domingo, 27 de agosto de 2017

Oración de Charles de Foucauld





Padre mío,

me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tu eres mi Padre.

Ángelus del Papa: Pedro centro visible de la Iglesia como quiso Jesús

«Queridos hermanos y hermanas, buenos días
El Evangelio de este domingo (Mt 16, 13-20) nos recuerda un pasaje clave del camino de Jesús con sus discípulos: el momento en el que Él quiere verificar hasta qué punto está su fe en Él. Primero, quiere saber qué piensa la gente de él. Y la gente piensa que Jesús es un profeta, cosa que es verdad, pero no recoge el centro de su Persona y no recoge el centro de su misión. Luego, les plantea a sus discípulos la pregunta que más lleva en su corazón: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy?» (v 15).
Con esa pregunta Jesús aparta decididamente a los Apóstoles de la masa, como diciendo, pero ustedes que están conmigo cada día y me conocen de cerca, ¿qué más perciben?
El Maestro se espera de los suyos una respuesta alta y distinta, con respecto a las de la opinión pública. Y, en efecto, precisamente esa respuesta brota del corazón de Simón Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (v.16) Simón Pedro encuentra en sus labios palabras más grandes que él, palabras que no nacen de sus capacidades naturales. ¡Quizá él no había ni estudiado primaria y es capaz de decir estas palabras, más fuertes que él!  Pero que le son inspiradas por el Padre celeste (cfr v.17), el cual revela al primero de los Doce la verdadera identidad de Jesús: Él es el Mesías, el Hijo enviado por dios para salvar a la humanidad. Y con esta respuesta, Jesús comprende que, gracias a la fe donada por el Padre, hay un fundamento sólido sobre el cual puede construir su comunidad, su Iglesia. Por ello le dice a Simón: tú Simón eres Pedro- es decir piedra, roca - y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (v 18).
También con nosotros, hoy, Jesús quiere seguir construyendo su Iglesia, esta casa con cimientos sólidos, donde sin embargo no faltan grietas, y que necesita constantemente ser reparada. Siempre: la Iglesia siempre necesita ser reformada, reparada, como en los tiempos de Francisco de Asís. Nosotros, ciertamente, no nos sentimos rocas, pero sólo pequeñas piedras. Sin embargo, ninguna piedra pequeña es inútil, aún más, en las manos de Jesús, la piedra más pequeña se vuelve preciosa, porque Él la recoge, la guarda con gran ternura, la talla con su Espíritu y la coloca en el lugar adecuado, que Él ha pensado desde siempre y donde puede ser útil para toda la construcción. Cada uno de nosotros es una piedra pequeña, pero en las manos de Jesús hace la construcción de la Iglesia.
Y todos nosotros nos convertimos en ‘piedras vivas’, porque cuando Jesús toma en la mano su piedra, la hace suya, llena de vida, llena de vida del Espíritu Santo, llena de vida gracias a su amor, y así tenemos un lugar y una misión en la Iglesia: ella – la Iglesia - es comunidad de vida, hecha de tantísimas piedras, todas diversas, que forman un edificio único en el signo de la fraternidad y de la comunión.
También el Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús ha querido para su Iglesia también un centro visible de comunión en Pedro: también él, no es una piedra grande, es también una piedra pequeña, pero tomada por Jesús se vuelve centro de comunión, en Pedro y  en aquellos que le iban a suceder en la misma responsabilidad primacial, que desde los orígenes han sido identificados en los Obispos de Roma, la ciudad donde Pedro y Pablo han dado testimonio de la sangre.
Encomendémonos a María, Reina de los Apóstoles, Madre de la Iglesia. Ella estaba en el cenáculo, al lado de Pedro, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles y los impulsó a salir y a anunciar a todos que Jesús es el Señor. Hoy, nuestra Madre nos sostenga y nos acompañe con su intercesión, para que realicemos plenamente aquella unidad y aquella comunión por la cual Cristo y los Apóstoles han rezado y han dado la vida».
(Traducción del italiano: Cecilia de Malak)
(from Vatican Radio)

Confiar en Dios. Cardenal Juan José Omella.

