domingo, 8 de mayo de 2016

Los mil espejos. Juan José Omella Omella

Carta dominical del arzobispo de Barcelona, monseñor Juan José Omella. ‘Si yo viera las cosas, las personas, y sobre todo los acontecimientos, con la mirada de Dios, con la perspectiva de Dios, ¡cómo cambiaría todo!’
Publicamos a continuación la carta dominical del arzobispo de Barcelona, monseñor Juan José Omella:
«Se dice que hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Un día, buscando refugiarse del sol, un perrito logró meterse por un agujero de una de las puertas de la casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera y, al terminar de subirlas, se topó con una puerta semiabierta; lentamente se adentró en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta de que dentro de ese cuarto había mil perritos más, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos.
El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los mil perritos hicieron lo mismo. Luego sonrió y ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí: “¡Qué lugar tan agradable! ¡Voy a venir muchas veces a visitarlo!”.
Tiempo después, otro perrito callejero entró en el mismo lugar, pero, a diferencia del primero, al ver a los otros mil perritos, se sintió amenazado, ya que creía que lo miraban de manera agresiva. Luego empezó a gruñir y, naturalmente, vio cómo los mil perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros mil perritos le ladraron también. Cuando este perrito salió de allí pensó: “¡Qué lugar tan horrible es éste! ¡Nunca más volveré a entrar aquí!”.
En la portada de aquella casa había un viejo letrero que decía: “La casa de los mil espejos”.»
¿Quién, al leer este hermosa fábula, no recuerda aquel dicho tan popular de que “nada es verdad ni es mentira; todo depende del cristal con que se mira”, que los cristianos hemos de mejorar con la rectitud de intención? Dicho de otro modo, si yo viera las cosas, las personas, y sobre todo los acontecimientos, con la mirada de Dios, con la perspectiva de Dios, ¡cómo cambiaría todo!
San Juan de la Cruz, uno de los místicos y poetas más emblemáticos de nuestra historia y de nuestra literatura, aún lo expresó de una forma más acertada desde la perspectiva de la fe cristiana: “Adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor.” Veamos las circunstancias que dieron pie a esta afirmación de nuestro santo.
Año 1591: Juan de la Cruz sufre el mayor de los desprecios por parte de sus compañeros de Orden. Él está plenamente inmerso en la reforma del Carmelo. Le quitan todos sus cargos y lo mandan a Jaén, donde vive en la mayor pobreza y austeridad. Desde Sevilla le llegan ecos de calumnias muy graves, propaladas por algunos frailes. ¿Reacción de muchas personas que conocían la entereza y las virtudes de Juan? Le mandan cartas conteniendo las expresiones más encendidas de afecto, acogida, comprensión y cariño. Y de pena por la injusticia que se está cometiendo con él. ¿Respuesta de Juan de la Cruz? Así contesta a una religiosa carmelita reformada: “De lo que a mí toca, hija, no le dé pena, que ninguna a mí me da. Dios sabe lo que nos conviene y ordena todas las cosas para nuestro bien. No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor”.
Dios es el que permite todo para nuestro bien, aunque no lo comprendamos muchas veces. Es Él quien nos estimula y nos invita a descubrir el querer de Dios, poniendo amor donde no hay amor.
Cristo ha vencido el mal. Y lo ha vencido haciendo el bien. “Pasó por la vida haciendo el bien”, que es la manera más eficaz y concreta de poner amor.
Nunca debemos olvidar que la realidad – las realidades – de la vida depende en buena medida de cómo la miramos y de cómo nos acercamos a ella. Tener una mirada positiva hacia las personas y hacia las cosas nos ayudará a disfrutar más de la realidad que si la miramos con ojos turbios, con tristeza, con resentimiento. El amor lleva al amor. La amargura, a la amargura. ¡Que Dios nos libre de caer en ella!
¡Feliz domingo a todos!
+ Juan José Omella Omella

Arzobispo de Barcelona
Zenit

Jesús Asciende, ascendamos con Él integralmente en nuestra vida.

