lunes, 19 de enero de 2015

Misa de conclusión en Manila ante 7 millones de fieles: Los filipinos, llamados a ser grandes misioneros en Asia

   «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9, 5). Es una gran alegría para mí celebrar el domingo del Santo Niño con ustedes. La imagen del Santo Niño Jesús acompañó desde el principio la difusión del Evangelio en este país. Vestido como un rey, coronado y sosteniendo en sus manos el cetro, el globo y la cruz, nos recuerda continuamente la relación entre el Reino de Dios y el misterio de la infancia espiritual. Nos lo dice el Evangelio de hoy: «Quien no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc 10, 15). El Santo Niño sigue anunciándonos que la luz de la gracia de Dios ha brillado sobre un mundo que habitaba en la oscuridad, trayendo la Buena Nueva de nuestra liberación de la esclavitud y guiándonos por los caminos de la paz, el derecho y la justicia. Nos recuerda también que estamos llamados a extender el Reino de Cristo por todo el mundo.          
            En estos días, durante mi visita, he escuchado la canción: «Todos somos hijos de Dios». Esto es lo que el Santo Niño nos dice. Nos recuerda nuestra identidad más profunda. Todos somos hijos de Dios, miembros de la familia de Dios. Hoy san Pablo nos ha dicho que hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios, hermanos y hermanas en Cristo. Eso es lo que somos. Ésa es nuestra identidad. Hemos visto una hermosa expresión de esto cuando los filipinos se volcaron con nuestros hermanos y hermanas afectados por el tifón.
            El Apóstol nos dice que gracias a la elección de Dios hemos sido abundantemente bendecidos. Dios «nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos» (Ef 1, 3). Estas palabras tienen una resonancia especial en Filipinas, ya que es el principal país católico de Asia; esto ya es un don especial de Dios, una bendición. Pero es también una vocación. Los filipinos están llamados a ser grandes misioneros de la fe en Asia.

            Dios nos ha escogido y bendecido con un propósito: «Para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia» (Ef 1, 4). Nos eligió a cada uno de nosotros para ser testigos de su verdad y su justicia en este mundo. Creó el mundo como un hermoso jardín y nos pidió que cuidáramos de él. Pero, con el pecado, el hombre desfiguró aquella belleza natural;destruyó también la unidad y la belleza de nuestra familia humana, dando lugar a estructuras sociales que perpetúan la pobreza, la falta de educación y la corrupción.
            A veces, cuando vemos los problemas, las dificultades y las injusticias que nos rodean, sentimos la tentación de resignarnos. Parece como si las promesas del Evangelio no se fueran a cumplir; que fueran irreales. Pero la Biblia nos dice que la gran amenaza para el plan de Dios sobre nosotros es, y siempre ha sido, la mentira. El diablo es el padre de la mentira. A menudo esconde sus engaños bajo la apariencia de la sofisticación, de la fascinación por ser «moderno», «como todo el mundo». Nos distrae con el señuelo de placeres efímeros, de pasatiempos superficiales. Y así malgastamos los dones que Dios nos ha dado jugando con artilugios triviales; malgastamos nuestro dinero en el juego y la bebida; nos encerramos en nosotros mismos. Y no nos centramos en las cosas que realmente importan, de seguir siendo en el fondo hijos de Dios. Como nos enseña el Señor, los niños tienen su propia sabiduría, que no es la sabiduría del mundo. Por eso el mensaje del Santo Niño es tan importante. Nos habla al corazón de cada uno de nosotros. Nos recuerda nuestra identidad más profunda, que estamos llamados a ser la familia de Dios.
            El Santo Niño nos recuerda también que hay que proteger esta identidad. El Niño Jesús es el protector de este gran país. Cuando vino al mundo, su propia vida estuvo amenazada por un rey corrupto. Jesús mismo tuvo que ser protegido. Tenía un protector en la tierra: san José. Tenía una familia humana, la Sagrada Familia de Nazaret. Así nos recuerda la importancia de proteger a nuestras familias, y las familias más amplias como son la Iglesia, familia de Dios, y el mundo, nuestra familia humana. Lamentablemente, en nuestros días, la familia con demasiada frecuencia necesita ser protegida de los ataques y programas insidiosos, contrarios a todo lo que consideramos verdadero y sagrado, a lo más hermoso y noble de nuestra cultura.