Cuentan que un alpinista, desesperado por conquistar el Aconcagua, inició su travesía después de años de preparación. Pero quería la gloria sólo para él, por lo tanto subió sin compañeros.
Empezó su ascensión y, aunque se le fue haciendo tarde y no se preparó para acampar, decidió seguir su ruta decidido a alcanzar la cima. Oscureció. La noche cayó con gran pesadez. Todo era negro, sin ninguna visibilidad; no había luna y las estrellas estaban cubiertas por las nubes.
Subiendo por un acantilado, a sólo 100 metros de la cima, resbaló y se desplomó por los aires. Caía a una velocidad vertiginosa, sólo podía ver veloces manchas cada vez más oscuras que pasaban en la misma oscuridad tenía la terrible sensación de ser succionado por la gravedad.
Seguía cayendo. En esos angustiosos momentos, pasaron por su mente todos sus gratos y no tan gratos recuerdos. De repente sintió un tirón tan fuerte que casi lo partió en dos... ¡Sí! Como todo alpinista experimentado,había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo sujetaba de la cintura.
En esos momentos de quietud, suspendido en el aire, no le quedó más que gritar: «¡Ayúdame, Dios mío!»
De repente una voz grave y profunda le contestó:
«¿Qué quieres que haga, hijo mío?»

«Sálvame, Dios mío.»
«¿Realmente crees que te puedo salvar?»
«Por supuesto, Señor.»
«Entonces corta la cuerda que te sostiene...»

Hubo un momento de silencio y quietud. El hombre reflexionó y se aferró más a la cuerda.
Días más tarde, cuentan que el equipo de rescate encontró colgado a un alpinista congelado, muerto, agarrado con fuerza, con las manos a una cuerda... A tan solo dos metros del suelo.
Que historia tan impresionante. Impresionante y reveladora. Confiar en Dios es abandonarse totalmente en sus manos. Pero, aunque eso lo vemos claro, sin embargo, cuando llega el momento queremos tener cierta seguridad de que todo irá bien. Jesús se abandonó en las manos del Padre antes de morir en la Cruz, pero tres días después resucitó y es el Señor de la Vida.
Cuando parece que todo se pone oscuro o nos viene en contra, cuando parece que empezamos a perder la paz os invito a orar con la hermosa oración del Padre Carlos de Foucauld, que empieza diciendo: «Padre, mío, me abandono a Ti, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea te doy las gracias...». Ojalá hagamos nuestra esta invocación y poco a poco el Señor nos invada con su paz y su confianza.
Cardenal Juan José Omella

Arzobispo de Barcelona

El cardenal Re: Pablo VI tenía preparadas dos cartas de renuncia



El cardenal Giovanni Battista Re, dio a conocer que el papa Pablo VI tenía en su cajón dos cartas listas con su renuncia, en caso de que quedara inconsciente por alguna enfermedad o por algún evento inesperado.
El Código de derecho canónico vigente en esa época contemplaba que el Papa no podía renunciar sin la aceptación del Colegio Cardenalicio. La segunda carta por lo tanto invitaba al secretario de Estado de la Santa Sede para que convenza a los cardenales a aceptar su dimisión.
El prefecto emérito de la Congregación de los obispos, lo revela en una entrevista concedida a una revista de Bérgamo y retomada por el cotidiano Avvenire.
Por su parte el suplemento Vatican insider, del diario italiano La Stampa,  señala que Pablo VI se había sometido en noviembre de 1967 a una operación a la próstata con anestesia total, en una sala operatoria preparada en el departamento papal.
El cardenal precisa: “Las cartas me las ha mostrado el papa Juan Pablo II”, añade que si bien acabó siendo cardenal, su sueño “era ser párroco”.
Recuerda también a sus ‘seis Papas’: “Para abrir el Concilio fue necesario Juan XXIII, quien tenía gran confianza en Dios y en los hombres”; “Pablo VI fue el papa que simplificó la curia y quería simplificación e internacionalización de los cargos”; “el Papa Luciani me dijo que el papado era un peso demasiado grande para sus espaldas”; y Juan Pablo II, de quien el cardenal Re era estrecho colaborador. Para él, “controlaba la traducción de sus discursos. Un gran hombre y un gran santo”.
Y después el cardenal cita a Benedicto XVI, “un gran teólogo, una persona suave, con la fama de ser duro pero no es así. Es bueno y bondadoso, tiene una inteligencia extraordinaria”. Y concluye con Francisco: “el papa justo en el momento justo”.
En la entrevista le preguntan sobre el atentado de Ali Agca, pero el cardenal prefirió que sus respuestas fueran reservadas.
(ZENIT – Ciudad del Vaticano, Abr. 2017)

