jueves, 4 de febrero de 2016

La Iglesia destinó 150 millones de dólares para atender a los refugiados que llegan a Jordania, Líbano, Irak, Turquía o Egipto

La Santa Sede pide a la comunidad internacional más fondos para acoger a cuatro millones de personas.

Gallagher: "El precio de la crisis se mide con la muerte y el sufrimiento de millones de seres humanos"
La Iglesia Católica destinó en 2015 un total de 150 millones de dólares para la atención de los refugiados que llegan a Jordania, Líbano, Irak, Turquía y Egipto y pide más fondos para 2016.
Más de cuatro millones de personas se han beneficiado de estas donaciones que se recaudaron gracias a los llamamientos de las conferencias episcopales, a los donativos privados y en colaboración con los gobiernos y las organizaciones internacionales.
Así lo ha trasladado el secretario para las Relaciones con los Estados, el arzobispoPaul R. Gallagher, durante la Conferencia de Países Donantes para Siria que ha tenido lugar este jueves en Londres (Reino Unido) y que tiene como objetivo dar respuesta a la crisis humanitaria en Siria.
En 2015, las instituciones católicas destinaron estos fondos a: educación con 37 millones de dólares para programas de formación en el Líbano y Jordania; asistencia alimentaria, con 30 millones de dólares, en su mayoría para Siria; asistencia no alimentaria, con aproximadamente 30 millones de dólares en Siria e Irak; salud, con cerca de 16 millones de dólares destinados al sector sanitario, especialmente en Siria, Jordania e Irak; y vivienda, con 10 millones de dólares para alojamiento de los refugiados y desplazados internos.
Otros 12 millones de dólares han sido utilizados para proporcionar asistencia directa en efectivo, agua y saneamiento, medios de sustento y asistencia socio-psicológica.
 En todo caso, las solicitudes de fondos para el 'Plan Regional para los Refugiados y la Resiliencia 2016-2017 en respuesta a la crisis de Siria (3RP) de las Naciones Unidas' son más altas en 2016. "Teniendo en cuenta las enormes necesidades humanitarias, la Santa Sede une su voz a las peticiones de más fondos para la asistencia a los refugiados y las comunidades de acogida", ha subrayado el arzobispo.
Además, ha mostrado su satisfacción por el hecho de que en esta conferencia de donantes se haya puesto el acento en la necesidad de proporcionar educación, empleo y desarrollo económico.
"A pesar de las esperanzas renovadas de una solución política de la crisis, nuestros esfuerzos humanitarios se concentran cada vez más no sólo en la ayuda de emergencia, sino también en las necesidades a medio y largo plazo de los refugiados y de los países que los reciben", ha apuntado.
Además, ha asegurado el compromiso de la Iglesia católica para seguir prestando asistencia humanitaria en el próximo año y ha explicado que a la hora de ayudar no distinguen por religión. "En la distribución de ayudas, los organismos y los entes católicos no hacen distinciones respecto a la identidad religiosa o étnica de las personas que la necesitan", ha aclarado.

Según ha precisado Gallagher, el mundo se encuentra ante una crisis caracterizada por un creciente sufrimiento, que incluye "casos de desnutrición extrema de niños inocentes y de otros civiles, especialmente entre el gran número de personas atrapadas en zonas de difícil acceso y en estado de sitio" y ha advertido de que "el precio de la crisis se mide con la muerte y el sufrimiento de millones de seres humanos".
Fuente: Religión Digital

El Papa en Santa Marta: La fe es la mayor herencia que podemos dejar

La mayor herencia que podemos dejar a los demás es la fe. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa de Santa Marta, durante la que también invitó a no tener miedo de la muerte, porque el recorrido de la vida continúa.

