lunes, 21 de noviembre de 2016

Carta Apostólica del Papa Francisco "Misericordia et misera"

“Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltos hacia nosotros. Ella es la primera en abrir camino y nos acompaña cuando damos testimonio del amor. La Madre de Misericordia acoge a todos bajo la protección de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo. Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicación de volver los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios”.
Así se lee en el último párrafo de la Carta Apostólica Misericordia et Misera, que el Santo Padre Francisco firmó el domingo 20 de noviembre, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, en la conclusión del Año Santo Extraordinario de la Misericordia.
Se trata de un documento que se articula a lo largo de veintidós puntos, en el que, ante todo, el Papa Bergoglio desea “misericordia y paz” a todos los que lo leerán. Como su nombre lo indica, Misericordia et misera, son las dos palabras con las que san Agustín comenta el encuentro entre Jesús y la adúltera, es decir, la miserable y la misericordia; del que se desprende la enorme piedad y justicia divina y cuya enseñanza ilumina – tal como escribe el Pontífice – la conclusión de este Jubileo de la Misericordia, a la vez que indica el camino que estamos llamados a recorrer.
El Obispo de Roma vuelve a recordarnos que “nada de cuanto un pecador arrepentido coloca delante de la misericordia de Dios queda sin el abrazo de su perdón”. Por lo que ninguno de nosotros puede poner condiciones a la misericordia que siempre es un acto de gratuidad del Padre celestial, un amor incondicionado e inmerecido; una acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida.
En una cultura frecuentemente dominada por la técnica, el Santo Padre recuerda que se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre las cuales muchos jóvenes, puesto que el futuro parece estar en manos de la incertidumbre que impide tener estabilidad. Por esta razón escribe que “se necesitan testigos de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales”.
Del Año intenso que acaba de celebrarse el Papa escribe que la gracia de la misericordia se nos ha dado en abundancia. Y que como un viento impetuoso y saludable, la bondad y la misericordia se han esparcido por el mundo entero. De ahí que se sienta la necesidad de dar gracias al Señor, porque en este Año Santo la Iglesia ha sabido ponerse a la escucha y ha experimentado con gran intensidad la presencia y cercanía del Padre, que mediante la obra del Espíritu Santo le ha hecho más evidente el don y el mandato de Jesús sobre el perdón.
Una vez concluido este Jubileo, es tiempo de mirar hacia adelante y de comprender cómo seguir viviendo con fidelidad, alegría y entusiasmo, la riqueza de la misericordia divina – manifiesta asimismo el Pontífice –. Y pide que no limitemos su acción; no hagamos entristecer al Espíritu, que siempre indica nuevos senderos para recorrer y llevar a todos el Evangelio que salva.
En cuanto a la cultura del individualismo exasperado, sobre todo en Occidente, Franciscoescribe que “hace que se pierda el sentido de la solidaridad y la responsabilidad hacia los demás”. Con todo – añade hacia el final de esta Carta Apostólica – “las obras de misericordia corporales y espirituales constituyen hasta nuestros días una prueba de la incidencia importante y positiva de la misericordia como valor social”, que nos impulsa a “ponernos manos a la obra para restituir la dignidad a millones de personas que son nuestros hermanos y hermanas”, llamados a construir con nosotros una “ciudad fiable”.
“Esforcémonos entonces – afirma el Papa – en concretar la caridad y, al mismo tiempo, en iluminar con inteligencia la práctica de las obras de misericordia, cuyo carácter social “obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía, de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta”.
Francisco concluye explicando que a la luz del “Jubileo de las personas socialmente excluidas”, mientras en todas las catedrales y santuarios del mundo se cerraban las Puertas de la Misericordia, intuyó que, como otro signo concreto de este Año Santo extraordinario, se debe celebrar en toda la Iglesia, en el XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, la “Jornada mundial de los pobres”, que constituirá la preparación más adecuada para vivir la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, que se ha identificado con los pequeños y los pobres, y nos juzgará a partir, precisamente, de las obras de misericordia.
(María Fernanda Bernasconi - RV).