"Jesús subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia". (Efesios 4, 10)
La cita de San Pablo viene a contradecir una cierta tendencia a considerar a un Jesús que partió, que nos ha dejado, que se ha quedado allá arriba, "encielado" mientras que nosotros nos quedamos "gimiendo y llorando en este valle de lágrimas". No. No es así. Tal vez, nos ayude a comprender la Ascensión, distinguiendo entre una "partida" y una "desaparición". Una partida implica una ausencia. Una desaparición indica una presencia oculta. Recordemos Evangelio del domingo pasado:
"Me voy, pero vengo a ustedes".
En la Ascensión, Jesús ni partió ni se ausentó; no nos dejó ni huérfanos ni solitarios. Jesús, se queda para siempre entre nosotros por su Espíritu Santo: en el cielo, en la tierra y en todo lugar. Y principalmente con nosotros y en cada uno de nosotros; no sólo está al lado de nuestro, sino también puede estar dentro de nosotros, "haciendo morada en nosotros".
Recordemos la vía de la alegría de la Resurrección, donde Jesús nos fue enseñando cómo encontrarnos con Él, y a estar con Él; nos encontramos y estamos con Él, en la "Palabra", en la "fracción del pan", en la "Eucaristía", compartiendo nuestra vida, como pan de vida para los demás; en el "Perdón Salvador", en el "servicio", preparando, como Jesús, un desayuno; en los "sacramentos", en el "prójimo", en la "misión evangelizadora y apostólica"; en la "construcción del Reino", desde aquí y ahora, en el mundo y en la sociedad temporal; haciendo fraternidad y justicia social, según "los signos de los tiempos", etc.
Cristo se ha quedado con nosotros hasta la consumación de los siglos. Por la Ascensión entró en la omnipotencia y omnipresencia del Padre. Ha sido plenamente glorificado, exaltado y espiritualizado en su humanidad. Y por este motivo está más que nunca en amistad profunda con nosotros.
Cuando se habla de que Jesús ahora está "sentado a la derecha del Padre", no se trata de que está en un lugar físico, sino que está en una situación y en un estado de glorificado; se trata de un crecimiento de su poder y de su gloria.
Se trata de que está con nosotros, y repito: dentro de nosotros, aquí en la tierra, para siempre:
"Si alguno me ama guardará mis palabras y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él".
Una morada significa bastante más que una presencia. Uno puede estar presente en su trabajo, en la calle, pero la morada: la habitación la tiene únicamente en su casa. Y Dios ha querido tener una morada y una habitación en nosotros: ¡Somos su casa!
Cristo ha alcanzado en la Ascensión una situación y un estado de infinitud que le permite llenarlo todo con su presencia definitiva, y para comunicarnos su divinidad. Por lo tanto, no se trata de una Ascensión hacia un lugar físico que lo alejaría del lado nuestro.
Así como Jesús no abandonó a su Padre para venir a la tierra para salvarnos, tampoco nos abandona a nosotros para volver a su Padre. Lo único que hace es restablecer y asegurar la comunicación.
Esto debe darnos una gran alegría, Jesús está aquí en la tierra junto a nosotros; su presencia espiritualizada alcanza una profundidad y una longitud que su presencia carnal no hubiera podido alcanzar. Así podemos encontrarlo en todas partes.
Pero hay otra verdad muy importante que encierra la Ascensión. Indica el punto de llegada hacia arriba y hacia adelante que debiera tener el ser humano. Es nuestra constante ascensión. Nosotros los creyentes vamos hacia Cristo Jesús, que nos muestra el punto de llegada en la glorificación de su cuerpo, como un adelanto del punto a donde debemos llegar nosotros y, con nosotros, la misma sociedad temporal.
Nosotros debemos caminar hacia el encuentro de Cristo glorificado. Pero nuestro caminar no debe ser individualista; debemos crecer y caminar con nuestro mundo, con nuestra historia y con nuestra sociedad, buscando el bien común e integral; procurando un encuentro con Dios, y en Él, también un encuentro entre nosotros.
Cuando luchamos por el bien común de la sociedad y de nuestro mundo, estamos construyendo el Reino, llevándolo a su etapa final: haciendo que todo se perfeccione, se acerque y ascienda a Dios. Pero no se trata sólo de un perfeccionamiento y crecimiento materialista. Como cristianos nos corresponde un compromiso de perfeccionar a los seres humanos, perfeccionando sus relaciones; hacer que vivan como hermanos y no como injustos opresores y explotadores.
Esto nos lleva a la conclusión de que es más cristiano aquél que trabaja por mejorar las relaciones humanas en su integridad, que el que ve la religión en forma egoísta, para sí como un objeto de consumo, y que no se compromete nunca, para que cambien esas relaciones de injusticia, que hacen el "pecado social" en el mundo. No hay que olvidar las palabras de Jesús:
"No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre".
La voluntad del Padre es que de egoístas nos transformemos en hombres y mujeres del amor, luchando por una sociedad más justa y fraterna.
Esto es lo que significan las palabras de los Hechos:
"Mientras miraban fijamente al cielo hacia donde iba Jesús, de repente tuvieron a su lado dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: "Hombres de Galilea, ¡que hacen ahí mirando al cielo?". (Hechos 1,10-11).