            En el Evangelio, Jesús acoge a los niños, los abraza y bendice. También nosotros necesitamos protegerguiar y alentar a nuestros jóvenes, ayudándolos a construir una sociedad digna de su gran patrimonio espiritual y cultural. En concreto, tenemos que ver a cada niño como un regalo que acogerquerer y proteger. Y tenemos que cuidar a nuestros jóvenes, no permitiendo que les roben la esperanza y queden condenados a vivir en la calle.
            Un niño frágil, que necesitaba ser protegido, trajo la bondad, la misericordia y la justicia de Dios al mundo. Se enfrentó a la falta de honradez y la corrupción, que son herencia del pecado, y triunfó sobre ellos por el poder de su cruz. Ahora, al final de mi visita a Filipinas, los encomiendo a él, a Jesús que vino a nosotros niño. Que conceda a todo el amado pueblo de este país que trabaje unido, protegiéndose unos a otros, comenzando por sus familias y comunidades, para construir un mundo de justiciaintegridad y paz. Que el Santo Niño siga bendiciendo a Filipinas y sostenga a los cristianos de esta gran nación en su vocación a ser testigos y misioneros de la alegría del Evangelio, en Asia y en el mundo entero.
            Por favor, recen por mí. Que Dios les bendiga.

Francisco a los jóvenes de Filipinas: Sed íntegros y honestos, no tengáis miedo a amar

