domingo, 10 de abril de 2016

"La iglesia cambia de actitud y de postura".El Papa desatanudos.

Tras dos sínodos, el Papa quiere pasar de la iglesia aduana a la iglesia hospital de campaña. Con una palanca fundamental: la integración misericordiosa. Ésa es, a mi juicio, la clave de la Amoris laetitia y de la vida pastoral de Francisco, simbolizada en la Virgen Desatanudos.
Vestida de rojo, con manto azul y rodeada de pequeños angelitos que parecen susurrarle soluciones. Porque María, con rostro serio y preocupado, mira a sus manos, donde tiene una cinta blanca llena de nudos y sostenida por dos querubines. A sus pies, la luna, la serpiente diabólica y Adán y Eva, expulsados del paraíso. El pecado original, raíz de todos los males y fuente de todos los nudos.
La Virgen Desatanudos la descubrió en Alemania, en la década de los 80 el joven jesuita Bergoglio. Y se quedó prendado de su simbolismo: una Virgen que desata los nudos de las personas y de la humanidad entera. La gente lo entendería nada más verlo.
Con su exhortación postsinodal, el papa quiere comenzar a desatar el nudo que la familia actual plantea a la rígida concepción doctrinal de la iglesia. No se trata de desatar de golpe y porrazo todos los nudos. Su dinámica, como la de María, es discernir los problemas, examinarlos, abordarlos y ponerse en proceso, para poder irlos solucionando poco a poco y con tiempo.
Es la dinámica del proceso. O lo que nuestro Machado reflejó en sus versos: "Caminante no hay camino, se hace camino al andar".
No hay soluciones mágicas ni recetas milagrosas. No se cambia la doctrina en lo que se refiere a los homosexuales o a los divorciados vueltos a casar. Pero se abre un boquete pastoral en el cemento armado de los hasta ahora intocables principios innegociables. Un boquete que, con el tiempo, se irá ensanchando.
La iglesia cambia de actitud y de postura. Ya no dice a todo que no de entrada. Abre horizontes, deja vías de salida, apunta a la acogida de las familias heridas sin ocasionar más heridos entre los rigoristas.
Se pone en marcha un proceso. El proceso de la integración en las filas eclesiales de todos los hasta ahora considerados irregulares. Se les abre los brazos y se les invita a integrarse de pleno derecho. En cada caso, el obispo y el cura verán si se restañan sus heridas con la comunión sacramental o no.
El Papa pasa de la iglesia del no a la del abrazo en acto. Porque, como dice un cura amigo mío, la ternura no tiene patas. Los creyentes somos sus patas. Es la iglesia la encargada de "acompañar, discernir e integrar la fragilidad", como dice Francisco en un bellísimo capítulo octavo de la exhortación.
En resumen, por encima de casuísticas, el Papa invita a la "lógica de la misericordia pastoral", que es la del amor incondicional de Dios. Sin prisas y sin pausas. Sin caer en la "estéril contraposición entre la ansiedad del cambio", que provocaría conflictos y divisiones en el seno de la comunidad, y "la aplicación pura y simple de normas abstractas".
Iniciar un nuevo camino sin correr demasiado. Progresistas y conservadores tendrán que acompasar el paso al de una iglesia con entrañas de misericordia y con la "alegría del amor" del papa desatanudos.

(José Manuel Vidal)

“Estamos llamados a comunicar la misericordiosa potencia de la Resurrección”, el Papa en el Regina Coeli