El pensamiento de la muerte ilumina la vida

“En cada vida hay un fin” – subrayó el Papa aludiendo a la lectura del día que se refiere a la muerte del Rey David – y afirmó que se trata de “un pensamiento que no gusta tanto”, que “siempre se encubre” pero que “es la realidad de todos los días”. Pensar “en el último paso” – dijo – es “una luz que ilumina la vida”, “es una realidad que debemos tener siempre ante nosotros”:
“En una de las audiencias del miércoles había entre los enfermos una monjita anciana, pero con un rostro de paz, con una mirada luminosa: ‘¿Cuántos años tiene usted, hermana?’. Y con una sonrisa: ‘Ochenta y tres, pero estoy terminando mi recorrido en esta vida, para comenzar el otro itinerario con el Señor, porque tengo un cáncer en el páncreas’. Y así, en paz, aquella mujer había vivido su vida consagrada con intensidad. No tenía miedo de la muerte: ‘Estoy terminando mi recorrido de vida, para comenzar el otro’. Es un pasaje. Estas cosas nos hacen bien”.

La fe, la más bella herencia

David reinó en Israel durante cuarenta años: “Pero también cuarenta años pasan”, observó Francisco. Antes de morir, David exhortó a su hijo Salomón a observar la Ley del Señor. Él había pecado mucho en su vida, pero había aprendido a pedir perdón y la Iglesia lo llama “el Santo Rey David. ¡Pecador, pero Santo!”. Ahora, en punto de muerte, deja al hijo “la herencia más bella y más grande que un hombre o una mujer puede dejar a los hijos: deja la fe”:
“Cuando se hace testamento la gente dice: ‘A éste le dejo esto, a éste le dejo aquello, a éste le dejo esto…’. Sí, está bien, pero la herencia más bella, la mayor herencia que un hombre, una mujer, puede dejar a sus hijos es la fe. Y David hace memoria de las promesas de Dios, hace memoria de su propia fe en estas promesas y se las recuerda a su hijo.  Dejar la fe en herencia. Cuando en la ceremonia del Bautismo damos a los padres la vela encendida, la luz de la fe, les estamos diciendo: ‘Consérvala, hazla crecer en tu hijo y en tu hija y déjala como herencia’. Dejar la fe como herencia, esto nos enseña David, y muere así, sencillamente como cada hombre. Pero sabe bien qué aconsejar a su hijo y cuál es la mejor herencia que le deja: ¡no el reino, sino la fe!”.

Dios es Padre fiel que jamás decepciona

El Santo Padre concluyó su homilía invitando a la asamblea a preguntarse: “¿Cuál es la herencia que yo dejo con mi vida?”:
“¿Dejo la herencia de un hombre, de una mujer de fe? ¿Les dejo esta herencia a los míos? Pidamos al Señor dos cosas: no tener miedo de este último paso, como la hermana de la audiencia del miércoles – ‘Estoy terminando mi recorrido y comienzo el otro’ – no tener miedo; y la segunda, que todos nosotros podamos dejar con nuestra vida, como la mejor herencia, la fe, la fe en este Dios fiel, este Dios que está junto a nosotros siempre, este Dios que es Padre y jamás decepciona”.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

COMENTARIO AL EVANGELIO DE HOY POR BENEDICTO XVI



En el Evangelio de hoy, Jesús toma la iniciativa de enviar a los doce apóstoles en misión (cf. Mc 6, 7-13). En efecto, el término «apóstoles» significa precisamente «enviados, mandados». Su vocación se realizará plenamente después de la resurrección de Cristo, con el don del Espíritu Santo en Pentecostés.

Sin embargo, es muy importante que desde el principio Jesús quiere involucrar a los Doce en su acción: es una especie de «aprendizaje» en vista de la gran responsabilidad que les espera. El hecho de que Jesús llame a algunos discípulos a colaborar directamente en su misión, manifiesta un aspecto de su amor: esto es, Él no desdeña la ayuda que otros hombres pueden dar a su obra; conoce sus límites, sus debilidades, pero no los desprecia; es más, les confiere la dignidad de ser sus enviados. 

Jesús los manda de dos en dos y les da instrucciones, que el evangelista resume en pocas frases. La primera se refiere al espíritu de desprendimiento: los apóstoles no deben estar apegados al dinero ni a la comodidad. 

