martes, 31 de mayo de 2016

EL SEÑOR ES MI DIOS Y SALVADOR, CONFIARÉ Y NO TEMERÉ

Is 12,2-3.4bcd.5-6

Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel

El Señor es mi Dios y salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
Él fue mi salvación.
Y sacaréis aguas con gozo
de las fuentes de la salvación.

Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel

Dad gracias al Señor,
invocad su Nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su Nombre es excelso.

Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel

Tañed para el Señor, que hizo proezas,
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sión: 
«Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.»

Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel

COMENTARIO AL EVANGELIO SEGÚ SAN LUCAS 1,39-56, POR EL PAPA FRANCISCO:



El Evangelio de hoy nos presenta a María, que, inmediatamente después de haber concebido a Jesús por obra del Espíritu Santo, va a visitar a su anciana pariente Isabel, quien también milagrosamente espera un hijo. 

En este encuentro lleno del Espíritu Santo, María expresa su alegría con el cántico del Magníficat, porque ha tomado plena conciencia del significado de las grandes cosas que están sucediendo en su vida: a través de ella se llega al cumplimiento de toda la espera de su pueblo.

Pero el Evangelio nos muestra también cuál es el motivo más profundo de la grandeza de María y de su dicha: el motivo es la fe. De hecho, Isabel la saluda con estas palabras: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). 

La fe es el corazón de toda la historia de María; ella es la creyente, la gran creyente; ella sabe —y lo dice— que en la historia pesa la violencia de los prepotentes, el orgullo de los ricos, la arrogancia de los soberbios. Aún así, María cree y proclama que Dios no deja solos a sus hijos, humildes y pobres, sino que los socorre con misericordia, con atención, derribando a los poderosos de sus tronos, dispersando a los orgullosos en las tramas de sus corazones. Esta es la fe de nuestra madre, esta es la fe de María.

… Las «cosas grandes» hechas en Ella por el Todopoderoso nos tocan profundamente, nos hablan de nuestro viaje en la vida, nos recuerdan la meta que nos espera: la casa del Padre. Nuestra vida, vista a la luz de María asunta al Cielo, no es un deambular sin sentido, sino una peregrinación que, aun con todas sus incertidumbres y sufrimientos, tiene una meta segura: la casa de nuestro Padre, que nos espera con amor.

Mientras tanto, mientras transcurre la vida, Dios hace resplandecer para su pueblo, todavía peregrino sobre la tierra, un signo de consuelo y de segura esperanza. Ese signo tiene un rostro, ese signo tiene un nombre: el rostro luminoso de la Madre del Señor, el nombre bendito de María, la llena de gracia, bendita porque ella creyó en la palabra del Señor: ¡la gran creyente! 

Como miembros de la Iglesia, estamos destinados a compartir la gloria de nuestra Madre, porque, gracias a Dios, también nosotros creemos en el sacrificio de Cristo en la cruz y, mediante el Bautismo, somos introducidos en este misterio de salvación.

Hoy todos juntos le rezamos para que, mientras se desarrolla nuestro camino en esta tierra, Ella vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos, nos despeje el camino, nos indique la meta, y nos muestre después de este exilio a Jesús, el fruto bendito de su vientre. Y decimos juntos: Oh clemente, oh pía, oh dulce Virgen María. 
(Papa Francisco, Ángelus del 5 de agosto de 2015)

LA MISERICORDIA DE DIOS SE EXTIENDE DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN

Evangelio según San Lucas 1,39-56. 

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. 

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: 

"¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.

Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor". 

María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora.

En adelante todas las generaciones me llamarán feliz". 
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! 

Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. 

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. 

Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. 

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. 

Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre". 

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. 

¿ME ACUERDO DE LAS MARAVILLAS QUE EL SEÑOR HA HECHO EN MI VIDA?

En su camino de fe, la Iglesia y cada cristiano deben estar atentos a no encerrarse en un sistema de normas, sino que deben dejar espacio a la “memoria” de los dones recibidos por Dios, al dinamismo de la “profecía” y al horizonte de la “esperanza”. 

El Papa Francisco resumió con estas tres palabras su homilía de la Misa de la mañana, celebrada en la capilla de la Casa se Santa Marta.

El andamiaje de la ley que todo delimita y el soplo liberador de la profecía que impulsa más allá de los confines. En la vida de la fe – advirtió el Pontífice – el exceso de confianza en la norma puede sofocar el valor de la memoria y el dinamismo del Espíritu.

Jesús, en el pasaje evangélico del día, demuestra este asunto a los escribas y a los fariseos – que querrían hacerlo callar – con la parábola de los viñadores homicidas. El dueño plantó una viña bien organizada y se la encomendó a los campesinos; pero ellos deciden rebelarse, pegando y matando a los siervos que aquel patrón envía para pedir la cosecha que le corresponde. 

El culmen del drama es el asesinato del único hijo del patrón, hecho que habría permitido, según pensaban injustamente los campesinos, que se quedaran con toda la herencia.

Casuística y libertad

El Santo Padre afirmó que asesinar a los siervos y al hijo – imagen de los profetas de la Biblia y de Cristo – muestra a “un pueblo encerrado en sí mismo, que no se abre a las promesas de Dios, que no espera las promesas de Dios.

Y dijo que se trata de un pueblo “sin memoria, sin profecía y sin esperanza”. A la vez que añadió que a los jefes del pueblo les interesa levantar un muro de leyes, “un sistema jurídico cerrado”, y nada más:

“La memoria no interesa. La profecía: mejor que no vengan los profetas. ¿Y la esperanza? Cada uno la verá. Este es el sistema: doctores de la ley, teólogos que siempre van por la vía de la casuística y no permiten la libertad del Espíritu Santo; no reconocen el don de Dios, el don del Espíritu y enjaulan al Espíritu, porque no permiten la profecía en la esperanza”.

