lunes, 24 de septiembre de 2012

San Juan de Ávila

Somos pequeños y queremos ser grandes mientras Dios que es grande, se hizo pequeño


Hoy el papa asistió puntualmente a su cita con los fieles y peregrinos reunidos en el patio interior del Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, a fin de rezar el Ángelus y meditar sobre el evangelio dominical. 

Como introducción a la oración mariana, Benedicto XVI centró su reflexión en el evangelio de hoy, que es una continuación del relato del evangelio de Marcos leído en los últimos domingos. El papa recordó que en esta segunda parte, Jesús hace su último viaje a Jerusalén, el cual será la cumbre de su misión; y allí mismo encontrará la muerte "de manos de los hombres" (cf. Mc.9,31). 

Este pasaje contiene la segunda de las tres predicciones sucesivas de Jesús sobre lo que le pasará al final de su vida, y que Marcos lo presenta en los capítulos 8,9 y 10. Aquí Jesús dice: "El Hijo del hombre --una expresión con que se designa a sí mismo--, será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará" (Mc. 9,31). Sin embargo, los discípulos "no entendían lo que les decía y temían preguntarle" (v. 32). 

La breve catequesis del papa hace ver que "está claro que entre Jesús y los discípulos hay una profunda distancia interior; están, por así decirlo, en dos longitudes de onda diferentes". Lo que ha querido profundizar Benedicto XVI con esta afirmación es que los discursos de Jesús no eran entendidos con claridad por los apóstoles, o los asimilaban aún de modo superficial. 

Y destacó varios ejemplos para sustentar esta hipótesis. Resaltó el hecho de que Pedro, a pesar de que había ya manifestado su fe en Jesús como el Mesías, le "regaña" porque predijo su muerte cruenta. También recuerda cómo después del segundo anuncio de la pasión, los discípulos discutían sobre quién era el más grande entre ellos (cf. Mc. 9,34); y después, en la tercera predicción, nos recuerda que Santiago y Juan le pidieron un sitio a Jesús cerca a él en su gloria (cf. Mc. 10,35-40). 

El papa fue más allá e identificó otras señales que dejan ver la distancia que hubo entre Jesús y los suyos casi hasta el final de su misión. Por ejemplo, el pasaje en que los discípulos no lograron curar a un muchacho epiléptico, y fue Jesús quien lo sanó con el poder de la oración (cf. Mc. 9,14-29). O cuando le llevaron niños hasta donde estaba predicando, y los discípulos quisieron impedirlo; pero fue el mismo Cristo quien intervino y les hizo quedarse, usando su cortedad como ejemplo de que, solo el que es como un niño, podrá entrar en el Reino de Dios (cf. Mc. 10,13-16). 

"¿Qué nos dice esto?", se preguntó el santo padre, para responder que "la lógica de Dios es siempre `otra` respecto a la nuestra". Y citó como referencia al profeta Isaías a quien Yahvé le reveló: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros proyectos son mis proyectos" (Is. 55,8). Por ello, recordó a los fieles que el seguimiento del Señor , "exige siempre al hombre una profunda conversión, un cambio en el modo de pensar y de vivir, te obliga a abrir el corazón a la escucha para dejarse iluminar y transformar interiormente". 

Continuando con su reflexión, que era seguida por los fieles en un profundo recogimiento, Benedicto XVI hizo ver que un punto-clave en el que Dios y el hombre se diferencian es el orgullo. Y lo sustentó diciendo: "en Dios no hay orgullo, porque Él es la plenitud y está siempre dispuesto a amar y a dar vida; en nosotros los hombres, sin embargo, el orgullo está profundamente arraigado y requiere una vigilancia constante y una purificación". 

"Nosotros, que somos pequeños, aspiramos a vernos grandes, a ser los primeros", advirtió, recordando que Dios no teme de abajarse y ser el último. 

Exhortó finalmente a todos los creyentes a invocar a la Virgen María con confianza, ya que ella está "perfectamente sintonizada con Dios", y los ayude así "a seguir fielmente a Jesús en el camino del amor y de la humildad."