martes, 26 de enero de 2016

Gracias, Don Carlos,"Por hacer una diócesis inclusiva, que acoja todas las sensibilidades"

Es tan sencillo, afable y cercano que se hace querer. Carlos Osoro, el arzobispo de Madrid, es cariñoso por naturaleza y cercano por carácter. Y amigo de sus amigos. Un buenazo inteligente que no se deja presionar ni influir, aunque algunos quieran condicionar su pontificado madrileño y colocarlo en la diana un día sí y otro también.

Con técnicas yunqueras, los de siempre vienen disparando contra él (y contra el Papa que lo llama el 'peregrino' y que lo nombró para Madrid). Un día sí y otro también lo colocan en el blanco. Con falsedades claras o con medias verdades. Es la técnica del agitprop (agitación y propaganda). Afortunadamente, en medios católicos ya todo el mundo los tiene 'calados'. Ya todo el mundo sabe de qué van y, además, cada vez cuentan con menos obispos amigos y protectores. Aunque los pocos que les quedan también son de los vociferantes.

Desde que llegó a Madrid, Don Carlos sabe que se la tienen jurada. Simplemente, por no apoyar sólo y exclusivamente a los de su cuerda. Por querer hacer una diócesis inclusiva, en la que quepan las distintas sensibilidades. Por querer ser de todos y para todos, le llaman buenista y le conminan a optar: 'O estás conmigo o contra mí'.
No saben que Don Carlos, al que conozco desde su primera diócesis (su primer amor) ourensano, es amigo de sus amigos. Y los defiende a capa y espada, aunque eso le ocasione problemas y algún que otro dolor de cabeza. Y tampoco saben que, por su carácter, por su forma de ser, por su espiritualidad, Don Carlos no tiene ni puede tener enemigos.

Y el otro día, en San Antón, dejó sobrada constancia de las dos cosas. A pesar de los ataques que le lanzan por sistema, él aseguró que no tiene enemigos y que, por eso, duerme bien por las noches. Con la conciencia tranquila.
Y, por otro lado, hizo una defensa cerrada del Padre Ángel. Por sus más de 50 años dedicados, con intensidad, a los descartados. Porque "por los frutos los conoceréis". Porque, como dice el Papa, "no hay santo sin pasado ni pecados sin futuro". Santo y pecador, el padre Ángel es un icono de la solidaridad, en esta época en la que la Iglesia quiere presentarse ante el mundo como una madre samaritana y con entrañas de misericordia.

Osoro no sólo alabó su gran obra de Mensajeros de la Paz, sino también su iglesia de San Antón, que se ha convertido en un imán, en un hospital de campaña, en casa de todo y para todos. Una iglesia que no es ni mejor ni peor que las demás, pero sí diferente, porque distinto es el carisma del cura que la dirige.
Un templo que demuestra que, cuando la Iglesia deja de ser aduana y abre de par en par sus puertas, la gente acude, porque necesita (quizás más que nunca) consuelo, misericordia y esperanza.
Gracias Don Carlos por esa 'bendición' al Padre Ángel y a su obra. Poca gente tiene la Iglesia en España y en el mundo que goce de tanto predicamento social, de tanta credibilidad, de tanta influencia como él. Es hora de cuidarlo, por encima de rencillas de campanario y de celotipias de mira estrecha.

Gracias, Don Carlos, porque se la juega. Porque, mientras otros obispos están renuentes, usted se alinea abierta y claramente con el Papa. No se esconde, esperando que su papado sea una mera tormenta de verano. 'El peregrino' (como le bautizó Francisco) da la cara y un paso al frente, para poner su diócesis a la hora de la primavera de Francisco. Y eso, en momentos en que muchos obispos cubren su cobardía so capa de prudencia y, por miedo, se resisten a cambiar sus inercias vitales y pastorales, es muy de agradecer. Y ya sabe que, en esa tarea, nos tendrá siempre a su lado.
Fuente: Religión digital

COMENTARIO AL EVANGELIO DE HOY POR BENEDICTO XVI:


El mandamiento que Jesús deja a sus Apóstoles y, a través de ellos, a todos nosotros es: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos... Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos» (Mt 28, 19.21). 

Como Jesús, los mensajeros de paz de su reino deben ponerse en camino, deben responder a su invitación. Deben ir, pero no con el poder de la guerra o con la fuerza del poder. 

En el pasaje del Evangelio que hemos leído, Jesús envía a setenta y dos discípulos a la gran mies que es el mundo, invitándolos a rogar al Señor de la mies que no falten nunca obreros a su mies; pero no los envía con medios poderosos, sino «como corderos en medio de lobos», sin bolsa, ni alforja, ni sandalias.

San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías, comenta: «Mientras seamos corderos, venceremos e, incluso si estamos rodeados por numerosos lobos, lograremos vencerlos. Pero si nos convertimos en lobos, seremos vencidos, porque estaremos privados de la ayuda del pastor» (Homilía 33, 1: PG 57, 389).

Los cristianos no deben nunca ceder a la tentación de convertirse en lobos entre los lobos; el reino de paz de Cristo no se extiende con el poder, con la fuerza, con la violencia, sino con el don de uno mismo, con el amor llevado al extremo, incluso hacia los enemigos. Jesús no vence al mundo con la fuerza de las armas, sino con la fuerza de la cruz, que es la verdadera garantía de la victoria. 