“Este es el sistema religioso al que habla Jesús. ‘Un sistema – come dice la Primera Lectura – de corrupción, de mundanidad y de concupiscencia’, tal como San Pedro dice en la Primera Lectura”.

La memoria nos hace libres


El Santo Padre afirmó que la esencia de las tres tentaciones que Jesús sufrió en el desierto es similar: el diablo le tentó para que perdiera la memoria de su misión, no diera lugar a la profecía y prefiriese la seguridad en lugar de la esperanza.

“A esta gente Jesús les reprocha, porque conocía la tentación: ‘Ustedes van por medio mundo para conseguir un prosélito y cuando lo encuentran, lo hacen esclavo’. ¡Este pueblo tan organizado, esta Iglesia tan organizada hace esclavos! 

Y así se entiende la reacción de Pablo cuando habla de la esclavitud de la ley y de la libertad que te da la gracia. Un pueblo es libre, una Iglesia es libre cuando hace memoria, cuando deja lugar a los profetas, cuando no pierde la esperanza”.

¿Corazón abierto o enjaulado?

El Obispo de Roma subrayó que la viña bien organizada es “la imagen del pueblo de Dios, la imagen de la Iglesia y también la imagen de nuestra alma”, de la que el Padre se ocupa siempre con “tanto amor y tanta ternura”. Rebelarse a Él es como para los viñadores homicidas, “perder la memoria del don” recibido por Dios, mientras “para recordar y no equivocarse en el camino” es importante “volver siempre a las raíces”:

“¿Yo tengo memoria de las maravillas que el Señor ha hecho en mi vida? ¿Tengo memoria de los dones del Señor? ¿Yo soy capaz de abrir el corazón a los profetas, es decir al que me dice ‘esto no va, debes ir hacia allá; ve adelante, corre el riesgo’? Esto hacen los profetas… ¿Yo estoy abierto a eso o soy temeroso y prefiero encerrarme en la jaula de la ley?

Y al final: ¿yo tengo esperanza en las promesas de Dios, como tuvo nuestro padre Abraham, que salió de su tierra sin saber a dónde iba, sólo porque esperaba en Dios? Nos hará bien hacernos estas tres preguntas…”.


lunes, 30 de mayo de 2016

Osoro en el Corpus: "Dios nos da su corazón para hacernos descubrir que nadie sobra"

Cristo fuente de misericordia. ¡Acompáñale! es el lema con el que hoy se celebra la fiesta del Corpus Christi. Presidida por el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, la solemne procesión con el Santísimo por las calles de Madrid dará comienzo a las 19:00 horas en la plaza de la Almudena.
Como novedad, este año el prelado presidirá la celebración de la Eucaristía del Corpus Christi a las 12:00 horas, en la catedral de Santa María la Real de la Almudena.
Por su interés, adjuntamos la homilía de monseñor Osoro:

Queridos hermanos:
La fiesta del Corpus Christi surge a mediados del siglo XIII, en el año 1264, en Lieja, y se extiende por voluntad del Papa Urbano IV a la Iglesia universal. Esta celebración litúrgica alcanza su máxima expresión cuando comienza a introducirse la procesión del Santísimo con la participación de todo el pueblo. De tal manera que esta procesión asumió un carácter solemne de manifestación de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, de adoración pública del Señor.
La presencia de Dios entre nosotros nos ilumina, nos da su Luz. ¡Qué oscura se vuelve la realidad de cada uno de nosotros, de nuestro mundo y de la historia de los hombres cuando retiramos a Dios de ella! Sin Él, el mundo se parece a una caverna sin luz. Cuando dejamos que entre Dios todo queda iluminado de una manera nueva: nos da sus ojos para vernos y ver a los demás, nos da su corazón para hacernos descubrir que nadie sobra, nos da su amor que es la medicina que elimina todo contagio de egoísmo y de tentación de eliminar a quien a mí me parece que sobra.
El Evangelio que hemos proclamado nos sitúa en un dinamismo en medio de este mundo nuevo. Frente a la lógica de los hombres, que es la que los discípulos tienen al igual que nosotros y que es normal, ¿cómo dar de comer con tan poco a tanta gente? «No tenemos más que cinco panes y dos peces... porque eran unos cinco mil hombres». Frente a esta lógica está la lógica de Dios, que se nos revela en Jesucristo y que el Señor nos pide que sea la que asumamos: "dadles vosotros de comer: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta... Él tomado los cinco panes y dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente». Lo poco en nuestras manos es poco, lo poco en manos de Dios es mucho.
Asumamos esta lógica de Dios, vivamos desde ella y con ella. El oficio que nos regala el Señor a todos los hombres es vivir una comunión de vida con Él. Cuya máxima expresión la descubrimos en la Eucaristía. Celebrad la Misa. Dejaos hacer por el Señor, su gracia y su fuerza. Alcanza unas dimensiones imprevisibles acoger este mandato del Señor: «Dadles vosotros de comer». Y dadles a todos los hombres que os encontréis en el camino. ¡Qué oficio más hermoso! Asumamos el oficio de ser misericordiosos, de regalar el amor de Dios. No es un oficio descansado, pues hay que ir a todos y hay que dar todo lo que necesitan nuestros hermanos.
Pero es el mejor oficio, es entrar en el oficio de la alegría, que lo es de la verdad y de la vida. Sin la presencia del Señor, nuestro mundo es como un hospital sin médicos ni enfermeras, donde todos los padecimientos y enfermedades se multiplican. Observad la historia, mirad a los pueblos a quienes se les ha eliminado la presencia de Dios: la luz y el sol no existen. Por eso le decimos al Señor hoy que deseamos dar salud a nuestro mundo. Le gritamos en este día del Corpus Christi en nuestras calles y aquí ahora, diciéndole: «Danos tu caridad, danos tu amor». Pero no lo guardemos, repartamos ese amor como tú lo haces.  