Me alegro de estar con vosotros esta mañana. Mi saludo afectuoso a cada uno, y mi agradecimiento a todos los que han hecho posible este encuentro. En mi visita a Filipinas, he querido reunirme especialmente con vosotros los jóvenes, para escucharos y hablar con vosotros. Quiero transmitiros el amor y las esperanzas que la Iglesia tiene puestas en vosotros. Y quiero animaros, como cristianos ciudadanos de este país, a que os entreguéis con pasión y sinceridad a la gran tarea de la renovación de vuestra sociedad y ayudéis a construir un mundo mejor.
Doy las gracias de modo especial a los jóvenes que me han dirigido las palabras de bienvenida. Hablando en nombre de todos, han expresado con claridad vuestras inquietudes y preocupaciones, vuestra fe y vuestras esperanzas. Han hablado de las dificultades y las expectativas de los jóvenes. Aunque no puedo responder detalladamente a cada una de estas cuestiones, sé que, junto con vuestros pastores, las consideraréis atentamente y haréis propuestas concretas de acción para vuestras vidas.
Me gustaría sugerir tres áreas clave en las que podéis hacer una importante contribución a la vida de vuestro país. En primer lugar, el desafío de la integridad. La palabra ''desafío'' puede entenderse de dos maneras. En primer lugar, puede entenderse negativamente, como la tentación de actuar en contra de vuestras convicciones morales, de lo que sabéis que es verdad, bueno y justo. Nuestra integridad puede ser amenazada por intereses egoístas, la codicia, la falta de honradez, o el deseo de utilizar a los demás.
La palabra ''desafío'' puede entenderse también en un sentido positivo. Se puede ver como una invitación a ser valientes, una llamada a dar testimonio profético de aquello en lo que crees y consideras sagrado. En este sentido, el reto de la integridad es algo a lo que tenéis que enfrentaros ahora, en este momento de vuestras vidas. No es algo que podáis diferir para cuando seáis mayores y tengáis más responsabilidades. También ahora tenéis el desafío de actuar con honestidad y equidad en vuestro trato con los demás, sean jóvenes o ancianos. ¡No huyáis de este desafío! Uno de los mayores desafíos a los que se enfrentan los jóvenes es el de aprender a amar. Amar significa asumir un riesgo: el riesgo del rechazo, el riesgo de que se aprovechen de ti, o peor aún, de aprovecharse del otro. ¡No tengáis miedo de amar! Pero también en el amor mantened vuestra integridad. También en esto sed honestos y justos.
En la lectura que acabamos de escuchar, Pablo dice a Timoteo: ''Que nadie te menosprecie por tu juventud; sé, en cambio, un modelo para los creyentes en la palabra, la conducta, el amor, la fe y la pureza''. Estáis, pues, llamados a dar un buen ejemplo, un ejemplo de integridad. Naturalmente, al actuar así sufriréis la oposición, el rechazo, el desaliento, y hasta el ridículo. Pero vosotros habéis recibido un don que os permite estar por encima de esas dificultades. Es el don del Espíritu Santo. Si alimentáis este don con la oración diaria y sacáis fuerzas de vuestra participación en la Eucaristía, seréis capaces de alcanzar la grandeza moral a la que Jesús os llama. También seréis un punto de referencia para aquellos amigos vuestros que están luchando. Pienso especialmente en los jóvenes que se sienten tentados de perder la esperanza, de renunciar a sus altos ideales, de abandonar los estudios o de vivir al día en las calles.
Por lo tanto, es esencial que no perdáis vuestra integridad. No pongáis en riesgo vuestros ideales. No cedáis a las tentaciones contra la bondad, la santidad, el valor y la pureza. Aceptad el reto. Con Cristo seréis, de hecho ya los sois, los artífices de una nueva y más justa cultura filipina.
Una segunda área clave en la que estáis llamados a contribuir es la preocupación por el medio ambiente. Y esto no sólo porque vuestro país esté probablemente más afectado que otros por el cambio climático. Estáis llamados a cuidar de la creación, en cuanto ciudadanos responsables, pero también como seguidores de Cristo. El respeto por el medio ambiente es algo más que el simple uso de productos no contaminantes o el reciclaje de los usados. Éstos son aspectos importantes, pero no es suficiente. Tenemos que ver con los ojos de la fe la belleza del plan de salvación de Dios, el vínculo entre el medio natural y la dignidad de la persona humana. Hombres y mujeres están hechos a imagen y semejanza de Dios, y han recibido el dominio sobre la creación. Como administradores de la creación de Dios, estamos llamados a hacer de la tierra un hermoso jardín para la familia humana. Cuando destruimos nuestros bosques, devastamos nuestro suelo y contaminamos nuestros mares, traicionamos esa noble vocación.
Hace tres meses, vuestros obispos abordaron estas cuestiones en una Carta pastoral profética. Pidieron a todos que pensaran en la dimensión moral de nuestras actividades y estilo de vida, nuestro consumo y nuestro uso de los recursos del planeta. Os pido que lo apliquéis al contexto de vuestras propias vidas y vuestro compromiso con la construcción del reino de Cristo. Queridos jóvenes, el justo uso y gestión de los recursos de la tierra es una tarea urgente, y vosotros tenéis mucho que aportar. Vosotros sois el futuro de Filipinas. Interesaos por lo que le sucede a vuestra hermosa tierra.
Una última área en la que podéis contribuir es muy querida por todos nosotros: la ayuda a los pobres. Somos cristianos. Somos miembros de la familia de Dios. No importa lo mucho o lo poco que tengamos individualmente, cada uno de nosotros está llamado a acercarse y servir a nuestros hermanos y hermanas necesitados. Siempre hay alguien cerca de nosotros que tiene necesidades, ya sea materiales, emocionales o espirituales. El mayor regalo que le podemos dar es nuestra amistad, nuestro interés, nuestra ternura, nuestro amor por Jesús. Quien lo recibe lo tiene todo; quien lo da hace el mejor regalo.
Muchos de vosotros sabéis lo que es ser pobres. Pero muchos también habéis podido experimentar la bienaventuranza que Jesús prometió a los ''pobres de espíritu''. Quisiera dirigir una palabra de aliento y gratitud a todos los que habéis elegido seguir a nuestro Señor en su pobreza mediante la vocación al sacerdocio y a la vida religiosa. Con esa pobreza enriqueceréis a muchos. Os pido a todos, especialmente a los que podéis hacer y dar más: Por favor, ¡haced más! Por favor, ¡dad más! Qué distinto es todo cuando sois capaces de dar vuestro tiempo, vuestros talentos y recursos a la multitud de personas que luchan y que viven en la marginación. Hay una absoluta necesidad de este cambio, y por ello seréis abundantemente recompensados por el Señor. Porque, como él ha dicho: ''Tendrás un tesoro en el cielo''.
Hace veinte años, en este mismo lugar, san Juan Pablo II dijo que el mundo necesita ''un tipo nuevo de joven'', comprometido con los más altos ideales y con ganas de construir la civilización del amor. ¡Sed vosotros de esos jóvenes! ¡Que nunca perdáis vuestros ideales! Sed testigos gozosos del amor de Dios y de su maravilloso proyecto para nosotros, para este país y para el mundo en que vivimos. Por favor, rezad por mí. Que Dios os bendiga''.

