domingo, 30 de abril de 2017

Acoger la fuerza del Evangelio



Dos discípulos de Jesús se van alejando de Jerusalén. Caminan tristes y desolados. Cuando lo han visto morir en la cruz, en su corazón se ha apagado la esperanza que habían puesto en él. Sin embargo continúan pensando en él. No lo pueden olvidar. ¿Habrá sido todo una ilusión?
Mientras conversan y discuten de todo lo vivido, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Aquel Jesús en el que tanto habían confiado y al que habían amado con pasión les parece ahora un caminante extraño.
Jesús se une a su conversación. Los caminantes lo escuchan primero sorprendidos, pero poco a poco algo se va despertando en su corazón. No saben exactamente qué les está sucediendo. Más tarde dirán: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Los caminantes se sienten atraídos por las palabras de Jesús. Llega un momento en que necesitan su compañía. No quieren dejarle marchar: «Quédate con nosotros». Durante la cena se les abrirán los ojos y lo reconocerán. Este es el gran mensaje de este relato: cuando acogemos a Jesús como compañero de camino, sus palabras pueden despertar en nosotros la esperanza perdida.
Durante estos años, muchas personas han perdido su confianza en Jesús. Poco a poco se les ha ido convirtiendo en un personaje extraño e irreconocible. Todo lo que saben de él es lo que pueden reconstruir, de manera parcial y fragmentaria, a partir de lo que han escuchado a predicadores y catequistas.
Sin duda, la homilía de los domingos cumple una tarea insustituible, pero resulta claramente insuficiente para que las personas de hoy puedan entrar en contacto directo y vivo con el Evangelio. Tal como se lleva a cabo, ante un pueblo que ha de permanecer mudo, sin exponer sus inquietudes, interrogantes y problemas, es difícil que logre regenerar la fe vacilante de tantas personas que buscan, a veces sin saberlo, encontrarse con Jesús.
¿No ha llegado el momento de instaurar, fuera del contexto de la liturgia dominical, un espacio nuevo y diferente para escuchar juntos el Evangelio de Jesús? ¿Por qué no reunirnos laicos y presbíteros, mujeres y hombres, cristianos convencidos y personas que se interesan por la fe, a escuchar, compartir, dialogar y acoger el Evangelio de Jesús?

Hemos de dar al Evangelio la oportunidad de entrar con toda su fuerza transformadora en contacto directo e inmediato con los problemas, crisis, miedos y esperanzas de la gente de hoy. Pronto será demasiado tarde para recuperar entre nosotros la frescura original del Evangelio. Hoy es posible. Esto es lo que se pretende con la propuesta de los Grupos de Jesús.

III Domingo de Pascua
Lc 24, 13-35
José Antonio Pagola

Emaús: de la decepción a la alegría



La resurrección del Señor va más allá de ser un acontecimiento único en la historia. La victoria de Cristo sobre la muerte tiene consecuencias para nuestra vida. Dicho de otra manera, Jesús no resucitó solo para Él. Este domingo se incide en uno de los frutos de la resurrección: la alegría. El episodio de los discípulos de Emaús nos refiere algo con lo que podemos identificarnos: tener ilusión por algo. Al igual que para realizar actividades en la vida cotidiana necesitamos un aliciente, el nacimiento y la extensión de la Iglesia también están en relación con la alegría de los discípulos. Se nos habla de una conversión a la alegría. Con frecuencia, al hablar de conversión se piensa únicamente en su aspecto arduo, de desprendimiento y de renuncia. Sin embargo, la conversión cristiana es ante todo pasar de la tristeza a la alegría.
Emaús y nosotros
Es necesario hacerse cargo por un instante de la situación que vivían estas personas, que habían acompañado a Jesús durante cierto tiempo. Tras haber visto al Señor crucificado y abandonado, se alejaban de Jerusalén completamente decepcionadas. También nosotros podemos tender a alejarnos del lugar de la muerte y de la resurrección de Cristo. Cuando se nos presenta el dolor, el sufrimiento, la injusticia y el miedo podemos hacer a Dios, en cierta medida, responsable del mismo y huir de él. A menudo decimos, como estos discípulos: «Nosotros esperábamos que él [nos] iba a liberar…» de todo lo que nos aflige. Con la forma verbal «esperábamos» estamos diciendo que hemos perdido cualquier esperanza. Y esto es dramático, tanto si se produce de forma individual como social. ¿Qué salida hay a esta situación? El camino que propone el Evangelio es tan sencillo como revivir la experiencia de los discípulos de Emaús: necesitamos aprender de la enseñanza de Jesús, escuchándola y leyéndola a la luz del misterio pascual, para que inflame nuestro corazón, aporte luz a nuestra mente y, de este modo, seamos capaces de dar sentido a todo lo que nos ocurre.
La Eucaristía y el testimonio
Es preciso sentarse a la mesa con el Señor. No es casualidad que este pasaje contenga la estructura de la celebración eucarística. En la primera parte de la Misa escuchamos la Palabra de Dios a través de la lectura de la Sagrada Escritura; en la segunda, se realiza la liturgia eucarística y la comunión con Cristo, presente en el sacramento de su cuerpo y de su sangre.
El siguiente paso que dan los discípulos es volverse a Jerusalén. Sienten la necesidad de contar la gran experiencia del encuentro con Jesús vivo. Cuando uno tiene gran ilusión por algo tiende a comunicarlo a los demás. Y este es el fundamento de la evangelización: un acontecimiento que cambia la vida y que tengo necesidad de comunicar a los demás. Solo así se puede ser testigo. El volver a Jerusalén implica la conversión a la vida comunitaria. Jerusalén es el lugar donde se encontraban reunidos los once. El desánimo les ha llevado a alejarse de la comunidad y a continuar su vida de manera independiente. Estos discípulos comprenden, tras el encuentro con el Señor, que no es posible vivir la fe de manera solitaria.
Daniel A. Escobar Portillo
Delegado episcopal de Liturgia adjunto de Madrid