¿Queréis ser dichosos? ¿Queréis hacer el Reino de Dios, que lo es de amor, justicia, verdad y vida? ¿Queréis acoger la misericordia y regalarla? ¿Queréis tener en vuestra vida el arte de las artes? Acoged en vuestra vida a Cristo, al Amor de Cristo, vivid la caridad. Celebrad la Cena del Señor como nos decía san Pablo hace un momento: «Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido... Haced esto en memoria mía». Salir con el Señor hoy por las calles es decir al mundo que el amor de Dios manifestado en Jesucristo realmente presente en la Eucaristía es revolucionario. No hay otra que se necesite más en este mundo. Y no se hace con armas o insultos, ni descartes o poniendo muros. El amor de Dios, su misericordia es revolucionaria y siempre misionera, es contagiosa. Es mucho más que asistencia pública, departamentos de ayuda, servicios sociales.
Cristo pasó haciendo el bien por el mundo que era el suyo. Y nos llama a hacer lo mismo sin dejarnos solos. Para ello tenemos que tener un encuentro vivo con Jesucristo. Miradlo. Contemplad su rostro con toda intensidad. Volvamos siempre al Señor. Hacer la revolución de la misericordia es hacer que el rostro de Cristo pueda ser reconocido en aquellos que la ejercen. San Agustín es probablemente entre los Padres quien expresó de forma más precisa y profunda el vínculo que se da entre la Eucaristía y la Iglesia. Quien engendra y genera que el mandamiento del amor sea para los discípulos de Cristo vinculante es la Eucaristía; quienes nos alimentamos de Cristo, hemos de hacer las obras de Cristo y hemos de dar y vivir con el amor de Cristo.
Si no vivimos en el amor, si no mostramos el amor de Cristo en obras y palabras, ofendemos la Eucaristía. Es en y desde la Eucaristía donde engendramos un nuevo tipo de relaciones entre los hombres, que nacen de la comunión con Cristo. Y es entonces cuando entendemos las palabras del Señor: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él... El que me come vivirá por mí» (Jn 6, 56-57). La comunión con Nuestro Señor Jesucristo cura heridas, rupturas, enfrentamientos, y nos lleva siempre a buscar el encuentro con el otro. Así lo hizo el Maestro.
Por eso es una gracia para la Iglesia esta fiesta del Corpus Christi: saliendo el Señor por las calles, nosotros los cristianos podemos mirarlo, contemplarlo y, en esa actitud, se crea en nuestra vida una nueva manera de vivir y se convierte en una escuela para la comunión. La Iglesia vive de la Eucaristía. La fiesta del Corpus Christi quiere suscitar en los cristianos y en quienes ven el paso del Señor lo que podemos llamar el asombro eucarístico. Pido al Señor que se suscite en todos este asombro, que en definitiva es la invitación a que contemplemos el rostro de Cristo. Recuerdo unas palabras del Papa Francisco: «La Eucaristía es el sacramento de la comunión; nos lleva del anonimato a la comunión, a la comunidad... nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él».
Se puede ver en la Última Cena el acto con que Jesús, al instituir la Eucaristía, manifiesta en un denso resumen sus intenciones respecto a la Iglesia. La Eucaristía muestra de una manera palpable el amor del Señor que llega hasta el extremo, pues es un amor que no conoce medida. Míralo, contémplalo, pues engendra una manera de vivir nueva y educa para una manera de estar con los hombres.
Contemplar al Señor en el Misterio de la Eucaristía, su presencia real, dar culto a la Eucaristía fuera de la Misa, es un privilegio para aprender el arte de amar, el arte de la caridad. Para un cristiano que celebra y adora la Eucaristía, nada de rupturas, divisiones, cerrazones en las relaciones y la convivencia social, cultural, económica o política; pues nos compromete de lleno al servicio, al testimonio y a la solidaridad con los hermanos, es decir, a la vivencia del mandamiento del amor nuevo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado».
Por eso, en este día del Corpus Christi se nos recuerde a través de la organización de Cáritas que el sacramento de la Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la caridad. No se puede recibir el Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están encarcelados o se encuentran enfermos. Hay que dar de lo que nos alimentamos y contemplamos. Acojamos a Cristo y vivamos de Cristo que se hace presente aquí y ahora en el Misterio de la Eucaristía. Amén.
(Archidiócesis de Madrid)

Los viñadores homicidas.

Evangelio según San Marcos 12,1-12.