Hay que aprender a llorar, explicó Francisco en Manila, ante la pregunta por qué sufren los niños

Con el gran respeto y sentido de lo sagrado propio de los filipinos, profundamente conmovidos ante la presencia del “Santo Papa” como lo llaman aquí, y después de gritar: Yo te quiero Francisco, los jóvenes preguntaron al Vicario de Cristo: ¿Por qué sufren los niños?, ¿cómo se vive el verdadero amor? y ¿cómo contribuir profesionalmente a la compasión y a la misericordia sin caer en el materialismo?
El Papa respondió espontáneamente en español con traductor en inglés:
“Primero de todo una noticia triste: ayer mientras estaba por empezar la misa se cayó una de las torres y al caer hirió una muchacha que estaba trabajando y murió. Su nombre es Cristal. Ella trabajo en la organización de esa misa. Tenía 27 años, era joven como ustedes y trabajaba para una asociación. Era una voluntaria. Yo quisiera que nosotros todos juntos, ustedes jóvenes como ella rezáramos en silencio 1 minuto y después invoquemos a nuestra madre del cielo… También hagamos una oración por su Papa y su mama. Era única hija. Su mamá está llegando de Hong Kong. Su papa ha venido a Manila es espera a su mamá…”
Hablando de la niña que hizo la pregunta sobre ¿por qué sufren los niños? dijo:
“En la pequeña representación de las mujeres. Demasiado poco. Las mujeres tienen mucho que decirnos en la sociedad de hoy. A veces somos demasiado machistas y no dejamos lugar a la mujer. Pero la mujer es capaz de ver las cosas con ojos distintos de los hombres. La mujer es capaz de hacer preguntas que los hombres no terminamos de entender. Presten ustedes atención, ella hoy hizo la única pregunta que no tiene respuesta. Y no le alcanzaron las palabras, necesitó decirlo con lágrimas. Así que cuando venga el próximo Papa que haya más mujeres”.
“Yo te agradezco Shon que hayas expresado tan valientemente tu experiencia. Como dije recién, el núcleo de tu pregunta casi no tiene respuesta. Solamente cuando somos capaces de llorar sobre las cosas que vos viviste podemos entender algo y responder algo. La gran pregunta para todos: ¿Por qué sufren los niños?, ¿por qué sufren los niños? Recién cuando el corazón alcanza a hacerse la pregunta y a llorar, podemos entender algo”.
“¡Existe una compasión mundana que no nos sirve para nada! Una compasión que a lo más no lleva a meter la mano en el bolsillo y a dar una moneda. Si Cristo hubiera tenido esa compasión hubiera pasado, curado a tres o cuatro y se hubiera vuelto al Padre. Solamente cuando Cristo lloró y fue capaz de llorar entendió nuestros dramas”.
Al mundo de hoy le falta llorar

“Queridos chicos y chicas, al mundo de hoy le falta llorar. Lloran los marginados, lloran aquellos que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar. Ciertas realidades de la vida se ven solamente con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno se pregunte: Yo aprendí a llorar? cuando veo un niño con hambre, un niño drogado en la calle, un niño que no tiene casa, un niño abandonado, un niño abusado, un niño usado como esclavo por la sociedad? O mi llanto ¿es el llanto caprichoso de aquel que llora porque le gustaría tener algo más? Y esto es lo primero que yo quisiera decirles: aprendamos a llorar, como ella nos enseñó hoy. No olvidemos este testimonio. La gran pregunta ¿por qué sufren los niños? la hizo llorando y la gran respuesta que podemos hacer todos nosotros es aprender a llorar”.

El Obispo de Roma continuó “Jesús en el evangelio lloró, lloró por el amigo muerto. Lloró en su corazón por esa familia que había perdido a su hija. Lloro en su corazón cuando vio a esa pobre madre viuda que llevaba a enterar a su hijo. Se conmovió y lloró en su corazón cuando vio a la multitud como ovejas sin pastor. Si vos no aprendes a llorar no sos un buen cristiano. Y este es un desafío. Shon nos ha planteado este desafío. Y cuando nos hagan la pregunta: porqué sufren los niños, porque sucede esto u esto otro de trágico en la vida? que nuestra respuesta sea el silencio o la palabra que nace de las lágrimas. Sean valientes, no tengan miedo de llorar”.

