lunes, 4 de agosto de 2014

DADLES VOSOTROS DE COMER. Escrito por José Antonio Pagola

Mt 14, 13-21
Jesús está ocupado en curar a aquellas gentes enfermas y desnutridas que le traen de todas partes. Lo hace, según el evangelista, porque su sufrimiento le conmueve. Mientras tanto, sus discípulos ven que se está haciendo muy tarde. Su diálogo con Jesús nos permite penetrar en el significado profundo del episodio llamado erróneamente “la multiplicación de los panes”.
Los discípulos hacen a Jesús un planteamiento realista y razonable: “Despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Ya han recibido de Jesús la atención que necesitaban. Ahora, que cada uno se vuelva a su aldea y se compre algo de comer según sus recursos y posibilidades.
La reacción de Jesús es sorprendente: “No hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer”. El hambre es un problema demasiado grave para desentendernos unos de otros y dejar que cada uno lo resuelva en su propio pueblo como pueda. No es el momento de separarse, sino de unirse más que nunca para compartir entre todos lo que haya, sin excluir a nadie.
Los discípulos le hacen ver que solo hay cinco panes y dos peces. No importa. Lo poco basta cuando se comparte con generosidad. Jesús manda que se sienten todos sobre el prado para celebrar una gran comida. De pronto todo cambia. Los que estaban a punto de separarse para saciar su hambre en su propia aldea, se sientan juntos en torno a Jesús para compartir lo poco que tienen. Así quiere ver Jesús a la comunidad humana.
¿Qué sucede con los panes y los peces en manos de Jesús? No los “multiplica”. Primero bendice a Dios y le da gracias: aquellos alimentos vienen de Dios: son de todos. Luego los va partiendo y se los va dando a los discípulos. Estos, a su vez, se los van dando a la gente. Los panes y los peces han ido pasando de unos a otros. Así han podido saciar su hambre todos.
El arzobispo de Tánger ha levantado una vez más su voz para recordarnos “el sufrimiento de miles de hombres, mujeres y niños que, dejados a su suerte o perseguidos por los gobiernos, y entregados al poder usurero y esclavizante de las mafias, mendigan, sobreviven, sufren y mueren en el camino de la emigración”.
En vez de unir nuestras fuerzas para erradicar en su raíz el hambre en el mundo, solo se nos ocurre encerrarnos en nuestro “bienestar egoísta” levantando barreras cada vez más degradantes y asesinas. ¿En nombre de qué Dios los despedimos para que se hundan en su miseria? ¿Dónde están los seguidores de Jesús?
¿Cuándo se oye en nuestras eucaristías el grito de Jesús: “Dadles vosotros de comer”?

José Antonio Pagola


Sine dominico non possumus! ( Sin el domingo no podemos )

En el año 304 dC fueron apresados un grupo de cristianos en Abitina, la actual Túnez, porque habían sido sorprendidos celebrando la eucarística dominical... esto estaba prohibido y el castigo era la muerte... así que fueron llevados ante el juez... y a la pregunta de por qué lo habían hecho, respondieron: “Sine dominico non possumus!” (Sin el domingo no podemos)...

El don de la Eucaristía es el don de Dios mismo... Jesucristo que se hace presente en medio de su Iglesia... para alimentarla, sostenerla, sanarla... por eso hoy, al igual que aquellos primeros cristianos, no podemos vivir sin el don de la Eucaristía... sin el don de Jesucristo vivo y presente en medio de nosotros...

Les cuento esto porque en una ocasión tuve la visita de una hermana evangélica pentecostal en nuestra página de Facebook... originalmente comenzó cuestionando nuestra devoción a la Virgen y los dogmas marianos... pero el pequeño debate se extendió a otros aspectos del catolicismos... y ella, con voz triunfante, dijo haber sido católica... pero que se había ido porque ya se sabía la Misa de memoria y se aburría en ella... en la iglesia evangélica, en cambio, había “hablado en lenguas” y “sentía bonito”...