Jesús se puso a hablarles en parábolas: "Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.
A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía.
Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías.
De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes.
Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros.
Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: 'Respetarán a mi hijo'.
Pero los viñadores se dijeron: 'Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra'.
Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.
¿No han leído este pasaje de la Escritura: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular:
esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?".
Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.

domingo, 29 de mayo de 2016

«Jesús sin techo», nueva y conmovedora imagen en La Almudena


Este domingo, 29 de mayo, antes de la solemne celebración de la Misa del Corpus que ha presidido a las 12 horas en la catedral, el arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, ha bendecido la estatuta de «Jesús desamparado» instalada recientemente en el lateral de la plaza de San Juan Pablo II, entrando por la calle Bailén. Se trata de una imagen de Jesús, en tamaño natural, que representa una persona sin techo acostada en un banco, envuelto enteramente por una manta ligera, en la que solo pueden verse los pies que están marcados por los clavos de la crucifixión. Motivo por el que también se conoce a la imagen como la de «Jesús mendigo» o «Jesús sin techo».
Inspirada en el evangelio de san Mateo
El artista canadiense Thimoty P. Schmalz realizó esta obra después de haber visto a una persona sin hogar durmiendo en un banco al aire libre durante unas fiestas navideñas. «Cuando vemos a los marginados deberíamos ver a Jesucristo», señala el autor, en alusión al final de Mateo 25 («Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí»)».
Réplicas en todo el mundo
La escultura original se encuentra en la escuela de Teología de los jesuitas de Toronto, el Regis College, y hay otras copias como esta de Madrid en diferentes partes del mundo como, por ejemplo en Cuba, Australia, India, Irlanda, varias ciudades de Estados Unidos o el Vaticano.
Cuando el Santo Padre vio la obra, que bendijo el 20 de noviembre de 2013, «tocó las rodillas y los pies, y rezó» y esto es lo que el «Papa Francisco está haciendo justamente: acercarse a los marginados», detalla el escultor.

Infomadrid

“Servir es el estilo mediante el cual se vive la misión de evangelizar”, el Papa en el Jubileo de los Diáconos

«Servidor de Cristo» (Ga 1,10). Hemos escuchado esta expresión, con la que el apóstol Pablo se define cuando escribe a los Gálatas. Al comienzo de la carta, se había presentado como «apóstol» por voluntad del Señor Jesús (cf. Ga 1,1). Ambos términos, apóstol y servidor, están unidos, no pueden separarse jamás; son como dos caras de una misma moneda: quien anuncia a Jesús está llamado a servir y el que sirve anuncia a Jesús.
El Señor ha sido el primero que nos lo ha mostrado: él, la Palabra del Padre; él, que nos ha traído la buena noticia (Is 61,1); él, que es en sí mismo la buena noticia (cf. Lc 4,18), se ha hecho nuestro siervo (Flp 2,7), «no ha venido para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45). «Se ha hecho diácono de todos», escribía un Padre de la Iglesia (San Policarpo, Ad Phil. V,2). Como ha hecho él, del mismo modo están llamados a actuar sus anunciadores. El discípulo de Jesús no puede caminar por una vía diferente a la del Maestro, sino que, si quiere anunciar, debe imitarlo, como hizo Pablo: aspirar a ser un servidor. Dicho de otro modo, si evangelizar es la misión asignada a cada cristiano en el bautismo, servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús. Su testigo es el que hace como él: el que sirve a los hermanos y a las hermanas, sin cansarse de Cristo humilde, sin cansarse de la vida cristiana que es vida de servicio.
¿Por dónde se empieza para ser «siervos buenos y fieles» (cf. Mt 25,21)? Como primer paso, estamos invitados a vivir la disponibilidad. El siervo aprende cada día a renunciar a disponer todo para sí y a disponer de sí como quiere. Si se ejercita cada mañana en dar la vida, en pensar que todos sus días no serán suyos, sino que serán para vivirlos como una entrega de sí. En efecto, quien sirve no es un guardián celoso de su propio tiempo, sino más bien renuncia a ser el dueño de la propia jornada. Sabe que el tiempo que vive no le pertenece, sino que es un don recibido de Dios para a su vez ofrecerlo: sólo así dará verdaderamente fruto. El que sirve no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El servidor está abierto a las sorpresas, a las sorpresas cotidianas de Dios. El siervo sabe abrir las puertas de su tiempo y de sus espacios a los que están cerca y también a los que llaman fuera de horario, a costo de interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece. El servidor descuida los horarios. A mí me hace mal el corazón cuando veo un horario – en las parroquias – de tal hora a tal hora. ¿Después? No hay una puerta abierta, no está el sacerdote, no está el diácono, no hay un laico que reciba a la gente… esto hace mal. Descuidar los horarios: tienen esta valentía, de descuidar los horarios. Así, queridos diáconos, viviendo en la disponibilidad, vuestro servicio estará exento de cualquier tipo de provecho y será evangélicamente fecundo.
También el Evangelio de hoy nos habla de servicio, mostrándonos dos siervos, de los que podemos sacar enseñanzas preciosas: el siervo del centurión, que regresa curado por Jesús, y el centurión mismo, al servicio del emperador. Las palabras que este manda decir a Jesús, para que no venga hasta su casa, son sorprendentes y, a menudo, son el contrario de nuestras oraciones: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo» (Lc 7,6); «por eso tampoco me creí digno de venir personalmente» (v.7); «porque yo también vivo en condición de subordinado» (v. 8). Ante estas palabras, Jesús se queda admirado. Le asombra la gran humildad del centurión, su mansedumbre. Y la mansedumbre es una de las virtudes de los diáconos, ¿eh? Cuando el diácono es manso, es servidor y no juega a imitar a los sacerdotes, no, no… es manso. Él, ante el problema que lo afligía, habría podido agitarse y pretender ser atendido imponiendo su autoridad; habría podido convencer con insistencia, hasta forzar a Jesús a ir a su casa. En cambio se hace pequeño, discreto, no alza la voz y no quiere molestar. Se comporta, quizás sin saberlo, según el estilo de Dios, que es «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). En efecto, Dios, que es amor, llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores. Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve (cf. Lc 22,26). Y jamás gritar: ¡jamás! Así, queridos diáconos, en la mansedumbre, madurará vuestra vocación de ministros de la caridad.
Además del apóstol Pablo y el centurión, en las lecturas de hoy hay un tercer siervo, aquel que es curado por Jesús. En el relato se dice que era muy querido por su dueño y que estaba enfermo, pero no se sabe cuál era su grave enfermedad (v.2). De alguna manera, podemos reconocernos también nosotros en ese siervo. Cada uno de nosotros es muy querido por Dios, amado y elegido por él, y está llamado a servir, pero tiene sobre todo necesidad de ser sanado interiormente. Para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón restaurado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro. Nos hará bien rezar con confianza cada día por esto, pedir que seamos sanados por Jesús, asemejarnos a él, que «no nos llama más siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). Queridos diáconos, podéis pedir cada día esta gracia en la oración, en una oración donde se presenten las fatigas, los imprevistos, los cansancios y las esperanzas: una oración verdadera, que lleve la vida al Señor y el Señor a la vida. Y cuando sirváis en la celebración eucarística, allí encontraréis la presencia de Jesús, que se os entrega, para que vosotros os deis a los demás.
Así, disponibles en la vida, mansos de corazón y en constante diálogo con Jesús, no tendréis temor de ser servidores de Cristo, de encontrar y acariciar la carne del Señor en los pobres de hoy.


