domingo, 12 de noviembre de 2017

La familia de los que siguen a Jesús


El Día de la Iglesia Diocesana es una llamada al compromiso, a que cada uno aporte en la medida de sus posibilidades para el sostenimiento de las parroquias, o bien dedique parte de su tiempo a realizar aquel servicio que sea más acorde a su vocación. Pero antes que una invitación a hacer, el Día de la Iglesia Diocesana nos recuerda una pertenencia. Somos una gran familia CONTIGO, reza el lema de este año. Hemos visto en las últimas semanas actitudes en línea radicalmente opuesta, con llamamientos a dejar de contribuir a la financiación de la Iglesia en protesta por los pronunciamientos de algunos de sus miembros en Cataluña. Se trata de una reacción profundamente injusta, puesto que ignora la silenciosa y esforzada labor que se viene realizando para evitar que la confrontación política contamine toda la vida social en esta comunidad. Pero sobre todo refleja una concepción muy pobre de la Iglesia, como una especie de dispensario de servicios que funciona a demanda del cliente-consumidor, en lugar de como una familia de la que uno forma parte, la familia de los discípulos de Jesús.
Alfa y Omega

12 de noviembre: san Josafat


De pequeño solía leer vidas de santos y libros sobre la unidad de las iglesias. Se convirtió al catolicismo e ingresó en la Orden monástica de San Basilio. En 1614 fue ordenado sacerdote y cuatro años después fue nombrado obispo. Fueron muchos los feligreses que reciben su ejemplo de castidad, pobreza y gran generosidad. Por socorrer a los pobres se desprendía de todo, hasta de las cosas más necesarias. Muere asesinado por sus detractores. Fue canonizado en el siglo XIX
Josafat nació en 1580 en Ucrania. Fue educado fuera de la Iglesia católica. Con 15 años comienza a trabajar en un comercio. En sus ratos libros a Josafat le gusta leer, sobre todo libros de santos. También le interesa la unión de las iglesias, lo que termina provocando que Josafat se termine convirtiendo al catolicismo, aunque de rito oriental.
Josafat, ya convertido, ingresa en la Orden monástica de San Basilio. Su vida como monje la coronan la piedad y la penitencia. Sus superiores llegan a afirmar de él: «en breve tiempo llegó a ser maestro de todos, en la ciencia, en la disciplina religiosa y en todas las virtudes».
En 1614 es ordenado sacerdote. La presencia de Josafat en el monasterio consigue aumentar los deseos de santidad de sus compañeros y arden en deseos de una mayor unión con Roma.
Cuatro años después es nombrado obispo de Pólotzk. Son muchos los feligreses que reciben su ejemplo de castidad, pobreza y gran generosidad. Por socorrer a los pobres se desprendía de todo, hasta de las cosas más necesarias. Pero sus buenas maneras también le granjean enemigos, que le llaman «el apóstata papista». Le intentan matar en varias ocasiones, pero él sigue incansablemente difundiendo la fe de Cristo.
Fruto de su predicación surgen diferentes folletos en los que Josafat habla sobre el primado de Pedro, la defensa de la fe católica y sobre el bautismo de san Vladimirio.
El 12 de noviembre de 1623 sus enemigos consiguieron dar muerte a su cuerpo, disparándole y rematándole con una hoz. Su alma subió al Padre. Veinte años después de su muerte fue beatificadopor el Papa Urbano VIII y Pío IX lo canonizó en 1867.
José Calderero @jcalderero
Alfa y Omega

Evangelio del domingo: No sabéis el día ni la hora


Durante el mes de noviembre la Iglesia se detiene de forma especial en recordar a quienes nos precedieron. Al mismo tiempo, la liturgia se acerca al final del año y nos acerca a la reflexión de las realidades últimas de nuestra vida y del mundo, y a la venida gloriosa de Jesucristo resucitado. San Pablo nos llama insistentemente a la esperanza ante la suerte de los difuntos. Mientras que el mundo pagano griego vivía bastante preocupado de lo inmediato, el apóstol quiere proponer a los habitantes de Tesalónica el consuelo de la certeza de que un día estaremos para siempre con el Señor, gracias a que Jesús murió y resucitó verdaderamente. Los primeros cristianos esperaban como inminente el retorno del Señor. Pero Pablo pretende que no centren su atención en tratar de adivinar cuándo exactamente vendrá de nuevo Jesucristo, sino en vivir llenos de esperanza. La certeza de estar para siempre con el Señor y de que Dios nos llevará con Él debe ser fuente de consuelo y de esperanza, al mismo tiempo que una llamada a vivir el día a día con serenidad en la espera del futuro. En definitiva, creer no significa únicamente afirmar un conjunto de verdades, sino también esperar en ellas. Implica hacer nuestras estas verdades, asimilando que nos afectan directamente y no solo como mera teoría.
Velad
En Mateo hay cinco grandes discursos, en los que el evangelista reúne las enseñanzas más importantes del Maestro. El último se ocupa de las realidades últimas o escatología, y en él se integra la parábola de las vírgenes prudentes. Este relato aparece con la noche como escenario. Y ello responde a algo no accesorio, que encuentra su reflejo en nuestras celebraciones, puesto que si existe un tipo de acción litúrgica de especial relevancia desde los primeros siglos del cristianismo es la vigilia. No es casualidad que actualmente las celebraciones más importantes del año conserven este modo de realización, como es el caso de la Epifanía o de Pentecostés. Pero, sin duda, las más importantes son la vigilia pascual, que constituye el centro del año litúrgico, así como la Misa de medianoche o Misa del Gallo, en Navidad. Desde los inicios del cristianismo y en continuidad con la tradición judía anterior, la noche aparece como el tiempo privilegiado de la salvación. El motivo es que, frente a la oscuridad, las tinieblas y la muerte, el Señor irrumpe como la luz y la vida otorgando un valor nuevo a nuestra existencia. Si olvidamos a Dios y a Cristo, el mundo vuelve a caer en el vacío y en el sinsentido. La vigilancia de la noche está unida a otro factor: la sorpresa y lo inesperado. Estamos en vela porque, como dice el Evangelio de este domingo, «no sabéis el día ni la hora».
El aceite de las lámparas
En la parábola que escuchamos se presentan dos tipos de vírgenes. Las diez tienen lámparas, las diez se quedan dormidas. Cuando de repente se presenta el esposo, solo hay una diferencia entre las prudentes y las necias: las primeras tenían aceite y las segundas no. San Agustín y otros autores ven en el aceite de la lámpara un elemento indispensable para ser admitido al banquete nupcial, un símbolo del amor que no se puede comprar. Se recibe como un don, se conserva en lo más íntimo y se practica en las obras. Precisamente a esto nos anima el pasaje evangélico de este domingo. No nos ha de preocupar conocer cuándo será el fin del mundo o el momento en el que volverá el Señor en poder y gloria. Ni siquiera es particularmente importante prever el fin de nuestros días en la tierra. Lo verdaderamente relevante es estar siempre con las lámparas encendidas, alimentadas por el amor que se nos ha dado como un don del Espíritu Santo. En realidad, se nos está diciendo también que no debemos esperar ningún momento culminante, ya que el esposo, Cristo, se presenta cada día ante nosotros en las diversas posibilidades que tenemos de responder al amor mayor que él ha tenido con nosotros.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid


Evangelio


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
Mateo 25, 1-13
Alfa y Omega


Encender una fe gastada

La primera generación cristiana vivió convencida de que Jesús, el Señor resucitado, volvería muy pronto lleno de vida. No fue así. Poco a poco, los seguidores de Jesús se tuvieron que preparar para una larga espera.
No es difícil imaginar las preguntas que se despertaron entre ellos. ¿Cómo mantener vivo el espíritu de los comienzos? ¿Cómo vivir despiertos mientras llega el Señor? ¿Cómo alimentar la fe sin dejar que se apague? Un relato de Jesús sobre lo sucedido en una boda les ayudaba a pensar la respuesta.
Diez jóvenes, amigas de la novia, encienden sus lámparas y se preparan para recibir al esposo. Cuando, al caer el sol, llegue el novio a tomar consigo a la esposa, los acompañarán a ambos en el cortejo que los llevará hasta la casa del esposo, donde se celebrará el banquete nupcial.
Hay un detalle que el narrador quiere destacar desde el comienzo. Entre las jóvenes hay cinco "pensatas" y previsoras que toman consigo aceite para alimentar sus lámparas a medida que se vaya consumiendo la llama. Las otras cinco son unas "necias" y descuidadas que se olvidan de tomar aceite, con el riesgo de que se les apaguen las lámparas.
Pronto descubrirán su error. El esposo se retrasa y no llega hasta medianoche. Cuando se oye la llamada a recibirlo, las sensatas alimentan con su aceite la llama de sus lámparas y acompañan al esposo hasta entrar con él en la fiesta. Las necias no saben sino lamentarse: "Que se nos apagan las lámparas". Ocupadas en adquirir aceite, llegan al banquete cuando la puerta está cerrada. Demasiado tarde.
Muchos comentaristas tratan de buscar un significado secreto al símbolo del aceite. ¿Está Jesús hablando del fervor espiritual, del amor, de la gracia bautismal...? Tal vez es más sencillo recordar su gran deseo: "Yo he venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué he de querer sino que se encienda?". ¿Hay algo que pueda encender más nuestra fe que el contacto vivo con Jesús?
¿No es una insensatez pretender conservar una fe gastada sin reavivarla con el fuego de Jesús? ¿No es una contradicción creernos cristianos sin conocer su proyecto ni sentirnos atraídos por su estilo de vida?

Necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Cuidar todo lo que nos ayude a centrar nuestra vida en su persona. No gastar energías en lo que nos distrae o desvía de su Evangelio. Encender cada domingo nuestra fe rumiando sus palabras y comulgando vitalmente con él. Nadie puede transformar nuestras comunidades como Jesús.

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO DE HOY:




Con la Ascensión, Jesús, el Hijo de Dios, llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió. Cristo quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre. 

Pero existe este «tiempo inmediato» entre la primera venida de Cristo y la última, que es precisamente el tiempo que estamos viviendo. En este contexto del «tiempo inmediato» se sitúa la parábola de las diez vírgenes (cf. Mt 25, 1-13). 

... El Esposo es el Señor, y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él nos da, a todos nosotros, con misericordia y paciencia, antes de su venida final. Es un tiempo de vigilancia; tiempo en el que debemos tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad; tiempo de tener abierto el corazón al bien, a la belleza y a la verdad; tiempo para vivir según Dios, pues no sabemos ni el día ni la hora del retorno de Cristo.

Lo que se nos pide es que estemos preparados al encuentro —preparados para un encuentro, un encuentro bello, el encuentro con Jesús—, que significa saber ver los signos de su presencia, tener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar vigilantes para no adormecernos, para no olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, con la alegría de Jesús. ¡No nos durmamos!

... Queridos hermanos y hermanas, que contemplar el juicio final jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles..
(De la catequesis del 24 de abril de 2013)

EVANGELIO DE HOY: VELAD, PORQUE NO SABÉIS EL DÍA NI LA HORA






Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,1-13):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: 

«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. 

El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas." Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis." 

Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco." Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

Palabra del Señor