domingo, 2 de abril de 2017

El que amas está enfermo – 5° Domingo de Cuaresma

Ezequiel 37, 12-14: “Les infundiré mi espíritu y vivirán”Salmo 129: “Perdónanos, Señor, y viviremos”Romanos 8, 8-11: “El Espíritu de aquel que resucitó de entre los muertos, habita en ustedes”San Juan 1, 1-45: “Yo soy la resurrección y la vida”.
¿Nos hemos acostumbrado al olor de la corrupción y de la violencia? Hace un año el grupo de familiares en búsqueda de desaparecidos indicaban: “Veracruz apesta a temor y a fosas”. Han pasado los meses y cada día tenemos nuevas noticias de más fosas, de más desaparecidos, de más víctimas y de más corrupción. Dicen que poco a poco nos vamos acostumbrando a los olores al estar en su ambiente, pero los familiares de los desaparecidos continúan su terca búsqueda de sus seres amados sin importar los olores ni las amenazas. Muchos los desalientan haciéndoles caer en la cuenta de la situación en que puedan encontrarlos pero ellos siguen insistentes. A quien de verdad ama no lo detienen los hedores pestilentes del amado, continúa cerca de él y ellos quieren encontrarlos aunque tengan que llevarlos en pedazos.
Cristo de verdad nos ama, a pesar de nuestras pestilencias. El quinto domingo de Cuaresma nos sitúa en una lucha esperanzadora por la vida y en una fe que es capaz de esperar la resurrección de quien ya tiene tres días muerto. Los reclamos a Jesús por parte de Marta, podrían ser los reclamos que ahora muchos pretenden lanzar al cielo porque no se puede entender una cadena de males ante la mirada indiferente de Dios. La degradación que estamos padeciendo sólo se entiende ante la ausencia de Dios, ha sido la expresión de muchos. Pero no podemos reclamar la ausencia de un Dios que hemos expulsado de nuestras familias, de nuestras calles, de nuestros negocios y que lo hemos querido mantener recluido en las sacristías, en eventos sociales, y en dos o tres fiestas folclóricas que sirven de pretexto para excesos más que una verdadera manifestación de nuestra relación personal con Dios. Debemos reconocer que nuestra nación realmente se encuentra enferma e insistirle a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Nos urge aceptar y manifestar la enfermedad pero también estar dispuestos a aceptar la curación y las prescripciones para la sanación.
Los muertos y las víctimas se acumulan día tras día. No sólo en el ámbito del narcotráfico sino en todos los espacios, personas inocentes perecen como daños colaterales. Se ha hablado mucho de las incontables extorsiones, de los secuestros y de las drogas que pululan por doquier, pero se ha tomado menos en cuenta la corrupción que a diario invade todos los ámbitos de nuestra vida, que ha penetrado en las familias, en las instituciones y en las estructuras que rigen nuestra patria. Es una corrupción y hedor penetrante al que nos hemos acostumbrado y del que solamente en ocasiones excepcionales somos conscientes. Hemos alejado a Dios de nuestras vidas y hemos optado por otros valores: el placer, el dinero, la ambición, el poder. Cuando descubrimos que se han metido como una grave enfermedad en todo el cuerpo, nos asustamos y quisiéramos echar marcha atrás pero sin dejar de vivir en corrupción. Quisiéramos sanar a base de calmantes, sin aceptar una verdadera curación, un cambio radical de vida y una purificación de todo nuestro ser. El llanto de María y su desesperación bien pudiera representar el llanto de tantas madres y hermanas que lloran por el ser asesinado o desaparecido, por el hijo o la hija sumida en las drogas, por quien ha perdido el camino. Ese mismo llanto nos hace vislumbrar un rayo de esperanza: junto a nosotros, en la misma lucha, con mucho mayor amor y con mucho más poder, camina Jesús. Para Él Lázaro es el amigo a quien tanto ama; para Él todos los que sufren y están atormentados son también su “amigo amado”.
El amor de Jesús se hace presente en las situaciones más difíciles y complicadas. La muerte y la corrupción no logran mantenerlo lejano y su presencia nos llena de una sana esperanza. Ahora, igual que en aquel tiempo, nos ordena quitar la losa que tapa la vida y que confina a la oscuridad. Nos ordena creer y comprometernos con Él que es la vida. A pesar de todos los obstáculos, la invitación de Jesús a creer sigue en pie. Quizás también nosotros estemos tentados a expresarle nuestro pesimismo porque sentimos que ya nada puede hacerse, no encontramos salidas. Nuestro país huele a corrupción, huele a miedo, a terrorismo y a droga, nuestras familias no perciben el aroma de la armonía y del cariño, todo huele mal. Pero cuando todo huele mal, Jesús está ahí cerca del que tanto ama. No le importan sus olores, para Jesús sigue siendo el amigo: “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”. De la fe nos lanza a la acción; pero de una verdadera fe, la misma que le ha exigido a Marta. No solamente creer teóricamente en la resurrección, sino experimentar vivamente que Jesús es la resurrección y la vida. Y Jesús no habla de una resurrección allá, lejana, al final, sino que nos manifiesta su compromiso por la vida ahora, aquí, en medio de todo. Para esto se requiere la fe pero también poner a Jesús como fuente de nuestra vida, de nuestras actividades y de nuestro interior.
Ante el pesimismo y el desaliento del pueblo de Israel, Dios por medio de Ezequiel les habla de esperanza y les asegura la apertura de los sepulcros para que salgan de ellos y así conducirlos a nueva tierra. Ahora Jesús hace también realidad esas palabras. Sólo espera nuestra confesión confiada: “Sí, Señor. Creo firmemente que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Una confesión que le permite actuar en nuestra vida. Hoy también podremos escuchar las palabras de Jesús, que llenas de amor pero también llenas de autoridad, resuenan con esperanza. También a nosotros nos dice: “Sal de ahí”. Podremos salir de la muerte y corrupción no basados en nuestras propias fuerzas, sino basados en su amor. Confiados en su palabra asumimos el compromiso de desatar, de quitar losas, de acrecentar la fe. “Desátenlo, para que pueda andar”. Es la tarea ingente que debemos asumir todos. La fe es el motor que nos moverá para comprometernos a crear un país mejor. Hay que desatar tantas cadenas de injusticia, hay que quitar tantas losas que oprimen, pero sobre todo necesitamos experimentar una fe viva en Cristo que es “la resurrección y la vida”.
¿Qué corrupciones descubrimos en medio de nosotros? ¿Hemos asumido una actitud pasiva y conformista? ¿Realmente creemos que Jesús es la resurrección y que puede darnos nueva vida? ¿Cómo lo manifestamos?
Señor Jesús, el que amas está enfermo, ya ha perdido la esperanza, ya huele mal. Confiados en tu palabra, habiendo experimentado que Tú eres la resurrección y la vida, nos comprometemos en la búsqueda de la vida plena. Amén.