Me estuvo curioso esto... pues el culto evangélico siempre es “lo mismo”... se lee la Palabra, se escucha una predicación y se alaba al Señor... así que lo que la hermana decía, más que una razón, era una excusa... y mostraba el desconocimiento que tienen muchos católicos sobre qué cosa es la Misa...

En primer lugar... la Misa no es nuestra, sino de Dios... nosotros no asistimos a la celebración de la Eucaristía para “sentir bonito”... sino para darle culto a Dios de la manera que Él nos enseñó en la Última Cena y que los verdaderos cristianos han estado haciendo por dos mil años...

Además... la estructura de la Misa es siempre la misma, pero las oraciones que elevamos al Padre, a través de Jesucristo y con el poder del Espíritu Santo son distintas... lamentablemente, hay muchos católicos que están en cuerpo... pero su mente y su alma andan vagando fuera del templo...

No pretendo dar una explicación completa ni ir detalladamente por cada parte de la Misa... pero sí mostrarles la importancia de estar atentos y de unirnos a las oraciones que hacemos durante la celebración... de hecho, esa es la forma en que nosotros, la asamblea, participamos de la Misa... uniéndonos al sacerdote que nos preside en el culto que damos a Dios...

Al comienzo de la Misa... pedimos a Dios que nos perdone por nuestras faltas y errores... pero para eso hay que abrirle el corazón de par en par... necesitamos estar conscientes y pedir perdón con verdadero arrepentimiento... si lo hacemos, la Misericordia de Dios nos arropa, perdonando y sanando nuestras heridas... por eso nos lanzamos en una alabanza a la Santísima Trinidad en el Gloria...

La liturgia de la Palabra es el momento en que Dios nos habla... recordemos que la Palabra de Dios «es viva y eficaz» y «no retorna a Él vacía»... pero para que actúe, debemos escucharla con atención... debemos dejar que eche raíces en nuestra alma... y hacerla vida en nosotros...


Una parte muy importante de la celebración es la oración de los fieles... ese es el momento en que todos, unidos como un solo corazón, elevamos nuestras peticiones al Padre... pedimos por la Iglesia... por nuestra comunidad... por aquellos que están más necesitados... y por nosotros mismos... Jesús nos dijo que “cuando dos o más se pusieran de acuerdo para pedir algo en su Nombre, Él nos lo concedería”... eso es lo que hacemos en ese momento... estamos escuchando las peticiones, haciéndolas nuestras y pidiéndole a Jesús que las lleve al Padre...

Durante el ofertorio, el sacerdote presenta a Dios los dones eucarísticos: el pan y el vino, que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo... durante esa parte, nosotros también presentamos a Dios una ofrenda de aquellos bienes que Él mismo nos ha confiado a través de nuestros trabajos... pero el ofertorio no debe quedarse ahí... es momento, también, de ofrecerle al Señor nuestros problemas y necesidades... nuestros pecados y flaquezas... nuestras angustias y tristezas... también nuestras alegrías, nuestros anhelos, nuestros propósitos y nuestra disposición para servirle... en fin, es el momento de presentarle a Dios toda nuestra vida... de ponerla en la patena y el cáliz, junto al pan y al vino... para que cuando el Espíritu Santo venga sobre ellos... nos transforme a nosotros también, en una ofrenda agradable a Dios...

Durante el prefacio le damos gracias a Dios por todo lo que tenemos y somos, pues todo lo hemos recibido de Él... en especial, le damos gracias por el don de su Hijo... que se hará presente en medio de nosotros como «Pan de Vida», alimento espiritual que nos da «vida eterna»...

La plegaria eucarística nos lleva al momento de la Pasión... y la consagración es Jesucristo mismo, que entrega su Cuerpo y derrama su Sangre por nuestros pecados... es el momento del Calvario... y ante esa realidad mística que se devela ante nosotros, no podemos permanecer impasibles... es momento de estar de rodillas y de unir nuestra alma a la de María, que es traspasada por la espada del sufrimiento junto a la Cruz...

