sábado, 19 de abril de 2014

"Ayer estaba crucificado con Cristo, hoy soy glorificado con Él. Ayer había muerto con Él, hoy estoy vivo con Él”: el Papa en el Vía Crucis.

El mal no tiene la última palabra sino el amor, la misericordia, el perdón”. Lo dijo el Papa Francisco en una breve meditación al finalizar el tradicional Vía Crucis en el Coliseo de Roma, este Viernes Santo, ante la presencia de más de 40 mil personas.“Dios – dijo el Papa - ha puesto sobre la Cruz de Jesús todo el peso de nuestros pecados, todas las injusticias perpetradas por cada Caín contra su hermano, toda la amargura de la traición de Judas y de Pedro, toda la vanidad de los prepotentes, toda la arrogancia de los falsos amigos. Era una Cruz pesada, como la noche de las personas abandonadas. Pesada como la muerte de las personas queridas, pesada porque resume toda la fealdad del mal”.
 

“No obstante – prosiguió el Santo Padre – es también una Cruz gloriosa como el alba de una noche larga, porque representa en todo el amor de Dios que es más grande de nuestras iniquidades y de nuestras traiciones. En la Cruz vemos la monstruosidad de hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados, sino según su misericordia. De frente a la Cruz de Jesús, vemos casi hasta tocar con las manos cuánto somos amados eternamente; de frente a la Cruz nos sentimos ‘hijos’ y no ‘cosas’ u objetos, como afirmaba San Gregorio Nacianceno dirigiéndose a Cristo con esta oración:
 


Si no existieras tú, oh mi Cristo, me sentiría criatura acabada. He nacido y me siento disolver. Como, duermo, descanso y camino, me enfermo y curo. Me asaltan sin número los tormentos, gozo del sol y de cuánto fructifica la tierra. Luego muero y la carne se convierte en polvo como la de los animales, que no tienen pecados. Pero yo, ¿qué tengo más que ellos? Nada sino Dios, si no existieras tú, oh, Cristo mío, me sentiría criatura acabada”.



“Oh nuestro Jesús - prosiguió el Papa - guíanos desde la Cruz hasta la resurrección, y enséñanos que el mal no tendrá la última palabra, sino el Amor, la Misericordia y el Perdón. Oh, Cristo, ayúdanos a exclamar nuevamente: ‘ayer estaba crucificado con Cristo, hoy soy glorificado con Él. Ayer había muerto con Él, hoy estoy vivo con Él. Ayer estaba sepultado con Él, hoy he resucitado con Él’. Finalmente, todos juntos recordemos a los enfermos, recordemos a todas las personas abandonadas bajo el peso de la Cruz, para que encuentren en la prueba de la Cruz la fuerza de la esperanza, de la esperanza de la Resurrección y del amor de Dios.
(MCM-RV)


La soledad de la Virgen. Fray Luis de Granada

Después de esto considera cómo fue quitado aquél santo cuerpo de la cruz y recibido en los brazos de la Virgen.

Abrázase la Madre con el cuerpo despedazado, apriétalo fuertemente en sus pechos, para sólo esto le quedaban fuerzas; mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la Madre con la sangre del Hijo y riégase la del Hijo con las lágrimas de la Madre.

¿Cómo no hablas ahora, Reina del cielo? ¿Cómo han atado los dolores vuestra lengua? La lengua estaba enmudecida, mas el corazón allá dentro hablaría con entrañable dolor al Hijo dulcísimo y le diría:

Hijo mío, ¿Qué haré sin ti? ¿Adónde iré? ¿Quién me remediará? Los padres y los hermanos afligidos venían a rogarte por sus hijos y por sus hermanos difuntos, y tú, con tu infinita virtud y clemencia, los consolabas y socorrías. Mas yo que veo muerto a mi hijo, y a mi padre, y mi hermano y mi Señor, ¿a quién rogaré por Él? ¿Quién me consolará? ¿Dónde está el buen Jesús Nazareno, Hijo de Dios vivo, que consuela a los vivos y da vida a los muertos? ¿Dónde está aquel grande Profeta poderoso en obras y palabras?
   
¡Oh dulcísimo hijo mío! ¿qué haré sin ti? Ya no limpiaré tu rostro asoleado y fatigado de los caminos y trabajos. Ya no te veré más sentado a mi mesa comiendo y dando de comer a mi alma con tu divina presencia. Ya no me veré más a tus pies oyendo las palabras de tu dulce boca. Fenecida en ya mi gloria; hoy se acaba mi alegría y comienza mi soledad.

Cómo dura poco la alegría en la tierra y se siente mucho el dolor después de mucha prosperidad! ¡Oh Belén y Jerusalén, cuán diferentes días he llevado en vosotros! ¡Qué noche fue aquella tan clara y qué día este tan oscuro! ¡Qué rica entonces y qué pobre ahora!

¡Oh ángel bienaventurado!, ¿dónde están ahora aquellas tan grandes alabanzas de la antigua salutación? Entonces me llamaste llena de gracia; ahora estoy llena de dolor. Entonces, bendita entre las mujeres; ahora, la más afligida entre las mujeres. Entonces dijiste: El Señor es contigo; ahora también está conmigo, mas no vivo, sino muerto, como lo tengo en mis brazos.

¡Oh muerte!, ¿por qué eres tan cruel que me apartas de aquel en cuya vida está la mía? Más cruel eres a las veces en perdonar que en matar. Piadosa fuera para mí si nos llevaras a entrambos; mas ahora fuiste cruel en matar al hijo y más cruel en perdonar a la madre.