lunes, 31 de diciembre de 2012

Oración ante un año que termina


Mi buen Jesús… en este día, entre un año que termina y otro que comienza, quiero hacer un alto y mirar hacia atrás… reconozco que sin Ti no hubiera sido capaz de dar ni un solo paso… y aunque en algunos momentos me he apartado de Ti y no he hecho lo que Tú me pedías… sé que Tú siempre has estado a mi lado… sosteniéndome… confortándome… fortaleciéndome… guiándome… e impulsándome a seguir adelante… por todo eso… y por tu paciencia conmigo… este día quiero darte gracias…

Gracias por el don de la vida… y el deseo de vivirla por Ti y para Ti… gracias porque aunque a Ti te pertenece la vida de todas tus criaturas, a mí me has concedido la gracia de saber que la mía está en tus manos… te pido que me ayudes a vivir este próximo año con la conciencia de que Tú eres mi Creador… y que todo lo que soy y tengo te pertenece solamente a Ti…
Gracias por el don de la familia… en especial por Noemí, por Maldy y por mis padres… por todas las bendiciones que me has concedido a través de ellos… y por la oportunidad de encontrarme contigo a través de sus palabras, de sus gestos, de sus sueños y sus emociones… te pido que en este nuevo año pueda amarlos más… amarlos con Tu Amor… y así pueda llegar a ser ese esposo, padre e hijo que Tú me pides que sea…

Gracias por el don de la alegría, de la perseverancia, de la fe… gracias porque me has dado la oportunidad de servirte con mi trabajo y esfuerzo, tanto en la parroquia, como en los distintos proyectos y apostolados en los que nos hemos lanzado juntos… te ruego que en este nuevo año me des la fortaleza para seguir trabajando en todos los lugares y proyectos donde Tú me llames… y que mis humildes esfuerzos, aunque vanos e insuficientes, puedan dar los frutos que Tú deseas sacar ellos…

Pero sobre todo, quiero darte muchas, muchas gracias por el don de la Paz… Paz que no viene de la ausencia de pruebas o dificultades… sino de la gracia de saberme amigo tuyo… y de la confianza que da saber que Tú deseas lo mejor y más importante para mí: mi salvación… que en este año pueda ser instrumento dócil del Espíritu Santo para llevar a mis hermanos esta Paz que Tú pones en mi corazón…
En este día quiero pedirte por esta humanidad tan necesitada de Ti… que este nuevo año traiga un renacer en la fe, en la esperanza y en la caridad en los corazones de todos los hombres…
Por los que terminan de nacer y de fenecer,
por los angustiados y turbados,
por los pobres y por los ricos,
por los agraviados por el hambre,
por los que viven en la calle,
por los punzados con frío y fuego,
por los totalitarios y por los déspotas,
por los terroristas y por los aterrorizados,
por los que lo han perdido todo,
por los que no se les enseñó a amar,
por los que no aceptan razonar,
por los que desprecian la ley natural y su orden,
por los violentos y por los mentirosos,
por los que odian y por los vengativos,
por los enfermos y por los que consuelan,
por los solitarios y por los que carecen de justicia,
por los que ofrecen una copa de agua fresca,
por los que nadie se acuerda de ellos,
por los niños moralmente atacados en sus propias familias,
por los no autorizados a nacer asesinándoseles con el aborto,
por los esposos abandonados por sus esposas,
por las esposas heridas por sus esposos,
por los hijos despreciados por sus padres,
por los padres ignorados por sus hijos,
por los ancianos olvidados y por los tratados como estorbos,
por las madres solteras y por las mujeres violentadas,
por los infantes y doncellas escandalizados,
por los magnánimos y abnegados,
por los esclavos de las drogas, prostitución, egoísmos e ideologías,
por los maestros, profesores y catedráticos,
por los presos y refugiados,
por los calumniados y los difamadores,
por los crucificados y los crucificadores,
por los que perdieron toda esperanza,
por los tristes y por los alegres,
por los profetas y por los sabios,
por los que siembran la paz y en ella viven,
por los que luchan por la Justicia y la Verdad,
por los que padecen injusticias o desprecios,
por los humildes y por los abatidos,
por los que perdonan y por los que dividen,
por los que dan vida gratuitamente, sin mirar atrás,
por la Iglesia Santa de Dios,
por los que proclaman Evangelio,
por los catequistas, enfermeros, médicos, colaboradores,
por los monjes y monjas de clausura,
por los que lo dan todo y te siguen,
por todo el Colegio Episcopal,
por el Obispo de Roma, Benedicto XVI,
por nosotros, por nuestros sueños, por nuestro corazón…
por mi familia y por mis amigos,
por mis ancestros y descendientes,
por mis compañeros y mis conocidos,
por mis enemigos y por mis antagonistas,
por mi comunidad cristiana que en el bautismo me recibió,
por todos los hombres de buena voluntad,
y por todos aquellos que necesitan tu Luz y tu Salvación.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en el principio, por los siglos de los siglos.
Amén.

Una carta preciosa sacada de la página "Tengo sed de ti", refleja perfectamente todo lo que siento y me imagino que otras muchas personas, además muy bien escrita. Espero que os ayude. Muchas gracias a la persona que la ha escrito, por compartirla con los demás.
H. de Carmen

domingo, 30 de diciembre de 2012

Jesús entre los doctores

Hoy contemplamos, como continuación del Misterio de la Encarnación, la inserción del Hijo de Dios en la comunidad humana por excelencia, la familia, y la progresiva educación de Jesús por parte de José y María. Como dice el Evangelio, «Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52).

El libro del Siracida, nos recordaba que «el Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole» (Si 3,2). Jesús tiene doce años y manifiesta la buena educación recibida en el hogar de Nazaret. La sabiduría que muestra evidencia, sin duda, la acción del Espíritu Santo, pero también el innegable buen saber educador de José y María. La zozobra de María y José pone de manifiesto su solicitud educadora y su compañía amorosa hacia Jesús.

No es necesario hacer grandes razonamientos para ver que hoy, más que nunca, es necesario que la familia asuma con fuerza la misión educadora que Dios le ha confiado. Educar es introducir en la realidad, y sólo lo puede hacer aquél que la vive con sentido. Los padres y madres cristianos han de educar desde Cristo, fuente de sentido y de sabiduría.

Difícilmente se puede poner remedio a los déficits de educación del hogar. Todo aquello que no se aprende en casa tampoco se aprende fuera, si no es con gran dificultad. Jesús vivía y aprendía con naturalidad en el hogar de Nazaret las virtudes que José y María ejercían constantemente: espíritu de servicio a Dios y a los hombres, piedad, amor al trabajo bien hecho, solicitud de unos por los otros, delicadeza, respeto, horror al pecado... Los niños, para crecer como cristianos, necesitan testimonios y, si éstos son los padres, esos niños serán afortunados.

