lunes, 26 de septiembre de 2016

"Estuve preso y me visitasteis"


En este mes de septiembre, el calendario nos ofrece la oportunidad de acercarnos al mundo de la cárcel: el pasado día 24 se celebró la fiesta de la Virgen de la Merced, patrona de las Instituciones Penitenciarias. Ella, en efecto, es la buena Madre que nos acerca a Aquel que nos libera de todas nuestras esclavitudes. Y esta fiesta, en el Año Jubilar de la Misericordia, tiene para nosotros una resonancia especial.
Cuando hablamos de «redimir al cautivo», que es una de las obras de misericordia que hemos querido ir recorriendo a lo largo de este tiempo, resuenan en nosotros los textos bíblicos que nos invitan a acordarnos de los que están encarcelados y a sentir con ellos su sufrimiento y su esperanza de liberación. No olvidemos aquel pasaje relativo al juicio final donde el mismo Jesús nos recuerda algo que al hacerlo a los demás se hace a Él mismo: «...estuve preso y me visitásteis» (Mt 25).
Tenemos que reconocer que el mundo de la prisión nos queda bastante alejado: las casi cuatrocientas personas que viven en nuestra prisión de Burgos, para muchos no dejan de ser exclusivamente un simple número. Por eso, la cárcel es hoy una de esas periferias a las que tenemos que acercarnos. Yo mismo, una de las primeras visitas que realicé a mi llegada a Burgos fue precisamente a la cárcel, visita de la que guardo un hondo recuerdo. Me alegra también que, a lo largo del año, bastantes parroquias os hayáis acercado a la prisión para celebrar vuestra fe con esas personas privadas de libertad y compartir con ellas un rato de animosa y cálida tertulia.
Igualmente me alegra que un grupo numeroso de sacerdotes de nuestro presbiterio realice labores de voluntariado, que permiten ayudar a normalizar su vida a las personas que están a punto de recobrar la libertad. Agradezco también al grupo de voluntariado que, desde la Capellanía de la Cárcel, comparten semanalmente diferentes actividades formativas, culturales, lúdicas y, por supuesto, de celebración de la fe.
En este sentido es obligado e imprescindible por parte de la Iglesia diocesana resaltar y agradecer el magnífico e incalculable servicio que durante estos 25 últimos años ha realizado D. José Baldomero Fernández de Pinedo Arnáiz. Los sacerdotes que toman ahora el relevo en la Capellanía, D. Fermín Ángel González López y D. Jesús María Álvarez Martínez, proseguirán sin duda esta ejemplar tarea realizada.
Todas las iniciativas mencionadas no dejan de ser pequeños gestos de misericordia que, desde el trato cercano y personal, contrarrestan la vorágine de despersonalización que puede manifestarse en la cárcel.
Me uno al diagnóstico que el papa Francisco hacía en la visita a un penal en Ciudad Juárez (Méjico): «Las cárceles son un síntoma de cómo estamos en la sociedad, son un síntoma en muchos casos de silencios y de omisiones que han provocado una cultura del descarte. Son un síntoma de una cultura que ha dejado de apostar por la vida; de una sociedad que, poco a poco, ha ido abandonando a sus hijos». En efecto, pensamos que los problemas se solucionan apartando, aislando, encarcelando, alejando, olvidando, castigando... Y así solo alentamos el círculo de la violencia y de la exclusión.
Jesús nos indica, sin embargo, que hay otros caminos diferentes que sí que son capaces de rehabilitar y reinsertar: caminos que pasan siempre por la misericordia entrañable que a lo largo de este año venimos celebrando. Dios siempre nos ama infinita e incondicionalmente, por encima de nuestro actuar. Dios abraza, acoge, perdona, comprende, acompaña, nos lleva de la mano y nos reconcilia con nosotros mismos recordándonos siempre nuestra inviolable dignidad de hijos. Sólo la medicina de la misericordia sabe poner a cada persona en el centro, sanándola de sus actos y comportamientos, y reinsertándola así en la sociedad.
Cuando miramos como Dios, desde la misericordia, nuestra mirada a cada persona privada de libertad también se transforma: no es una mirada que condena, sino que es la mirada que posibilita el acompañamiento, la liberación y la esperanza. Es la mirada que se interroga interiormente y que hasta llega a preguntarse, como hace el papa Francisco cuando entra en una cárcel: «¿Por qué ellos y no yo?» Todos cuantos están privados de libertad, por los motivos que sean, esperan ser liberados de su situación. Son hermanos nuestros que necesitan ser visitados por el Evangelio y por sus mensajeros. Son personas que necesitan nuestra oración, nuestro recuerdo, nuestro apoyo, nuestro tiempo.
Mis últimas palabras quisiera que fueran para las personas privadas de libertad: me gustaría que cada uno de vosotros viváis este tiempo no como tiempo perdido, sino como una nueva e importante oportunidad en vuestras vidas. No cuenta tanto el por qué estamos aquí, sino el para qué. Que Dios os ayude, os bendiga y derrame su misericordia entre vosotros, a través de nuestra Virgen de la Merced.
(Fidel Herráez, arzobispo de Burgos)