Corpus Christi. Dar y darse



SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DE CRISTO
“Tomad y comed, esto es mi Cuerpo”. “Tomad y bebed, esta es mi Sangre”.
Estamos en el año de la Misericordia y nos resuenan las palabras del Evangelio de San Mateo “venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”, y nos vienen a la memoria las Bienaventuranzas: “Benditos los hambrientos, porque ellos serán saciados”, y el canto de María: “A los hambrientos los colma de bienes”. ¿De qué hambre y de que pan o alimento se trata?
Sin duda que si el prójimo tiene hambre o sed, no se puede espiritualizar ni sublimar la circunstancia, y debe haber una respuesta histórica, real, práctica de compartir los bienes.
Pero si Jesús, en la noche de la Cena, expresa de manera exacta la respuesta a las obras de misericordia, a la vez que se entrega enteramente en el pan y en el cáliz, dar de comer y de beber no solo se limita a dar pan o agua, sino a darse uno a sí mismo.
Es relativamente cómodo dar una limosna, dar de lo que se tiene; pero mirando al gesto de Jesús, la exigencia y la vocación cristianas implican dar la vida. El hambre y la sed son imágenes de lo que es necesario para vivir, y con ello se nos está pidiendo la entrega total en favor de los que pueden sufrir no solo hambre física, sino desesperanza, sinsentido.
La adoración de las especies sacramentales compromete; en el pan y en el vino consagrados se nos muestra y se nos entrega Jesucristo hecho ofrenda, sacrificio, a la vez que resucitado.
La contemplación de las especies sacramentales nos llama a sentir en el sacramento que miramos la llamada a darnos como pan, como alimento, bien en extrema necesidad, bien en fiesta y banquete. No solo como respuesta de emergencia, sino como actitud permanente, pues el Señor permanece allí, en las especies sacramentales.
Hay dos pasajes en los Evangelios en los que Jesús se muestra con sed y con hambre. Ante la samaritana (Jn 4), Jesús expresa su sed. Sin embargo, no es sed de agua, pues quien pide de beber se presenta como manantial de agua viva. Y en vísperas de su Pasión, a la vuelta de Betania, donde había pasado la noche en casa de sus amigos, dice el evangelista san Marcos, que “sintió hambre” (Mc 11, 12-13). Extraña que volviendo de la casa de sus amigos, donde era agasajado con tanto amor, el Maestro sintiera hambre, y aún más que se acercara a una higuera a ver si tenía higos, cuando no era tiempo de que llevaran fruto. Estas escenas nos hacen comprender que el hambre y la sed de Jesús, y de tantos otros, no es solo material, sino hambre y sed de amor, hambre y sed de darse enteramente por amor.

Comer y beber del Sacramento Eucarístico, es convertirse en aquello mismo que se recibe, y por tanto, en hambrientos y sedientos que se transforman en donantes generosos, que se dan enteramente a sí mismos.
Ángel Moreno de Buenafuente

Hacer memoria de Jesús

Al narrar la última Cena de Jesús con sus discípulos, las primeras generaciones cristianas recordaban el deseo expresado de manera solemne por su Maestro: «Haced esto en memoria mía». Así lo recogen el evangelista Lucas y Pablo, el evangelizador de los gentiles. Desde su origen, la Cena del Señor ha sido celebrada por los cristianos para hacer memoria de Jesús, actualizar su presencia viva en medio de nosotros y alimentar nuestra fe en él, en su mensaje y en su vida entregada por nosotros hasta la muerte. Recordemos cuatro momentos significativos en la estructura actual de la misa. Los hemos de vivir desde dentro y en comunidad.
La escucha del Evangelio
Hacemos memoria de Jesús cuando escuchamos en los evangelios el relato de su vida y su mensaje. Los evangelios han sido escritos, precisamente, para guardar el recuerdo de Jesús alimentando así la fe y el seguimiento de sus discípulos. Del relato evangélico no aprendemos doctrina sino, sobre todo, la manera de ser y de actuar de Jesús, que ha de inspirar y modelar nuestra vida. Por eso, lo hemos de escuchar en actitud de discípulos que quieren aprender a pensar, sentir, amar y vivir como él.
La memoria de la Cena
Hacemos memoria de la acción salvadora de Jesús escuchando con fe sus palabras: «Esto es mi cuerpo. Vedme en estos trozos de pan entregándome por vosotros hasta la muerte... Este es el cáliz de mi sangre. La he derramado para el perdón de vuestros pecados. Así me recordaréis siempre. Os he amado hasta el extremo». En este momento confesamos nuestra fe en Jesucristo haciendo una síntesis del misterio de nuestra salvación: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús». Nos sentimos salvados por Cristo, nuestro Señor.