«La misericordia no fue un paréntesis, continúa; es una revolución cultural»



Tras el jubileo, su departamento prepara ahora la Jornada Mundial de los Pobres del próximo mes de noviembre y colabora en la organización del sínodo sobre jóvenes
Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización, no para. Tras la celebración del Jubileo de la Misericordia, cuya organización recayó en su departamento, ahora está inmerso en la preparación del sínodo que el Papa ha convocado sobre jóvenes para octubre de 2018 y, antes, en la organización de la Jornada Mundial de los Pobres, que tendrá lugar el próximo mes de noviembre. Entre medias, acompañará al Papa Francisco en alguna que otra sorpresa.
De viaje en Barcelona para participar en un simposio organizado por el Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) sobre el acompañamiento a jóvenes, atendió a Alfa y Omega. Afable y cercano, miró hacia atrás para hacer balance del Año de la Misericordia: «Todos los obispos, en todo el mundo, hablan de una experiencia extraordinaria de Dios. Ahora que ya ha pasado se puede decir realmente que el Papa tuvo una intuición profética». Reconoce que el tema de la misericordia estaba dentro de todos los fieles, pero que no se había puesto de manifiesto, sacarla afuera, algo que sí ha conseguido la convocatoria del Papa.
Fisichella alude a la iniciativa 24 horas para el Señor, que cada año se va expandiendo por toda la Iglesia y que no es más que «una experiencia de reconciliación, de misericordia», así como a la Jornada Mundial de los Pobres del próximo mes de noviembre.
Por tanto, «la misericordia continúa, no fue un paréntesis en la vida de la Iglesia». De hecho, Fisichella confiesa que se tiene que volver a Roma porque esta tarde el Papa tiene preparado un nuevo gesto de misericordia.
Fran Otero. Barcelona

