
“No obstante –
prosiguió el Santo Padre – es también una Cruz gloriosa como el alba de una
noche larga, porque representa en todo el amor de Dios que es más grande de
nuestras iniquidades y de nuestras traiciones. En la Cruz vemos la
monstruosidad de hombre, cuando se deja guiar por el mal; pero vemos también la
inmensidad de la misericordia de Dios que no nos trata según nuestros pecados,
sino según su misericordia. De frente a la Cruz de Jesús, vemos casi hasta tocar
con las manos cuánto somos amados eternamente; de frente a la Cruz nos sentimos
‘hijos’ y no ‘cosas’ u objetos, como afirmaba San Gregorio Nacianceno
dirigiéndose a Cristo con esta oración:
Si no existieras tú, oh mi Cristo, me sentiría
criatura acabada. He nacido y me siento disolver. Como, duermo, descanso y
camino, me enfermo y curo. Me asaltan sin número los tormentos, gozo del sol y
de cuánto fructifica la tierra. Luego muero y la carne se convierte en polvo
como la de los animales, que no tienen pecados. Pero yo, ¿qué tengo más que
ellos? Nada sino Dios, si no existieras tú, oh, Cristo mío, me sentiría
criatura acabada”.
“Oh nuestro Jesús -
prosiguió el Papa - guíanos desde la Cruz hasta la resurrección, y enséñanos
que el mal no tendrá la última palabra, sino el Amor, la Misericordia y el
Perdón. Oh, Cristo, ayúdanos a exclamar nuevamente: ‘ayer estaba crucificado
con Cristo, hoy soy glorificado con Él. Ayer había muerto con Él, hoy estoy
vivo con Él. Ayer estaba sepultado con Él, hoy he resucitado con Él’.
Finalmente, todos juntos recordemos a los enfermos, recordemos a todas las
personas abandonadas bajo el peso de la Cruz, para que encuentren en la prueba
de la Cruz la fuerza de la esperanza, de la esperanza de la Resurrección y del
amor de Dios.
(MCM-RV)
(MCM-RV)