21 de noviembre: Presentación de la Santísima Virgen en el Templo

Este día la Iglesia celebra la presentación de la Virgen en el Templo. En oriente y en occidente se conmemora esta fiesta que data del siglo VI. Gregorio XI y Sixto V fueron los Sumos Pontífices que difundieron esta devoción de forma universal. La beata Ana Catalina Emmerick tuvo unas extensas revelaciones místicas sobre la presentación de la Virgen en el Templo
La celebración de esta fiesta tiene sus primeros vestigios en el año 543, cuando los cristianos de oriente, en la Iglesia de Santa María la Nueva, construida cerca del templo de Jerusalén, ya celebraban la presentación de la Santísima Virgen al Templo.
Según la tradición, San Joaquín y Santa Ana llevaron a la Virgen al Templo cuando ya tenía tres años para ser consagrada a Dios y formar parte de las doncellas que eran instruidas en la piedad. 
A pesar de su corta edad, la Virgen quiso subir sola al lugar en donde iba a consagrarse a Dios y en donde iba a preparar su cuerpo y su alma para la misión que el Señor le tenía encomendada.
En occidente no aparecen apuntes biográficos de la fiesta hasta el año 1372, cuando el Papa Gregorio XI la introdujo en Avignon después de que el canciller de la corte de Chipre le hablara de la gran fiesta que se celebraba el 21 de noviembre con motivo de la Presentación. Sin embargo, fue Sixto V quien difundió la fiesta en toda la Iglesia.Otro de los lugares donde aparece la fiesta es en las revelaciones místicas de la beata Ana Catalina Emmerick. La beata relata con gran detalle como María sale de la posada en dirección al Templo, donde le espera Zacarías. También cuenta la estancia de María en el templo acompañada del resto de doncellas.
José Calderero @jcalderero
Alfa y Omega

Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Rex


El año litúrgico finaliza con la solemnidad de Cristo, Rey del Universo, que resalta la imagen de Jesucristo como clave interpretativa de toda la historia de la salvación. Es, en cierto sentido, anticipo sacramental de la meta a la que nos conduce el proceso histórico de la creación. El misterio de la historia se interpretará a la luz del misterio de Jesucristo, muerto y resucitado. Él es origen, guía y meta del universo (Romanos 11,36).
Concluye también la proclamación de los textos evangélicos dominicales del Evangelio de Lucas. Culmina el largo viaje de Jesús hacia Jerusalén con su muerte en cruz, signo evidente de la creciente oposición surgida en el pueblo judío hacia Jesús y del rechazo trágico hacia su misión. Los enemigos de Jesús demuestran su resistencia al Reino de Dios y terminan crucificando al Ungido de Dios.
El Rey crucificado
Decía san Pablo que predicamos a un Cristo muerto y resucitado (1 Corintios 1,23). El misterio pascual de Cristo es la referencia fundamental al proyecto de amor establecido por Dios desde el principio para toda la humanidad. En el momento central y culminante de la historia, la imagen de Jesús es la de un Crucificado. Aunque el letrero clavado sobre la cruz anuncia que ahí está «el rey de los judíos», nadie podía sospechar que en ese condenado se escondía un Rey o Señor. Por eso, los líderes presentes, los soldados romanos y hasta uno de los malhechores crucificados se burlan de él y niegan su condición de salvador: si no puede salvarse a sí mismo de la muerte en cruz es porque no es el Mesías ni rey de los judíos. ¿Cómo puede salvar a la gente si no se salva a sí mismo? Ironías que desafían y tientan a Jesús para demostrar espectacularmente que es el Mesías, Sin embargo, Jesús se mantiene firme en su misión, no baja de la cruz y manifiesta de este modo el poder y la misericordia de Dios en medio de la burla y la arrogancia, porque no se salvó a sí mismo.
Es curiosa y significativa la doble actitud de los malhechores crucificados. Ambos piden ser salvados por Jesús, pero en ellos se advierten dos reacciones contrarias ante el mismo espectáculo y la misma persona; dos actitudes diversas fruto del misterio de la libertad humana: uno blasfema contra Dios y el otro cree; uno se retuerce en su propia rebelión interna, el otro confía. Ellos no solo son ellos, son también nosotros. ¿Cuál fue la reacción de Jesús ante ellos?
Silencio ante la provocación de uno; aceptación de la súplica del otro; misericordia para ambos. Jesús no responde al desafío airado del mal ladrón que exigía la liberación milagrosa de los condenados y reta a Jesús como última posibilidad para librarse del suplicio mortal. Pero es inútil. Jesús no responde ni a sus insultos ni a su provocación.
El Rey glorificado
Sí responde a la súplica sentida del buen ladrón. Y sorprende la contundencia de su respuesta: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». Es evidente la inminencia de su muerte. El «hoy» expresa la inmediatez y la gratuidad de la salvación. Hoy, en tu último instante, estarás conmigo. Eso es el paraíso: estar con Dios, estar en Dios. Jesús promete un paraíso a quien pasa por la cruz, a quien asume con fe y humildad la fragilidad de la vida y la verdad de la propia existencia. Por eso, la cruz, instrumento de tortura y lugar de sufrimiento, es puerta del paraíso y promesa de salvación. La respuesta de Jesús al buen ladrón es aliento de vida en el momento último de la muerte. Es vida prometida al pecador arrepentido. Esto es lo que había enseñado a sus discípulos durante su vida pública: no he venido a condenar, sino a salvar lo que estaba perdido.
El Cristo crucificado es también el Cristo glorificado. Son dos imágenes de una misma realidad. La realeza de Cristo se comprende solamente desde el madero de la cruz, convertido en el trono desde el que reconcilia y reúne a todos los seres de la tierra. Porque para reinar, hay que pasar por el misterio de la cruz.
Efectivamente, Cristo es Rey, el Crucificado Resucitado convertido en Señor del mundo y de la historia, el Kyriosexaltado a la derecha de Dios que vive y reina eternamente. A Él nuestra gloria, honor, alabanza y acción de gracias hoy y siempre. Amén.
Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