Y para quien quiere ser discípulo del Señor, su enviado, esto tiene como consecuencia el estar preparado también a la pasión y al martirio, a perder la propia vida por Él, para que en el mundo triunfen el bien, el amor, la paz. Esta es la condición para poder decir, entrando en cada realidad: «Paz a esta casa» (Lc 10, 5).

(…) Queridos hermanos y hermanas, como cristianos queremos invocar de Dios el don de la paz, queremos pedirle que nos haga instrumentos de su paz en un mundo todavía desgarrado por el odio, las divisiones, los egoísmos, las guerras (…) para que el rencor ceda el paso al perdón, la división a la reconciliación, el odio al amor, la violencia a la mansedumbre, y en el mundo reine la paz. Amén.
(Benedicto XVI, audiencia general del 26 de octubre de 2011)
Fuente: News. Va

EL REINO DE DIOS ESTÁ CERCA



Evangelio según San Lucas 10,1-9

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.

Y les dijo: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.

¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: '¡Que descienda la paz sobre esta casa!'.

Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes.

Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa.

En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: 'El Reino de Dios está cerca de ustedes'."

El Papa en la Solemnidad de la Conversión de San Pablo: "La unidad se hace en el camino”

«Porque yo soy el último de los Apóstoles, [...] ya que he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí».  (1 Cor 15,9- 10). El apóstol Pablo resume así el significado de su conversión. Ésta, llevada a cabo después del encuentro deslumbrante con Cristo resucitado (cf. 1 Cor 9,1) en el camino de Jerusalén a Damasco, no es ante todo un cambio moral, sino una experiencia de la gracia transformadora de Cristo, y al mismo tiempo la llamada a una nueva misión, la de anunciar a todos a aquel Jesús a quien antes perseguía, persiguiendo a sus discípulos. En ese momento, de hecho, Pablo entiende que entre el Cristo eternamente vivo y sus seguidores hay una unión real y trascendente: Jesús vive y está presente en ellos y ellos viven en Él. La vocación a ser un apóstol no se funda en los méritos humanos de Pablo, quien se considera "último" e "indigno", sino en la infinita bondad de Dios, que lo eligió y le confió el ministerio.

Una comprensión similar de lo que sucedió en el camino de Damasco es testimoniada por san Pablo también en la Primera Carta a Timoteo: «Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia. Y sobreabundó a mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús». (1,12-14). La sobreabundante misericordia de Dios es la única razón en la cual se funda el ministerio de Pablo, y es al mismo tiempo lo que el Apóstol tiene que anunciar a todos.

La experiencia de san Pablo es similar a aquella de las comunidades a las que el apóstol Pedro dirigió su Primera Carta. San Pedro se dirige a los miembros de comunidades pequeñas y frágiles, expuestas a la amenaza de las persecuciones y aplica a ellos los títulos gloriosos atribuidos al pueblo santo de Dios, «una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido» ( 1 Pe 2,9).


Para los primeros cristianos, como hoy para todos nosotros bautizados, es una fuente de consuelo y de constante estupor el saber de haber sido elegidos para formar parte del diseño de salvación de Dios, actuado en Jesucristo y en la Iglesia. "Señor, ¿por qué yo?"; "¿Por qué nosotros?". Alcanzamos aquí el misterio de la misericordia y la elección de Dios: el Padre nos ama a todos y quiere salvar a todos, y por eso llama a algunos, "conquistándolos" con su gracia, para que a través de ellos su amor pueda llegar a todos. La misión del entero pueblo de Dios es la de anunciar las maravillas del Señor, ante todas el Misterio pascual de Cristo, por medio del cual hemos pasado de las tinieblas del pecado y la muerte, al esplendor de su vida, nueva y eterna (cf. 1 Pe 2,10).
 A la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado, y que nos ha guiado durante esta Semana de Oración por la unidad de los cristianos, realmente podemos decir que todos los creyentes en Cristo estamos "llamados a anunciar las maravillas de Dios" (cf. 1 2.9 pt). Más allá de las diferencias que todavía nos separan, reconozcamos con alegría, que en el origen de la vida cristiana hay siempre una llamada, cuyo autor es Dios mismo. Podemos avanzar en el camino hacia la comunión plena y visible entre los cristianos no sólo cuando nos acercamos los unos a los otros, sino sobre todo en la medida en que nos convertimos al Señor, que por su gracia nos elige y nos llama a ser sus discípulos. Y convertirse significa dejar que el Señor viva y trabaje en nosotros. Por este motivo, cuando los cristianos de diferentes Iglesias escuchan juntos la Palabra de Dios y tratan de ponerla en práctica, cumplen pasos verdaderamente importantes hacia la unidad. Y no sólo la llamada nos une; también compartimos la misma misión: anunciar a todos las maravillosas obras de Dios. Como san Pablo, y como los fieles a quienes escribe san Pedro, también nosotros no podemos no anunciar el amor misericordioso que nos ha conquistado y transformado. Mientras estamos en camino hacia la plena comunión entre nosotros, ya podemos desarrollar múltiples formas de colaboración para favorecer la difusión del Evangelio. Y caminando y trabajando juntos, nos damos cuenta de que ya estamos unidos en el nombre del Señor. “La unidad se hace en camino”.