lunes, 29 de junio de 2015

Oración, fe y testimonio de Cristo: llamada del Papa a los metropolitanos y obispos del mundo

Enseñen a rezar rezando, anuncien la fe creyendo, den testimonio con la vida: no se avergüencen del Nombre de Cristo y de su Cruz
«¡También ustedes sean ángeles y mensajeros de caridad para los más necesitados!»
(RV).- Junto con el palio, el Papa Francisco quiso confiar a los 46 Arzobispos Metropolitanos, nombrados este año, una llamada a la oración, a la fe y al testimonio.
Sin olvidar «las atroces, inhumanas e inexplicables persecucionesque desgraciadamente perduran todavía hoy en muchas partes del mundo, a menudo bajo la mirada y el silencio de todos», el Obispos de Roma quiso «venerar la valentía de los Apóstoles y de la primera comunidad cristiana, la valentía para llevar adelante la obra de la evangelización, sin miedo a la muerte y al martirio, en el contexto social del imperio pagano; venerar su vida cristiana que,  para nosotros creyentes de hoy, constituye una fuerte llamada a la oración, a la fe y al testimonio».
El Papa Francisco, presidiendo la celebración de la solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, patronos principales de la Iglesia de Roma, destacó en su homilía que el palio entregado a los Arzobispos Metropolitanos «es un signo que representa a la oveja que el pastor lleva sobre sus hombros como CristoBuen Pastor» y es «signo litúrgico de la comuniónque une a la Sede de Pedro y su Sucesor con los metropolitanos y, a través de ellos, con los demás obispos del mundo»  (Benedicto XVI, Ángelus, 29 junio 2005).
El Santo Padre recordó  asimismo que «la Iglesia los quiere hombres de oración, maestros de oración, que enseñen al pueblo que les ha sido confiado por el Señor que la liberación de toda cautividad es solamente obra de Dios y fruto de la oración, que Dios, en el momento oportuno, envía a su ángel para salvarnos de las muchas esclavitudes y de las innumerables cadenas mundanas».
«Cuántas fuerzas, a lo largo de la historia, han intentado – y siguen intentando – acabar con la Iglesia, desde fuera y desde dentro, pero todas ellas pasan y la Iglesia sigue viva y fecunda», señaló el Sucesor de Pedro e hizo hincapié en que la Iglesia es del Señor
Y recordando que «la Iglesia los quiere hombres de fe, maestros de fe, que enseñen a los fieles a no tener miedo de los muchos Herodes que los afligen con persecuciones, con cruces de todo tipo», reiteró que «ningún Herodes es capaz de apagar la luz de la esperanza, de la fe y de la caridad de quien cree en Cristo».
«La Iglesia los quiere hombres de testimonio». «No hay testimonio sin una vida coherente. Hoy no se necesita tanto maestros, sino testigos valientes, convencidos y convincentes, testigos que no se avergüencen del Nombre de Cristo y de su Cruz, ni ante leones rugientes ni ante las potencias de este mundo, a ejemplo de Pedro y Pablo y de tantos otros testigos a lo largo de toda la historia de la Iglesia, testigos que, aun perteneciendo a diversas confesiones cristianas, han contribuido a manifestar y a hacer crecer el único Cuerpo de Cristo».
En este contexto, el Obispo de Roma destacó con mucho agrado la presencia de la «Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por el querido hermano Bartolomé I».

"Jesús nos dice: 'Tú eres mi hijo, mi hija, tú estás curado, yo perdono todo, yo curo a todos y a todo'

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy presenta el relato de la resurrección de una niña de doce años, hija de uno de los jefes de la sinagoga, el cual se arroja a los pies de Jesús y le suplica: "Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva" (Mc 5, 23). En esta oración sentimos la preocupación de todo padre por la vida y por el bien de sus hijos. Pero sentimos también la gran fe que aquel hombre tiene en Jesús. Y cuando llega la noticia que la niña ha muerto, Jesús le dice: "No temas, basta que creas" (v. 36). ¡Da coraje esta palabra de Jesús! Y también la dice a nosotros tantas veces: "No temas, solamente ten fe". Una vez entrado en la casa, el Señor hizo salir a toda la gente que llora y grita y se dirige a la niña muerta, diciendo: "¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!" (v. 41). E inmediatamente la niña se levantó y comenzó a caminar. Aquí se ve el poder absoluto de Jesús sobre la muerte, que para Él es como un sueño del cual nos puede despertar. ¡Jesús ha vencido la muerte, y tiene también poder sobre la muerte física!