Vivir bajo la amenaza de Boko Haram: el misionero Juan Antonio Ayanz desde Camerún


Juan Antonio Ayanz Otan es un misionero de Navarra de la Congregación del Espíritu Santo, los Misioneros Espiritanos, que trabaja en la parroquia St. Philippe, en Maroua, una población de Camerún enclavada en el extremo norte del país, entre Nigeria y Chad. Comparte lo vivido en su misión en el 2014, aunque, como él dice, es “un poco difícil de plasmar todo lo que hemos vivido en el 2014”. 

“Intentando ir a lo esencial, os diré que lo que más ha afectado nuestras vidas y la vida de nuestra región es la amenaza continua del grupo terrorista-islamista Boko Haram. Ataques cada vez más violentos y con más combatientes a cada ataque. Incendios de aldeas, decapitaciones, saqueos de ganado, cereales… secuestros de jóvenes muchachos y muchachas que engrosaran las filas de sus combatientes y sus esposas forzadas. Miles de refugiados (el campo de refugiados de Zamay a 60 km. de Maroua, tiene ya más de 25.000 refugiados) y miles de desplazados, cameruneses obligados a huir de sus aldeas diezmadas y saqueadas. Todas las parroquias de la ciudad de Maroua intentamos acogerlos como mejor podemos. Boko Haram forma parte de una estrategia Jihadista de conquista del mundo (y de la que no estáis a salvo vosotros en España, ¡ved si no lo ocurrido en París...!). Pero Boko Haram es un monstruo útil para muchos y por diversas razones que no puedo precisar en una página (útil para el actual presidente de Nigeria, para Arabia Saudita y Qatar a causa de la independencia de Nigeria con su petróleo, Estados Unidos e Inglaterra, que ven con buenos ojos que Nigeria se debilite, y Francia, que observa como el Camerún se desestabiliza y espera el momento de retomar su influencia en la economía camerunesa…). 

La verdad es que ya hace casi un año que vivimos en la inseguridad y la incertidumbre, no sabemos hacia dónde vamos. ¿Vamos hacia una victoria de las fuerzas armadas camerunesas o bien Boko Haram va hacerse con nuestra región e integrarla en su ‘califato islámico’? La verdad, no lo sabemos. Lo que sí sabemos y vemos claro a nivel de nuestra Iglesia local de Maroua, es nuestra manera de combatir esa deriva islamista que no es otra que el encuentro y el diálogo entre cristianos y musulmanes en nuestra región. Este año ha sido fecundo en encuentros islamo-cristianos en Maroua: un coloquio en abril reunió 50 imanes de la región, 25 sacerdotes y 25 pastores protestantes durante dos días. El 7 de agosto tuvimos un fórum de jóvenes musulmanes y cristianos (unos 500). El 28 y 29 de diciembre rehicimos un taller con un grupo más reducido de jóvenes (unos 70). El 3 de enero rezamos juntos cristianos y musulmanes por la Paz. A finales de enero y principios de febrero instalaremos la antena de la ACADIR (Asociación Camerunesa para el Diálogo Interreligioso) del extremo-norte en Maroua en nuestra casa del encuentro islamo-cristiano. Todos estos encuentros nos están ayudando a profundizar una amistad que viene de lejos, a condenar juntos la barbarie de este grupo, y a progresar en un diálogo que no esconde los problemas y escollos, un diálogo en el que todos sentimos la necesidad de la verdad del ‘otro’. 

El pluralismo religioso es un misterio que se basa en el respeto que Dios tiene de la libertad de la persona. A menudo caemos en la tentación de absolutizar nuestra propia verdad, abriendo así la puerta a la intolerancia y al fanatismo. Debemos ser conscientes de que el misterio de Dios es demasiado grande para que una tradición religiosa lo posea completamente. Nadie posee completamente a Dios, nadie posee completamente la verdad. Tenemos necesidad de la verdad de los demás. Somos peregrinos de la verdad”.
Fuente: Archidiócesis de Madrid