Es necesario que todos vayamos hoy a buscar la sabiduría de Cristo para llevarla a nuestras familias. Un antiguo escritor, Orígenes, comentando el Evangelio de hoy, decía que es necesario que aquel que busca a Cristo, lo busque no de manera negligente y con dejadez, como lo hacen algunos que no llegan a encontrarlo. Hay que buscarlo con “inquietud”, con un gran afán, como lo buscaban José y María

Rev. D. Joan Ant. MATEO i García (La Fuliola, Lleida, España

jueves, 27 de diciembre de 2012

ESCRITOS DE SAN JUAN POR BENEDICTO XVI


Un tema característico de los escritos de san Juan es el amor. Por esta razón decidí comenzar mi primera carta encíclica con las palabras de este Apóstol: "Dios es amor (Deus caritas est) y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él" (1 Jn 4, 16). Es muy difícil encontrar textos semejantes en otras religiones. Por tanto, esas expresiones nos sitúan ante un dato realmente peculiar del cristianismo. 


Ciertamente, Juan no es el único autor de los orígenes cristianos que habla del amor. Dado que el amor es un elemento esencial del cristianismo, todos los escritores del Nuevo Testamento hablan de él, aunque con diversos matices. Pero, si ahora nos detenemos a reflexionar sobre este tema en san Juan, es porque trazó con insistencia y de manera incisiva sus líneas principales. Así pues, reflexionaremos sobre sus palabras. 



Desde luego, una cosa es segura: san Juan no hace un tratado abstracto, filosófico, o incluso teológico, sobre lo que es el amor. No, él no es un teórico. En efecto, el verdadero amor, por su naturaleza, nunca es puramente especulativo, sino que hace referencia directa, concreta y verificable, a personas reales. Pues bien, san Juan, como Apóstol y amigo de Jesús, nos muestra cuáles son los componentes, o mejor, las fases del amor cristiano, un movimiento caracterizado por tres momentos. 



El primero atañe a la Fuente misma del amor, que el Apóstol sitúa en Dios, llegando a afirmar, como hemos escuchado, que "Dios es amor" (1 Jn 4, 8. 16). Juan es el único autor del Nuevo Testamento que nos da una especie de definición de Dios. Dice, por ejemplo, que "Dios es Espíritu" (Jn 4, 24) o que "Dios es luz" (1 Jn 1, 5). Aquí proclama con profunda intuición que "Dios es amor". Conviene notar que no afirma simplemente que "Dios ama" y mucho menos que "el amor es Dios". En otras palabras, Juan no se limita a describir la actividad divina, sino que va hasta sus raíces. 



Además, no quiere atribuir una cualidad divina a un amor genérico y quizá impersonal; no sube desde el amor hasta Dios, sino que va directamente a Dios, para definir su naturaleza con la dimensión infinita del amor. De esta forma san Juan quiere decir que el elemento esencial constitutivo de Dios es el amor y, por tanto, que toda la actividad de Dios nace del amor y está marcada por el amor: todo lo que hace Dios, lo hace por amor y con amor, aunque no siempre podamos entender inmediatamente que eso es amor, el verdadero amor. 



Ahora bien, al llegar a este punto, es indispensable dar un paso más y precisar que Dios ha demostrado concretamente su amor al entrar en la historia humana mediante la persona de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado por nosotros. Este es el segundo momento constitutivo del amor de Dios. No se limitó a declaraciones orales, sino que -podemos decir- se comprometió de verdad y "pagó" personalmente. Como escribe precisamente san Juan, "tanto amó Dios al mundo, -a todos nosotros- que dio a su Hijo único" (Jn 3, 16). Así, el amor de Dios a los hombres se hace concreto y se manifiesta en el amor de Jesús mismo. 



San Juan escribe también: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). En virtud de este amor oblativo y total, nosotros hemos sido radicalmente rescatados del pecado, como escribe asimismo san Juan: "Hijos míos, (...) si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero" (1 Jn 2, 1-2; cf. 1 Jn 1, 7). 



El amor de Jesús por nosotros ha llegado hasta el derramamiento de su sangre por nuestra salvación. El cristiano, al contemplar este "exceso" de amor, no puede por menos de preguntarse cuál ha de ser su respuesta. Y creo que cada uno de nosotros debe preguntárselo siempre de nuevo. 



Esta pregunta nos introduce en el tercer momento de la dinámica del amor: al ser destinatarios de un amor que nos precede y supera, estamos llamados al compromiso de una respuesta activa, que para ser adecuada ha de ser una respuesta de amor. San Juan habla de un "mandamiento". En efecto, refiere estas palabras de Jesús: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros" (Jn 13, 34). 



¿Dónde está la novedad a la que se refiere Jesús? Radica en el hecho de que él no se contenta con repetir lo que ya había exigido el Antiguo Testamento y que leemos también en los otros Evangelios: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19, 18; cf. Mt 22, 37-39; Mc 12, 29-31; Lc 10, 27). En el mandamiento antiguo el criterio normativo estaba tomado del hombre ("como a ti mismo"), mientras que, en el mandamiento referido por san Juan, Jesús presenta como motivo y norma de nuestro amor su misma persona: "Como yo os he amado". 



Así el amor resulta de verdad cristiano, llevando en sí la novedad del cristianismo, tanto en el sentido de que debe dirigirse a todos sin distinciones, como especialmente en el sentido de que debe llegar hasta sus últimas consecuencias, pues no tiene otra medida que el no tener medida. 



Las palabras de Jesús "como yo os he amado" nos invitan y a la vez nos inquietan; son una meta cristológica que puede parecer inalcanzable, pero al mismo tiempo son un estímulo que no nos permite contentarnos con lo que ya hemos realizado. No nos permite contentarnos con lo que somos, sino que nos impulsa a seguir caminando hacia esa meta. 



Ese áureo texto de espiritualidad que es el librito de la tardía Edad Media titulado La imitación de Cristo escribe al respecto: "El amor noble de Jesús nos anima a hacer grandes cosas, y mueve a desear siempre lo más perfecto. El amor quiere estar en lo más alto, y no ser detenido por ninguna cosa baja. El amor quiere ser libre, y ajeno de toda afición mundana (...), porque el amor nació de Dios, y no puede aquietarse con todo lo criado, sino con el mismo Dios. El que ama, vuela, corre y se alegra, es libre y no embarazado. Todo lo da por todo; y todo lo tiene en todo; porque descansa en un Sumo Bien sobre todas las cosas, del cual mana y procede todo bien" (libro III, cap. 5). 



¿Qué mejor comentario del "mandamiento nuevo", del que habla san Juan? Pidamos al Padre que lo vivamos, aunque sea siempre de modo imperfecto, tan intensamente que contagiemos a las personas con quienes nos encontramos en nuestro camino. 



Extracto de la traducción distribuida por la Santa Sede 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

NAVIDAD

Navidad no son las luces de colores, ni las guirnaldas que adornan las puertas y ventanas de las casas, ni las avenidas engalanadas, ni los árboles decorados con cintas y bolas brillantes, ni la pólvora que ilumina y truena. 
Navidad no son los almacenes en oferta. Navidad no son los regalos que demos y recibimos, ni las tarjetas que enviamos a los amigos, ni las fiestas que celebramos. Navidad no son Papá Noel, ni santa Claus, ni los Reyes Magos que traen regalos. Navidad no son las comidas especiales. Navidad no es ni siquiera el pesebre que construimos, ni la novena que rezamos, ni los villancicos que cantamos alegres.