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (24,13-35)






“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo, que es el tercer domingo de Pascua, es el de los discípulos de Emaús. Estos eran dos discípulos de Jesús, los cuales, tras su muerte y pasado el sábado, dejan Jerusalén y regresan, tristes y abatidos, hacia su aldea, llamada precisamente Emaús. 

A lo largo del camino Jesús resucitado se les acercó, pero ellos no lo reconocieron. Viéndoles así tristes, les ayudó primero a comprender que la pasión y la muerte del Mesías estaban previstas en el designio de Dios y anunciadas en las Sagradas Escrituras; y así vuelve a encender un fuego de esperanza en sus corazones.

Entonces, los dos discípulos percibieron una extraordinaria atracción hacia ese hombre misterioso, y lo invitaron a permanecer con ellos esa tarde. Jesús aceptó y entró con ellos en la casa. Y cuando, estando en la mesa, bendijo el pan y lo partió, ellos lo reconocieron, pero Él desapareció de su vista, dejándolos llenos de estupor. 

Tras ser iluminados por la Palabra, habían reconocido a Jesús resucitado al partir el pan, nuevo signo de su presencia. E inmediatamente sintieron la necesidad de regresar a Jerusalén, para referir a los demás discípulos esta experiencia, que habían encontrado a Jesús vivo y lo habían reconocido en ese gesto de la fracción del pan. 

El camino de Emaús se convierte así en símbolo de nuestro camino de fe: las Escrituras y la Eucaristía son los elementos indispensables para el encuentro con el Señor. También nosotros llegamos a menudo a la misa dominical con nuestras preocupaciones, nuestras dificultades y desilusiones... 

La vida a veces nos hiere y nos marchamos tristes, hacia nuestro «Emaús», dando la espalda al proyecto de Dios. Nos alejamos de Dios. Pero nos acoge la Liturgia de la Palabra: Jesús nos explica las Escrituras y vuelve a encender en nuestros corazones el calor de la fe y de la esperanza, y en la Comunión nos da fuerza. 

Palabra de Dios, Eucaristía. Leer cada día un pasaje del Evangelio. Recordadlo bien: leer cada día un pasaje del Evangelio, y los domingos ir a recibir la comunión, recibir a Jesús. Así sucedió con los discípulos de Emaús: acogieron la Palabra; compartieron la fracción del pan, y, de tristes y derrotados como se sentían, pasaron a estar alegres. 

Siempre, queridos hermanos y hermanas, la Palabra de Dios y la Eucaristía nos llenan de alegría. Recordadlo bien. Cuando estés triste, toma la Palabra de Dios. Cuando estés decaído, toma la Palabra de Dios y ve a la misa del domingo a recibir la comunión, a participar del misterio de Jesús. Palabra de Dios, Eucaristía: nos llenan de alegría. 

Por intercesión de María santísima, recemos a fin de que cada cristiano, reviviendo la experiencia de los discípulos de Emaús, especialmente en la misa dominical, redescubra la gracia del encuentro transformador con el Señor, con el Señor resucitado, que está siempre con nosotros. 

Siempre hay una Palabra de Dios que nos da la orientación después de nuestras dispersiones; y a través de nuestros cansancios y decepciones hay siempre un Pan partido que nos hace ir adelante en el camino”.
(Papa Francisco, Regina Coeli del 4 de mayo de 2014)

RECONOCIERON A JESÚS AL PARTIR EL PAN




Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,13-35):

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». 

Ellos se detuvieron con aire entristecido, Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo: «¿Qué?».

Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. 

Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces Él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras.

Llegaron cerca de la aldea adonde iban y Él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció de su vista.

Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

El Papa a los Consagrados de Egipto: “Sean motivo de salvación para todos, sobre todo para los últimos”

Beatitudes,
queridos hermanos y hermanas:
Al Salamò Alaikum! / La paz esté con ustedes.
«Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo. Cristo ha vencido para siempre la muerte. Gocemos y alegrémonos en él».
Me siento muy feliz de estar con ustedes en este lugar donde se forman los sacerdotes, y que simboliza el corazón de la Iglesia Católica en Egipto. Con alegría saludo en ustedes, sacerdotes, consagrados y consagradas de la pequeña grey católica de Egipto, a la «levadura» que Dios prepara para esta bendita Tierra, para que, junto con nuestros hermanos ortodoxos, crezca en ella su Reino (cf. Mt 13,13).
Deseo, en primer lugar, darles las gracias por su testimonio y por todo el bien que hacen cada día, trabajando en medio de numerosos retos y, a menudo, con pocos consuelos. Deseo también animarlos. No tengan miedo al peso de cada día, al peso de las circunstancias difíciles por las que algunos de ustedes tienen que atravesar. Nosotros veneramos la Santa Cruz, que es signo e instrumento de nuestra salvación. Quien huye de la Cruz, escapa de la resurrección. «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien darles el reino» (Lc 12,32).
Se trata, por tanto, de creer, de dar testimonio de la verdad, de sembrar y cultivar sin esperar ver la cosecha. De hecho, nosotros cosechamos los frutos que han sembrado muchos otros hermanos, consagrados y no consagrados, que han trabajado generosamente en la viña del Señor. Su historia está llena de ellos.
En medio de tantos motivos para desanimarse, de numerosos profetas de destrucción y de condena, de tantas voces negativas y desesperadas, sean una fuerza positiva, sean la luz y la sal de esta sociedad, la locomotora que empuja el tren hacia adelante, llevándolo hacia la meta, sed sembradores de esperanza, constructores de puentes y artífices de diálogo y de concordia.
Todo esto será posible si la persona consagrada no cede a las tentaciones que encuentra cada día en su camino. Me gustaría destacar algunas significativas. Ustedes las conocen porque estas tenciones han sido bien descritas por los primeros monjes en Egipto.
1- La tentación de dejarse arrastrar y no guiar. El Buen Pastor tiene el deber de guiar a su grey (cf. Jn 10,3-4), de conducirla hacia verdes prados y a las fuentes de agua (cf. Sal 23). No puede dejarse arrastrar por la desilusión y el pesimismo: «Pero, ¿qué puedo hacer yo?». Está siempre lleno de iniciativas y creatividad, como una fuente que sigue brotando incluso cuando está seca. Sabe dar siempre una caricia de consuelo, aun cuando su corazón está roto. Saber ser padre cuando los hijos lo tratan con gratitud, pero sobre todo cuando no son agradecidos (cf. Lc 15,11-32). Nuestra fidelidad al Señor no puede depender nunca de la gratitud humana: «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4.6.18).
2- La tentación de quejarse continuamente. Es fácil culpar siempre a los demás: por las carencias de los superiores, las condiciones eclesiásticas o sociales, por las pocas posibilidades. Sin embargo, el consagrado es aquel que con la unción del Espíritu transforma cada obstáculo en una oportunidad, y no cada dificultad en una excusa. Quien anda siempre quejándose en realidad no quiere trabajar. Por eso el Señor, dirigiéndose a los pastores, dice: «fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes» (Hb 12,12; cf. Is 35,3).
3- La tentación de la murmuración y de la envidia. ¡Esta es fea eh! El peligro es grave cuando el consagrado, en lugar de ayudar a los pequeños a crecer y de regocijarse con el éxito de sus hermanos y hermanas, se deja dominar por la envidia y se convierte en uno que hiere a los demás con la murmuración. Cuando, en lugar de esforzarse en crecer, se pone a destruir a los que están creciendo, y cuando en lugar de seguir los buenos ejemplos, los juzga y les quita su valor. La envidia es un cáncer que destruye en poco tiempo cualquier organismo: «Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir» (Mc 3,24-25). De hecho, «por envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 2,24). Y la murmuración es el instrumento y el arma.