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy narra la tercera aparición de Jesús resucitado a los discípulos, en la orilla del lago de Galilea, con la descripción de la pesca milagrosa (Cfr. Jn 21,1-19). La narración se coloca en el marco de la vida cotidiana de los discípulos, que habían regresado a sus tierras y a sus labores de pescadores, después de los desconcertantes días de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Era difícil para ellos comprender lo que había sucedido. Pero, mientras todo parecía haber terminado, es una vez más Jesús que va a “buscar” nuevamente a sus discípulos. Es Él que va a buscarlos. Esta vez los encuentra en el lago, donde ellos habían transcurrido la noche en las barcas sin pescar nada. Las redes vacías aparecen, en cierto sentido, como el balance de su experiencia con Jesús: lo habían conocido, habían dejado todo para seguirlo, llenos de esperanza… ¿Y ahora? Si, lo habían visto resucitado, pero después pensaban: “Se ha ido, y nos ha dejado… Ha sido como un sueño esto”.
Pero ahí, en la aurora Jesús se presenta en la orilla del lago; pero ellos no lo reconocen (Cfr. v. 4). A esos pescadores, cansados y desilusionados, el Señor les dice: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán» (v. 6). Los discípulos confiaron en Jesús y el resultado fue una pesca increíblemente abundante. A este punto Juan se dirige a Pedro y dice: «¡Es el Señor!» (v. 7). Y enseguida Pedro se tiró al agua y nado hacia la orilla, hacia Jesús. En aquella exclamación: “¡Es el Señor!”, está todo el entusiasmo de la fe pascual – ¡Es el Señor! – esta fe pascual llena de alegría y maravilla, que contrasta fuertemente con el desconcierto, el desaliento, el sentido de impotencia que se habían acumulado en el espíritu de los discípulos. La presencia de Jesús resucitado transforma cada cosa: la oscuridad es vencida por la luz, el trabajo inútil se hace nuevamente fructífero y prometedor, el sentido de cansancio y de abandono deja el lugar a un nuevo impulso y a la certeza que Él está con nosotros.
Desde entonces, estos mismos sentimientos animan a la Iglesia, la Comunidad del Resucitado. Todos nosotros somos la Comunidad del Resucitado. Si con una mirada superficial puede parecer a veces que las tinieblas del mal y la fatiga del vivir cotidiano tengan la prevalencia, la Iglesia sabe con certeza que a cuantos siguen al Señor Jesús resplandece ahora perenne la luz de la Pascua.  El gran anuncio de la Resurrección infunde en los corazones de los creyentes una íntima alegría y una esperanza invencible. ¡Cristo verdaderamente ha resucitado! También hoy la Iglesia continúa haciendo resonar este anuncio gozoso: la alegría y la esperanza continúan fluyendo en los corazones, en los rostros, en los gestos, en las palabras. Todos nosotros cristianos estamos llamados a comunicar este mensaje de resurrección a cuantos encontramos, especialmente a quien sufre, a quien está solo, a quien se encuentra en condiciones precarias, a los enfermos, a los refugiados, a los marginados. A todos hagamos llegar un rayo de la luz de Cristo resucitado, un signo de su misericordiosa potencia.
Él, el Señor, renueve también en nosotros la fe pascual. Nos haga siempre conscientes de nuestra misión al servicio del Evangelio y de los hermanos; nos llene de su Santo Espíritu para que, sostenidos por la intercesión de María, con toda la Iglesia podamos proclamar la grandeza de su amor y la riqueza de su misericordia.
(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

‘La novedad en Amoris Laetitia es la mayor integración de todos los fieles en la vida de la Iglesia’

Entrevista a Miguel Ángel Ortiz, profesor de Derecho Matrimonial Canónico en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma, sobre la recién publicada exhortación apostólica del Papa

