sábado, 21 de mayo de 2016

"Amor de Dios, amor humano. El misterio de la Trinidad". Reflexión del jesuita Juan Bytton

Jn 16:12-15
En el Evangelio del domingo de la Santísima Trinidad escuchamos de boca de Jesús: “Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena” (v 13). Nunca ha sido fácil expresar en lenguaje humano lo de Dios. Pero fue él quien quiso “habitar entre nosotros” (Jn 1:14) expresándose en nuestro lenguaje. Por tanto, basta que llevemos a la acción la dinámica trinitaria de comunión de amor para que este misterio, en su gratuidad, se vuelva comunicación.  
La Trinidad es Dios y “la Gloria de Dios es que el hombre viva” (San Ireneo). La Trinidad es el horizonte del amor, y por tanto de la solidaridad, del respeto y de la dignidad, de todo aquello que tiene raíces divinas. Encontramos en las Escrituras este aliento de Jesús, esta comunidad de Dios que integra amor y comunión en el compromiso de los creyentes. El amor humano es la parábola de aquel divino. 
El Evangelio de Mateo nos muestra un ejemplo de la Trinidad donándose: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28:19). Así termina este Evangelio y así comienza la aventura de los seguidores de Jesús. Una promesa que parte de un envío y un envío que parte de un misterio.
Jesús usa nombres de familia: Padre e Hijo. En esa raíz de familiaridad divina, encuentra fundamento nuestra humanidad: las raíces familiares, culturales e históricas son aquellas que nos dan identidad. Amor fraterno que hace al mundo respirar futuro. Por eso, el misterio de la Trinidad se vuelve oscuro y absolutamente incomprensible cuando somos parte de una sociedad que discrimina, que valora lo superfluo y glorifica el éxito individual. Cuando somos actores inertes de matanzas sangrientas que buscan falsamente reivindicar voces olvidadas. Cuando somos cómplices del dominio de una ley de mercado que descarta lo no útil y acumula lo que no le pertenece. Si entramos a fondo en el “Por qué” de estas situaciones, entraremos a fondo en el “Para qué” del misterio de la Trinidad.
En todo aquello que implique a Dios y al ser humano, hay algo de los dos que busca ser  expresado. De parte de Dios, desde el momento mismo de la creación: “Hagamos adam (la condición humana) a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1:26). Y de parte del ser humano, la respuesta a vivir dignamente en el amplio horizonte de nuestra fraternidad (1 Jn 4). Dios no es soledad. La paz y la justicia no se consiguen caminando solos. La fe es, ante todo, un deseo de encuentro. Somos creados y creadas de amor para amar.  
Jesús hace lo que el amor le permite hacer. Enseña a amar, a descubrir con el “próximo” que somos una misma sangre, con responsabilidad compartida y fraternidad recibida. Sí, Jesús tiene razón cuando nos dice: “El Espíritu dirá lo que oye y les anunciará el futuro” (v 13). Horizonte humano que es comunidad de amor trinitario.
  


COMENTARIO AL EVANGELIO DE MARCOS (10,13-16), POR BENEDICTO XVI


“Jesús había dicho a sus discípulos que, para entrar en el reino de Dios, deberían hacerse como niños. Él mismo, que abraza al mundo entero, se hizo niño para salir a nuestro encuentro, para llevarnos hacia Dios. 

Para reconocer a Dios debemos abandonar la soberbia que nos ciega, que quiere impulsarnos lejos de Dios, como si Dios fuera nuestro competidor. Para encontrar a Dios es necesario ser capaces de ver con el corazón. 

Debemos aprender a ver con un corazón de niño, con un corazón joven, al que los prejuicios no obstaculizan y los intereses no deslumbran. Así, en los niños que con ese corazón libre y abierto reconocen a Dios, la Iglesia ha visto la imagen de los creyentes de todos los tiempos, su propia imagen”.

(De la homilía del 16 de marzo de 2008 de Benedicto XVI)

EL REINO DE DIOS ES DE LOS QUE LO ACEPTAN COMO UN NIÑO




Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,13-16):




En aquel tiempo, le acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban.



Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo:

 «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. 


Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.»



Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.