Luego de la consagración... nos unimos a Jesucristo, vivo y resucitado, que nos invita a elevar esa oración que Él mismo enseñó a los Apóstoles... y después del Padrenuestro... nos abrazamos con el símbolo de la Paz, dejando que la Paz de Jesús se pasee por toda la asamblea...


Finalmente, llegamos al momento más grande y más sublime en la vida de un católico: poder llegar a recibir a Jesús Sacramentado en la Comunión... “comer” a Dios... fundirse en abrazo con Él... dejar que Él me llene y poder decir con San Pablo, «ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí»...

Al concluir, el sacerdote nos bendice y nos envía al mundo... para ser reflejo de Jesucristo y dar testimonio de Él... esa es la Misión del cristiano, anunciar la Buena Nueva a todas las gentes... y esa es la encomienda que recibimos antes de marcharnos...

La Misa no se trata de nosotros, sino de Dios... no se trata de “sabérsela de memoria”, sino de vivirla a plenitud... y no se trata de “sentir bonito”, sino de hacernos uno con nuestro Dios y Salvador... por eso, sin la Eucaristía no podemos vivir...
 Fuente: tengoseddeti.org

San Juan María Vianney

San Juan María Vianney, presbítero, que durante más de cuarenta años se entregó de una manera admirable al servicio de la parroquia que le fue encomendada en la aldea de Ars, cerca de Belley, en Francia, con una intensa predicación, oración y ejemplos de penitencia. Diariamente catequizaba a niños y adultos, reconciliaba a los arrepentidos y con su ardiente caridad, alimentada en la fuente de la Eucaristía, brilló de tal modo, que difundió sus consejos a lo largo y a lo ancho de toda Europa y con su sabiduría llevó a Dios a muchísimas almas (1859). 

Uno de los santos más populares en los últimos tiempos ha sido San Juan Vianey, llamado el santo Cura de Ars. En él se ha cumplido lo que dijo San Pablo: "Dios ha escogido lo que no vale a los ojos del mundo, para confundir a los grandes".
El 4 de agosto de 1859 pasó a recibir su premio en la eternidad.

Fue beatificado el 8 de enero de 1905 por el Papa San Pío X, y canonizado por S.S. Pío XI el 31 de mayo de 1925 

ORACIÓN DEL SANTO CURA DE ARS
" TE AMO, OH MI DIOS " 
Autor: San Juan María Vianney 

Te amo, Oh mi Dios.
Mi único deseo es amarte
Hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios,
Y prefiero morir amándote que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor es ir al infierno
Porque ahí nunca tendría la dulce consolación de tu amor,
Oh mi Dios,
si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo,
por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras que te amo,
Y de amarte mientras que sufro,
y el día que me muera
No solo amarte pero sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca estés de mi hora
Final aumentes y perfecciones mi amor por Ti. 

Amén.