El papa Francisco ha presentado su exhortación apostólica post-sinodal  Amoris Laetitia, después de dos años de reflexión y trabajo gracias a los dos sínodos de los obispos celebrados en Roma. Un documento extenso y profundo que requiere una lectura atenta y pausada. Son muchos los puntos abordados en el texto ya que la familia y la pastoral familiar acoge muchos y muy diferentes ámbitos. Para ayudar a nuestros lectores en la compresión de la exhortación, ZENIT a entrevistado al sacerdote Miguel Ángel Ortiz, profesor de Derecho Matrimonial Canónico en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma. El padre Ortiz es además abogado del Tribunal de la Rota Romana desde 1996 y juez externo del Tribunal de Apelación en el Vicariato de Roma.
¿Cuáles son los puntos más importantes de este documento?
— Prof. Ortiz: El punto de partida es la presentación del Evangelio de la familia (“A la luz de la Palabra”). A continuación reflexiona sobre la situación actual de las familias “en orden a mantener los pies en la tierra”, recuerda algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia y se detiene en lo que el Papa considera los capítulos centrales del documento: el amor en el matrimonio (cap. 4) y el amor que se vuelve fecundo (cap. 5). Propone una reflexión sobre la pastoral familiar (antes y después de la celebración del matrimonio) y la educación de los hijos y aborda también la cuestión que ha suscitado mayor interés en los medios de comunicación: el discernimiento pastoral ante las llamadas situaciones irregulares. Dedica el último breve capítulo a ofrecer unas consideraciones de espiritualidad familiar.
Me parece que el Papa quiere evitar que se centre la atención exclusivamente en la cuestión de la admisión de los divorciados a la Eucaristía, y mucho menos que se haga con un planteamiento puramente casuístico. Por eso se extiende detenidamente en los aspectos teológicos, antropológicos, pastorales que ponen delante de los ojos un ideal que resulta atractivo: un amor que realiza la vocación más radical del hombre al don de sí, que resulta posible porque se basa sobre la fidelidad de Dios, que sostiene a las familias también en los momentos de dificultad.
Ahí radica, a mi parecer, una de las claves de interpretación del documento. Por un lado, presentar la belleza del matrimonio y de la familia aun a riesgo de que sus exigencias no sean comprendidas ni aceptadas. Por otro, que ese modelo no es solo un ideal que admirar, sino que representa una meta realmente alcanzable, aunque en ocasiones pueda resultar ardua.
¿Considera que es un documento ‘revolucionario’?
— Prof. Ortiz: Ciertamente no es revolucionario porque proponga una doctrina nueva. De hecho el Papa pone de manifiesto en repetidas ocasiones la continuidad de su magisterio con el precedente, en especial con Familiaris consortio. Respecto de las cuestiones doctrinales fundamentales o aquellas que están en el centro de los debates de la opinión pública, el Papa manifiesta expresamente la vigencia de la doctrina de la Iglesia y manifiesta su voluntad de no modificar la normativa vigente.
Resulta novedoso en cambio el acento que el Papa pone tanto en el discernimiento de las situaciones que han de ser iluminadas con la luz del Evangelio. Por referirme a la cuestión que probablemente provocar comentarios en la opinión pública, la de la pastoral con los divorciados vueltos a casar, el Papa remite – como hiciera la Relatio de 2015 – al criterio de Familiaris consortio 84. Allí subrayaba san Juan Pablo II la necesidad de discernir entre las distintas situaciones irregulares.
¿Dónde está la novedad?
— Prof. Ortiz: La novedad no está tanto en la valoración moral de los comportamientos –diferente en función de la responsabilidad que los fieles han tenido en la ruptura del matrimonio anterior y en la construcción de la nueva unión– ni en la calificación disciplinar de las situaciones, sino en la perspectiva de una mayor integración de los fieles, de todos los fieles, en la vida de la Iglesia.
El Papa subraya rotundamente que “se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia «inmerecida, incondicional y gratuita». Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio”.
La limitación que pueden encontrar algunos fieles –concretamente los divorciados vueltos a casar– para acceder a los sacramentos no proviene de una presunción de que están en pecado –cuestión esta que deben discernir en cada caso con la ayuda del confesor– sino de la incompatibilidad objetiva que se da entre la significación del sacramento de la eucaristía y su situación matrimonial.
Pero ello no quiere decir que estén fuera de la Iglesia. Como ya había subrayado Familiaris consortio, no sólo no están excomulgados sino que están llamados a participar en la vida de la Iglesia. Deberán discernir en cada caso– y aquí estriba buena parte de la novedad del presente documento – cómo concretar esa participación.
El documento también hace autocrítica sobre cómo ha presentado la Iglesia hasta ahora el matrimonio y ofrece un nuevo lenguaje, nuevas pautas. Entonces, ¿qué debería cambiar ahora?
— Prof. Ortiz: En mi opinión, el fruto más deseable de la exhortación sería que la nueva perspectiva, la pastoral de integración de la que habla Amoris laetitiae, mueva a todos los fieles a proponerse la meta alta de la plenitud de la vida cristiana, a la que quizá se dirijan poco a poco, gradualmente. Por desgracia, refiriéndome específicamente a los divorciados en segunda unión, en la actualidad la gran mayoría de los fieles muestran indiferencia hacia la posibilidad de frecuentar los sacramentos. ¡Ojalá fueran muchos los divorciados que sienten la necesidad de comulgar, a los que les falta la plena participación en la comunión eucaristica! Alimentar ese deseo sincero entiendo que sería el mejor fruto de la exhortación. Más que un “certificado de normalidad”, el pastor debe ayudarles a discernir cuál es el camino que deben recorrer para vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.
Es decir, el pastor le ayudará a valorar su responsabilidad en el fracaso del matrimonio precedente (responsabilidad de la que puede carecer, si fue abandonado por su cónyuge), en el modo de cumplir con las obligaciones surgidas de la anterior unión, especialmente si tuvieron hijos, en la decisión de casarse civilmente, en la construcción de la nueva relación, en la educación de los hijos…
¿Por qué cree que este documento ha despertado tanto interés en la sociedad?
— Prof. Ortiz: Creo en efecto que el interés suscitado ha sido grande, aunque no siempre las expectativas han sido las mismas. Para gran mayoría de los fieles supondrá un estímulo para redescubrir la belleza, la alegría del amor familiar que hace presente y se sostiene gracias al amor de Dios. Les ayudará a vivir la vocación familiar y a superar las dificultades con mayor esperanza, fiados en la ayuda misericordiosa Dios.
Pero quién esperaba una solución novedosa a la cuestión de la admisión a los sacramentos de los divorciados vueltos a casar temo que quedará decepcionado. El Papa ha querido expresamente evitar dar una nueva norma a la que acudir para resolver los casos que se presenten: eso sería demasiado cómodo, viene a decir.
La remisión expresa a la solución de Familiaris consortio, con el marcado acento en la tarea de discernimiento y de formación de la conciencia, abre perspectivas pastorales enormemente ambiciosas. Presupuesta la buena voluntad de quien busca no el consenso de los hombres sino el de Dios, ese camino de continua conversión hacia la casa del Padre llena los corazones de alegría aunque el camino no sea necesariam