Navidad es Dios que se hace hombre como nosotros porque nos ama y nos pide un rincón de nuestro corazón para nacer. Por eso, ser hombre es tremendamente importante, pues Dios quiso hacerse hombre. Y hay que llevar nuestra dignidad humana como la llevó el Hijo de Dios Encarnado. 

Por eso, Navidad es tremendamente exigente porque Dios pide a gritos un hueco limpio en nuestra alma para nacer un año más. ¿Se lo daremos? 

Navidad es una joven virgen que da a luz al Hijo de Dios. Por eso, dar a luz es tremendamente importante a la luz de la Encarnación, porque Dios quiso que una mujer del género humano le diese a luz en una gruta de Belén.   

Navidad es anticipo de la Eucaristía, porque allí, en Belén, hay sacrificio y ¡cuán costoso!, y banquete de luz y virtudes, y ¡cuán surtidas las virtudes de Jesús que nos sirve desde el pesebre: humildad, obediencia, pureza, silencio, pobreza...; y las de María: pureza, fe, generosidad...y las de José: fe, confianza y silencio!, y Belén es, finalmente, presencia que consuela, que anima y que sonríe. Belén es Eucaristía anticipada y en germen. Belén es tierra del pan...y ese pan tierno de Jesús necesitaba cocerse durante esos años de vida oculta y pública, hasta llegar al horno del Cenáculo y Calvario. Y hasta nosotros llega ese pan de Belén en cada misa. Y lo estamos celebrando en este año dedicado a la Eucaristía. 

Navidad es ternura, bondad, sencillez, humildad. Por eso, meterse en Belén es tremendamente comprometedor, pues Dios Encarnado sólo bendice y sonríe al humilde y sencillo de corazón. Navidad es una luz en medio de la oscuridad. Por eso, la Encarnación es misterio tremendo que nos ciega por tanta luz y disipa toda nuestras zonas oscuras. 
Meterse en el portal de Belén es comprometerse a dejarse iluminar por esa luz tremenda y purificadora. Navidad es esperanza para los que no tienen esperanza. Por eso, la Encarnación es misterio tremendo que nos lanza a la esperanza en ese Dios Encarnado que nos viene a dar el sentido último de nuestra vida humana. 

Navidad es entrega, don, generosidad. Dios Padre nos da a su Hijo. María nos ofrece a su Hijo. Por eso, quien medita en la Encarnación no puede tener actitudes tacañas. 

Navidad es alegría para los tristes, es fe para los que tienen miedo de creer, es solidaridad con los pobres y débiles, es reconciliación, es misericordia y perdón, es amor para todos. ¿Entendemos el tremendo compromiso, si entramos en Belén? 

Ya desde el pesebre pende la cruz. Es más, el pesebre de Belén y la cruz del Calvario están íntimamente relacionados, profundamente unidos entre sí. El pesebre anuncia la cruz y la cruz es resultado y producto, fruto y consecuencia del pesebre. Jesús nace en el pesebre de Belén para morir en la cruz del Calvario. El niño débil e indefenso del pesebre de Belén, es el hombre débil e indefenso que muere clavado en la cruz. El niño que nace en el pesebre de Belén, en medio de la más absoluta pobreza, en el silencio y la soledad del campo, en la humildad de un sitio destinado para los animales, es el hombre que muere crucificado como un blasfemo, como un criminal, en la cruz destinada para los esclavos, acompañado por dos malhechores. En su nacimiento, Jesús acepta de una vez y para siempre la voluntad de Dios, y en el Calvario consuma y realiza plenamente ese proyecto del Padre. ¡Qué unidos están Belén y Calvario! El pesebre es humildad; la cruz es humillación. El pesebre es pobreza; la cruz es desprendimiento de todo, vaciamiento de sí mismo. El pesebre es aceptación de la voluntad del Padre; la cruz es abandono en las manos del Padre. El pesebre es silencio y soledad; la cruz es silencio de Dios, soledad interior, abandono de los amigos. El pesebre es fragilidad, pequeñez, desamparo; la cruz es sacrificio, don de sí mismo, entrega, dolor y sufrimiento. Ahora sí hemos vislumbrado un poco más el misterio de Belén, el misterio de la Navidad, el misterio de este Dios Encarnado.
 P. Antonio Rivero,

domingo, 23 de diciembre de 2012

Queremos manifestarte, Padre Dios, nuestro agradecimiento

Queremos manifestarte, Padre Dios,
nuestro mayor agradecimiento y nuestro gran gozo,
después de escuchar tan buena noticia,
que es alegría para todo el pueblo,
porque tal día como hoy nació Jesús,
... tu enviado, el salvador, el que nos hace libres.
Conmemoramos dichosos
los primeros momentos de Jesús en la tierra.
Gracias, Padre, por habernos enviado
a Jesús de Nazaret, que es luz para la humanidad.
Muy contentos y sinceramente agradecidos
por la presencia de Jesús entre nosotros,
nos dirigimos a ti, Padre de Jesús y Padre nuestro,
para demostrarte nuestro cariño filial
con este canto de bendición.

Todos los días de nuestra vida
pero hoy de modo muy especial
debemos darte las gracias y bendecir tu nombre, Padre,
por el inigualable privilegio de haber conocido a Jesús.
Nació en una humilde familia de pueblo,
creció en un ambiente de sencillez y trabajo,
de sus padres aprendió a recogerse en oración
a respetarte y a quererte.
Pasó por este mundo haciendo el bien,
sembrando buenas ideas y repartiendo calor humano,
transmitiendo su fe en Ti y en la humanidad.
Por su medio hemos sabido, Dios y Padre nuestro,
que eres todo bondad y amor
y que es eso lo que quieres que seamos nosotros,
que no busquemos ser servidos sino servir,
ser útiles y aportar nuestro grano de arena
a la construcción de un mundo mejor.

Vino a los suyos y solo unos pocos lo aceptaron.
Por predicar el amor y anunciar la verdad
lo condenaron a muerte.
Pero Tú, su Padre, lo acogiste con cariño
y hoy vive entre nosotros.
Esa es nuestra fe en tu hijo Jesús.
Celebrar conscientemente la navidad nos compromete.
Hemos de hacer llegar su mensaje de vida y libertad
a todos los hombres y todas las mujeres,
de buena voluntad que habitan hoy la tierra.
En esta fecha tan familiar y señalada,
recordamos a cuantos no están ya entre nosotros,
y que con seguridad disfrutan ya de tu compañía.
Bendito seas, Padre santo, queremos honrarte
y más unidos que nunca a tu hijo Jesús
que nos acompañó en la historia,
te ofrecemos nuestras vidas
para que sean a tu mayor gloria.

viernes, 21 de diciembre de 2012

¡ALÉGRATE!