Manos manchadas de sangre


El reciente discurso de Ban Ki-moon en la 71 Asamblea General de las Naciones Unidas no debe pasar inadvertido. Luego de 10 años de Secretario General de la ONU, el estadista surcoreano se despide de sus funciones haciendo un balance de su gestión con un discurso sumamente realista, duro y desolador, aunque con signos de esperanza.
El mundo es un lugar terrible, muchos, muchos niños y jóvenes, viven en peligro día a día. La tierra nos ataca con océanos que se alzan, records de temperatura, tormentas extremas. La vida de la humanidad está en peligro.
En estos años los conflictos armados han crecido. Ban Ki-moon cita entre otros, los conflictos de Yemen, Irak, Afganistán, Ucrania. Corea del Norte y sobre todo la guerra de Siria, una guerra que no tiene solución militar. Aquí sus palabras se vuelven duras: poderosos mecenas siguen alimentando la máquina de la guerra de Siria, tienen las manos machadas de sangre. Y se dirige a los representantes de gobiernos allí presentes para denunciar a los gobiernos que ignoran, facilitan, organizan y llevan a cabo las atrocidades infligidas contra civiles sirios. Directamente menciona la crueldad del gobierno sirio.
Critica también a los líderes palestinos e israelíes por falta de avances para resolver el conflicto de Oriente Medio. Negar a los palestinos su libertad y su futuro es una locura, abandonar la idea de los dos Estados, está condenado a la perdición.
Ban Ki-moon constata también la brecha de confianza que separa a los ciudadanos de sus líderes, lo cual es aprovechado por los extremistas. Y critica a los dirigentes que cambian la Constitución para agarrarse al poder: los líderes han de prestar servicio al pueblo, no ir contra la democracia ni eliminar las críticas.

La Naciones Unidas no escapan de la crítica, hay que reformar la ONU para que la decisión de un país no detenga su maquinaria...
En medio de este panorama desolador hay señales de esperanza como la paz en Colombia o los juicios contra genocidas de Ruanda y la ex Yugoeslavia, los avances técnicos favorecen la comunicación...
El motor del cambio es el pueblo, el poder popular puede cambiar el mundo. Pero para el cambio se requiere reconocer los derechos humanos universales, cerrar las brecha entre ricos y pobres, poner en práctica los acuerdos de París sobre el medio ambiente, fomentar un desarrollo inclusivo y sostenible (reducir la emisión de gases en un 50 %), promover los derechos de la mujer y empoderarla, responder a las crisis humanitarias, evitar discursos demagógicos contra refugiados y migrantes y no demonizar a los migrantes musulmanes, prevenir los conflictos...
Este audaz canto de cisne de Ban Ki-moon nos recuerda a los pronunciamientos de los profetas bíblicos o del mismo Jesús de Nazaret contra los que oprimen al pobre, los hipócritas, los abusivos...Las palabras del Secretario General sintonizan con expresiones del Papa Francisco contra la idolatría del dinero, contra un sistema que mata, contra el armamentismo, contra el paradigma tecnocrático y en favor de los pobres, la paz y el cuidado de nuestra casa común.
Ojalá estas palabras no caigan en el vacío, sino que susciten en todos nosotros un deseo de cambio profundo de mentalidades, valores y actitudes para construir un mundo mejor, más conforme al proyecto de Dios.
(Víctor Codina sj)