Así quiero morir yo




Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.
Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».
Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?
El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?
Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?
Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».
Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.
Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.
José Antonio Pagola

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (11,3-7.17.20-27.33b-45)





«La resurrección de Lázaro es el culmen de los “signos” prodigiosos realizados por Jesús: es un gesto demasiado grande, demasiado claramente divino para ser tolerado por los sumos sacerdotes, los cuales, cuando supieron del hecho, tomaron la decisión de matar a Jesús (Jn 11,53).

Lázaro había muerto desde hacía ya tres días cuando llegó Jesús, y a las hermanas Marta y María, Él dijo estas palabras que se imprimieron para siempre en la memoria de la comunidad cristiana: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. (Jn 11,25). 

Sobre esta la Palabra del Señor nosotros creemos que la vida de quien cree en Jesús y sigue sus mandamientos, después de la muerte será transformada en una vida nueva, plena e inmortal. Como Jesús resucitó con su propio cuerpo, pero no volvió a la vida terrena, así nosotros resucitaremos con nuestros cuerpos que serán transfigurados en cuerpos gloriosos. Él nos espera junto al Padre, y la fuerza del Espíritu Santo, que lo resucitó, resucitará también a quién está unido a Él.

Frente a la tumba sellada del amigo Lázaro, Jesús “gritó con gran voz: ‘¡Lázaro, salí afuera! El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto con un sudario. (vv. 43-44)”. Este grito perentorio está dirigido a cada hombre, porque todos estamos marcados por la muerte, todos nosotros; es la voz de Aquél que es el dueño de la vida y quiere que todos “la tengan en abundancia” (Jn 10,10). 

Cristo no se resigna a los sepulcros que nos hemos construido con nuestras elecciones de mal y de muerte, con nuestros errores, con nuestros pecados. ¡Él no se resigna a esto! Él nos invita, casi nos ordena, que salgamos de la tumba en la cual nuestros pecados nos han hundido. Nos llama insistentemente a salir de la oscuridad de la prisión en la que estamos encerrados, conformándonos con una vida falsa, egoísta, mediocre. 

“¡Salí afuera”!, nos dice. “¡Salí afuera”! Es una bella invitación a la verdadera libertad. Dejémonos aferrar por estas palabras que Jesús hoy repite a cada uno de nosotros. Una invitación a dejarnos liberar de las “vendas”, de las “vendas” del orgullo. Porque el orgullo nos hace esclavos, esclavos de nosotros mismos, esclavos de tantos ídolos, de tantas cosas. 

Nuestra resurrección comienza desde aquí: cuando decidimos obedecer a esta orden de Jesús saliendo a la luz, a la vida; cuando de nuestro rostro caen las máscaras - tantas veces nosotros estamos enmascarados por el pecado, ¡las máscaras deben caer! - y nosotros encontramos el coraje de nuestro rostro original, creado a imagen y semejanza de Dios. 

El gesto de Jesús que resucita a Lázaro muestra hasta dónde puede llegar la fuerza de la Gracia de Dios, y por lo tanto, donde puede llegar nuestra conversión, nuestro cambio. Pero escuchen bien: ¡no hay ningún límite a la misericordia divina ofrecida a todos! ¡No hay ningún límite a la misericordia divina ofrecida a todos! Acuérdense bien esta frase. 

El Señor está siempre listo para levantar la piedra tumbal de nuestros pecados, que nos separa de Él, Luz de los vivientes”.

(Papa Francisco, Ángelus del 6 de abril de 2014)

EVANGELIO DE HOY: SEÑOR: YO CREO QUE TÚ ERES EL MESÍAS, EL HIJO DE DIOS




Lectura del santo eEvangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»

Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»

Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»

Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»

Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa.»

Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»

Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que Tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado.»

Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. 
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él.

Palabra del Señor