En el Evangelio vemos cómo los hechos que marcan el inicio de la vida de Jesús se caracterizan por la alegría. 
Cuando el arcángel Gabriel anuncia a la Virgen María que será madre del Salvador, comienza con esta palabra: "¡Alégrate!" [...]

Aquí nos preguntamos: ¿Cómo podemos recibir y conservar este don de la alegría profunda, de la alegría espiritual? 

Buscar la alegría en el Señor: la alegría es fruto de la fe, es reconocer cada día su presencia, su amistad: "El Señor está cerca"; es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y en su amor. 

El "Año de la Fe", que iniciaremos dentro de pocos meses, nos ayudará y estimulará. 

Queridos amigos, aprended a ver cómo actúa Dios en vuestras vidas, descubridlo oculto en el corazón de los acontecimientos de cada día.


 Creed que Él es siempre fiel a la alianza que ha sellado con vosotros el día de vuestro Bautismo. Sabed que jamás os abandonará. Dirigid a menudo vuestra mirada hacia Él.Benedicto XVI, 27 de marzo de 2012.

TIEMPO DE ALIANZA

Tiempo de alianza

“El Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros” (Is 7, 14)-«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. (Lc 1, 26-38). Súplica

“Llave de David, que abres las puertas del reino eterno, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas”.

Consideración

Al hacer un pacto, suele intercambiarse un documento y es necesario un testigo que garantice el cumplimiento de lo acordado. Dios, por su cuenta, sin que nadie se lo pida, nos entrega la señal más entrañable, una doncella encinta, para acreditar su opción de acompañarnos siempre.

Por el misterio de Emmanuel se confirma la voluntad divina de amar, proteger, acompañar a cada criatura dentro de ella misma. Somos en verdad tabernáculos sagrados, tiendas del encuentro, artesas remecidas de presencia divina, seres habitados.

En la hondura del ser, en el hondón del alma, más íntimo que nuestra propia intimidad, en el corazón, todos los seres humanos llevamos grabada la imagen de nuestra semejanza divina, que nos acredita a los ojos de Dios como criaturas suyas.

Quienes son conscientes de la opción de Dios de hacerse carne; quienes dan fe a la Palabra revelada, que asegura el acompañamiento divino, han conocido el secreto de la fuerza invencible, de la alegría constante, de la seguridad permanente. De ellos se aleja el temor y el miedo, porque están seguros de la opción divina en su favor.

Todo se confirmó cuando María quedó embarazada y se convirtió en señal del cumplimiento de todas las alianzas.

Ruego

No seas injusto contigo mismo. No andes solitario, sin referencia a quien te ha hecho persona sagrada, habitada por el misterio. Abre la llave de tu espacio interior, entra en la celda de tu corazón, y aguarda en silencio, hasta escuchar claramente, aun sin palabras, que eres amado.

III LUNES DE ADVIENTO

III Lunes de Adviento

Tiempo de profecía

“A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu padre” (Gn 49, 8-10).

“Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 17)

Súplica

“Que florezca la justicia, y la paz abunde eternamente” (Sal 71)

Consideración

En un momento en que las noticias domésticas y las lejanas atentan diariamente contra la esperanza, porque la violencia, la pobreza, la falta de trabajo, y hasta el hambre, se imponen de manera dramática, parece fuera de lugar que se eleve una voz positiva, extasiada en contemplar un futuro amable, positivo, colmado de luz y de belleza.

Es tiempo de interrumpir la inercia de la visión negativa de la realidad para descubrir signos de esperanza, gestos permanentes que iluminan el trayecto penoso, la travesía por el desierto sin horizonte.

Los ojos abiertos del profeta evocan los ojos abiertos del ciego que vuelve a ver y por la visión, rostro a rostro, de Jesús de Nazaret, se dispone a seguirlo de cerca, para compartir la suerte del Maestro.

Se nos anuncia un futuro florecido, que es presente para el que cree, porque del cielo llueve la justicia, la santidad, y de la tierra brota la salvación, alumbrada en el seno de una mujer nazarena.

Atrévete a iluminar todo acontecimiento con la noticia del nacimiento de Jesús, y por aciagos que sean los días, siempre habrá una razón para bendecir a Dios.

Preguntas

¿Te atreverás a ser augurio de bondad, verdad y belleza?
¿Te descubres anunciando y comentando realidades positivas, o en la inercia social de la crítica violenta y desesperanzada?
¿Qué haces o estás dispuesto a hacer para que los que están junto a ti descubran lo positivo?

domingo, 16 de diciembre de 2012

Sufrimiento humano



En un mundo que busca todos los medios, lícitos e ilícitos, para eliminar cualquier forma de dolor, ¿cómo puede el sacerdote ser testigo del sentido cristiano del sufrimiento y cómo debe comportarse ante quienes sufren, sin resultar retórico o patético? 


Benedicto XVI: ¿Qué hacer? Debemos reconocer que conviene tratar de hacer todo lo posible para mitigar los sufrimientos de la humanidad y para ayudar a las personas que sufren -son numerosas en el mundo- a llevar una vida buena y a librarse de los males que a menudo causamos nosotros mismos: el hambre, las epidemias, etc. 

Pero, reconociendo este deber de trabajar contra los sufrimientos causados por nosotros mismos, al mismo tiempo debemos reconocer también y comprender que el sufrimiento es un elemento esencial para nuestra maduración humana. 

Pienso en la parábola del Señor sobre el grano de trigo que cae en tierra y que sólo así, muriendo, puede dar fruto. Este caer en tierra y morir no sucede en un momento, es un proceso de toda la vida. 

Preguntas de los seminaristas del Seminario Romano Mayor y las respuestas de Benedicto XVI el 28 de febrero de 2007.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Adviento. Benedicto XVI, 2012

El Papa ha concluido hablando del tiempo litúrgico de Adviento que nos prepara para la Navidad. 

“Como todos sabemos -ha dicho- la palabra `Adviento` significa `venida`, `presencia`, y antiguamente indicaba la llegada del rey o del emperador a una determinada provincia. 

Para nosotros los cristianos, significa una realidad maravillosa y desconcertante. Dios mismo ha atravesado su cielo y se ha inclinado hacia el hombre; ha forjado una alianza con él, entrando en la historia de un pueblo.

Él es el rey que ha bajado a esta pobre provincia que es la tierra, y nos ha obsequiado con su visita asumiendo nuestra carne, haciéndose hombre como nosotros. 

El Adviento nos invita a recorrer el camino de esta presencia y nos recuerda una y otra vez que Dios no se ha ido del mundo, que no está ausente, que no nos abandona; al contrario, nos sale al encuentro de diferentes maneras que tenemos que aprender a discernir. 