Santa Mónica – 27 de agosto


A esta madre santa le cupo la gloria de dar a luz a uno de los grandes santos y doctores de la Iglesia, Agustín, al que, con sus ardientes y emocionadas súplicas, rescató del mundo, instándole a volver los ojos a Dios. Es modelo y patrona de las madres cristianas.
De origen bereber, nació en Tagaste, actual Souk-Aharás, Argelia, el año 332. Después de recibir el bautismo en plena juventud, según la costumbre de la época, se sintió cada vez más inclinada a la vida de oración. A ella hubiera querido consagrar su existencia, pero sus padres la desposaron con Patricio, que además de ser pagano y mucho mayor que ella, nunca la respetó, sino que le infligió gravísimo maltrato durante treinta años. Era pronto a la ira, mujeriego, bebedor, ludópata, y tan insensible hacia lo espiritual que su temperamento violento se manifestaba a la primera de cambio. En medio de esta dramática espiral que presidía su hogar, Mónica acudía a misa diariamente y sobrellevaba los constantes atropellos con heroica paciencia. No queriendo exasperarlo en modo alguno, guardaba silencio o respondía con dulzura mostrando su buen carácter cuando la situación se tornaba insostenible.
Poco a poco, y a fuerza de dar testimonio con su vida, amparada en el amor de Dios, con oración y sacrificios fue venciendo la dureza del corazón de su esposo y se produjo lo que parecía un imposible: su conversión al cristianismo. Patricio se bautizó el año 371. Antes Mónica ya se había ganado a pulso la simpatía de su suegra, una mujer de agrio carácter y entrometida en las cuestiones de su hogar. Pero a Mónica aún le quedaba apurar otro cáliz, ya que de tres hijos nacidos en el matrimonio, una mujer y dos varones, Agustín iba a darle no pocos quebraderos de cabeza.
Patricio murió un año después de ser bautizado, y ella tuvo que lidiar en soledad con el tarambana de Agustín, que si bien era brillante en sus estudios y se había formado rigurosamente en Cartago, en su vida personal dejaba mucho que desear. Experto en filosofía, literatura y oratoria, pero completamente alejado de la fe, iba sumiéndose en un pozo cada vez más hondo para consternación de Mónica que sufría indeciblemente. Hubo una breve inflexión en la vida de Agustín que hizo pensar que le daría un giro definitivo. El hecho es que tras la muerte de su padre, enfermó, y temiendo seguir sus pasos pensó en hacerse católico; hasta recibió instrucción para ello. Pero en cuanto sanó, se involucró con los maniqueos y prosiguió dando tumbos.
Un día Mónica lo echó de casa sin contemplaciones al ver que no desistía de sus errores y falsedades contrarios a la verdadera religión. En un sueño vio que alguien se acercaba a consolarla en medio de su dolor por la pérdida espiritual de Agustín, y le aseguraba que volvería con ella. La interpretación de éste fue que su madre se haría maniquea como él. Pero Mónica respondió: «En el sueño no me dijeron, la madre irá a donde el hijo, sino el hijo volverá a la madre». Aunque Agustín quedó impresionado por la respuesta, aún tardó nueve años en convertirse.
El obispo de Tagaste, conmovido por los sacrificios y sufrimientos de Mónica, le había asegurado: «es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas». Ella continuó orando y llorando, pero también lo siguió con religiosa terquedad a Roma para rescatarlo de las malas influencias. Agustín, al ver que iba tras él, intentó esquivarla tomando un barco, pero cuando ella se percató de la maniobra, se embarcó en otra nave. Después, en Milán Mónica tomó contacto con san Ambrosio, cuya intervención sería decisiva para la conversión de Agustín el año 387. Abrazado por fin al cristianismo, el santo volvió con su madre. Antes de que le asaltara la última enfermedad, Mónica le había confiado: «Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio». Poco tiempo después, ese mismo año 387, hallándose unidos, murió en Ostia cuando Agustín estaba a punto de partir a África; él aseguraba que su madre le había engendrado dos veces.
Zenit