Jesús además advierte a los discípulos de que no recibirán siempre una acogida favorable: a veces serán rechazados; incluso puede que hasta sean perseguidos. Pero esto no les tiene que impresionar: deben hablar en nombre de Jesús y predicar el Reino de Dios, sin preocuparse de tener éxito. El éxito se lo dejan a Dios. 

Los enviados de Dios a menudo no son bien recibidos. Este es el caso del profeta Amós, enviado por Dios a profetizar en el santuario de Betel (…) Amasías, sacerdote de Betel, ordena a Amós que se marche. Él responde que no ha sido él quien ha elegido esta misión, sino que el Señor le ha enviado precisamente allí. Por lo tanto, ya se le acepte o rechace, seguirá profetizando, predicando lo que Dios dice y no lo que los hombres quieren oír decir.

Y este sigue siendo el mandato de la Iglesia: no predica lo que quieren oír decir los poderosos. Y su criterio es la verdad y la justicia aunque esté contra los aplausos y contra el poder humano. 

Igualmente, en el Evangelio Jesús advierte a los Doce que podrá ocurrir que en alguna localidad sean rechazados. En tal caso deberán irse a otro lugar, tras haber realizado ante la gente el gesto de sacudir el polvo de los pies, signo que expresa el desprendimiento en dos sentidos: desprendimiento moral —como decir: el anuncio os ha sido hecho, vosotros sois quienes lo rechazáis—; y desprendimiento material —no hemos querido y nada queremos para nosotros-.

La otra indicación muy importante del pasaje evangélico es que los Doce no pueden conformarse con predicar la conversión: a la predicación se debe acompañar, según las instrucciones y el ejemplo de Jesús, la curación de los enfermos; curación corporal y espiritual. Habla de las sanaciones concretas de las enfermedades, habla también de expulsar los demonios, o sea, purificar la mente humana, limpiar, limpiar los ojos del alma que están oscurecidos por las ideologías y por ello no pueden ver a Dios, no pueden ver la verdad y la justicia. 

Esta doble curación corporal y espiritual es siempre el mandato de los discípulos de Cristo. Por lo tanto la misión apostólica debe siempre comprender los dos aspectos de predicación de la Palabra de Dios y de manifestación de su bondad con gestos de caridad, de servicio y de entrega. 

(…) Jesús instruyó, preparó, formó a sus discípulos, también mediante el «aprendizaje» misionero, para que fueran capaces de asumir la responsabilidad apostólica en la Iglesia. En la comunidad cristiana éste es siempre el primer servicio que ofrecen los responsables: a partir de los padres, que en la familia cumplen la misión educativa con los hijos; pensemos en los párrocos, que son responsables de la formación en la comunidad; en todos los sacerdotes, en los distintos ámbitos de trabajo: todos viven una dimensión educativa prioritaria; y los fieles laicos… están involucrados en el servicio formativo con los jóvenes o los adultos… o comprometidos en ambientes civiles y sociales, siempre con una fuerte atención en la formación de las personas. 
El Señor llama a todos, distribuyendo diversos dones para diversas tareas en la Iglesia… Dios llama: es necesario escuchar, acoger, responder. Como María: «Heme aquí, que se cumpla en mí según tu palabra» (cf. Lc 1, 38)…

Permaneced firmes en la fe, arraigados en Cristo mediante la Palabra y la Eucaristía; sed gente que ora para estar siempre unidos a Cristo, como sarmientos a la vid, y al mismo tiempo id, llevad su mensaje a todos, especialmente a los pequeños, a los pobres, a los que sufren. En cada comunidad quereos entre vosotros; no estéis divididos, sino vivid como hermanos, para que el mundo crea que Jesús está vivo en su Iglesia y el Reino de Dios está cerca… para que vuestra comunidad se renueve en la fe y dé de ella claro testimonio con las obras de la caridad. Amén.
(Benedicto XVI, homilía del 15 de julio de 2012)

FUERON A PREDICAR, EXHORTANDO A LA CONVERSIÓN


Evangelio según San Marcos 6,7-13.
Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.
Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias, y que no tuvieran dos túnicas.
Les dijo: "Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.
Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos".

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.
Palabra del Señor.