COMENTARIO DEL PAPA FRANCISCO AL EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (21,1-4)




Fuente: L’Osservatore Romano, 28 de noviembre de 2014:
En la viuda que entrega sus dos moneditas al tesoro del templo podemos ver la «imagen de la Iglesia» que debe ser pobre, humilde y fiel. Parte del Evangelio del día, tomado del capítulo 21 de san Lucas (1-4), la reflexión del Papa Francisco durante la misa. 

En la homilía hizo referencia al pasaje donde Jesús, «tras largas discusiones» con los saduceos y los discípulos en relación a los escribas y a los fariseos que «se complacían en ocupar los primeros puestos, los primeros asientos en las sinagogas, en los banquetes, en ser saludados», alzando los ojos «vio a una viuda». El «contraste» es inmediato y «fuerte» respecto a los «ricos que echaban sus donativos en el tesoro del templo». Precisamente la viuda es «la persona más fuerte aquí, en este pasaje».

De la viuda, explicó el Pontífice, «se dice dos veces que era pobre: dos veces. Y pasaba necesidad». Es como si el Señor hubiese querido destacar a los doctores de la ley: «Tenéis muchas riquezas de vanidad, de apariencia o incluso de soberbia. Esta es pobre...». Pero «en la Biblia el huérfano y la viuda son las figuras de los más marginados» así como también los leprosos, y «por ello hay muchos mandamientos para ayudar, para ocuparse de las viudas, de los huérfanos». 

Y Jesús «mira a esta mujer sola, vestida con sencillez» y «que echa todo lo que tenía para vivir: dos moneditas». El pensamiento vuela también a otra viuda, la de Sarepta, «que había recibido al profeta Elías y había dado todo lo que tenía antes de morir: un poco de harina y aceite...».

El Pontífice volvió a componer la escena narrada por el Evangelio: «Una mujer pobre en medio de los poderosos, en medio de los doctores, de los sacerdotes, de los escribas... también en medio de los ricos que echaban sus donativos, e incluso algunos para hacerse ver». A ellos les dijo Jesús: «Este es el camino, este es el ejemplo. Esta es la senda por la que vosotros tenéis que ir». Surge fuerte el «gesto de esta mujer que le pertenecía totalmente a Dios, como la viuda Ana que recibió a Jesús en el Templo: toda para Dios. Su esperanza estaba sólo en el Señor». 

«El Señor puso de relieve la persona de la viuda», dijo el Papa Francisco, y continuó: «Me gusta ver aquí, en esta mujer, una imagen de la Iglesia». Sobre todo la «Iglesia pobre, porque la Iglesia no debe tener otras riquezas más que su Esposo»; luego la «Iglesia humilde, como lo eran las viudas de ese tiempo, porque en esa época no existía la pensión, no existían las ayudas sociales, nada». En cierto sentido la Iglesia «es un poco viuda, porque espera a su Esposo que volverá». Cierto, «tiene a su Esposo en la Eucaristía, en la Palabra de Dios, en los pobres: pero espera que regrese».

¿Qué es lo que impulsa al Papa a «ver en esta mujer la figura de la Iglesia»? El hecho de que «no era importante: el nombre de esta viuda no aparecía en los periódicos, nadie la conocía, no tenía títulos... nada. Nada. No brillaba con luces propias». Y la «gran virtud de la Iglesia» debe ser precisamente la «de no brillar con luz propia», sino reflejar «la luz que viene de su Esposo». 

Tanto más que «a lo largo de los siglos, cuando la Iglesia quiso tener luz propia, se equivocó». Lo decían incluso «los primeros Padres», la Iglesia es «un misterio como el de la luna. La llamaban mysterium lunae: la luna no tiene luz propia; la recibe siempre del sol».

