sábado, 14 de septiembre de 2013

AMOR

Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, no es posible que ame a Dios a quien no ve. Y nosotros tenemos de El este precepto: que quien ama a Dios, ame también a su hermano. I Jn 4, 20-21.

Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que esta en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos. Mt 5, 44.


Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: Si tenéis caridad unos para con otros. Jn 13, 34-35.

Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón: de esta raíz solamente puede salir lo que es bueno. San Agustín de Hipona

Amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian, pues nuestro Señor Jesucristo (cuyas huellas debemos seguir) llamó amigo al que lo entregaba y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron. San Francisco de Asís 

Ama con la totalidad de tu ser a quien se entregó a sí mismo por tu amor. Santa Clara de Asís

Ama hasta que te duela, si te duele es la mejor señal. Beata Madre Teresa de Calcuta

A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición. San Juan de la Cruz 

"A mi parecer no es otra cosa oración sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama. Santa Teresa de Jesús

A veces se dice "Dios castiga a los que ama". Pero no es verdad, porque para quienes Dios ama, las pruebas no son castigos, sino gracias. Cura de Ars

Historia del hombre e historia de Dios se entrecruzan en la cruz.

Historia del hombre e historia de Dios se entrecruzan en la cruz. Una historia esencialmente de amor.

El Pontífice dijo que es posible comprender “un poquito” el misterio de la cruz  “de rodillas, en la oración”, pero también con “las lágrimas”. Es más, son precisamente las lágrimas las que “nos acercan a este misterio”. En efecto, “sin llorar”, sobre todo sin “llorar en el corazón, jamás entenderemos este misterio”.

 Es el “llanto del arrepentido, el llanto del hermano y de la hermana que mira tantas miserias humanas y las mira también en Jesús, de rodillas y llorando”. Y, sobre todo, evidenció el Papa, “¡jamás solos!”. Para entrar en este misterio que “no es un laberinto, pero se le parece un poco”, tenemos siempre “necesidad de la Madre, de la mano de la mamá”. Que  María -añadió- “nos haga sentir cuán grande y cuán humilde es este misterio, cuán dulce como la miel y cuán amargo como el áloe”.


Los padres de la Iglesia, como recordó el Papa, “comparaban siempre el árbol del Paraíso con el del pecado. El árbol que da el fruto de la ciencia, del bien, del mal, del conocimiento, con el árbol de la cruz”. El primer árbol “había hecho mucho mal”, mientras que el árbol de la cruz “nos lleva a la salvación, a la salud, perdona aquel mal”. Este es “el itinerario de la historia del hombre”. Un camino que permite “encontrar a Jesucristo Redentor, que da su vida por amor”. 

Un amor que se manifiesta en la economía de la salvación, como recordó el Santo Padre, según las palabras del evangelista Juan. Dios -dijo el Papa- “no envió al Hijo al mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo sea salvado por medio de Él”. ¿Y cómo lo salvó? “Con este árbol de la cruz”. 

A partir del otro árbol comenzaron “la autosuficiencia, el orgullo y la soberbia de querer conocer todo según nuestra mentalidad, según nuestros criterios, también según la presunción de ser y llegar a ser los únicos jueces del mundo”. Esta -prosiguió- “es la historia del hombre”. En el árbol de la cruz, en cambio, está la historia de Dios, quien “quiso asumir nuestra historia y caminar con nosotros”.    

Es justamente en la primera lectura que el apóstol Pablo “resume en pocas palabras toda la historia de Dios: Jesucristo, aún siendo de la condición de Dios, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”. Sino que -explicó- “se despojó de sí mismo, asumiendo una condición de siervo, hecho semejante a los hombres”. En efecto Cristo “se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”. Es tal “el itinerario de la historia de Dios”. ¿Y por qué lo hace?, se preguntó el Obispo de Roma. La respuesta se encuentra en las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Dios -concluyó el Papa- “realiza este itinerario por amor; no hay otra explicación”.
Papa Francisco