La oración de Jesús
Antes de comulgar, pronunciamos la oración que nos enseñó Jesús. Primero, nos identificamos con los tres grandes deseos que llevaba en su corazón: el respeto absoluto a Dios, la venida de su reino de justicia y el cumplimiento de su voluntad de Padre. Luego, con sus cuatro peticiones al Padre: pan para todos, perdón y misericordia, superación de la tentación y liberación de todo mal.
La comunión con Jesús
Nos acercamos como pobres, con la mano tendida; tomamos el Pan de la vida; comulgamos haciendo un acto de fe; acogemos en silencio a Jesús en nuestro corazón y en nuestra vida: «Señor, quiero comulgar contigo, seguir tus pasos, vivir animado con tu espíritu y colaborar en tu proyecto de hacer un mundo más humano».
José Antonio Pagola

La entrañable Celebración del Corpus Christi. Eucaristía: la huella de la justicia y la caridad.


Son muchas las generaciones que, aun con el paso del tiempo, continúan dando vida a aquello de que «tres jueves al año brillan más que el sol...», donde uno de ellos, tras la senda de la Pascua, ya en domingo, sentimos ahora tan cerca: es la entrañable celebración del Corpus Christi.
Los católicos, en esta fiesta del Corpus, conmemoramos la presencia real de Cristo en la Eucaristía y de nuestro encuentro sacramental con Él. Algo que se ha incrustado en el arte, la literatura, la música, la pintura y, lo que es esencial, en un modo de ser y estar en el mundo. Ahí, en el albor de ese misterio, se esconde el amén de la fidelidad radical del Padre al Hijo que lo resucita, y del Hijo al Padre que ha arriesgado en su existencia aceptando la cruz a favor de la liberación y la salvación de todos los pueblos de la tierra.
Celebrar la Eucaristía es manifestar el deseo de entrar en ese amén divino y humanoque nos ha sido regalado en Jesucristo, la conexión del amor de Dios con la humanidad a través de la sencillez del pan, convertido en el Cuerpo y Sangre de Cristo. San Ignacio de Antioquia hablaba de este sacramento como «fármaco de inmortalidad» y Santo Tomás de Aquino como «prenda de la vida eterna».
Así, desde este pan consagrado es posible hacer creíble ante el mundo y los desheredados de la humanidad su presencia real en medio de la historia, ligada a la presencia real en la Eucaristía. En el pan glorioso del Resucitado está la fuerza que nos ayuda a proclamar que el inocente ajusticiado ha sido liberado para siempre y ya tiene alimento de vida eterna para todos, especialmente para los que sufren. Nos enseña, sin descanso, que es posible la justicia, la compasión y la misericordia; que no se impone la farsa de los mecanismos que desnudan al desnudo y despiden vacíos a los hambrientos, y que ya hay una palabra definitiva de fraternidad y de pan compartido, que es imparable en la historia. Hay destino y sentido, hay un amén de la verdad, la vida y la luz.
En esta tierra nuestra de Extremadura, donde sentimos el dolor del paro y la pobreza, y donde miramos el horizonte de los refugiados en un camino sin llegada, donde sabemos de la pobreza de gran parte de la humanidad que nos mira con esperanza, nuestra fe nos empuja a celebrar esta fiesta tan nuestra! con alegría y compromiso. La Misa de cada domingo y el Pan eucarístico que recibimos y adoramos es una fuerza transformadora y esperanzadora para todos nosotros, desde donde estamos llamados a ser buenos cristianos y ciudadanos comprometidos.
La Eucaristía que celebramos millones de creyentes si nos es posible cada día y para todos cada domingo es la manifestación clara de esa huella viva que Jesucristo nos ha dejado del memorial de su Pasión para que nosotros lo celebremos y, así, Él pueda entrar en nuestra intimidad personal y comunitaria. Se trata de un memorial que nos conecta con Dios Padre, en el Hijo por el Espíritu, y que desde Su amor nos lanza a ser nosotros huellas de dignidad y de justicia en medio de la historia. Es esta fe la que nos alimenta y nos mueve a ser humanos, compasivos, solidarios, a vivir la verdadera fraternidad en la que se cuaja la paz que nace de la igualdad.
Cáritas es un instrumento de esta presencia real; ahí se unen Eucaristía y vida, sagrario e historia. Por eso, no puede haber comunidad cristiana que celebre la Eucaristía y no tenga dimensión social y caritativa. Los Santos Padres nos hablaban de que si no hay justicia, la Eucaristía se vacía de sentido, no podemos ni recibir ni adorar a Cristo en la Eucaristía, ni acercarnos a él, sin pedir el «pan nuestro de cada día», el de la dignidad de todos los seres humanos y de saber pedirlo con nuestras vidas diarias. La verdadera adoración a Cristo en el misterio de la Eucaristía nos lleva a reconocerlo en el rostro de todos nuestros hermanos, especialmente en los más necesitados y crucificados de la historia. No podemos olvidar los creyentes que en ese Pan bajado del cielo, precisamente ahí, está presente el Crucificado que ha Resucitado. Necesitamos sagrario y vida, sin separarlos.
Por tanto, no impidamos a Cristo estar realmente presente allí donde Él quiere estarpara llevar su Evangelio de dignidad, verdad y justicia. La presencia real de Cristo en la Eucaristía nos está pidiendo entrar en el verdadero camino del amén cristiano, aquél que se verifica en la entrega radical a favor de los hermanos con el deseo que tengan vida abundante. Hoy, como nunca, el reto está en que la presencia real de Cristo llegue como sanación, consuelo, verdad y libertad a todos los que sufren en el alma o en el cuerpo.
Os deseo de corazón, y también lo hago para mí, que sepamos celebrar este día del Corpus Christi, desde una adoración auténtica y piadosa a la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y que eso nos lleve a saber dejar huellas de justicia y dignidad en esta sociedad nuestra tan necesitada de compasión y de misericordia.