Éxito de la Fiesta del Perdón y la Misericordia celebrada en La Almudena. Osoro: "La familia es el lugar que más se parece a Dios, donde se ama, se perdona, donde se da la vida"


La catedral de Santa María la Real de la Almudena y su explanada han acogido, entre el jueves y el sábado la Fiesta del Perdón y la Misericordia, convocada por el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, por primera vez en la capital
Durante tres días, cientos de madrileos han participado en diferentes actividades festivas como el concierto de Toño Casado, la proyección de la película Cartas de la madre Teresa, las canciones del grupo de alabanza Nuevo Tiempo, el concierto Su amor infinito y su ternura entrañable, con piezas de música clásica, gospel y rociera que sirvieron para ambientar algunos textos acerca de la misericordia de la carta pastoral del arzobispo de Madrid, Ungidos y urgidos por la misericordia.
También ha habido espacio para las familias y los niños, con la actuación del mago Antonio Grande, suelta de globos, música del grupo One Way y el musical al aire libre: Los Miserables, a cargo del grupo de teatro Áncora.
En su catequesis a las familias el sábado, monseñor Osoro recordó que "hay un lugar especial para sentir el cariño: es la familia, el nido en el que nacemos. Cuando vosotros erais pequeños, tuvisteis quien os quisiera. Eso lo necesita todo ser humano".
"El Papa Francisco nos habla de la alegría del amor. El ser humano está contento cuando le quieren, cuando tenemos personas alrededor que nos quieren. Y el primero que nos quiere es Dios, que nos ama. Sabemos que Él nos quiere y no estamos solos", subrayó el prelado, quien abundó que "la familia es el lugar que más se parece a Dios, un lugar donde se ama, donde se perdona, donde se da la vida".


El más pequeño de vosotros es el más importante


Lectura del santo Evangelio según san Lucas 9, 46-50
En aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.
Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo:
«El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mi; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante».
Entonces Juan tomó la palabra y dijo:
«Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y, como no es de los nuestros, se lo hemos querido impedir».
Jesús le respondió:
-«No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro».
Palabra del Señor.

Papa Francisco en el Jubileo de los Catequistas: "Somos portadores de alegría"