Se nos está diciendo: "miren la tierra y a sus hombres y mujeres, vean "sus lágrimas y angustias", asumiendo todo como algo propio de los discípulos de Cristo; ocúpense de transformarlo todo, cambiando a los seres humanos de egoístas y pecadores, en hombres y mujeres del amor y de la justicia con sus hermanos que sufren. De hecho Cristo se hará visible, volverá a tomar cuenta de nuestras vidas. Esto hay que repetirlo hasta el cansancio, sobre todo a aquellas personas tramposas, con corazón adorador del dinero y del poder, que quieren hacernos mirar el cielo, para que no miremos el mundo que nos rodea, y así apoderarse y dividirse entre ellos, cada vez más, de los bienes creados para todos.
Jesús, hoy día, en su Ascensión, nos manda a no quedarnos sólo contemplándolo en su gloria. Nos manda, al igual que sus Apóstoles, a evangelizar, a anunciar que somos hijos de Dios, hermanos entre nosotros, tratándonos como si fuéramos hermanos de la misma sangre y carne. Y en este mandato y envío, Jesús nos acompaña:
"Por eso, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos... . Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo". (Mateo 28,19-20).
Somos enviados y acompañados por Jesús, para hacer de este mundo, un mundo no de lobos rapaces, sino de hermanos que se aman y forman una comunidad.
Hermanos y amigos chilenos: hombres y mujeres:
Se hace urgente e imperioso que asuman la recuperación de Chile, cuyo paso se interrumpió con el brutal Golpe Cívico- Militar de 1973. Desde esa fecha hasta hoy día, el Chile político es ilegítimo y no democrático.
Los políticos golpistas, queriendo con ansias, que le devolviera el poder la dictadura militar, a espaldas del pueblo, negociaron con dictadura; el pueblo en protestas pacíficas, convocadas por los mismos políticos, sacrificó vidas: son los mártires por la democracia. No obstante eso, pudo más la idolatría del poder y del dinero, y negociando con dictadura, estos políticos, llegaron a traicionar al pueblo con un mal llamado "Acuerdo Nacional"; ni siquiera se puede llamar así, pues fue un acuerdo cupular.
Por eso, hasta hoy día, después de casi 27 años que se fue el dictador, los gobiernos posteriores de esta clase política golpista, gobiernan "en la medida de lo posible". Todo es una vulgar e inmoral traición al pueblo sufrido de Chile.
La clase política dominante, coludida con grandes empresarios, y protegidos, en su unión, por la misma ilegítima Constitución de 1980, no ha hecho más que proseguir "legitimando" lo ilegítimo, y manteniendo un sistema económico neo liberal: "capitalismo salvaje", también protegido institucionalmente en forma ilegítima. Eso está en Constitución ilegítima de 1980. Está protegida una minoría que tiene secuestrada a la mayoría nacional.
La economía reinante hace que muchos hogares: hombres y mujeres chilenos, sufran la pobreza y la miseria misma. Incluso hace que los bienes creados por Dios para todos, pasen a manos privadas, entendiéndose muy mal el derecho de propiedad. Algún día, con más tiempo, me referiré a la propiedad de los bienes.
Han de saber que Iglesia: Pueblo de Dios, no acepta, en su doctrina, el "capitalismo salvaje", indicando que es el culpable del "pecado social" que sufren tantos y tantos chilenos. No se entiende, como muchos políticos y hombres y mujeres chilenos católicos, votan y propician tamaña inmoralidad, dura e inhumana crueldad.
Digamos, de una vez para siempre, que tanto políticos golpistas y chilenos propiciadores de esta economía, de la idolatría del poder y de la riqueza: becerro de oro, son responsables in causa de las violaciones de los derechos humanos y de los crímenes de lesa humanidad; son responsables de la opresión, del hambre, de la injusticia laboral, de la falta de sueldo ético, de la cesantía, de la falta de salud, de la falta de vivienda, de la falta de educación de calidad y gratuita, en resumen: de la muerte civil.
¡Chile ha quedado enfermo y no se ha recuperado desde 1973 hasta hoy día! ¡Chile no es democrático!
El pueblo chileno postergado y sin canales reales de participación para la construcción de la patria común, tiene una verdadera autoridad, para hacer una Nueva Constitución, más que políticos en el poder, proponiendo un errático e inconducente proceso de consulta acerca de esa Nueva Constitución. El camino propiciado por el Gobierno no hace más que conducir todo a las mismas manos políticas de hoy coludidas con grandes empresarios, autores, mucho de ellos, de los actos de corrupción y de evasión de impuestos, dinero de todos los chilenos.
Señor Jesús, tú que tuviste una triunfal Ascensión, te pido que yo y cada uno, pueda tener, con tu ayuda y gracia, una verdadera ascensión personal, desde abajo y desde nuestras servidumbres y pecados, tomados de tus manos, cual verdadero ascensor, podamos subir a una vida y a una vida de abundancia.
También, Señor, te pido que mi Chile enfermo y oprimido, pueda salir, con unidad del pueblo, de sus postraciones, de sus marginaciones, de los "pecados sociales", subiendo y ascendiendo a una patria nueva, libre, justa, fraterna y democrática. Amén.
(Eugenio Pizarro Poblete)