(Celso Morga, arzobispo de Mérida-Badajoz)


Facundo Manes: "Francisco debe ser el tipo más feliz del mundo".El neurocientífico argentino afirma que, según la ciencia, "ayudar hace bien"


"l Papa "es un privilegio" en el sentido de buscar el camino del encuentro y salir de la "grieta"
El neurocientífico argentino Facundo Manes afirmó que el Papa Francisco "debe ser el tipo más feliz del mundo" ya que la ciencia demuestra que "ayudar hace bien a uno mismo", al tiempo que destacó que la Fundación Pontificia Scholas Occurrentes "está en el corazón de lo que necesitamos para desarrollarnos y salir de la grieta".
"El Papa Francisco tiene una visión integral, y la ciencia del cerebro está yendo hacia eso. El altruismo, hacer el bien, activa sistemas de recompensa del cerebro. Hacer el bien, ayudar, nos hace bien", afirmó Manes en entrevista exclusiva con Télam en el Vaticano, donde participa del VI Congreso Mundial de Scholas que el Pontífice cerrará mañana.
"En el fondo, Francisco debe ser el tipo más feliz del mundo, porque está permanentemente dando. Es una persona despojada, da ayuda. Y cuando uno ayuda se activan los sistemas de placer en el cerebro", aseveró el neurólogo, que dio una aplaudida conferencia en la Casina Pío IV: "Una mirada desde la neurociencia del pensamiento pedagógico de Francisco".
"Hay una buena excusa para mejorar el mundo: hacer el bien mientras nos hace felices", agregó Manes a Télam. Además, analizó el marco actual en el país y destacó que "en la Argentina necesitamos la empatía más que nunca. Hay dos sectores políticamente enfrentados en la famosa grieta".
"A mí no me asusta la grieta. En Estados Unidos hay una entre republicanos y demócratas. En Inglaterra entre los laboristas y conservadores. En todos lados hay diferencias. Cuando uno está en un sector A y otro está en un sector B, el del primer grupo se siente en confort con los que piensan como él, pero la ciencia sabe que hay que escuchar al otro, porque algunas razones tiene que mejora al otro grupo", agregó.
"Además tenemos que salir de discutir solamente del pasado de los argentinos y discutir el futuro. ¿Cómo salimos de la grieta? Tomando cosas buenas de los dos grupos, que las tienen los dos, y pensando en el futuro. Y Francisco en ese aspecto es un privilegio", afirmó.
En esa línea, Manes sentenció que "iniciativas como Scholas abarcan el único camino posible para el desarrollo, que es la educación y el conocimiento. Los recursos financieros y naturales no van a ser los más importantes: va a ser el capital mental, la ciencia, la tecnología, el conocimiento. Y proyectos como Scholas están en el corazón de lo que necesitamos para desarrollarnos como país y salir de le grieta. Y Francisco es un privilegio que tenemos que aprovechar".
"Necesitamos que todos jueguen el partido, integrar, reducir iniquidades. La educación es la única manera de bajar la pobreza, por más que haya crecimiento económico", expresó.
"Hay que aprender del que uno disiente. Un país es mucho más que sectores políticos divididos: somos todos nosotros", expresó.
Al analizar algunos aspectos del pensamiento pedagógico del Pontífice, Manes aseguró que " Francisco habla también del paso de una pedagogía de la inclusión a una de la integración. Cuando uno da algo y no mira a los ojos y no genera empatía el otro inclusive se puede llegar a sentir mal".
"Porque la empatía es una función cognitiva muy importante. La empatía es no sólo la capacidad de sentir que piensa el otro, sino también de sentirlo. ¿Cómo vas a sentirlo si no lo mirás?", se preguntó.
Por último, el autor de "El cerebro argentino" entre otros, enfatizó que "el otro factor importante es humano".
"Hay que hacer una revolución educativa, sí. La tecnología moderna va a ser una herramienta más, va a ayudar, pero el factor humano no va a ser reemplazado. Nunca se va a reemplazar el abrazo, la mirada", afirmó.

(Telam)

«¡OH BANQUETE PRECIOSO Y ADMIRABLE!». SANTO TOMÁS DE AQUINO


El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres.
Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.
Pero, a fin de que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo, para que fuese nuestro alimento, y su sangre, para que fuese nuestra bebida.

¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios?
No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales. [...]

Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena, cuando después de celebrar la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia.