4- La tentación de compararse con los demás. La riqueza se encuentra en la diversidad y en la unicidad de cada uno de nosotros. Compararnos con los que están mejor nos lleva con frecuencia a caer en el resentimiento, compararnos con los que están peor, nos lleva, a menudo, a caer en la soberbia y en la pereza. Quien tiende siempre a compararse con los demás termina paralizado. Aprendamos de los santos Pedro y Pablo a vivir la diversidad de caracteres, carismas y opiniones en la escucha y docilidad al Espíritu Santo.
5- La tentación del «faraonismo», ¡Estamos en Egipto!... es decir, de endurecer el corazón y cerrarlo al Señor y a los demás. Es la tentación de sentirse por encima de los demás y de someterlos por vanagloria, de tener la presunción de dejarse servir en lugar de servir. Es una tentación común que aparece desde el comienzo entre los discípulos, los cuales —dice el Evangelio— «por el camino habían discutido quién era el más importante» (Mc 9,34). El antídoto a este veneno es: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35).
6- La tentación del individualismo. Como dice el conocido dicho egipcio: «Después de mí, el diluvio». Es la tentación de los egoístas que por el camino pierden la meta y, en vez de pensar en los demás, piensan sólo en sí mismos, sin experimentar ningún tipo de vergüenza, más bien al contrario, se justifican. La Iglesia es la comunidad de los fieles, el cuerpo de Cristo, donde la salvación de un miembro está vinculada a la santidad de todos (cf. 1Co 12,12-27; Lumen gentium, 7). El individualista es, en cambio, motivo de escándalo y de conflicto.
7- La tentación del caminar sin rumbo y sin meta. El consagrado pierde su identidad y acaba por no ser «ni carne ni pescado». Vive con el corazón dividido entre Dios y la mundanidad. Olvida su primer amor (cf. Ap 2,4). En realidad, el consagrado, si no tiene una clara y sólida identidad, camina sin rumbo y, en lugar de guiar a los demás, los dispersa. Vuestra identidad como hijos de la Iglesia es la de ser coptos —es decir, arraigados en vuestras nobles y antiguas raíces— y ser católicos —es decir, parte de la Iglesia una y universal—: como un árbol que cuanto más enraizado está en la tierra, más alto crece hacia el cielo.
Queridos consagrados, hacer frente a estas tentaciones no es fácil, pero es posible si estamos injertados en Jesús: «Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí» (Jn 15,4). Cuanto más enraizados estemos en Cristo, más vivos y fecundos seremos. Así el consagrado conservará la maravilla, la pasión del primer encuentro, la atracción y la gratitud en su vida con Dios y en su misión. La calidad de nuestra consagración depende de cómo sea nuestra vida espiritual.
Egipto ha contribuido a enriquecer a la Iglesia con el inestimable tesoro de la vida monástica. Los exhorto, por tanto, a sacar provecho del ejemplo de san Pablo el eremita, de san Antonio Abad, de los santos Padres del desierto y de los numerosos monjes que con su vida y ejemplo han abierto las puertas del cielo a muchos hermanos y hermanas; de este modo, también ustedes serán sal y luz, es decir, motivo de salvación para ustedes mismos y para todos los demás, creyentes y no creyentes y, especialmente, para los últimos, los necesitados, los abandonados y los descartados.
Que la Sagrada Familia los proteja y los bendiga a todos, a su País y a todos sus habitantes. Desde el fondo de mi corazón deseo a cada uno de ustedes lo mejor, y a través de ustedes saludo a los fieles que Dios ha confiado a su cuidado. Que el Señor les conceda los frutos de su Espíritu Santo: «Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5,22-23).
Los tendré siempre presentes en mi corazón y en mis oraciones. Ánimo y adelante, guiados por el Espíritu Santo. «Este es el día en que actúo el Señor, sea nuestra alegría». Y por favor, no se olviden de rezar por mí.
(from Vatican Radio)