Al interno de este relato, el Evangelista introduce otro episodio: la curación de una mujer que desde hacía doce años sufría de pérdidas de sangre. A causa de esta enfermedad que según la cultura del tiempo la hacía "impura", ella debía evitar todo contacto humano: pobrecita, estaba condenada a una muerte civil. Esta mujer anónima, en medio a la multitud que sigue a Jesús, dijo a sí misma: "Con sólo tocar su manto quedaré curada" (v. 28). Y así sucedió: la necesidad de ser liberada la empujó a probar y la fe "arranca", por así decir, al Señor la curación. Quién cree "toca" a Jesús y toma de Él la gracia que salva. La fe es esto: tocar a Jesús y tomar de Él la gracia que salva. Nos salva, nos salva la vida espiritual, nos salva de tantos problemas. Jesús se da cuenta y en medio a la gente, busca el rostro de aquella mujer. Ella se adelanta temblorosa y Él le dice: "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad" (v. 34). Es la voz del Padre celestial que habla en Jesús: "¡Hija, no estás condenada, no estás excluida, eres mi hija!" Y cada vez que Jesús se acerca a nosotros, cuando nosotros vamos hacia Él con la fe, escuchamos esto del Padre: "Hijo, tú eres mi hijo, tú eres mi hija, tú te has curado, tú estás curada. Yo perdono a todos y todo. Yo curo todo y a todos".

Estos dos episodios - una curación y una resurrección - tienen un único centro: la fe. El mensaje es claro, y se puede resumir en una pregunta: ¿creemos que Jesús - una pregunta que nos hacemos nosotros - nos puede curar y nos puede despertar de la muerte? Todo el Evangelio está escrito en la luz de esta fe: Jesús ha resucitado, ha vencido la muerte, y por esta victoria suya también nosotros resucitaremos. Esta fe, que para los primeros cristianos era segura, puede empañarse y hacerse incierta, al punto que algunos confunden resurrección con reencarnación. Pero la Palabra de Dios de este domingo nos invita a vivir en la certeza de la resurrección: Jesús es el Señor, Jesús tiene poder sobre el mal y sobre la muerte, y quiere llevarnos a la casa del Padre, en donde reina la vida. Y allí nos encontraremos todos, todos los que estamos en la plaza hoy, nos encontraremos en la casa del Padre, en la vida que Jesús nos dará.
La Resurrección de Cristo actúa en la historia como principio de renovación y de esperanza. Cualquier persona que está desesperada y cansada hasta la muerte, si se confía en Jesús y en su amor puede recomenzar a vivir. También recomenzar una nueva vida, cambiar vida es un modo de resurgir, de resucitar. La fe es una fuerza de vida, da plenitud a nuestra humanidad; y quien cree en Cristo se debe reconocer porque promueve la vida en toda situación, para hacer experimentar a todos, especialmente a los más débiles, el amor de Dios que libera y salva.
Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, el don de una fe fuerte y valerosa, que nos empuje a ser difusores de esperanza y de vida entre nuestros hermanos.

Gracias por el ministerio del Papa

Celebramos mañana ( en este caso hoy )  la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo. La fe cristiana se fundamenta en el testimonio de los Apóstoles. Jesús escogió a los Doce "para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar". Los Apóstoles entregaron su vida al anuncio de la buena nueva del Reino, y coronaron su trabajo apostólico con el martirio.
Los apóstoles Pedro y Pablo son las dos columnas de la Iglesia: Pedro, el líder en la confesión de la fe; Pablo, el que la puso a plena luz. Pedro instituyó la primera Iglesia con el resto de Israel. Pablo evangelizó a los otros pueblos llamados a la fe. Esto es lo que expresa el prefacio de la solemnidad de estos dos apóstoles.
El apóstol Pedro fue uno de los primeros llamados por Jesús y siempre ocupa un lugar preeminente en los evangelios. Esta primacía la pone de relieve el Señor con estas palabras que le dirigió: "Tú eres Pedro. Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.” El ministerio de Pedro proviene de la voluntad de Jesús, que quiso que él y sus sucesores fueran instrumentos a través de los cuales el Espíritu Santo constituye y mantiene la unidad de la Iglesia.
Al Papa le corresponde mantener y promover la unidad con Jesucristo de todos los pastores y fieles reunidos en las Iglesias particulares; es decir, el hecho de mantenerse en la fidelidad íntegra e incondicional a la palabra de Cristo, a sus sacramentos, al mandamiento nuevo del amor. Esto significa que todos deben seguirle indefectiblemente para que la Iglesia extendida de Oriente a Occidente pueda dar un testimonio unánime del Evangelio para la salvación de todos los hombres. Por ello, en la persona del Papa se visibiliza a Cristo de modo eminente, como buen pastor de toda la Iglesia.
Los cristianos tenemos que agradecer al Señor el ministerio de Pedro y de sus sucesores y acoger con un profundo sentido eclesial y con reconocimiento el servicio que ofrece a pastores y fieles el actual sucesor de Pedro, el Papa Francisco.
Francisco tiene la costumbre de pedir a menudo a todos los miembros de la Iglesia que roguemos por él y por las intenciones de su ministerio como obispo de Roma y responsable de la comunión de todas las Iglesias diocesanas del mundo. A mí muchas veces me ha dicho que pida a los diocesanos que recen por él. Si siempre lo tenemos que hacer, sobre todo cuando se menciona su nombre en la oración eucarística de cada misa, mucho más debemos hacerlo en el día dedicado cada año a recordar y orar por el sucesor de san Pedro.
† Lluís Martínez Sistach