Cierto, especificó el Papa, «es verdad que algunas veces el Señor puede pedir a su Iglesia que tenga, que procure un poco de luz propia», como cuando pidió «a la viuda Judit que se quitara las vestiduras de viuda y se pusiera vestidos de fiesta para cumplir una misión». Pero, dijo, «permanece siempre la actitud de la Iglesia hacia su Esposo, hacia el Señor». La Iglesia «recibe la luz de allá, del Señor» y «todos los servicios que realizamos» le sirven a ella para «recibir esa luz». 

Cuando a un servicio le falta esta luz «no esá bien», porque «hace que la Iglesia se haga rica, o poderosa, o que busque el poder, o que se equivoque de camino, como sucedió muchas veces en la historia, y como sucede en nuestra vida cuando queremos tener otra luz, que no es precisamente la del Señor: una luz propia».

El Evangelio, destacó el Papa, presenta la imagen de la viuda precisamente en el momento en el que «Jesús comienza a sentir las resistencias de la clase dirigente de su pueblo: los saduceos, los fariseos, los escribas, los doctores de la ley». Y es como si Él dijera: «Sucede todo esto, pero mirad allí», hacia esa viuda. La confrontación es fundamental para reconocer la verdadera realidad de la Iglesia que «cuando es fiel a la esperanza y a su Esposo, se alegra de recibir la luz que viene de Él, de ser —en este sentido— viuda: esperando ese sol que vendrá». 

Por lo demás, «no por casualidad la primera confrontación fuerte que Jesús tuvo en Nazaret, después de la que tuvo con Satanás, fue por nombrar a una viuda y por nombrar a un leproso: dos marginados». Había «muchas viudas en Israel, en ese tiempo, pero sólo Elías fue invitado por la viuda de Sarepta. Y ellos se enfadaron y querían matarlo». 

Cuando la Iglesia, concluyó el Papa Francisco, es «humilde» y «pobre», y también cuando «confiesa sus miserias —que, además, todos las tenemos— la Iglesia es fiel». Es como si ella dijera: «Yo soy oscura, pero la luz me viene de allí». Y esto, añadió el Pontífice, «nos hace mucho bien». 

Entonces «recemos a esta viuda que está en el cielo, seguro», a fin de que «nos enseñe a ser Iglesia de ese modo», renunciando a «todo lo que tenemos» y a no tener «nada para nosotros» sino «todo para el Señor y para el prójimo». Siempre «humildes» y «sin gloriarnos de tener luz propia», sino «buscando siempre la luce que viene del Señor».

EL EJEMPLO DE LA VIUDA POBRE




Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,1-4):

EN aquel tiempo, Jesús, alzando los ojos, vio a unos ricos que echaban donativos en el tesoro del templo; vio también una viuda pobre que echaba dos monedillas, y dijo:

«En verdad os digo que esa viuda pobre ha echado más que todos, porque todos esos han contribuido a los donativos con lo que les sobra, pero ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Palabra del Señor

Nunca cerrar la puerta de la reconciliación y del perdón, invita el Papa concluyendo el Jubileo de la Misericordia

La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el año litúrgico y este Año santo de la misericordia. El Evangelio presenta la realeza de Jesús al culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se presenta sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor. Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, sino sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.
Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas. Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo.
Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.
Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Además de Jesús, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jesús.
En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que «estaba mirando» (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo esta lejos, observando qué sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jesús, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación de tomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda. Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».
Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jesús. Le dirigen la misma provocación: «Sálvate a ti mismo» (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tientan a Jesús, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga según la lógica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos. Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentación es un ataque directo al amor: «Sálvate a ti mismo» (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su éxito. Es la tentación más terrible, la primera y la última del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jesús no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apología de su realeza. Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, consciente de que el amor dará su fruto.
Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra. Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.
En el Evangelio aparece otro personaje, más cercano a Jesús, el malhechor que le ruega diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Esta persona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús. Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.
Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás. Porque, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza.
Muchos peregrinos han cruzado la Puerta santa y lejos del ruido de las noticias has gustado la gran bondad del Señor. Damos gracias por esto y recordamos que hemos sido investidos de misericordia para revestirnos de sentimientos de misericordia, para ser también instrumentos de misericordia. Continuemos nuestro camino juntos. Nos acompaña la Virgen María, también ella estaba junto a la cruz, allí ella nos ha dado a luz como tierna Madre de la Iglesia que desea acoger a todos bajo su manto. Ella, junto a la cruz, vio al buen ladrón recibir el perdón y acogió al discípulo de Jesús como hijo suyo. Es la Madre de misericordia, a la que encomendamos: todas nuestras situaciones, todas nuestras súplicas, dirigidas a sus ojos misericordiosos, que no quedarán sin respuesta.
(from Vatican Radio)