Homilía del Papa. Texto completo

Al Salamò Alaikum / La paz sea con vosotros.
Hoy, III domingo de Pascua, el Evangelio nos habla del camino que hicieron los dos discípulos de Emaús tras salir de Jerusalén. Un Evangelio que se puede resumir en tres palabras: muerte, resurrección vida.
Muerte: los dos discípulos regresan a sus quehaceres cotidianos, llenos de desilusión y desesperación. El Maestro ha muerto y por tanto es inútil esperar. Estaban desorientados, confundidos y desilusionados. Su camino es un volver atrás; es alejarse de la dolorosa experiencia del Crucificado. La crisis de la Cruz, más bien el «escándalo» y la «necedad» de la Cruz (cf. 1 Co 1,18; 2,2), ha terminado por sepultar toda esperanza. Aquel sobre el que habían construido su existencia ha muerto y, derrotado, se ha llevado consigo a la tumba todas sus aspiraciones.
No podían creer que el Maestro y el Salvador que había resucitado a los muertos y curado a los enfermos pudiera terminar clavado en la cruz de la vergüenza. No podían comprender por qué Dios Omnipotente no lo salvó de una muerte tan infame. La cruz de Cristo era la cruz de sus ideas sobre Dios; la muerte de Cristo era la muerte de todo lo que ellos pensaban que era Dios. De hecho, los muertos en el sepulcro de la estrechez de su entendimiento.
Cuantas veces el hombre se auto paraliza, negándose a superar su idea de Dios, de un dios creado a imagen y semejanza del hombre; cuantas veces se desespera, negándose a creer que la omnipotencia de Dios no es la omnipotencia de la fuerza o de la autoridad, sino solamente la omnipotencia del amor, del perdón y de la vida.
Los discípulos reconocieron a Jesús «al partir el pan», en la Eucarística. Si nosotros no quitamos el velo que oscurece nuestros ojos, si no rompemos la dureza de nuestro corazón y de nuestros prejuicios nunca podremos reconocer el rostro de Dios.
Resurrección: en la oscuridad de la noche más negra, en la desesperación más angustiosa, Jesús se acerca a los dos discípulos y los acompaña en su camino para que descubran que él es «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Jesús trasforma su desesperación en vida, porque cuando se desvanece la esperanza humana comienza a brillar la divina: «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» (Lc 18,27; cf. 1,37). Cuando el hombre toca fondo en su experiencia de fracaso y de incapacidad, cuando se despoja de la ilusión de ser el mejor, de ser autosuficiente, de ser el centro del mundo, Dios le tiende la mano para transformar su noche en amanecer, su aflicción en alegría, su muerte en resurrección, su camino de regreso en retorno a Jerusalén, es decir en retorno a la vida y a la victoria de la Cruz (cf. Hb 11,34).
Los dos discípulos, de hecho, luego de haber encontrado al Resucitado, regresan llenos de alegría, confianza y entusiasmo, listos para dar testimonio. El Resucitado los ha hecho resurgir de la tumba de su incredulidad y aflicción. Encontrando al Crucificado-Resucitado han hallado la explicación y el cumplimiento de las Escrituras, de la Ley y de los Profetas; han encontrado el sentido de la aparente derrota de la Cruz.
Quien no pasa a través de la experiencia de la cruz, hasta llegar a la Verdad de la resurrección, se condena a sí mismo a la desesperación. De hecho, no podemos encontrar a Dios sin crucificar primero nuestra pobre concepción de un dios que sólo refleja nuestro modo de comprender la omnipotencia y el poder.
Vida: el encuentro con Jesús resucitado ha transformado la vida de los dos discípulos, porque el encuentro con el Resucitado transforma la vida entera y hace fecunda cualquier esterilidad (cf. Benedicto XVI, Audiencia General, 11 abril 2007). En efecto, la Resurrección no es una fe que nace de la Iglesia, sino que es la Iglesia la que nace de la fe en la Resurrección. Dice san Pablo: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Co 15,14).
El Resucitado desaparece de su vista, para enseñarnos que no podemos retener a Jesús en su visibilidad histórica: «Bienaventurados los que crean sin haber visto» (Jn 20,29 y cf. 20,17). La Iglesia debe saber y creer que él está vivo en ella y que la vivifica con la Eucaristía, con la Escritura y con los Sacramentos. Los discípulos de Emaús comprendieron esto y regresaron a Jerusalén para compartir con los otros su experiencia. «Hemos visto al Señor […]. Sí, en verdad ha resucitado» (cf. Lc 24,32).
La experiencia de los discípulos de Emaús nos enseña que de nada sirve llenar de gente los lugares de culto si nuestros corazones están vacíos del temor de Dios y de su presencia; de nada sirve rezar si nuestra oración que se dirige a Dios no se transforma en amor hacia el hermano; de nada sirve tanta religiosidad si no está animada al menos por igual fe y caridad; de nada sirve cuidar las apariencias, porque Dios mira el alma y el corazón (cf. 1 S 16,7) y detesta la hipocresía (cf. Lc 11,37-54; Hch 5,3-4).[1] Para Dios, es mejor no creer que ser un falso creyente, un hipócrita.
La verdadera fe es la que nos hace más caritativos, más misericordiosos, más honestos y más humanos; es la que anima los corazones para llevarlos a amar a todos gratuitamente, sin distinción y sin preferencias, es la que nos hace ver al otro no como a un enemigo para derrotar, sino como a un hermano para amar, servir y ayudar; es la que nos lleva a difundir, a defender y a vivir la cultura del encuentro, del diálogo, del respeto y de la fraternidad; nos da la valentía de perdonar a quien nos ha ofendido, de ayudar a quien ha caído; a vestir al desnudo; a dar de comer al que tiene hambre, a visitar al encarcelado; a ayudar a los huérfanos; a dar de beber al sediento; a socorrer a los ancianos y a los necesitados (cf. Mt 25,31-45). La verdadera fe es la que nos lleva a proteger los derechos de los demás, con la misma fuerza y con el mismo entusiasmo con el que defendemos los nuestros. En realidad, cuanto más se crece en la fe y más se conoce, más se crece en la humildad y en la conciencia de ser pequeño.

Saludo y aliento del Papa a jóvenes peregrinos en Egipto

Al concluir su primera jornada en El Cairo, el Papa Francisco fue recibido en la Nunciatura por un grupo de niños de la Escuela Comboniana. Y, después de cenar, saludó a unos 300 jóvenes que habían llegado en peregrinación, desde el Norte y el Sur del país.
«¡Francisco te queremos!», fue el saludo que gritaron con gran alegría los jóvenes peregrinos cuando el Santo Padre se asomó y les dirigió unas palabras de aliento y cariño, invitando a rezar por las personas que se aman y por las que no se aman, para luego darles su bendición:
«¡Buenas noches a todos ustedes! ¡Me alegra estar con ustedes! Sé que vinieron en peregrinación ¿es verdad? Si es verdad ¡es porque son valientes! Mañana tendremos la Misa en el estadio, todos juntos, ¡rezaremos juntos, cantaremos juntos y festejaremos juntos!
Antes de retirarme, quisiera rezar con ustedes. Recemos juntos el Padre Nuestro (rezo en árabe)
Y ahora les quiero dar la bendición, pero antes cada uno de ustedes piense en las personas que quieren más, en las que más cariño le tienen; piense también en las personas que no quiere y, en silencio, cada uno rece por estas personas: por aquellas que quieren más y por las que no quieren.
Y yo les doy la bendición a ustedes y a esas personas
(Bendición)
¡Que viva Egipto!
(CdM – RV)
(from Vatican Radio)

sábado, 29 de abril de 2017

29 de abril: santa Catalina de Siena, virgen, doctora de la Iglesia y patrona de Europa