Y también nosotros, con nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, estamos llamados, día tras día, a entrever esta presencia y dar testimonio de ella en el mundo a menudo superficial y distraído, a hacer que brille en nuestras vidas la luz que ha iluminado la gruta de Belén”

viernes, 14 de diciembre de 2012

Señor, auméntanos la fe

Isabel nos ha mandado esta oración:


Señor auméntanos la fe
Caminamos llenos de esperanza,pero a tientas en la noche .
Vienes tú en el Adviento de la historia ,eres tú el Hijo del Altisimo.¡ Creo, Señor!
Con los santos que caminan con nosotros,
Señor,te pedimos:¡Auméntanos la fe!
Caminamos fatigados y perdidos, sin el pan de cada día.
Tú nos nutres con la luz de Navidad ,eres tú la estrella de la aurora.
¡Creo,Señor!
Con María, la primera creyente,
Señor,te rogamos:¡Auméntanos la fe!
Caminamos esperando el fuego nuevo que se enciende en Pentecostés .
Tú recreas la presencia de aquel soplo ,eres tú la Palabra del futuro .
¡Creo, Señor !
Con la iglesia que anuncia tu Evangelio ,
Señor , te imploramos : ¡Auméntanos la fe !
Caminamos cada dia que nos donas , con los hombres de este mundo .
Tú nos guias por las sendas de la tierra ,eres tù la meta que anhelamos .
¡Creo, Señor !
Con el mundo donde el Reino está presente ,
Señor , te clamamos : AUMÉNTANOS LA FE !

Santa Lucía

Con el descubrimiento, hecho en 1894, de la inscripción sepulcral sobre el “loculus” o sepulcro de la santa en las catacumbas de Siracusa, desaparecieron todas las dudas sobre la historicidad de la joven mártir Lucía, cuya fama y devoción se deben en gran parte a su legendaria Pasión, posterior al siglo V. La inscripción se remonta a comienzos del siglo V, cien años después del glorioso testimonio que dio de Cristo la mártir de Siracusa. 

Epígrafes, inscripciones y el mismo antiguo recuerdo litúrgico (se debe probablemente al Papa Gregorio Magno la introducción del nombre de Santa Lucía en el Canon de la Misa) demuestran la devoción desde antiguo, que se difundió muy pronto no sólo en Occidente, sino también en Oriente.

Lucía pertenecía a una rica familia de Siracusa. La madre, Eutiquia, cuando quedó viuda, quería hacer casar a la hija con un joven paisano. Lucía, que había hecho voto de virginidad por amor a Cristo, obtuvo que se aplazara la boda, entre otras cosas porque la madre se enfermó gravemente. Devota de Santa Águeda, la mártir de Catania, que había vivido medio siglo antes, quiso llevar a la madre enferma a la tumba de la santa. De esta peregrinación la madre regresó completamente curada y por eso le permitió a la hija que siguiera el camino que deseaba, permitiéndole dar a los pobres de la ciudad su rica dote.

El novio rechazado se vengó acusando a Lucía ante el procónsul Pascasio por ser ella cristiana. Amenazada de ser llevada a un prostíbulo para que saliera contaminada, Lucía le dio una sabia respuesta al procónsul: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma es consciente”. 

El procónsul quiso pasar de las amenazas a los hechos, pero el cuerpo de Lucía se puso tan pesado que más de diez hombres no lograron moverla ni un palmo. Un golpe de espada hirió a Lucía, pero aun con la garganta cortada la joven siguió exhortando a los fieles para que antepusieran los deberes para con Dios a los de las criaturas, hasta cuando los compañeros de fe, que estaban a su alrededor, sellaron su conmovedor testimonio con la palabra Amén.

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martes, 11 de diciembre de 2012

El Papa: Juan Bautista enseña a vivir la Navidad como fiesta del Hijo de Dios


Papa Benedicto XVI



VATICANO, 09 Dic. 12 / 07:42 am (ACI/EWTN Noticias).- En sus palabras previas al rezo del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, el Papa Benedicto XVI afirmó que en medio de la sociedad consumista, San Juan Bautista nos enseña a vivir la Navidad como la fiesta del Hijo de Dios.

El Santo Padre señaló que “en la sociedad de consumo, en la que se está tentado de buscar la felicidad en la cosas, el Bautista nos enseña a vivir de manera esencial, para que la Navidad sea vivida no solo como una fiesta exterior, sino como la fiesta del Hijo de Dios que ha venido a traer a los hombres la paz, la vida y la verdadera felicidad”.

El Papa indicó que durante “el Tiempo de Adviento la liturgia pone en relieve, de manera particular, dos figuras que preparan la venida del Mesías: la Virgen María y Juan Bautista. Hoy san Lucas nos presenta a este ultimo, y lo hace con características diversas de los otros Evangelistas”.

Citando a su reciente libro, “La Infancia de Jesús”, Benedicto XVI recordó que “‘todos los cuatro Evangelios colocan al inicio de la actividad de Jesús la figura de Juan Bautista y lo presentan como su precursor. San Lucas ha llevado hacia atrás la conexión entre las dos figuras y sus respectivas misiones. Ya en la concepción y en el nacimiento, Jesús y Juan son colocados en relación entre ellos’”.

El Papa explicó que “esta impostación ayuda a comprender que Juan, en cuanto hijo de Zacarías e Isabel, ambos de familias sacerdotales, no solo es el ultimo de los profetas, sino que representa también al entero sacerdocio de la Antigua Alianza y por lo tanto prepara a los hombres al culto espiritual de la Nueva Alianza, inaugurado por Jesús”.

Además, el evangelista Lucas “deshace toda lectura mítica que a menudo se hace de los Evangelios y coloca históricamente la vida del Bautista: ‘En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, mientras Poncio Pilato era gobernador … bajo los sumos sacerdotes Anás y Caifás’”.

“Al interior de este cuadro histórico se coloca el verdadero gran acontecimiento, el nacimiento de Cristo, que los contemporáneos ni siquiera notarán. Para Dios los grandes de la historia ¡hacen de marco a los pequeños!”, exclamó el Papa.

Benedicto XVI recordó que “Juan Bautista se define como la ‘voz de uno que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos’. La voz proclama la palabra, pero en este caso la Palabra de Dios precede, en cuanto es ella misma a bajar sobre Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto”.

“Él por tanto tiene un gran rol, pero siempre en función de Cristo”, indicó.
San Agustín, recordó el Santo Padre, dijo que “Juan es la voz. Del Señor en cambio se dice: ‘Al principio existía la Palabra’. Juan es la voz que pasa, Cristo es el Verbo eterno que era en un principio. Si a la voz se quita la palabra, ¿que cosa queda? Un sonido vago. La voz sin palabra resuena en el oído, pero no edifica el corazón”.

El Papa señaló que “a nosotros hoy espera la tarea de dar escucha a aquella voz para conceder espacio y acogida a Jesús en el corazón, Palabra que nos salva”.

“En este Tiempo de Adviento, preparémonos a ver, con los ojos de la fe, en la humilde Gruta de Belén, la salvación de Dios.

Al concluir sus palabras, el Papa Benedicto XVI confió a la intercesión de la Virgen María “nuestro camino al encuentro del Señor que viene, para estar listos a acoger, en el corazón y en toda la vida, al Emanuel, el Dios-con-nosotros”.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Navidad. Una invitación de.....Jesús


Llega la Navidad. Para algunos, un tiempo de descanso. Para otros, momentos de inquietud: salen a la luz tensiones y problemas que uno, a veces, puede ocultar gracias al trabajo. Para los cristianos, un momento de fiesta: ¡nace el Salvador!