SEÑOR, NO SOY DIGNO DE QUE ENTRES EN MI CASA



Evangelio según San Lucas 7,1-10. 

Cuando Jesús terminó de decir todas estas cosas al pueblo, entró en Cafarnaún. 

Había allí un centurión que tenía un sirviente enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho. Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para rogarle que viniera a curar a su servidor. 

Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con insistencia, diciéndole: "Él merece que le hagas este favor, porque ama a nuestra nación y nos ha construido la sinagoga". 

Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: 

"Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa; por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. 

Porque yo -que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes- cuando digo a uno: 'Ve', él va; y a otro: 'Ven', él viene; y cuando digo a mi sirviente: '¡Tienes que hacer esto!', él lo hace". 

Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: "Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe". 

Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al sirviente completamente sano. 

sábado, 28 de mayo de 2016

Diaconado femenino y perspectiva de género. Por Pepa Torres.


"El diaconado femenino puede ser también concebido como mera suplencia auxiliar"
El pasado 12 de Mayo la Unión de Superioras Generales (UISG) comprometieron al papa Francisco en el avance de algunas propuestas que nos son urgentes para que las mujeres podamos desarrollar con plenitud nuestra vocación cristiana sin discriminaciones por razones de género. El Evangelio como una Buena Noticia de liberación para el sexo femenino es un tema siempre pendiente en la iglesia, pero no fue así en sus orígenes.

La práctica de Jesús y las primeras comunidades, aun con muchas tensiones al interior de ellas mismas, inauguró la ekklesía de iguales como un espacio abierto y dinámico que subvirtió las jerarquías patriarcales y las clases sociales por las que se regía la sociedad del momento e inauguró también unas nuevas relaciones de género. Pero en su inculturación al mundo greco-latino terminó optando por la adaptación en muchos aspectos y uno de ellos fue sin duda, el de la subordinación de las mujeres hasta que el protagonismo femenino fue progresivamente neutralizado y silenciado, como reflejan los Códigos domésticos y las Cartas Pastorales(1 Pe 2,18-3,7)(1 Tim 2,12-15).
A partir del siglo II, el modelo de organización que se impondrá en la iglesia, concentrará en la figura del obispo buena parte de los carismas de liderazgos y proféticos, en deterioro de otros modelos más comunitarios y ministeriales que existían en ella. Laicos y mujeres saldremos perjudicados. A partir de este momento las mujeres vamos a ser más valoradas por el ascetismo, es decir como vírgenes y viudas, que como misioneras. La evolución de la figura de Magdalena de apóstol a penitente tiene que ver también con este proceso.

También la fijación del canon tendrá un efecto poderosísimo en la exclusión y subordinación de las mujeres, ya que la tradición oral y apócrifa será excluida y es en ella donde el liderazgo femenino se transmitía con más fuerza en la primera iglesia. A partir de este momento la Escritura va a ser cosa de varones y las mujeres pasarán a ser meras receptoras. Aunque siempre habrá mujeres que rompan las normas.

Una de los reclamos de la UISG al papa Francisco ha sido sobre el diaconado femenino, prohibido por el Concilio de París en el siglo IX al negar que ninguna mujer tuviera acceso al altar. Pero las preguntas de la UISG han abordado también otras cuestiones relevantes, como la predicación de la homilía asociada al ministerio profético, tema, en el que Francisco ha sido muy claro: La homilía le compete sólo a los sacerdotes. Al igual que ha sido muy claro en su calificación del feminismo como un peligro para las mujeres en la iglesia.

Sin embargo, muchas generaciones de mujeres cristianas en el mundo estamos convencidas que no podremos avanzar hacia la ekklesia de iguales si no es aplicando elementos que nos proponen los movimientos de liberación de las mujeres y entre ellos la perspectiva de género, como un instrumento de análisis y transformación de la realidad para poder descubrir los hilos de la opresión de las mujeres y también la potencia de nuestras posibilidades.

Por eso defendemos que la categoría género no es una ideología, como tampoco lo fue la categoría de clase en la teología de la liberación, sino un instrumento de análisis. Es decir, una categoría que cuestiona las relaciones sociales entre hombres y mujeres y la comprensión esencialista de lo femenino y lo masculino para concebirlos como una construcción que conlleva elementos culturales y que como tales pueden ser modificados.
En la experiencia de las mujeres la perspectiva de género es extraordinariamente liberadora. Es una herramienta necesaria que nos ayuda a desarrollar nuevos modos de ser persona mujer y persona varón, nuevos modos de ser familia y comunidad, nuevos modos de amar y ser amadas reivindicando la autoestima, el amor propio, el respeto mutuo y que la diferencia no puede ser causa de desigualdad. Nuevas formas comprender y vivir la diaconía del evangelio liberándonos del servilismo y la mutilación de nuestras capacidades impuesta por el clericalismo.
Quizás por eso, por las consecuencias que el análisis de género ha tenido en la vida de las mujeres, cuestionando roles, espacios y papeles sociales la iglesia se resiste a incorporarla. Pero no hacerlo es reducir la cuestión de las mujeres a puro esencialismo o complementariedad, lo cual nos mantiene en la misma situación de desigualdad y exclusión más allá de las buenas intenciones.
Por eso en cómo se conciba el diaconado femenino, en qué funciones se le dote y en la libertad y creatividad con que pueda desarrollarse será una cuestión liberadora para las mujeres y la iglesia o no. Pues en los tiempos de escasez de sacerdotes que corren el diaconado femenino puede ser también concebido como mera suplencia auxiliar. Más de lo mismo, ¿no?
(Pepa Torres)