CIUDADANOS Y PROFETAS

En los relatos de la Ascensión de Jesús a los cielos, destaca el mensaje que recibieron los discípulos una vez que perdieron de vista el rostro de Cristo Resucitado: -«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»
Cuando se sufre una separación de un ser querido, por ejemplo de un amigo íntimo, el corazón se siente bloqueado; es comprensible que los amigos de Jesús acusaran el impacto de la separación. Actualmente se ofrece el acompañamiento del duelo y se descubre la importancia de saber estar junto a quienes padecen el despojo de algún familiar, sobre todo si es de manera inesperada o dramática.
Sin embargo, las palabras de los mensajeros no parece que sean muy complacientes, sino que por el contrario, inducen a los apóstoles a no quedarse en la nostalgia, ni paralizados, sino a reemprender un camino nuevo, de testigos y profetas.
Así dice san Pablo: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os de espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama”. Los cristianos estamos llamados a vivir sin evasión espiritualista, sino como personas que aguardan el retorno definitivo del Señor, que cada uno descubriremos en el momento de nuestro tránsito de este mundo.
Este tiempo en el que vivimos, cuando sentimos el ambiente presentista, pragmático, especulativo, comercial, sensual, materialista, nos ofrece a los cristianos la ocasión propicia para vivir como testigos y profetas de esperanza, y sin perder la responsabilidad de acrecentar la creación, de cuidar la naturaleza, de ser amigos de la vida, significar de manera práctica, en la convivencia social, laboral, y también en el propio recinto interior, el horizonte de sentido.

Las palabras de Jesús antes de ascender a los cielos, nos marcan el camino: “Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto”. Debemos quedarnos en la ciudad, pero asistidos por la fuerza de lo alto, el don del Espíritu, al que invocamos de manera especial esta semana.

No somos personas evadidas, porque creemos en una vida eterna, y sabemos que este mundo es una estancia pasajera. Por el contrario, el quehacer del creyente es don y tarea que anticipa los valores del Reino de los Cielos.
Ángel Moreno de Buenafuente

Crecimiento y creatividad


Los evangelios nos ofrecen diversas claves para entender cómo comenzaron su andadura histórica las primeras comunidades cristianas sin la presencia de Jesús al frente de sus seguidores. Tal vez, no fue todo tan sencillo como a veces lo imaginamos. ¿Cómo entendieron y vivieron su relación con él, una vez desaparecido de la tierra?

Mateo no dice una palabra de su ascensión al cielo. Termina su evangelio con una escena de despedida en una montaña de Galilea en la que Jesús les hace esta solemne promesa: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Los discípulos no han de sentir su ausencia. Jesús estará siempre con ellos. Pero ¿cómo?

Lucas ofrece una visión diferente. En la escena final de su evangelio, Jesús «se separa de ellos subiendo hacia el cielo». Los discípulos tienen que aceptar con todo realismo la separación: Jesús vive ya en el misterio de Dios. Pero sube al Padre «bendiciendo» a los suyos. Sus seguidores comienzan su andadura protegidos por aquella bendición con la que Jesús curaba a los enfermos, perdonaba a los pecadores y acariciaba a los pequeños.
El evangelista Juan pone en boca de Jesús unas palabras que proponen otra clave. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice: «Yo me voy al Padre y vosotros estáis tristes... Sin embargo, os conviene que yo me vaya para que recibáis el Espíritu Santo». La tristeza de los discípulos es explicable. Desean la seguridad que les da tener a Jesús siempre junto a ellos. Es la tentación de vivir de manera infantil bajo la protección del Maestro.