(ZENIT – Roma).-

Francisco: "Hay que pararse a dar limosna y no escudarse en si se lo van a gastar en vino"

"La caridad requiere una actitud de gozo interior", subraya Bergoglio en la audiencia especial

 Lo que cuenta es la capacidad de mirar a la cara de la persona que nos pide auxilio.  La limosna es un gesto sincero de amor y de atención ante quien nos encontramos.

El Papa ha arremetido este sábado contra los cristianos que se justifican juzgando a los pobres como borrachos para no dar limosna y ha reivindicado los gestos de caridad como gestos de misericordia, durante la general que celebra un sábado al mes con motivo del Año Jubilar.
"Cuánta gente se justifica a sí misma sobre la limosna diciendo: 'Pero, ¡cómo será este, este al que daré irá a comprarse vino para emborracharse! Pero si él se emborracha, ¡es porque no tiene otra salida! ¿Y tú qué haces escondido? Que nadie ve... ¿Y tú eres juez de ese pobre hombre que te pide una moneda para un vaso de vino?", ha reflexionado.
Ante cientos de fieles que se han congregado en la plaza de San Pedro, el Papa ha reflexionado sobre la limosna como "un aspecto esencial de la misericordia" y ha determinado que "Dios muestra su atención especial por los pobres y pide que no sólo nos acordemos de ellos sino que les ayudemos con alegría". "Esto significa que la caridad requiere una actitud de gozo interior", ha asegurado.
"Limosna no es la simple moneda que se echa con prisa: soy capaz de mirarle a los ojos para entender qué necesita?", ha agregado. Finalmente, ha reconocido que la limosna es un gesto "sincero" de amor y de atención a los demás y ha recordado que tiene que hacerse para que "sólo Dios lo vea".
«La limosna es un gesto de amor, de atención sincera hacia quien se acerca a nosotros y pide nuestra ayuda. Dar limosna también para nosotros debe ser un sacrificio», apuntó.
Destacó que «la limosna es un aspecto esencial de la misericordia» y sostuvo que «la caridad requiere una actitud de gozo interior, un acto de misericordia no puede ser un peso del cual nos tenemos liberar cuanto antes».
«No es la apariencia lo que cuenta, sino mirar a la cara a la persona que te pide una ayuda. Todos deberíamos preguntarnos: '¿Soy capaz de pararme y mirar a la cara, a los ojos, a la persona que me está pidiendo ayuda?'», agregó.

Durante todo el Jubileo, el papa Francisco presidirá audiencias generales extraordinarias un sábado de cada mes que se sumarán a las habituales de cada miércoles en la plaza de San Pedro del Vaticano.
Jesús Bastante