Esta mujer de salud débil fue un portento de actividad apostólica, de acción política y diplomática a favor de la Iglesia.
Nació en Siena, en la calle de los Tintoreros, el año 1347. Hija gemela con Giovanna, dato que no tiene nada de particular, salvo si se tiene en cuenta que antes que ellas le habían nacido a sus padres veintidós hermanos y aún después les vino el benjamín.
Hija de un tintorero, Giacomo Benincasa, casado con Lapa de Puccio del Pagianti. No aprendió nunca a escribir, aunque no por eso deja de ser Doctora de la Iglesia. Cuando le llegó el momento de decir cosas al mundo, siempre dictó su pensamiento irresistible.
Cuando tenía dieciséis años, ingresó en las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo que eran llamadas «mantellate» por su manto negro sobre un hábito blando ceñido con una correa, y que se dedicaban a la atención de pobres y enfermos. Eran la Tercera Orden dominicana. La peste negra, que se llevó por delante más de un tercio de la ciudad, supuso una ocasión para vivir con heroísmo su amor al prójimo.
Terriblemente atormentada con tentaciones sutiles combatidas con mortificación interior y mucha penitencia exterior, se entregó a una actividad incansable, recibiendo abundantes gracias místicas y entremezclando dulzura en el trato con Jesús y con la Virgen. Fuerte por su espíritu de oración y penitencia, se dispuso a influir en personas de toda clase y condición con sus palabras y escritos. Muy pronto comenzó a dictar cartas sobre temas espirituales, que la proporcionaron todavía más admiración. En 1374, Raimundo de Capua, futuro rector general de la orden dominica, se convirtió en su director espiritual, quedando desde entonces asociado de forma estrecha a todas sus actividades.
Trabajó incansablemente por la paz y concordia de las ciudades; se la vio en Lucca, donde trató de impedir la alianza con Florencia, en contra del papa; o acercándose en misión de paz al castillo de Roca de Tentennano, en la Val d’Orca, para intentar apaciguar fuegos de pasiones y aplacar odios enconados; o en Florencia, en rebeldía y condenada a la pena de entredicho, a donde fue enviada por el papa para entablar negociaciones a pesar del tumulto y amenazas de muerte por parte de los florentinos, consiguiendo la paz, aunque ya fuera en tiempos de Urbano VI.
Defendió con energía los derechos y la libertad del Papa en aquellos tiempos difíciles del exilio de Avignon, a donde se desplazó, en 1376, para intervenir ante Gregorio XI, en nombre de Florencia, entonces en guerra con el pontificado, buscando el bien de la Cristiandad tan necesitada de reforma de costumbres en todas partes, de reforma en el clero alto y bajo, en los religiosos y en los fieles. Aunque solo tenía veintinueve años, vio personalmente al Pontífice, pidió su retorno a Roma y convenció al indeciso y endeble papa Gregorio XI para que concluyera el exilio en Avignon. Constató con amargura la triste situación de la Iglesia, atestada de eclesiásticos mundanos, metidos en política hasta los huesos, olvidados de la vida interior propia y de los fieles; previó el terrible cisma y el antipapa; se refugió en la contemplación de la misericordia divina y en el abandono en su providencia; fue cuando dictó su Diálogo que resume toda la existencia y misión de Catalina.
Extremadamente fiel al papa, ya consumado el Cisma de Occidente en el 1378, llevó adelante en Roma una campaña a favor del verdadero papa Urbano VI. Habla con los cardenales en el Consistorio, manda cartas a los príncipes y personas influyentes, se propone hacer ver a todos que los males y renuncias actuales de la Iglesia solo tienen solución con una ola de santidad en la jerarquía y en el pueblo.
El eco de su alma se refleja con claridad en las más de 400 cartas que se conservan; en ellas aparecen con frecuencia juntos dos temas: la reforma y la cruzada.
En Pisa había recibido el premio de los estigmas de la Pasión para expiar por los pecados de la Iglesia y el anillo de las esposas –que significa unidad–, para rubricar la unión mística con el Esposo.
Esta defensora de los derechos divinos y peleona contra los enemigos de dentro de la Iglesia murió en la primavera del 1380, el 29 de abril, con treinta y tres años, al desmoronarse su cuerpo en holocausto, como ella misma refirió: «Sabed que muero de pasión por la Iglesia». En la Vía del Papa, cerca del convento y de la iglesia de Santa María de Minerva que tienen los dominicos, donde ella tenía su habitación cuando estaba en Roma, dictó sus últimas cartas-testamento interrumpidas por la exclamación «pequé, Señor, compadécete de mí», haciendo recaer sobre sus hombros el peso de los pecados de infidelidad, las debilidades endémicas, los desmayos y transigencias con el mundo que habían cometido los demás.
Pío II la canonizó en 1461. Doctora desde que el papa Pablo VI la nombró en 1970.
En la inauguración de las sesiones del Sínodo de obispos del 1999, cuando se preparaba la Iglesia para el comienzo del tercer milenio, el Sumo Pontífice la declaró Patrona de Europa, junto a Edith Stein y Brígida de Suecia, queriendo colocar tres figuras femeninas junto a los patronos Benito, Cirilo y Metodio para subrayar el papel que las mujeres han tenido y tienen en la historia eclesial y civil del continente.
Archimadrid.org

«La formación religiosa es un antídoto contra los extremismos»