La respuesta de Jesús muestra una sabia pedagogía. Su ausencia hará crecer la madurez de sus seguidores. Les deja la impronta de su Espíritu. Será él quien, en su ausencia, promoverá el crecimiento responsable y adulto de los suyos. Es bueno recordarlo en unos tiempos en que parece crecer entre nosotros el miedo a la creatividad, la tentación del inmovilismo o la nostalgia por un cristianismo pensado para otros tiempos y otra cultura.
Los cristianos hemos caído más de una vez a lo largo de la historia en la tentación de vivir el seguimiento a Jesús de manera infantil. La fiesta de la Ascensión del Señor nos recuerda que, terminada la presencia histórica de Jesús, vivimos «el tiempo del Espíritu», tiempo de creatividad y de crecimiento responsable. El Espíritu no proporciona a los seguidores de Jesús «recetas eternas». Nos da luz y aliento para ir buscando caminos siempre nuevos para reproducir hoy su actuación. Así nos conduce hacia la verdad completa de Jesús.

José Antonio Pagola

"Ustedes permanezcan en la ciudad, que sus vidas sean bendición", reflexión del jesuita Juan Bytton

Lucas es el único en contar la Ascensión de Jesús, pues sabemos que la breve mención de Marcos (16, 19) es posterior. Es un acontecimiento tan importante para él que lo coloca al final de su Evangelio y al inicio de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1, 9-11), narración que también escribió. Por tanto de lo que contemplemos, escuchemos y obremos de este relato una nueva vida comienza.
Dos versículos antes de este pasaje leemos: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí” (v 44). Y de inmediato agrega: “Está escrito que el Cristo debía parecer y resucitar de entre los muertos al tercer día” (v 46). En pocas palabras, Jesús ha unido el Antiguo y Nuevo Testamento. Su partida implica la entrega de la Palabra Revelada a sus discípulos, para que la hagan Palabra Viva.
En su último diálogo, Jesús entrega su propia Palabra, la que se ha hecho historia desde la creación del mundo y que ahora cobra un nuevo respiro, gracias a la presencia del Espíritu y al entusiasmo de la comunidad cristiana naciente. El maestro “es llevado” al cielo, como él “llevaba” a sus discípulos al monte Tabor (Mt 17,1). Ahora, desde allí sigue construyendo Reino, intercediendo (Rom 8, 34), preparando los lugares (Jn 14, 2), glorificando a Dios (Jn 17, 1). Su lugar es estar a la derecha del Padre, pues cuanto más cerca ha estado del que sufre más cerca ha estado de Dios.
El último gesto de Jesús, de aquel que sanó, predicó y perdonó, es una bendición. Así empezó la historia con Dios, bendiciendo a su creación en el Génesis (Gen 1, 27) y así empezó la venida del Hijo en el encuentro de María e Isabel: “Bendita tú eres” (Lc 1, 42).  La mano de Jesús, herida por la cruz, ahora bendice a todos. No es un gesto de condena ni de juicio, sino de amor, de promesa y de paz. A pesar de las fragilidades humanas, desde aquella tarde la vida de todo cristiano puede ser bendición para los demás, oportunidad para creer y apostar por la construcción del Reino.
“Por ahora, permanezcan en la ciudad”. A eso nos invita Jesús Resucitado, a caminar por las calles, a conocer, a compartir la vida cotidiana. No se trata de quedarse paralizados contemplando el pasado, como le dirán a los discípulos: “¿Por qué permanecen mirando al cielo?” (Hch 1, 11).  Jesús se aleja, pero se hace cercano. Volverá y lo que podemos preguntarnos es si encontrará todo como quiso dejarlo, si valió la pena creer y esperar, si podemos hacer del servicio un estilo de vida.
Estos hechos ocurrieron en Betania, uno de los lugares más queridos por Jesús. Los discípulos volvieron a Jerusalén llenos de alegría. Hoy, Betania, Jerusalén y tantas ciudades vecinas están pasando por difíciles momentos de conflicto. Lo complejo de la situación en la Ciudad Santa, refleja la situación de muchas partes del mundo, de lo difícil que resulta mirarnos entre nosotros con la misma esperanza que miramos al cielo. Como me decía un amigo allí: “Cuando haya paz en Jerusalén, habrá paz en el mundo”.
(Para Radio Vaticano, jesuita Juan Bytton)
(from Vatican Radio)

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Evangelio según San Lucas 24,46-53.

Y añadió: "Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. 

Ustedes son testigos de todo esto.


Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto".

Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo.


Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.