El Apóstol Pablo, en la segunda lectura, dirige a Timoteo, y también a nosotros, algunas recomendaciones muy importantes para él. Entre otras, pide que se guarde «el mandamiento sin mancha ni reproche» (1 Tm 6,14). Habla sencillamente de un mandamiento. Parece que quiere que fijemos nuestros ojos fijos en lo que es esencial para la fe. San Pablo, en efecto, no recomienda una gran cantidad de puntos y aspectos, sino que subraya el centro de la fe. Este centro, alrededor del cual gira todo, este corazón que late y da vida a todo es el anuncio pascual, el primer anuncio: el Señor Jesús ha resucitado, el Señor Jesús te ama, ha dado su vida por ti; resucitado y vivo, está a tu lado y te espera todos los días. Nunca debemos olvidarlo. En este Jubileo de los catequistas, se nos pide que no dejemos de poner por encima de todo el anuncio principal de la fe: el Señor ha resucitado. No hay un contenido más importante, nada es más sólido y actual. Cada aspecto de la fe es hermoso si permanece unido a este centro, si está permeado por el anuncio pascual. Si se le aísla, pierde sentido y fuerza. Estamos llamados a vivir y a anunciar la novedad del amor del Señor: «Jesús te ama de verdad, tal y como eres. Déjale entrar: a pesar de las decepciones y heridas de la vida, dale la posibilidad de amarte. No te defraudará».
El mandamiento del que habla san Pablo nos lleva a pensar también en el mandamiento nuevo de Jesús: «Que os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12). A Dios-Amor se le anuncia amando: no a fuerza de convencer, nunca imponiendo la verdad, ni mucho menos aferrándose con rigidez a alguna obligación religiosa o moral. A Dios se le anuncia encontrando a las personas, teniendo en cuenta su historia y su camino. El Señor no es una idea, sino una persona viva: su mensaje llega a través del testimonio sencillo y veraz, con la escucha y la acogida, con la alegría que se difunde. No se anuncia bien a Jesús cuando se está triste; tampoco se transmite la belleza de Dios haciendo sólo bonitos sermones. Al Dios de la esperanza se le anuncia viviendo  hoy el Evangelio de la caridad, sin miedo a dar testimonio de él incluso con nuevas formas de anuncio.
El Evangelio de este domingo nos ayuda a entender qué significa amar, sobre todo a evitar algunos peligros. En la parábola se habla de un hombre rico que no se fija en Lázaro, un pobre que «estaba echado a su puerta» (Lc 16,20). El rico, en verdad, no hace daño a nadie, no se dice que sea malo. Sin embargo, tiene una enfermedad peor que la de Lázaro, que estaba «cubierto de llagas» (ibíd.): este rico sufre una fuerte ceguera, porque no es capaz de ver más allá de su mundo, hecho de banquetes y ricos vestidos. No ve más allá de la puerta de su casa, donde yace Lázaro, porque no le importa lo que sucede fuera. No ve con los ojos porque no siente con el corazón. En su corazón ha entrado la mundanidad que adormece el alma. La mundanidad es como un «agujero negro» que engulle el bien, que apaga el amor, porque lo devora todo en el propio yo. Entonces se ve sólo la apariencia y no se fija en los demás, porque se vuelve indiferente a todo. Quien sufre esta grave ceguera adopta con frecuencia un comportamiento «estrábico»: mira con deferencia a las personas famosas, de alto nivel, admiradas por el mundo, y aparta la vista de tantos Lázaros de ahora, de los pobres y los que sufren, que son los predilectos del Señor.
Pero el Señor mira a los que el mundo abandona y descarta. Lázaro es el único personaje de las parábolas de Jesús al que se le llama por su nombre. Su nombre significa «Dios ayuda». Dios no lo olvida, lo acogerá en el banquete de su Reino, junto con Abraham, en una profunda comunión de afectos. El hombre rico, en cambio, no tiene siquiera un nombre en la parábola; su vida cae en el olvido, porque el que vive para sí no construye la historia. ¡Y un cristiano tiene que hacer historia! Tiene que salir de sí mismo, ¡para hacer historia! Quien vive para sí mismo no hace la historia. La insensibilidad de hoy abre abismos infranqueables para siempre. Y nosotros hemos caído en este momento, en esta enfermedad de la indiferencia, del egoísmo de la mundanidad.
En la parábola vemos otro aspecto, un contraste. La vida de este hombre sin nombre se describe como opulenta y presuntuosa: es una continua reivindicación de necesidades y derechos. Incluso después de la muerte insiste para que lo ayuden y pretende su interés. La pobreza de Lázaro, sin embargo, se manifiesta con gran dignidad: de su boca no salen lamentos, protestas o palabras despectivas. Es una valiosa lección: como servidores de la palabra de Jesús, estamos llamados a no hacer alarde de apariencia y a no buscar la gloria; ni tampoco podemos estar tristes y disgustados. No somos profetas de desgracias que se complacen en denunciar peligros o extravíos; no somos personas que se atrincheran en su ambiente, lanzando juicios amargos contra la sociedad, la Iglesia, contra todo y todos, contaminando el mundo de negatividad. El escepticismo quejoso no es propio de quien tiene familiaridad con la Palabra de Dios.
El que proclama la esperanza de Jesús es portador de alegría y sabe ver más lejos, tiene horizontes, no un muro que lo cierra; ve lejos porque sabe mirar más allá del mal y de los problemas. Al mismo tiempo, ve bien de cerca, pues está atento al prójimo y a sus necesidades. El Señor nos lo pide hoy: ante los muchos Lázaros que vemos, estamos llamados a inquietarnos, a buscar caminos para encontrar y ayudar, sin delegar siempre en otros o decir: «Te ayudaré mañana, hoy no tengo tiempo, te ayudaré mañana». Y esto es una pena. El tiempo para ayudar a los demás es tiempo regalado a Jesús, es amor que permanece: es nuestro tesoro en el cielo, que nos ganamos aquí en la tierra.
En conclusión, queridos catequistas y queridos hermanos y hermanas, que el Señor nos conceda la gracia de vernos renovados cada día por la alegría del primer anuncio: Jesús nos ama personalmente. Que nos dé la fuerza para vivir y anunciar el mandamiento del amor, superando la ceguera de la apariencia y las tristezas del mundo. Que nos vuelva sensibles a los pobres, que no son un apéndice del Evangelio, sino una página central, siempre abierta ante todos.
(from Vatican Radio)