Para Dios, ¿qué es la Navidad? Dios no tiene tiempo, lo sabemos. Pero entró en el tiempo. Jesús sigue siendo Hombre en el cielo: cada Navidad "recuerda" que es su "cumpleaños".

Ese día (lo hace todos los días, pero también en Navidad) mirará al mundo con cariño inmenso. Buscará, como hace más de 2000 años, a la oveja perdida. Pensará en su pueblo, en su raza, en quienes viven en Tierra Santa entre odios tristes, angustias profundas, lágrimas por los fallecidos y los ausentes.

Mirará el corazón de cada hombre, de cada mujer, para mendigar algo de cariño. Más aún, para ofrecer su Amor, para derramar bálsamos de ternura, para vendar heridas profundas, para animar buenos deseos que no acaban de hacerse realidad.

Me mirará también a mí, con mi historia, con mis penas, con mis esperanzas, con mis angustias, con mi generosidad. Querrá decirme que sintió frío porque quería calentar mi corazón egoísta, que pasó sed porque venía a darme agua viva, que conocerá el hambre porque se convertirá en el Pan que se inmola por el mundo.

Entre las postales o los mensajes que me lleguen durante estos días, el más importante viene del Corazón de Cristo. Me invita a abrir el Evangelio, a descubrir que los pobres son llamados al banquete, a recordar que el pecador no es condenado, a vivir en la alegría profunda del perdón divino. Me buscará, aunque tenga que pasar entre abrojos, para tomarme sobre sus hombros, para llevarme nuevamente a casa, para sentarme en un banquete eterno.

Llega la Navidad. La invitación de Dios descansa sobre mi mesa de trabajo o en lo más profundo de mi espíritu hambriento de esperanzas. Es una invitación sencilla y perfumada, amable y sugestiva, bondadosa y humilde. Como todo lo que viene de Dios, que abraza a los que se hacen como niños, a los que viven con la sencillez propia de quienes se sienten muy amados.
P. Fernando Pascual

sábado, 8 de diciembre de 2012

DEDICADO A LA INMACULADA CONCEPCIÓN

Hoy celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, el dogma que declara que por una gracia singular de Dios, María fue preservada de todo pecado, desde su concepción.
Este dogma fue proclamado por el Papa Pío en la bula Ineffabilis Deus (1854): “...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles...”

Que María Santísima los cubra a todos con su manto... cuidándoles y protegiéndoles... y sobre todo, guiándoles por el camino de la humildad y de la virtud... camino que conduce a los brazos de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo... DLB!



De: Tengo sed de Ti

viernes, 7 de diciembre de 2012

El hombre está vivo cuando espera, por Benedicto XVI

En el Adviento, la Iglesia inicia un nuevo Año Litúrgico, un nuevo camino de fe que, por una parte, hace memoria del acontecimiento de Jesucristo, y por otra, se abre a su cumplimiento final. Es precisamente desde esta doble perspectiva de donde vive el Tiempo de Adviento, mirando tanto a la primera venida del Hijo de Dios, cuando nació de la Virgen María, como a su vuelta gloriosa, cuando vendrá a "juzgar a vivos y muertos", como decimos en el Credo. 

Sobre este sugestivo tema de la "espera" quisiera ahora detenerme brevemente, porque se trata de un aspecto profundamente humano, en el que la fe se convierte, por así decirlo, en un todo con nuestra carne y nuestro corazón.

La espera, el esperar es una dimensión que atraviesa toda nuestra existencia personal, familiar y social. La espera está presente en mil situaciones, desde las más pequeñas y banales hasta las más importantes, que nos implican totalmente y en lo profundo. Pensemos, entre estas, en la espera de un hijo por parte de dos esposos; a la de un pariente o de un amigo que viene a visitarnos de lejos; pensemos, para un joven, en la espera del éxito en un examen decisivo, o de una entrevista de trabajo; en las relaciones afectivas, en la espera del encuentro con la persona amada, de la respuesta a una carta, o de la acogida de un perdón... 

Se podría decir que el hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza. Y al hombre se le reconoce por sus esperas: nuestra “estatura” moral y espiritual se puede medir por lo que esperamos, por aquello en lo que esperamos.

Cada uno de nosotros, por tanto, especialmente en este Tiempo que nos prepara a la Navidad, puede preguntarse: yo, ¿qué espero? ¿A qué, en este momento de mi vida, está dirigido mi corazón? Y esta misma pregunta se puede plantear a nivel de familia, de comunidad, de nación. ¿Qué es lo que esperamos, juntos? ¿Qué une nuestras aspiraciones, qué las acomuna? 

En el tiempo precedente al nacimiento de Jesús, era fortísima en Israel la espera del Mesías, es decir, de un Consagrado, descendiente del rey David, que habría finalmente liberado al pueblo de toda esclavitud moral y política e instaurado el Reino de Dios. Pero nadie habría nunca imaginado que el Mesías pudiese nacer de una joven humilde como era María, prometida del justo José. Ni siquiera ella lo habría esperado nunca, pero en su corazón la espera del Salvador era tan grande, su fe y su esperanza eran tan ardientes, que Él pudo encontrar en ella una madre digna. Del resto, Dios mismo la había preparado, antes de los siglos. 

Hay una misteriosa correspondencia entre la espera de Dios y la de María, la criatura "llena de gracia", totalmente transparente al designio de amor del Altísimo. Aprendamos de Ella, Mujer del Adviento, a gestionar los gestos cotidianos con un espíritu nuevo, con el sentimiento de una espera profunda, que solo la venida de Dios puede colmar.


Palabras del Papa Benedicto XVI pronunciadas el domingo a mediodía, durante el rezo del Ángelus, el domingo 28 de noviembre de 2010 en la Plaza de San Pedro. 

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net

Ven, Señor Jesús

jueves, 6 de diciembre de 2012

CREEMOS EN DIOS

En nuestra generación parece que el hombre se ha olvidado de Dios, pero sin embargo, el hombre tiene un deseo inmenso de Dios, y lo demuestra en las distintas manifestaciones de su vida diaria. En la búsqueda continua de algo nuevo, ya que lo que tiene y con lo que se divierte no le llega a satisfacer del todo. En el vacío que nota en su vida, en ese continuo querer aparentar esa felicidad y esa alegría que no le llena por dentro.

Dios nos ha creado por Él y para Él, nos ama con todas sus fuerzas y espera lo mismo de nosotros. Tener fe plena en Dios es abandonarnos totalmente en su amor, aceptar todas nuestras alegrías y nuestras preocupaciones, tener plena confianza en que Él vela por nosotros.