GALILEA


Debo confesar que, al celebrar el encuentro de Pascua en Buenafuente, junto a casi 250 amigos que se habían desplazado desde los lugares más remotos hasta el Sistal para vivir los días santos junto a la Comunidad Cisterciense, días intensísimos de trabajo y de sentimientos, se me presentaba muy costosa la peregrinación diocesana de Sigüenza-Guadalajara, que he estado acompañando durante la octava de Pascua. Y sin embargo, cómo no agradecer de nuevo haber tenido el privilegio de estar en los días pascuales junto al Lago de Galilea.
Este año me resuena de manera especial la indicación de Jesús resucitado a las mujeres: “Decid a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán”, a la vez que, tan recientemente, mis ojos se han quedado reflejados en las aguas de Tiberiades. El clima, la humedad, el horizonte, la flora, la brisa, la bóveda celeste, la ribera del mar en Galilea muestran el escenario donde tuvo lugar el acontecimiento más restaurador de aquellos pescadores desalentados. Y llega hasta nosotros el eco evangélico de esas escenas luminosas, cuando leemos estos días los pasajes que tuvieron lugar en Tiberiades.
Volver a Galilea no es solo hacerlo a un lugar geográfico, más o menos atractivo por su clima suave, su tierra feraz, su historia, sino porque allí los primeros discípulos oyeron la llamada, allí se vuelve a la buena memoria, al hito ungido de la experiencia afectiva y consoladora de la fe.
Interpretaba que volver a Galilea es como volver al primer amor, pero en esta interpretación, aparentemente acertada e intuitiva, encontré mi error, porque no es volver a un lugar donde se pudo sentir el deseo de seguir a Jesús, sino que en verdad es remontarse a las mismas entrañas divinas, generadoras de cada una de nuestras historias, sostenidas y hechas fecundas por el amor divino.
Fue en Galilea donde los pescadores escucharon: -«Muchachos, ¿tenéis pescado?» Ellos contestaron: -«No.» Él les dice: -«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: -«Es el Señor.» Solo cuando hay amor hay capacidad de reconocer la presencia que se escapa a los ojos de quienes ven únicamente la realidad material. ¡Tuvo que ser el discípulo amado el que señaló la presencia del Maestro!
Y fue en Galilea donde se restauró la fe en Jesucristo y la pertenencia a su Persona, cuando, después de comer, el Maestro llevó aparte a Simón y le preguntó algo que da cierto pudor: “Por tercera vez le pregunta: -«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó: -«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Reconozco que, del mismo modo que os confesaba mi resistencia a la peregrinación, por cansancio, siempre que vuelvo a Galilea, me encuentro con lo más sensible de mi afecto por Jesús, y sin presunción, por tantas veces que contradigo mis palabras con los hechos, en Galilea me atrevo a decirle al Señor: “Tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero”. Y vuelvo a empezar.


Sin Jesús no es posible

El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos junto al lago de Galilea está descrito con clara intención catequética. En el relato subyace el simbolismo central de la pescaen medio de mar. Su mensaje no puede ser más actual para los cristianos: solo la presencia de Jesús resucitado puede dar eficacia al trabajo evangelizador de sus discípulos.
El relato nos describe, en primer lugar, el trabajo que los discípulos llevan a cabo en la oscuridad de la noche. Todo comienza con una decisión de Simón Pedro: «Me voy a pescar». Los demás discípulos se adhieren a él: «También nosotros nos vamos contigo». Están de nuevo juntos, pero falta Jesús. Salen a pescar, pero no se embarcan escuchando su llamada, sino siguiendo la iniciativa de Simón Pedro.
El narrador deja claro que este trabajo se realiza de noche y resulta infructuoso: «aquella noche no cogieron nada». La «noche» significa en el lenguaje del evangelista la ausencia de Jesús que es la Luz. Sin la presencia de Jesús resucitado, sin su aliento y su palabra orientadora, no hay evangelización fecunda.
Con la llegada del amanecer, se hace presente Jesús. Desde la orilla, se comunica con los suyos por medio de su Palabra. Los discípulos no saben que es Jesús, solo lo reconocerán cuando, siguiendo dócilmente sus indicaciones, logren una captura sorprendente. Aquello solo se puede deber a Jesús, el Profeta que un día los llamó a ser «pescadores de hombres».
La situación de no pocas parroquias y comunidades cristianas es crítica. Las fuerzas disminuyen. Los cristianos más comprometidos se multiplican para abarcar toda clase de tareas: siempre los mismos y los mismos para todo. ¿Hemos de seguir intensificando nuestros esfuerzos y buscando el rendimiento a cualquier precio, o hemos de detenernos a cuidar mejor la presencia viva del Resucitado en nuestro trabajo?
Para difundir la Buena Noticia de Jesús y colaborar eficazmente en su proyecto, lo más importante no es «hacer muchas cosas», sino cuidar mejor la calidad humana y evangélica de lo que hacemos. Lo decisivo no es el activismo sino el testimonio de vida que podamos irradiar los cristianos.
No podemos quedarnos en la «epidermis de la fe». Son momentos de cuidar, antes que nada, lo esencial. Llenamos nuestras comunidades de palabras, textos y escritos, pero lo decisivo es que, entre nosotros, se escuche a Jesús. Hacemos muchas reuniones, pero la más importante es la que nos congrega cada domingo para celebrar la Cena del Señor. Solo en él se alimenta nuestra fuerza evangelizadora.


José Antonio Pagola

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado

Evangelio según San Juan 21,1-19. 

Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: 

estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. 

Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.
 
Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. 
Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?". Ellos respondieron: "No". 

El les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. 

El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.
 
Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. 
Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. 
Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar". 

Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. 

Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres", porque sabían que era el Señor. 

Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. 

Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.