Cardenal arzobispo de Barcelona

Francisco condena los atentados de Túnez, Francia y Kuwait

El Papa, "profundamente apenado" por los ataques de los integristas islámicos
El Papa Francisco ha expresado su dolor por los atentados de este viernes 26 de junio en Túnez, Francia y Kuwait a través de tres diversos telegramas, firmados por el cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin.
Dirigiéndose a los Nuncios Apostólicos, el Pontífice "condena nuevamente la violencia que genera tanto sufrimiento y pide al Señor el don de la paz, invocando la bendición divina sobre las familias de las víctimas, tanto francesas como tunecinas".
"Profundamente apenado ante la noticia de la de la trágica pérdida de vidas humanas y de los heridos causados por el ataque contra una mezquita de Kuwait City", el Papa "ofrece sus fervientes oraciones por las víctimas y por todos aquellos que lloran".
Lamentando "tales actos bárbaros", el Santo Padre pide que se transmita su cercanía espiritual a las familias afectadas por este momento de dolor y alienta al pueblo de Kuwait a no desanimarse de frente al mal, invocando sobre la nación "el amor consolador y curativo del Omnipotente".
Fuente: Religión digital

HERIDAS SECRETAS



No conocemos su nombre. Es una mujer insignificante, perdida en medio del gentío que sigue a Jesús. No se atreve a hablar con él como Jairo, el jefe de la sinagoga, que ha conseguido que Jesús se dirija hacia su casa. Ella no podrá tener nunca esa suerte.

Nadie sabe que es una mujer marcada por una enfermedad secreta. Los maestros de la Leyle han enseñado a mirarse como una mujer «impura», mientras tenga pérdidas de sangre. Se pasado muchos años buscando un curador, pero nadie ha logrado sanarla. ¿Dónde podrá encontrar la salud que necesita para vivir con dignidad?

Muchas personas viven entre nosotros experiencias parecidas. Humilladas por heridas secretas que nadie conoce, sin fuerzas para confiar a alguien su «enfermedad», buscan ayuda, paz y consuelo sin saber dónde encontrarlos. Se sienten culpables cuando muchas veces solo son víctimas.
Personas buenas que se sienten indignas de  acercarse a recibir a Cristo en la comunión; cristianos piadosos que han vivido sufriendo de manera insana porque se les enseñó a ver como sucio, humillante y pecaminoso todo lo relacionado con el sexo; creyentes que, al final de su vida, no saben cómo romper la cadena de confesiones y comuniones supuestamente sacrílegas... ¿No podrán conocer nunca la paz?

Según el relato, la mujer enferma «oye hablar de Jesús» e intuye que está ante alguien que puede arrancar la «impureza»  de su cuerpo y de su vida entera. Jesús no habla de dignidad o indignidad. Su mensaje habla de amor. Su persona irradia fuerza curadora.
La mujer busca su propio camino para encontrarse con Jesús. No se siente con fuerzas para mirarle a los ojos: se acercará por detrás. Le da vergüenza hablarle de su enfermedad: actuará calladamente. No puede tocarlo físicamente: le tocará solo el manto. No importa. No importa nada. Para sentirse limpia basta esa confianza grande en Jesús.

Lo dice él mismo. Esta mujer no se ha de avergonzar ante nadie. Lo que ha hecho no es malo. Es un gesto de fe. Jesús tiene sus caminos para curar heridas secretas, y decir a quienes lo buscan: «Hija, hijo, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».
Con frecuencia, las mujeres son también hoy las que con su fe en Jesús y su aliento evangélico sostienen la vida de nuestras comunidades cristianas."

José Antonio Pagola