Dios, Padre providente que no nos hace faltar "el pan de cada día", ¡si nosotros sabemos compartirlo con los hermanos! Francisco en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
este domingo, el Evangelio nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y los pescados (Mt 14,13-21). Jesús lo realizó a lo largo del Mar de Galilea, en un lugar aislado donde se había retirado con sus discípulos después de enterarse de la muerte de Juan el Bautista. Pero, muchas personas los siguieron y los alcanzaron; y Jesús, al verlos, sintió compasión y curó a los enfermos hasta la noche. Entonces los discípulos, preocupados por la hora tardía, le sugirieron despedir a la muchedumbre para que ella pudiese ir a las ciudades a comprarse lo necesario para comer. Pero Jesús, tranquilamente, les respondió: «Denles de comer ustedes mismos» (Mt 14,16); y haciéndose traer cinco panes y dos pescados, los bendijo, y comenzó a partirlos y darlos a los discípulos, quienes los distribuían a la gente. Todos comieron hasta saciarse e incluso, ¡sobró!
En este hecho podemos captar tres mensajes. El primero es la compasión. Frente a la multitud que lo busca y - por así decirlo – “no lo deja en paz”, Jesús no reacciona con irritación. No dice “esta gente me da fastidio”. No, no. Reacciona con un sentimiento de compasión, porque sabe que no lo buscan por curiosidad, sino por necesidad. Pero estemos atentos: compasión, lo que siente Jesús, no es simplemente sentir piedad. ¡Es más! Significa “padecer con”, es decir, compenetrarse en el sufrimiento del otro, al punto de tomarlo sobre sí. Así es Jesús, sufre junto a nosotros, sufre con nosotros, sufre por nosotros. Y el signo de esta compasión son las muchas sanaciones que realizó. Jesús nos enseña a anteponer las necesidades de los pobres a las nuestras. Nuestras exigencias, aunque legítimas, nunca serán tan urgentes como las de los pobres, que carecen de lo necesario para vivir. Nosotros hablamos seguido de los pobres, pero cuando hablamos de los pobres, ¿oímos que aquel hombre, aquella mujer, aquellos niños no tienen lo necesario para vivir? ¿Que no tienen para comer, no tienen para vestirse, no tienen la posibilidad de medicinas? También los niños que no tienen la posibilidad de ir a la escuela… Y por eso, nuestras exigencias - aún legítimas - no serán jamás tan urgentes como aquellas de los pobres, que no tienen lo necesario para vivir.
El segundo mensaje es el compartir. El primero es la compasión, aquello que sentía Jesús, con el compartir. Es útil comparar la reacción de los discípulos frente a la gente cansada y hambrienta, con la de Jesús. Son diferentes. Los discípulos piensan que es mejor despedirse de ellos, para que puedan ir a buscarse la comida. En cambio, Jesús dice: denles de comer ustedes mismos. Dos reacciones diferentes, que reflejan dos lógicas opuestas: los discípulos razonan de acuerdo con el mundo, por lo que cada uno debe pensar en sí mismo; reaccionan como si dijeran: “arréglenselas solos”. Jesús razona en cambio de acuerdo a la lógica de Dios, que es aquella del compartir. ¡Cuántas veces nosotros nos damos vuelta hacia otro lado con tal de no ver a los hermanos necesitados! Y esto, mirar hacia otro lado, es un modo educadode decir con guantes blancos: “arréglenselas solos”. Y esto no es de Jesús: esto es egoísmo. Si Él hubiera despedido a la gente, muchas personas se habrían quedado sin comer. En cambio, aquellos pocos panes y pescados, compartidos y bendecidos por Dios, fueron suficientes para todos. Y atención ¿eh?: no es una magia, ¡es un “signo”! Un signo que invita a tener fe en Dios, el Padre providente, que no nos hace faltar “el pan nuestro de cada día”, si nosotros sabemos compartirlo como hermanos.
Compasión, compartir.Y el tercer mensaje: el milagro de los panes preanuncia la Eucaristía. Esto se puede ver en el gesto de Jesús que “recita la bendición” (v. 19) antes de partir el pan y distribuirlo a la gente. Es el mismo gesto que hará Jesús en la Última Cena, cuando instaura el memorial perpetuo de su Sacrificio redentor. En la Eucaristía, Jesús no da un pan, sino el pan de vida eterna, se dona a Sí mismo, ofreciéndose al Padre por amor a nosotros. Nosotros debemos ir a la Eucaristía con aquel sentimiento de Jesús, es decir, la compasión, y con aquel deseo de Jesús, compartir. Quien va a la Eucaristía sin tener compasión por los necesitados y sin compartir, no se encuentra bien con Jesús.
Compasión, compartir, Eucaristía. Este es el camino que Jesús nos indica en este Evangelio. Un camino que nos lleva a afrontar con fraternidad las necesidades de este mundo, pero que nos conduce más allá de este mundo, porque parte de Dios Padre y regresa a Él. Que la Virgen María, Madre de la Divina Providencia, nos acompañe en este Camino.
Traducción del italiano: Griselda Mutual, RV