Riay Tatary, presidente de la Comisión Islámica de España e imán de la Mezquita Central de Madrid, aboga por promover «foros de diálogo y convivencia interreligiosa» donde los creyentes de diversas confesiones puedan «conocerse mejor y sin prejuicios»
El Papa visita El Cairo, epicentro en los últimos meses de importantes avances en el diálogo interreligioso, por ejemplo con la firma de la Declaración de convivencia recíproca islámico-cristiana. ¿Qué importancia cree usted que tienen estos pasos?
Junto a la Declaración de Marrakech de 2016 constituyen la reafirmación de los principios islámicos correctos de ciudadanía inclusiva en una sociedad con mayorías y minorías religiosas que deben convivir en el respeto y en la ayuda recíproca, de modo que en un grupo humano de mayoría musulmana se defienda a la minoría cristiana, porque son nuestros vecinos, conciudadanos e incluso nuestra familia. Las instituciones religiosas marcan este camino como referente que da el ejemplo que seguir.
¿Qué reacción le provoca la violencia en nombre de la religión?
Es una tremenda usurpación de la religión que molesta a los creyentes y esconde otros intereses. Como español nacido en Damasco, mi cotidianeidad ha sido desde pequeño jugar, estudiar y vivir juntos cristianos, judíos y musulmanes, sin tener que hablar de tolerancia, porque ya la vivíamos de forma natural. El pretexto religioso en la propaganda de grupos armados se evidencia artificial.
¿Qué idea de laicidad se ajusta a las enseñanzas del islam?
El concepto de aconfesionalidad estatal de nuestro marco jurídico es óptimo para la neutralidad y el desarrollo de la vida de todos los ciudadanos. Política y religión se deben respetar y cooperar, como dice la Constitución.
¿Cómo ve usted la presencia de la asignatura de Religión en la escuela?
Existiendo el peligro para nuestros jóvenes de sectas nocivas y bandas armadas, es necesaria una buena formación religiosa para los creyentes, y humanista para el resto. Actualmente actúan violentamente en varios países grupos armados de budistas, cristianos, judíos, musulmanes, ateos, etc. Debemos ser realistas, también los laicos, y cooperar para que desde la escuela tengan los hombres y mujeres del mañana una base robusta para rechazar aberraciones teológicas y tendencias violentas.
¿Qué aporta una buena formación religiosa en la escuela?
Aporta una guía moral, ética y religiosa, tendente al bien común solidario, y en el campo doctrinal aporta un sólido antídoto contra los extremismos violentos.
Usted es vicepresidente del Consejo Musulmán de Cooperación en Europa. ¿Le preocupa el auge del populismo islamófobo en Europa?
Con sentido de Estado, para tener paz social se debe tratar por igual a todos los ciudadanos y contrarrestar los eslóganes excluyentes contra las minorías. Los discursos de enfrentamiento deben ser contrarrestados con información veraz.
Muchos musulmanes dicen que están discriminados en su día a día en España. ¿Cuáles son sus problemas?
Aunque la situación no es igual por toda la geografía española, la discriminación comienza en los colegios, cuando ven que ellos no tienen clases de religión y sus compañeros sí; en los institutos, cuando una joven siente el rechazo hiriente a su pañuelo. Y sigue después cuando quiere incorporarse a la vida laboral y es descartada entrevista tras entrevista de trabajo. Cuando llega el momento de enterrar a un abuelo o a un padre, te encuentras con que los cuerpos de tus seres queridos son rechazados en el cementerio municipal con altanería. A todo esto se añaden los comentarios despectivos a la religión musulmana en el trabajo, en el barrio… O las paradas policiales fuera de protocolo.
¿Qué soluciones propone?
Campañas didácticas e igualdad de trato. No sirve enseñar en los centros educativos la tolerancia si luego el centro es intolerante. Los niños y jóvenes captan la hipocresía social rápidamente, por lo que la inspección educativa debe estar atenta.
Buena parte de la comunidad musulmana en España es inmigrante, pero sus hijos ya no lo son. ¿Empieza una nueva fase en la presencia de esta religión?
Empezó hace tiempo. Ya hay nietos y bisnietos de personas que en su día adoptaron la nacionalidad española. Ha habido diversos periodos con más o menos inmigración, pero lo importante es comprender que los musulmanes somos ciudadanos españoles acompañados por musulmanes inmigrantes, todos con derechos y deberes, esperando una igualdad de trato y de oportunidades, sin agravios comparativos.
¿Se puede hablar entonces de un islam europeo o español?
El islam, como el cristianismo, es universal, y en cada comunidad se reviste de características culturales propias. El islam encaja perfectamente en el orden constitucional y legal español y europeo.
Hablaba usted recientemente en un acto con el cardenal Osoro de la necesidad de un diálogo interreligioso más a pie de calle, no solo por parte de los líderes religiosos ¿Alguna propuesta en este sentido?
Es necesario que desde las instituciones religiosas, parroquias y mezquitas, interesemos a los ciudadanos creyentes en acercarse a foros de diálogo y de convivencia interreligiosa donde poder conocerse mejor y sin prejuicios. Tenemos que proporcionar los espacios y los eventos, y luego interesar e implicar a los vecinos de toda convicción religiosa, o incluso humanista.
Ricardo Benjume
Alfa y Omega