¿Qué decimos nosotros?

También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?
¿Nos esforzamos por conocer cada vez mejor a Jesús o lo tenemos «encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos» de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?
¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? Quienes se acercan a nuestras comunidades, ¿pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?
¿Nos sentimos discípulos de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?
¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba él?¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?
¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo mejor de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?
¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Cristo? ¿Creemos en Jesús resucitado, que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza resucitadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?

José Antonio Pagola

Tu eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 16, 13-20
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡ Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Palabra del Señor.

Videomensaje del Papa por los 300 años de la coronación de Nuestra Señora de Czestochowa


Queridos peregrinos,
saludo a todos con gran afecto, especialmente a ustedes que han recorrido largo camino para llegar hoy, junto con los queridos hermanos Obispos y los sacerdotes, a la capital espiritual del País.
Si Czestochowa está en el corazón de Polonia, significa que Polonia tiene un corazón materno; significa que cada latido de vida se da junto a la Madre de Dios. A Ella  confían ustedes todo: el pasado, el presente, el futuro, las alegrías y las angustias de su vida personal y de aquellas de su amado País. Esto es muy hermoso.
Para mí es muy hermoso recordar haber hecho este camino con ustedes, el año pasado, cuando me puse bajo la mirada de la Madre, cuando puse mis ojos en aquellos de la Virgen, confiando a su corazón lo que estaba en mi corazón y en el de ustedes. Conservo viva y grata la memoria de aquellos momentos, la alegría de haber ido también yo peregrino a celebrar, bajo la mirada de la Madre, los 1050 años del bautismo de Polonia.
Hoy otra ocasión de gracia los reúne en gran número: hace trecientos años el Papa concedió colocar las coronas papales sobre la imagen de la Virgen de Jasna Gora, su Reina. Es un gran honor tener por Madre una Reina, la misma Reina de los Ángeles y de los Santos, que reina gloriosa en el cielo. Pero da aún más alegría el saber tener por Reina a una Madre, amar como una Madre a Aquella que llamamos Señora. La sagrada imagen muestra de hecho que María no es una Reina distante sentada en un trono, sino la Madre que abraza al Hijo y, con Él, a todos nosotros sus hijos. Es una Madre verdadera, con el rostro marcado, una Madre que sufre porque verdaderamente  se lleva al corazón los problemas de nuestra vida. Es una Madre cercana, que jamás nos pierde de vista; es una Madre tierna, que cada día nos lleva de la mano por el camino.
Esto es lo que les deseo experimentar en el solemne Jubileo que están celebrando:  que sea el momento favorable para sentir que ninguno de nosotros es huérfano, en este mundo de orfandad ninguno de nosotros es huérfano, porque cada uno tiene cerca a una Madre, Reina insuperable de ternura. Ella nos conoce y nos acompaña con su estilo típicamente materno: dócil y valiente al mismo tiempo; jamás invasivo y siempre perseverante en el bien; paciente frente al mal y activo en el promover la concordia.
Que la Virgen les dé la gracia de alegrarse juntos, como familia reunida alrededor de la Madre. En este espíritu de comunión eclesial, hecho aún más fuerte por el lazo único que une Polonia al sucesor de Pedro, les imparto de corazón la Bendición Apostólica. Y pido a todos ustedes, por favor, de rezar por mí.
Gracias
(from Vatican Radio)