Pero, ¿nosotros tenemos verdadera fe?, ¿nos abandonamos totalmente al amor de Dios?.
Muchos de nosotros tenemos una gran necesidad de dios en nuestra vida, verdaderamente amamos a Dios y es del todo cierto que sabemos que nos ama, a cada uno de nosotros personalmente.
Pero, en los momentos difíciles de nuestra existencia, ¿tenemos la misma confianza en Dios?,¿recurrimos a Él para que nos ayude?, ¿o procuramos salir del problema sólo con nuestras propias fuerzas? ¿tenemos la misma sensación de su proximidad o lo notamos lejos y oculto?  

Si nos ocurre esto último, quizás no tenemos toda la fe que deberíamos en el amor de Dios, porque no nos abandonamos a Él. Deberíamos dedicar más rato a la oración, a la lectura y meditación de la Palabra de Dios. O dedicar un rato al día a estar simplemente con Él.

Y si el momento es tan duro que se oscurece todo, tenemos que tener la seguridad de que Él está a nuestro lado y quizás con ese problema que estamos teniendo nos quiere comunicar algo y debemos estar más atentos que nunca a lo que sucede a nuestro alrededor.

Y tampoco debemos olvidarnos de nuestros hermanos en la fe, debemos amarlos, pero de verdad, no sólo con palabras sino también con obras, estar siempre disponibles, rezar por ellos, preocuparnos de sus problemas y acudir a ellos cuando vemos que necesitan ayuda.
Y También "saber" recurrir a ellos cuando somos nosotros los que necesitamos su amor.

Todos estamos unidos en nuestro amor a Dios, juntos ofrecemos al Señor nuestras ofrendas en la Eucaristía y juntos estamos caminando en la senda del Señor.

Señor, ayúdanos en este caminar hacia Ti.
H. de Carmen.

martes, 4 de diciembre de 2012

De Bach y Berlioz a Ratzinger


Javier nos ha mandado un artículo muy interesante de Olegario González de Cardedal, teólogo. :

"En los últimos decenios, cuando han tenido lugar coloquios sobre el cristianismo entre filósofos o científicos por un lado y teólogos por otro; aquellos siempre querían tener como dialogante a Ratzinger, no a otros teólogos más liberales o exponentes de la última moda teológica. Sabían que con él tenían delante a alguien que tomaba en serio los artículos duros del Credo cristiano. 

En el cristianismo hay tres o cuatro afirmaciones en las cuales consiste y sin las cuales perece. Estas tienen que ser presentadas a los no cristianos con delicadeza pero sin rebozo. Sería una traición ofrecerles solo aquellos aspectos de la vida cristiana que les pueden agradar. No se trata de proponer solo el hecho aislado de la cruz, que entonces sería insoportable; pero tampoco de guardar silencio sobre ella y sobre aquellos artículos del Credo que chocan con la mentalidad dominante. 

Si es verdad que la religión es una vocal y la historia es una consonante, y uniendo las dos se forman las sílabas, podríamos decir que uniendo los hechos y experiencias originarias en torno a Jesús con la experiencia y esperanza de cada generación tendríamos la consonancia sintáctica que es la fe cristiana. Consonancia de testimonio y de razón, de inteligencia y de libertad, de amor y de esperanza. 

Benedicto XVI acaba de publicar La infancia de Jesús, último volumen de su trilogía sobre Jesucristo. T. S. Eliot comienza y cierra el segundo de sus Cuatrocuartetos con esta afirmación que ya encontramos en los presocráticos y en el Nuevo Testamento: «En mi comienzo está mi fin. En mi fin está mi comienzo». Ratzinger cerraba el tomo segundo de su obra hablando del fin: la resurrección. Los evangelistas han descrito el inicio (infancia) de Jesús desde su final (resurrección). Cuando tuvieron la experiencia de que aquel, a quien los hombres habían crucificado, Dios lo había resucitado, les fue inevitable preguntarse por el sentido de todo lo que habían vivido con Jesús y sobre todo a pensar quién era y desde dónde venía para que Dios hubiera actuado así con él. Y comienza un proceso de relectura de lo vivido, hasta llegar al mismo nacimiento de Jesús. Una convicción anima todo el proceso: la unidad personal del sujeto. Dios no ha incrustado su acción de buenas a primeras en alguien sin cualificación para tal misión y sin una relación especial con él. El que ha resucitado es el mismo que ha muerto en la cruz, el que ha predicado el Reino, el que ha nacido en Belén. Y concluyen: este a quien Dios ha resucitado es su Hijo. Y el que nace en Belén es ese mismo Hijo encarnado.

Los Evangelios nacen de tres fuentes, sin las cuales no son inteligibles: la memoria viva de las palabras y de los hechos de Jesús, la experiencia de la iglesia que nace y crece, la relectura del Antiguo Testamento hecha desde la convicción de que en cuanto anuncio anticipado del Mesías prometido por Dios se había cumplido en Cristo.

No son biografías en el sentido científico moderno del término. Presuponen los hechos relatados, ya que aún perduran testigos que pueden acreditar o desacreditar lo que los evangelistas y Pablo narran. Escriben no desde la sospecha sino desde la confianza, con la alegría de saber que llevan entre sus manos vasijas de barro, un tesoro que ofrecen a los demás. Estos tres elementos tienen que ser tenidos en cuenta a la hora de leer los Evangelios y a la hora de utilizarlos como fuente para el conocimiento de Jesús. Con estos criterios escribe Ratzinger su libro. Pero, ¿es serio dedicar un libro a estudiar la infancia de Jesús? ¿No es la infancia un mero tránsito hacia la juventud y madurez? ¿Tiene sentido hablar de la infancia del Hijo eterno de Dios compartiendo nuestra encarnadura en el seno de una mujer, nuestro nacimiento y nuestros primeros pasos? ¿Son los relatos de Navidad algo más que « cuentos de navidad » ? Los Dickens como literatos y los Schleiermacher como filósofos, ¿no los han desmitificado para siempre? Reducirlos a mito o mera poesía es la eterna tentación del hombre ante la condescendencia divina. Han suscitado tanta poesía y tanta música porque son mucho más que eso. No nos atrevemos a creer que Dios, siendo bueno de verdad, quiera compartir destino con nosotros, que sea Enmanuel. El Dios cristiano no es simplemente el dios de los deístas, motor inmóvil o relojero que de una vez para siempre dio cuerda al mundo. Lo que afirman los Evangelios y repite Ratzinger es que Dios se ha insertado en un mundo que es su creación y actúa por medio de ella, colaborando con el hombre y siendo hombre. 