El Papa pide ante líderes musulmanes un «‘no’ alto y claro» a la violencia en nombre de Dios


Francisco afirma que el mundo tiene «necesidad de constructores de paz, no de provocadores de conflictos; de bomberos y no de incendiarios»
En el primer discurso de un Papa en el centro teológico de mil doscientos millones de musulmanes sunníes, el Papa Francisco ha afirmado vigorosamente que «los líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia disfrazada de presunta sacralidad».
Ante los participantes en la Conferencia Internacional de Paz organizada por la Universidad de Al Azhar para deslegitimar frontalmente los fundamentalismos religiosos, el Papa ha invitado a denunciar «todo intento de justificar cualquier forma de odio en nombre de la religión, y condenarlo como una falsificación idolátrica de Dios».
Una y otra vez, los maestros del Islam y los invitados cristianos y judíos aplaudían con entusiasmo frases de Francisco que no dejaba ningún resquicio y se expresaba en términos religiosos comunes como «Su nombre es Santo. Dios es paz. Por tanto, solo la paz es santa, y no se puede perpetrar ninguna violencia en nombre de Dios, pues sería profanar su nombre».
Aunque estos pronunciamientos en el centro de referencia teológica de los musulmanes no conseguirán desarmar a los terroristas fanáticos, al menos les quitan toda legitimidad religiosa y disminuyen su capacidad de convocatoria entre jóvenes idealistas.
A tenor de los discursos del gran imán de la Universidad de Al Azar, Ahmed al Tayyeb, y del Papa Francisco, los yihadistas son, sencillamente, falsificadores de la religión, personas mentirosas que falsean el mensaje de Mahoma y de los que nadie se debe fiar.
En una línea de sintonía con las intervenciones de otros participantes, el Santo Padre ha afirmado que, en este cuadro de violencia terrorista, «la religión no es un problema, sino que forma parte de la solución».
En varios pasajes de su discursos, el Papa ha puesto el acento en la necesidad de educar mejor para la paz a las nuevas generaciones, pues «del mal solo sale el mal, y de la violencia solo sale la violencia».

Diálogo sincero
Según Francisco, «es necesario educarles a la apertura y al diálogo sincero con los demás, reconocido los derechos y las libertades fundamentales de los demás, especialmente la libertad religiosa». Este es el mejor camino para ser «constructores de civilización», pues «para hacer frente a la barbarie que sopla sobre el odio e incita a la violencia, es necesario formar generaciones que hagan frente a la lógica incendiaria del mal con el paciente cultivo del bien»
Retomando ideas desarrolladas por Benedicto XVI, quien propuso una «sana laicidad» en su exhortación apostólica de 2012 «Iglesia en Medio Oriente», el Papa hizo notar una paradoja contemporánea: por una parte algunos «intentan relegar la religión a la esfera privada», mientras que otros intentan «borrar la distinción entre la esfera religiosa y la política» creando sistemas teocráticos o imponiendo leyes religiosas como normas civiles.
Hablando en tierra egipcia resultaba muy apropiado mencionar el Decálogo recibido por Moisés en el Monte Sinaí. En ese código que es la base de toda civilización, resuena, según Francisco, el mandamiento de «no matarás», pues «Dios ama la vida, nunca deja de amar al hombre y por eso lo exhorta a frenar los caminos de la violencia».
La parte final de su discurso ha sido una invitación a promover la paz, mencionando específicamente que «nosotros como cristianos, no podemos invocar a Dios como Padre de todos los hombres si rechazamos comportarnos como hermanos respecto a algún grupo de hombres creados a imagen de Dios». Esas palabras, que arrancaron el enésimo aplauso, eran una cita del la declaración «Nostra Aetate» del Concilio Vaticano II.
Según Francisco, «hoy tenemos necesidad de constructores de paz, no de provocadores de conflictos; de bomberos y no de incendiarios».
En esa línea ha invitado a combatir las bolsas de pobreza y explotación, «donde crecen más fácilmente los extremismos» y a «bloquear los flujos de dinero y de armas hacia quienes fomentan la violencia».
Con valentía, el Papa ha afirmado que «es necesario frenar la proliferación de armas» pues «solo dejando claras las turbias maniobras que alimentan el cáncer de la guerra se pueden prevenir sus causas reales». Esa tarea corresponde a «los responsables de las naciones, de las instituciones y de la información».
En sus palabras de saludo los participantes en la Conferencia Internacional de Paz y de especial agradecimiento al Papa, el gran imán de la Universidad de Al Azhar hizo notar que ni el Islam, ni el judaísmo ni el cristianismo son religiones violentas aunque, por desgracia, haya terroristas en cada una de ellas.
Ahmed al Tayyeb propuso trabajar juntos en favor de las personas necesitadas, del mantenimiento de la moralidad, de la protección del ambiente y, sobre todo, hacer frente juntos a las políticas de hegemonía y de «choque de civilizaciones».
Juan Vicente Boo. El Cairo (ABC)
Alfa y Omega

Has escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a los pequeños


Lectura del santo Evangelio según san Mateo 11, 25-30
En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Palabra del Señor.