘fracase’. Y Pablo, hablando de nuestro padre Abraham, nos dice: ‘Crean contra toda esperanza’. Cuando no hay esperanza humana, está aquella virtud que te lleva adelante, humilde, sencilla, pero que te da una alegría, a veces una gran alegría, a veces sólo la paz, pero la seguridad de que aquella esperanza no decepciona. La esperanza no decepciona”.

Esta “alegría de Abraham”, esta esperanza – dijo también el Pontífice – “crece en la historia”. Y admitió que “a veces se esconde, no se ve”; mientras otras veces “se manifiesta abiertamente”. Francisco citó el ejemplo de Isabel embarazada que exulta de alegría cuando la visita su prima María. Es la “alegría de la presencia de Dios – dijo – que camina con su pueblo. Y cuando hay alegría, hay paz. Esta es la virtud de la esperanza: de la alegría a la paz”. Esta esperanza – prosiguió diciendo el Papa – “no decepciona jamás”, ni siquiera en los “momentos de la esclavitud”, cuando el pueblo de Dios estaba en tierra extranjera.

La esperanza nos sostiene y hace que no nos ahoguemos en las dificultades

Este “hilo de la esperanza” comienza con Abraham, “Dios que habla a Abraham”, y “termina” con Jesús. El Obispo de Roma se detuvo a considerar las características de esta esperanza. Y añadió que, si en efecto se puede decir que se tiene fe y caridad, es más difícil responder acerca de la esperanza:
“Tantas veces podemos decir esto fácilmente, pero cuando se nos pregunta: ‘¿Tú tienes esperanza? ¿Tú tienes la alegría de la esperanza?’ ‘Pero, padre, no entiendo, explíquemelo’. La esperanza, aquella virtud humilde, aquella virtud que corre bajo el agua de la vida, pero que nos sostiene para que no nos ahoguemos en las tantas dificultades, para no perder aquel deseo de encontrar a Dios, de encontrar aquel rostro maravilloso que todos veremos un día: la esperanza”.

La esperanza no decepciona: es silenciosa, humilde y fuerte

Hoy – dijo el Papa al concluir su homilía – “es un lindo día para pensar en esto: el mismo Dios, que llamó a Abraham y lo hizo salir de su tierra sin que supiera a dónde debía ir, es el mismo Dios que va a la cruz, para cumplir la promesa que había hecho”:
“Es el mismo Dios que en la plenitud de los tiempos hace que aquella promesa llegue a ser una realidad para todos nosotros. Y lo que une aquel primer momento a este último momento es el hilo de la esperanza; y lo que une mi vida cristiana a nuestra vida cristiana, de un momento al otro, para ir siempre hacia adelante – pecadores, pero adelante – es la esperanza; y lo que nos da paz en los feos momentos, en los momentos peores de la vida es la esperanza. La esperanza no decepciona, está siempre allí: silenciosa y humilde, pero fuerte”.

(María Fernanda Bernasconi - RV).