La dignidad de la naturaleza no se consuma enfrentándose a Dios su creador desde una hipotética autonomía sino sirviéndole para llevar a cabo su designio salvífico. Y este es el sentido del milagro. Dios se inserta en el mundo para ayudar al hombre. Así se entiende la encarnación como nueva creación del Espíritu, haciendo surgir la humanidad de Jesús en el seno de María, lo mismo que en el Génesis vemos surgir todo desde la nada por la fuerza del Espíritu. Así se entiende también la resurrección como anticipación al corazón de la historia de la recreación gloriosa del final. Concepción virginal, encarnación y resurrección consuman así el milagro originario que es la creación: Dios dándose en su amor y libertad creadora hasta el extremo de la carne.
Atreverse a hablar absolutamente en serio de la infancia de Jesús es atreverse a hablar absolutamente en serio de Dios hecho hombre, del hombre niño en su desvalimiento y de la nueva forma de ser persona desde esa nueva creación en Cristo. No nacieron de la ingenuidad el Oratorio de Navidad de Bach (1723), las Veintemiradas al niño Jesús de Messiaen (1944), ni la Infancia de Jesús de Berlioz (1854). A éste debemos los españoles especial agradecimiento. Oyéndole vivió lo que llama «El hecho extraordinario» —su conversión— el filósofo García Morente, alma de la Facultad de Filosofía en la nueva Ciudad Universitaria (Madrid). Él escribe: «Oía un trozo de Berlioz titulado “La infancia de Jesús”. Tuvo un efecto fulminante en mi alma. Ese es Dios, ese es el verdadero Dios, Dios vivo; esa es la Providencia viva —me dije a mí mismo—. Ese es Dios que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los da aliento y los trae la salvación».
Olegario González de Cardedal, teólogo".

sábado, 1 de diciembre de 2012

Adviento por Benedicto XVI


Volvamos a escuchar la primera antífona de esta celebración vespertina, que se presenta como apertura del tiempo de Adviento y que resuena como antífona de todo el Año Litúrgico: «Anunciad a todos los pueblos: Dios viene, nuestro Salvador». Al inicio de un nuevo ciclo anual, la liturgia invita a la Iglesia a renovar su anuncio a todos los pueblos y lo resume en dos palabras: «Dios viene». Esta expresión tan sintética contiene una fuerza de sugestión siempre nueva. 

Detengámonos un momento a reflexionar: no usa el pasado--Dios ha venido-- ni el futuro, --Dios vendrá--, sino el presente: «Dios viene». Si prestamos atención, se trata de un presente continuo, es decir, de una acción que siempre tiene lugar: está ocurriendo, ocurre ahora y ocurrirá una vez más. En cualquier momento, «Dios viene». 

El verbo «venir» se presenta como un verbo «teológico», incluso «teologal», porque dice algo que tiene que ver con la naturaleza misma de Dios. Anunciar que «Dios viene» significa, por lo tanto, anunciar simplemente al mismo Dios, a través de uno de sus rasgos esenciales y significativos: es el «Dios-que-viene». 

Adviento invita a los creyentes a tomar conciencia de esta verdad y a actuar coherentemente. Resuena como un llamamiento provechoso que tiene lugar con el pasar de los días, de las semanas, de los meses: ¡Despierta! ¡Recuerda que Dios viene! ¡No vino ayer, no vendrá mañana, sino hoy, ahora! El único verdadero Dios, el Dios de Abraham, de Isaac y Jacob» no es un Dios que está en el cielo, desinteresándose de nosotros y de nuestra historia, sino que es el Dios-que-viene. 

Es un Padre que no deja nunca de pensar en nosotros, respetando totalmente nuestra libertad: desea encontrarnos, visitarnos, quiere venir, vivir en medio de nosotros, permanecer en nosotros. Este «venir» se debe a su voluntad de liberarnos del mal y de la muerte, de todo aquello que impide nuestra verdadera felicidad, Dios viene a salvarnos. 

Los Padres de la Iglesia observan que el «venir» de Dios --continuo y por así decir, connatural con su mismo ser-- se concentra en las dos principales venidas de Cristo, la de su Encarnación y la de su regreso glorioso al fin de la historia (Cf. Cirilo de Jerusalén, «Catequesis» 15, 1: PG 33,870). El tiempo de Adviento vive entre estos dos polos. En los primeros días se subraya la espera de la última venida del Señor, como demuestran también los textos de la celebración vespertina de hoy.

Al acercarse la Navidad, prevalecerá por el contrario la memoria del acontecimiento de Belén, para reconocer en él la «plenitud del tiempo». Entre estas dos venidas, «manifestadas», hay una tercera, que san Bernardo llama «intermedia» y «oculta»: tiene lugar en el alma de los creyentes y tiende una especie de puente entre la primera y la última. 

«En la primera --escribe san Bernardo--, Cristo fue nuestra redención en la última se manifestará como nuestra vida, en ésta será nuestro descanso y nuestro consuelo» (Disc. 5 sobre el Adviento, 1). 

Para la venida de Cristo que podríamos llamar «encarnación espiritual», el arquetipo es María. Como la Virgen conservó en su corazón al Verbo hecho carne, así cada una de las almas y toda la Iglesia están llamadas en su peregrinación terrena a esperar a Cristo que viene, y a acogerlo con fe y amor siempre renovados.

La Liturgia del Adviento subraya que la Iglesia da voz a esa espera de Dios profundamente inscrita en la historia de la humanidad, una espera a menudo sofocada y desviada hacia direcciones equivocadas. Cuerpo místicamente unido a Cristo Jefe, la Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento eficaz de esa espera de Dios. 

De una forma que sólo Él conoce, la comunidad cristiana puede abreviar la venida final, ayudando a la humanidad a salir al encuentro del Señor que viene. Y esto lo hace antes que nada, pero no sólo, con la oración. Las «obras buenas» son esenciales e inseparables a la oración, como recuerda la oración de este primer domingo de Adviento, con la que pedimos al Padre Celestial que suscite en nosotros «la voluntad de salir al encuentro de Cristo, con las buenas obras».

Desde este punto de vista, el Adviento es más adecuado que nunca para convertirse en un tiempo vivido en comunión con todos aquellos --y gracias a Dios son muchos—que esperan en un mundo más justo y más fraterno. 

Este compromiso por la justicia puede unir en cierto sentido a los hombres de cualquier nacionalidad y cultura, creyentes y no creyentes. Todos de hecho están animados por un anhelo común, aunque sea distinto por sus motivaciones, hacia un futuro de justicia y de paz. 

¡La paz es la meta a la que aspira toda la humanidad! Para los creyentes «paz» es uno de los nombres más bellos de Dios, quien quiere el entendimiento entre todos sus hijos, como he tenido la oportunidad de recordar en mi peregrinación de estos días pasados a Turquía. 

Un canto de paz resonó en los cielos cuando Dios se hizo hombre y nació de una mujer, en la plenitud de los tiempos (Cf. Gálatas 4, 4).

Comencemos pues este nuevo Adviento --tiempo que nos regala el Señor del tiempo--, despertando en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado, de que venga su reino de justicia y de paz, y que se haga su voluntad así en el cielo como en la tierra. 

Dejémonos guiar en esta espera por la Virgen María, madre del Dios-que-viene, Madre de la Esperanza, a quien celebraremos dentro de unos días como Inmaculada: que nos conceda la gracia de ser santos e inmaculados en el amor cuando tenga lugar la venida de nuestro Señor Jesucristo, a quien, con el Padre y el Espíritu Santo, se alabe y glorifique por los siglos de los siglos. Amén.

[Traducción del original italiano realizada por Zenit